Llegar tarde, llegar mejor: por qué tardamos medio siglo en volver a la Luna
Es posible que llegar a la Luna hoy sea aún más difícil que hace algunas décadas porque se necesita voluntad política y recursos durante largo tiempo.
Cada vez que alguien menciona que hasta el celular más barato hoy en día es un millón de veces más poderoso que la computadora a bordo de la nave con la que llegamos a la Luna, la contradicción se vuelve ineludible.
“Mientras doy el último paso del hombre desde la superficie”, comentaba Gene Cernan al concluir la última caminata lunar en diciembre de 1972, “me gustaría simplemente decir lo que creo que la historia registrará. Que el desafío de Estados Unidos hoy ha forjado el destino del hombre de mañana”. Y justo antes de subir la escalera y entrar en el módulo lunar, dijo con entusiasmo: “Nos vamos como vinimos y, si Dios quiere, así volveremos, con paz y esperanza para toda la humanidad”.
Cuánta paz y esperanza supo acumular la humanidad desde entonces es asunto de intenso debate, y aunque Cernan sabía que el suyo sería el último paseo por un tiempo (las otras misiones Apollo habían sido canceladas), difícilmente hubiera imaginado que tomaría más de medio siglo aquel ansiado retorno.
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Apenas ocho años pasaron desde aquel discurso de 1961 en que John F. Kennedy señaló a la Luna como destino hasta que, en julio de 1969, el Apollo 11 logró posarse sobre su superficie. El objetivo se había alcanzado con reglas de cálculo, computadoras primitivas y un nivel poco saludable de audacia. A quienes nacimos varias décadas más tarde, y crecimos bajo la sombra de aquellas monumentales hazañas, siempre nos hizo ruido el contraste entre el acelerado avance de la tecnología digital y la aparente imposibilidad de pisar nuevamente la Luna.
Pero nunca fue poca cosa llegar a la Luna. Intentarlo “no porque sea fácil, sino porque es difícil” siempre fue cierto pero no debemos confundir el desarrollo de la ciencia y la técnica con la voluntad política. En otras palabras, es posible que llegar a la Luna hoy sea aún más difícil que hace algunas décadas. Según Teasel Muir-Harmony, historiador de la ciencia y la tecnología del Museo Nacional del Aire y el Espacio de Estados Unidos, “se necesita mucha voluntad política para enviar humanos a la Luna. Se trata de inversiones nacionales extremadamente complejas y costosas que deben mantenerse como prioridad durante un periodo prolongado”.
No es que se haya perdido cierto conocimiento o se hayan oxidado las naves espaciales: ir a la Luna siempre fue un desafío desmesurado que solo podría explicarse por la movilización propia de la Guerra Fría, capaz de reservar los recursos para intentarlo. Al apagarse aquel fuego belicista y adoptarse un modelo más propio de una democracia en paz, el ritmo debió volverse sostenible y, por lo tanto, lento.
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SumateComo explica John Logsdon en John F. Kennedy and the Race to the Moon (2010), ya desde su aprobación el proyecto Apollo se trató de un sofisticado intento por “ganar la batalla por la mente de los hombres … [y] refutar las mentiras de la propaganda comunista [para] presentar la verdadera imagen de cómo la libertad sirve mejor a la humanidad”, en palabras de Kennedy. Es decir, llegar a la Luna permitiría demostrarle al mundo que los Estados Unidos —y no aquel rival soviético— poseían un poder tecnológico y organizacional superior y que el “estilo de vida estadounidense” era el que las otras naciones debían admirar y aspirar a replicar. La voluntad política, resulta ser, si no mueve cielo y tierra al menos permite viajar de la tierra a los cielos.
Esta motivación, quizá única en la historia, permite entender por qué las misiones Artemis parecen ir tan lento. El proyecto Apollo fue una anomalía histórica y no el estándar. Que haya resultado en una de las proezas científico-tecnológicas más importantes —si no la más importante— de la historia podría ser una afortunada coincidencia: durante el apogeo de Apollo, la NASA consumía aproximadamente el 4% del presupuesto federal de EE. UU. Hoy la agencia lucha por conseguir entre el 0,4% y el 1%. Solo la guerra permite ese interés en la ciencia.
El cambio de parecer —y de prioridad— a veces se engloba bajo la “doctrina Nixon”: un acercamiento a la exploración espacial no menos ambicioso pero un poco más balanceado y en equilibrio con otras prioridades nacionales, como la vivienda, la salud y la educación, además de la eventual incursión en territorios soberanos, porque los gustos hay que dárselos en vida.
Como señala Sarah Scoles, el programa Apollo costó aproximadamente 290.000 millones de dólares ajustados a la inflación actual, más del triple que Artemis. Aunque el dinero no es todo (pero cómo ayuda): los ciclos electorales propios de la democracia pueden ser una amenaza contra todo aquello que requiere de compromisos duraderos. El proyecto Apollo tuvo la ventaja de mantenerse durante las administraciones de Kennedy y Lyndon B. Johnson, en parte impulsado por el miedo nuclear, pero luego el rumbo nunca quedó fijo.
A fines de los 80, George H. W. Bush (padre) anunció el regreso a la Luna para luego llegar a Marte, Bill Clinton lo canceló. George Bush (hijo) quiso volver a la Luna pero Barak Obama lo canceló en pos de explorar asteroides. Donald Trump inauguró Artemis y esta vez Joe Biden lo mantuvo, rompiendo el ciclo de cancelaciones que había afectado a la NASA desde el Apollo. De una extraña manera, la exploración espacial es como cualquier otra política pública en democracia, quizá un poco más costosa y demencialmente ambiciosa.
Quizá por eso China, que a diferencia de la Unión Soviética no colapsó bajo su propio peso y caos administrativo, posee un horizonte de planificación a largo plazo que desafía la debilidad estructural de las democracias occidentales para sostener proyectos multigeneracionales. Y puede que por eso la renovada urgencia por llegar a la Luna no venga del noble espíritu de descubrimiento sino de aquel viejo fantasma de la competencia geopolítica. Cuando la persecución de minorías religiosas da respiro, China mira hacia la Luna.
Pero existe otro factor, quizá más profundo, que explica esta lentitud: la tolerancia al riesgo se ha desplomado. A diferencia del programa actual, que no podría sobrevivir políticamente a una sola fatalidad, los astronautas del Apollo eran pilotos de prueba, acostumbrados a subirse a vehículos experimentales que solían explotar.
Aunque la fiabilidad del Apollo se fijó mediante ficciones estadísticas imposibles de validar, hoy nuestra capacidad para predecir fallos paradójicamente nos obliga a ir más lento: sabemos demasiado como para arriesgarnos tanto. Por más gloriosa que sea la empresa, ya no aceptamos que la exploración espacial sea una picadora de carne. Los astronautas deben volver a casa sanos y salvos.
En cuanto a los cohetes, si miramos al Space Launch System (SLS) de la NASA, el cohete gigante que usan las misiones Artemis, nos encontramos con un rejunte de proyectos anteriores. Aunque originalmente fue desarrollado durante la era Bush, en 2010 el Congreso de EE. UU. ordenó a la NASA construir un cohete nuevo utilizando partes viejas del Transbordador Espacial (motores, propulsores sólidos) para aprovechar la base industrial existente en lugar de demolerla y hacer una nueva: terminó siendo más caro, más complejo y más lento.
Pero quizás la razón más válida para la demora es que el objetivo es infinitamente más difícil. Apollo fue una misión de plantar banderas y dejar huellas. La infraestructura era desechable: cohetes de un solo uso para una estadía de fin de semana. Llegar, sacarse la foto, volver. Artemis, afortunadamente, tiene otros objetivos: el plan incluye una estación espacial en órbita lunar (Gateway), campamentos base y preparación para algún día visitar Marte, aquel destino que obsesiona a algunos.
La actual misión Artemis II, que podría despegar en marzo, puede compararse con la del Apollo 8. Cuando en 1968 la inteligencia estadounidense supo que los soviéticos planeaban enviar una nave tripulada alrededor de la Luna, la NASA cambió el plan de vuelo reemplazando una prueba segura en órbita terrestre por otra alrededor de la Luna, que nos regaló la foto de la Tierra saliendo por el horizonte lunar.
La misión Artemis I, lanzada en 2022, fue una prueba sin tripulación que duró 25 días para certificar que la cápsula Orión podía volver sin matar a nadie y permitió identificar “cuestiones críticas que deben abordarse antes de asignar a la tripulación a la misión Artemis II”. Esta otra misión hará lo mismo que Apollo 8 —orbitar la Luna sin aterrizar— pero con la diferencia fundamental de poder evitar el apuro en pos de la seguridad.
La manera en que ahora se hacen las cosas requiere mayor diplomacia que hace cincuenta años. A diferencia del enfoque monolítico estatal de los sesenta, el programa actual depende de una red de socios comerciales (como SpaceX y Blue Origin, a quienes la NASA ahora compra servicios aeroespaciales) y tratados internacionales conocidos como los Acuerdos de Artemis (que China no firmó). Esto marca la transición del “hard power” militar al “soft power” de las relaciones internacionales, dentro de un marco legal y logístico que permite operar en el espacio de manera, idealmente, más sostenible. De más está decir que coordinar naciones y empresas privadas es un desafío de distinto tenor que darle un cheque en blanco a los coheteros.
Aunque medio siglo sea mucho más que lo que en su momento alguien pudo estimar, es incluso llamativo que siquiera se lo esté realizando, principalmente cuando la opinión pública difícilmente tenga un fervor por la conquista del espacio comparable con la de los años sesenta.
Esta vez ya no hay una apuesta que ganar. Hacer las cosas lento y atendiendo al futuro es una virtud que bien podría ser más frecuente, aunque resulte en peores películas. Recordamos las misiones Apollo por sus resultados, pero olvidamos que en aquel momento era más la gente que se oponía que la que estaba a favor. Quizá la verdadera conquista no sea volver a la Luna, sino lograr el interés en hazañas científicas sin guerras de por medio.