Las siete banderas del Operativo Cóndor

Un grupo de militantes aterrizó un avión de Aerolíneas Argentinas en las Islas Malvinas e izó la celeste y blanca.

El 28 de septiembre de 1966 un grupo de militantes aterrizó un avión en las Islas Malvinas e izó siete banderas argentinas. 

La operación estaba prevista para realizarse el 20 de noviembre, coincidiendo con el Día de la Soberanía por la batalla de la Vuelta de Obligado. Pero el grupo de militantes decidió adelantarlo casi dos meses por la presencia, en Argentina, del príncipe Felipe de Edimburgo. Es que la acción tenía un objetivo propagandístico: reivindicar la soberanía sobre las islas al tiempo que provocar a la dictadura recién establecida de Juan Carlos Onganía. 

Fueron 18 militantes los que esa madrugada subieron al avión. El Operativo Cóndor, tal como lo bautizaron, estuvo encabezado por Dardo Cabo, militante del peronismo nacionalista del Movimiento Nueva Argentina (MNA). Pero fue ideado por una periodista y militante, la figura central de esta historia: María Cristina Verrier.

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El vuelo regular 648 de Aerolíneas Argentinas, con destino a Río Gallegos, despegaría a las 00.50 de ese miércoles. Los únicos que sabían cuál sería su verdadero destino final eran los 18 militantes. El director del diario Crónica, Héctor Ricardo García, subió al vuelo invitado por el propio Dardo Cabo, pero sin saber adónde ni a qué iba. Y como Dios, además de ser argentino, no juega a los dados, de casualidad iba en el vuelo José María Guzmán, por entonces gobernador de facto del territorio nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. 

Faltaba una hora para llegar a Río Gallegos cuando Dardo Cabo y Alejandro Giovenco, otro de los militantes, se dirigieron a la cabina del avión. Le ordenaron al piloto que modificara el trayecto y redirigiera el vuelo: rumbo uno, cero, cinco. El destino final, Malvinas. (Hay una serie muy bonita sobre este tema con ese título: Rumbo uno, cero, cinco).

María Cristina Verrier había conocido a Dardo Cabo cuando lo entrevistó para un perfil de jóvenes nacionalistas que había hecho para la revista Panorama. Allí, Dardo Cabo, hijo del histórico dirigente gremial metalúrgico Armando Cabo, le dijo a Verrier: “No somos un grupo de choque, estamos en el peronismo y tenemos una sola doctrina: la justicialista. Las represiones contra los movimientos nacionales siempre han sido violentas. Fusilaron a Dorrego, a Valle, persiguieron al peronismo. En cambio, nosotros siempre hemos sido indulgentes con el vencido. Algún día eso va a tener que terminar”. Cuando Verrier pensó en el operativo para desembarcar en Malvinas, pensó inmediatamente en Dardo Cabo. Se volvieron a encontrar. Comenzaron una relación sentimental mientras ideaban el plan para izar la bandera argentina en las islas. 

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No eran los únicos ni los primeros que habían tenido la idea. Nuestros amigos que se robaron el sable de San Martín también lo habían pensado como una de las tres acciones para levantar la moral militante. El Movimiento Nacionalista Tacuara Revolucionario (MNRT) había planeado comprar un barco llamado “Río Segundo” para un intento de desembarco en Malvinas, con lo obtenido en el asalto al Policlínico Bancario de 1963. Fueron capturados luego del robo. En 1964 alguien lo hizo. Miguel Lawler Fitzgerald, un piloto argentino, partió de Río Gallegos a bordo de su avioneta monomotor Cessna a la que bautizó “Don Luis Vernet”, en homenaje al primer gobernador argentino de las islas. Logró aterrizar en la pista de cuadreras del denominado “Puerto Stanley”, bajó con una bandera argentina y la ató a un alambrado. Quince minutos después despegó rumbo al continente. 

En ese mismo lugar aterrizó el vuelo de Aerolíneas Argentinas que, ahora, estaba controlado por Cabo y Giovenco. Un rato antes de aterrizar, María Cristina simulaba una entrevista Guzmán, el gobernador de Tierra del Fuego. 

–Estamos a la altura de las Malvinas. Sería lindo ir, ¿no? 

–La verdad, es un sueño que tengo.

–No se haga problema, los sueños se cumplen. 

Conocemos esta charla por un libro muy importante: Siete banderas, siete destinos, de Carlos López. Volveremos a él en un rato. Mientras tanto estamos en la misma pista en la que aterrizó Fitzgerald. Ahora, sin embargo, ha aterrizado un vuelo de línea de Aerolíneas Argentinas. Eran las 8.42 de la mañana. Algunos curiosos que pasaban por la zona comenzaron a acercarse a la alambrada. Hasta que vieron bajar del avión a un grupo de jóvenes –el más grande tenía 32 años– armados y portando banderas argentinas.

En total eran siete banderas, exactamente iguales. Medían 2,5 x 1,5 mts. y habían sido confeccionadas por la madre de María Cristina Verrier. El número de banderas había sido elegido por ella y Dardo Cabo. El siete, dijeron, era un número bíblico. Ambos eran muy creyentes y devotos de la Virgen de Itatí. Las primeras cinco banderas las colgaron sobre la alambrada más cercana al avión. La sexta bandera fue enarbolada sobre el propio avión. Y la séptima fue izada en un mástil que improvisaron en el lugar. Minutos después, los “cóndores”, como se hicieron llamar, le cambiaron el nombre británico al puerto: Puerto Stanley fue reemplazado por Puerto Rivero, en homenaje a la histórica gesta del Guacho Rivero en 1834. Los cóndores habían hecho un trabajo de inteligencia previo. Verrier había viajado en varias oportunidades al sur, conocía la tripulación y especialmente el avión, un Douglas DC-4. Habían logrado despachar el equipaje en la bodega 2, un lugar estratégico al que se podía acceder desde la cabina de mando. Así extrajeron las armas y las banderas. 

Una vez asegurada la posición, los cóndores publicaron la primera proclama. Decía que la responsabilidad de la soberanía nacional siempre había sido soportada por las Fuerzas Armadas. Que ahora correspondía a los civiles, en su condición de ex soldados de la nación, demostrar que lo aprendido había calado hondo en sus espíritus. Decía que estaban en las islas “solos ante Dios y con nuestra determinación. Sin banderías políticas. Provenimos de todos los sectores nacionales y pertenecemos a militancias políticas distintas”. Era cierto. El grupo de militantes era diverso. Así había sido diseñado el operativo, buscando incluir sectores distintos de la militancia para dar un mensaje de unidad nacional. “Ponemos hoy nuestros pies en las islas Malvinas argentinas –aseguraba la proclama– para reafirmar con nuestra presencia la soberanía nacional y quedar como celosos custodios de la azul y blanca que ha de flamear altiva mientras haya hijos que respondan por ella”. Encomendados a Dios, finalizaba: “O concretamos nuestro futuro. O moriremos con el pasado”.  

De a poco el lugar fue rodeado por isleños y militares armados. El operativo había sido bien diseñado y planificado, con excepción de un detalle. No habían embarcado previsiones suficientes como para sobrevivir varios días dentro del avión. El sistema de comunicaciones –unos enormes walkie-talkies que llevaron en bolsos– tampoco funcionó. Pasado el primer día, el grupo comenzó a negociar a través de un cura que había en la isla. El padre Rodolfo Roel, sacerdote salesiano de origen holandés, consiguió que los pasajeros civiles que no formaban parte del operativo, incluído Héctor Ricardo García, fueran alojados en casas de los kelpers. Fue también a través del cura Roel que se dio el desenlace de la situación, que naturalmente provocaba una tensión. El gobierno de Onganía respondió rápidamente repudiando la situación. Dijo que, pese al reclamo de soberanía sobre las islas que el Gobierno compartía, se trataba de una acción de un grupo faccioso. 

El padre Roel consiguió un acuerdo entre el Gobierno de las islas y los argentinos. El grupo encabezado por Cabo y Verrier depondría las armas y sería acogido por la Iglesia, bajo responsabilidad del sacerdote. Al día siguiente se cumplió lo acordado. Previo a dejar el avión, el padre Roel dio una misa en el interior de la cabina a pedido de Dardo Cabo. Luego bajaron del avión, se formaron frente a la bandera que habían izado en el mástil, cantaron el himno y entregaron las armas al comandante del avión, Ernesto Fernández García (que ha escrito un libro muy lindo sobre la peripecia). El gesto era simbólicamente importante: era la única autoridad que reconocían en las islas. 

Los miembros del Operativo Cóndor tomaron las siete banderas que habían desplegado sobre los distintos lugares del aterrizaje y las llevaron consigo a su lugar de detención: la capilla del padre Roel. Allí permanecieron durante 48 horas más. Las autoridades kelpers intentaron que los argentinos les entreguen las banderas, pero no lo consiguieron. 

Todos los pasajeros del avión original fueron trasladados al continente en el buque argentino ARA Bahía Buen Suceso (un buque que casualmente sería hundido años más tarde en la Guerra de Malvinas). Durante el viaje, Dardo Cabo le entregó las banderas al gobernador de Tierra del Fuego, José María Guzmán. Sabía que ni bien pisara el continente sería detenido. 

–Señor gobernador de nuestras islas Malvinas: le entrego como máxima autoridad aquí en nuestra Patria estas siete banderas. Una de ellas flameó durante 36 horas en estas islas y bajo su amparo se cantó por primera vez el Himno Nacional. 

Desde allí se emitió la última proclama de los cóndores. Allí se dejó constancia que “en ningún momento las banderas argentinas han estado en manos extranjeras. Hemos traído siete banderas y siete banderas vuelven con nosotros”. Al llegar al continente, efectivamente, los miembros del operativo fueron procesados y las banderas quedaron en manos del Poder Judicial. La mayoría de los detenidos salió en libertad condicional a los nueve meses, salvo tres: Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Juan Carlos Rodríguez, que tenían antecedentes penales por actividades durante su militancia en la resistencia peronista. 

Desde prisión, Dardo Cabo se preocupó por garantizar la guarda y el mantenimiento de las banderas. En diciembre de 1967, le envió una nota al juez federal Miguel Ángel Lima pidiéndole que las banderas contaran con alguna certificación legal que las acreditara como aquellas que habían participado del operativo. Sus abogados presentaron el pedido de que les entreguen las banderas o que se las den en custodia al Museo Histórico Nacional. El juez respondió que, de acuerdo al Código Penal, la condena implica la pérdida de los instrumentos del delito y su decomiso. Pero que, en este caso, las banderas argentinas –“por el hecho de haber tremulado sobre una porción irredenta de tierra de la patria”– no podían ser consideradas instrumentos de delito. Por ello, contestó, correspondía la devolución a quien había demostrado actuar como su propietario (es decir, Dardo Cabo). Respondió también al pedido de enviarla al Museo: “No pretendamos anticiparnos al juicio de la historia. Dejemos a la posteridad lo que es de la posteridad. Sólo el tiempo que acalla las pasiones y afina las perspectivas es el capaz de dar su fallo sereno e imparcial”.  

De esa manera, las banderas debían volver a manos de Dardo Cabo. Enterado del operativo y de la cuestión de las banderas, Juan Domingo Perón le escribió desde el exilio. Lo felicitó por la pronta paternidad –María Cristina Verrier estaba embarazada–, por el éxito del operativo y se refirió a la cuestión de las banderas: “Me parece que deben ser conservadas por usted hasta que llegue la oportunidad de poderles dar el destino que corresponde, en acto público y reivindicando el honor que les corresponde y que ha sido mancillado por la cipayería entreguista que actualmente domina desde el poder usurpado al Pueblo Argentino”.

Dos años después de la decisión del juez Lima, las banderas seguían en manos del Poder Judicial. Cabo volvió a pedir las banderas y su certificación en marzo de 1969. Esta vez se cumplió rápidamente. Las siete banderas llevan desde entonces una certificación judicial sobre su ángulo superior izquierdo que establece que son las banderas que Dardo Cabo entregó al gobernador de las islas Malvinas el 1° de octubre de 1966.  

El día que estalló el Cordobazo, el 29 de mayo de 1969, Dardo Cabo salió de prisión. Llevaba un bolso de mano con las siete banderas que entregó a su compañera para que las guardara. Dos meses después, cuando asesinaron a Augusto Timoteo Vandor, una denuncia anónima identificó falsamente a Cabo como uno de los autores del hecho, lo que provocó un allanamiento en el domicilio de su pareja. No encontraron nada que lo vincule al asesinato. Tampoco las siete banderas. 

Años después, en 1977, Dardo Cabo murió asesinado por la dictadura militar. Las banderas quedaron bajo custodia de María Cristina que se retiró de la vida pública y nunca nadie las volvió a ver. 

Hasta el año 2011. El escritor Carlos López, buscando información sobre los cóndores, comenzó a frecuentar a María Cristina Verrier. En uno de esos encuentros, le contó que una de las banderas había aparecido en Lezama, provincia de Buenos Aires. María Cristina lo sabía. Ella misma, junto a Dardo Cabo, se la había entregado al empresario César Cao Saravia, uno de los que había financiado el viaje a Malvinas. La bandera estuvo en esa familia por casi cuarenta años. En 2009, la viuda de Saravia la donó al municipio de Lezama, aprovechando que ese año había conseguido autonomizarse de Chascomús. 

Después de repasar la historia de esa séptima bandera, María Cristina le dijo al escritor que lo acompañase a otro cuarto. De adentro de un sombrerero sacó las seis banderas restantes. Eran las originales, certificadas por el Poder Judicial. Juntos le escribieron una carta a la entonces presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, para entregarle las banderas. Verrier quería que una de ellas fuera depositada en la Virgen de Itatí, “porque bajo el manto de la Virgen fuimos protegidos y nuestra exigencia de que fueran los argentinos quienes nos vinieran a buscar se cumplió”. Otra de las banderas, le dijo en la carta, debía ser enviada al mausoleo de Néstor Kirchner, “porque no solo se inmoló por sus ideales sino porque puso a la mujer en igualdad con el hombre”. El resto de las banderas se ponían a disposición. 

Verrier fue recibida a los pocos días por Cristina Kirchner. Las dos primeras banderas fueron distribuidas tal como ella había solicitado. Las otras cinco fueron enviadas a la Basílica de Luján, por ser la patrona de la Patria. Otra está ubicada en el Patio Malvinas Argentinas de la Casa Rosada. Una quinta está en el Museo Malvinas, en la ex Esma. La que estaba en el municipio de Lezama fue enviada al Museo del Bicentenario. Y la séptima permanece hoy en el Congreso de la Nación. 

Hasta el día que una de ellas, cualquiera de ellas, incluso otra, pueda volver a flamear en el territorio argentino de nuestras Islas Malvinas.

Es politólogo de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Nació en Olavarría, una metrópoli del centro de la provincia de Buenos Aires. Vio muchas veces Gladiador.