Las elecciones de 1994: camino a la ruptura del bipartidismo
El peronismo y el radicalismo se encontraron con una sorpresa, la tercera posición, en la Convencional Constituyente. No todo estaba servido para Menem y Alfonsín.
El 10 de abril de 1994, la República Argentina tuvo su última elección para convencionales constituyentes.
La ley que declaró la necesidad de la reforma, aprobada en diciembre del año anterior, había establecido el mecanismo de la elección. Cada provincia, más la Capital Federal, elegiría un número de convencionales igual al total de legisladores que enviaban al Congreso. Lo que daba como resultado que 305 convencionales debían ser electos ese domingo. El sistema para la asignación de las bancas sería el viejo y querido sistema D´Hondt.
La campaña no había sido particularmente movilizante. Las crónicas de la época relatan la apatía frente a una elección que, decían, no le cambiaría la vida a nadie. La sombra del pacto de Olivos –el acuerdo entre el presidente Carlos Menem y el líder del radicalismo, Raúl Alfonsín, para reformar la Constitución–, se llevaba todo el foco de atención. Aunque Alfonsín había intentado explicar los beneficios de las instituciones que proponía para la reforma, el esfuerzo no había alcanzado. “Ha sido una campaña sloganista asquerosa”, decía el propio Alfonsín el viernes anterior. La elección se había convertido en un plebiscito: si había reforma, había reelección para Menem.
Si te gusta Un día en la vida podés suscribirte y recibirlo en tu casilla cada semana.
Era lógico.
El acuerdo entre Menem y Alfonsín se había diseñado con un reaseguro mutuo que establecía que cada uno se llevaría “su parte” de la reforma. Así, el denominado Núcleo de Coincidencias Básicas obligaba al peronismo y el radicalismo a aprobar las reformas que el otro pretendía. El peronismo, bajo la conducción de Menem, la posibilidad de su reelección, hasta entonces vedada por la Constitución vigente. El radicalismo, una serie de reformas institucionales que, esperaban, le garantizarían un espacio de resistencia a la hegemonía menemista.
Por lo tanto, no era extraño que los partidos por fuera del acuerdo vieran la oportunidad de plantear un nuevo eje en torno a la elección. Un voto al Partido Justicialista o a la Unión Cívica Radical, en los hechos, contribuía directamente al intento de reelección de Carlos Menem. Aún más, el propio peronismo planteó la campaña en esos términos. La figura central de la campaña era la del propio presidente. Y la pregunta que buscaba instalar no era sobre la reforma constituyente sino sobre la necesidad de volver a elegir a quien, decían, había logrado estabilizar la economía argentina.
Cenital no es gratis: lo banca su audiencia. Y ahora te toca a vos. En Cenital entendemos al periodismo como un servicio público. Por eso nuestras notas siempre estarán accesibles para todos. Pero investigar es caro y la parte más ardua del trabajo periodístico no se ve. Por eso le pedimos a quienes puedan que se sumen a nuestro círculo de Mejores amigos y nos permitan seguir creciendo. Si te gusta lo que hacemos, sumate vos también.
SumatePongámonos un poco constructivistas y digamos: los resultados de las elecciones no existen. Existen, más bien, sus interpretaciones. Pero cómo interpretar los resultados de una elección tan particular –no se realizaba una de constituyentes desde 1948– tampoco era sencillo. Habría muchas cosas para mirar al mismo tiempo.
Había una ventaja: contra qué comparar. Pocos meses antes, en octubre de 1993, habían tenido lugar las segundas elecciones legislativas del mandato de Menem (hasta entonces, cada mandato de 6 años tenía dos de medio término). El peronismo había hecho una elección importante, con un 43% de los votos a nivel nacional contra el 30% que acumulaba la UCR. Con ese piso, calculaba el oficialismo, y el acompañamiento que pudiera obtener el radicalismo, sería suficiente para quedarse con los 2/3 necesarios que les permitieran controlar el proceso de reforma constitucional.
Una paradoja muy propia de la dinámica política. El desencadenante del proceso de reforma constitucional fue, en buena medida, la elección de octubre de 1993. El menemismo había revalidado sus títulos, consolidado su mayoría e incrementado la presión al radicalismo hasta el extremo. Sin embargo, en aquella elección estaba sembrado el germen, digámoslo así, de su propia destrucción. Los dos partidos que habían dominado la escena electoral de la segunda mitad del siglo XX, el PJ y la UCR, juntos conseguían algo más del 70% del electorado. Había un tercio en busca de otra representación.
El 10 de abril de 1994 fue una sorpresa para todos.
La participación había estado dentro de los parámetros esperados. Era uno de los primeros datos para mirar. Días antes, radicales y peronistas se mostraban preocupados por el clima (meteorológico, aunque también por el otro). Pero el 77,5% de los electores argentinos se acercó a votar.

La primera sorpresa la recibió el gobierno nacional. El Partido Justicialista, que consideraba ese 43% de seis meses atrás su piso, conseguía apenas un 37,9% a nivel nacional. Era un número suficiente como para ser el espacio más votado del país, aunque eso no era algo que estaba en duda antes de la elección. Algo había ocurrido. Y su expresión más profunda había que encontrarla en el otro espacio, el radicalismo.
La debacle de esa fuerza a nivel nacional lo hizo caer a su piso histórico (hasta entonces): se quedó a las puertas del 20% (con 19,7%). En pleno apogeo de la hegemonía menemista circulaba una humorada sobre la sigla UCR: “Únicamente Córdoba y Río Negro”, se decía que significaba. En referencia a que, tras la caída de la experiencia alfonsinista, aquellos habían sido los dos únicos territorios que el radicalismo había logrado retener. La elección de convencionales lo confirmaba. Fueron los dos únicos distritos en los que el radicalismo ganó. No había terminado el recuento provisorio de los votos cuando las críticas a la conducción de Alfonsín, fundamentalmente al pacto de Olivos, comenzaron.
Por esa pequeña hendija que abrió el pacto de Olivos emergieron expresiones que consiguieron posicionarse como terceras fuerzas, dispuestas a darle el golpe de gracia al predominante bipartidismo argentino. Era una oportunidad única.
Esa ruptura había hecho emerger al Frente Grande como el primer espacio que recibía parte de la sangría radical y peronista. Nacido como una escisión a la hegemonía menemista en el Partido Justicialista, el espacio había obtenido no solo 13% a nivel nacional sino también victorias simbólicas relevantes. En Neuquén, la lista encabezada por monseñor Jaime de Nevares había triunfado, por encima del Movimiento Popular Neuquino y el Partido Justicialista. Con una figura destacada y un mensaje simple: la total oposición a los términos del Pacto de Olivos y la promesa de renunciar si “el paquete” que incluía la posibilidad de la reelección se votaba a libro cerrado (cosa que ocurrió; promesa que luego cumplió).
Pero la centralidad de la disputa simbólica se la llevaba la Capital Federal. El distrito había recibido todos los focos por diversas razones. Una de ellas era que, en la mayoría de los distritos, el resultado parecía puesto. En la capital, en cambio, aparecía una verdadera disputa. Seis meses atrás, el peronismo había triunfado allí, con Erman González encabezando la lista y esperaba repetir el resultado. Pero la emergencia del Frente Grande, con la figura de Carlos “Chacho” Álvarez como referente de la expresión de una novedad, comenzaba a amenazar esas pretensiones.
La centralidad de esa disputa fue asumida por el propio menemismo. La lista de convencionales estaba encabezada por el secretario general de la Presidencia, Carlos Corach. El cierre de campaña se hizo nada menos que en la residencia presidencial de Olivos –sede del pacto– con la presencia del presidente de la Nación. Allí, el propio Corach anticipó una victoria oficialista a nivel nacional en torno al 45% y una más ajustada en la Capital. No se produjeron.
El resultado local sorprendió incluso a los propios dirigentes del Frente Grande. Con 37,4% de los votos, se convirtió en la primera fuerza de la Capital Federal, muy lejos del 24,5% de la lista encabezada por Corach. El radicalismo, acaso más golpeado aún, quedaba con un 15%. El oficialismo reconoció rápido la derrota en un intento por circunscribirla a Capital Federal y pasar a hablar rápidamente de una victoria a nivel nacional.
Pero no le sería sencillo. Había emergido algo de esa victoria capitalina. La figura de “Chacho” Álvarez se registraba como la gran ganadora de la elección y la posibilidad de la emergencia de un nuevo liderazgo opositor a la hegemonía menemista. Era una derrota más profunda que lo meramente electoral, era la confirmación de que existía un lugar nuevo para construir una alternativa de poder. “La capital no es todo el país”, debió declarar el presidente Menem al día siguiente, para contener la incertidumbre.

Luego, claro, la elección recibiría lecturas disímiles. Una elección de convencionales constituyentes puede entenderse también en su más simple literalidad: su traducción a bancas. Y allí, peronistas y radicales tenían algo para festejar. Sumaban, entre ambos, 208 convencionales constituyentes. Los suficientes para contar con los 2/3 necesarios para bloquear cualquier intento de que las reformas, acordadas en el Núcleo de Coincidencias Básicas, se cumplieran.
La primera intervención de la voluntad popular en el proceso constituyente había dejado un resultado ambivalente. De seguro, no se había volcado masivamente a brindar su apoyo a la reforma constitucional como una consecuencia obvia del clima de estabilidad económica que proponía el oficialismo. A la vez, el acuerdo reformista entre radicalismo y peronismo había obtenido la legitimidad suficiente como para seguir adelante e implementarse efectivamente. En el medio, además, habían emergido expresiones (a la del Frente Grande se le sumaba el MODIN, principalmente en provincia de Buenos Aires, y una serie de partidos provinciales que discutían la hegemonía bipartidista) que se presentaban como alternativas. Esa consecuencia había estado lejos de ser prevista por Menem y Alfonsín. Más bien, esperaban lo contrario. En noviembre de 1993, mientras se negociaba y firmaba el pacto, el presidente Menem había dicho que el acuerdo fortalecería el bipartidismo e imaginaba “una Argentina que se movía entre radicales y peronistas, como en Estados Unidos lo hacen demócratas y republicanos”.
El domingo de la elección –dato de color: era el domingo en el que Diego Armando Maradona llegaba a La Pampa, cual Rocky Balboa, para ponerse a punto para el mundial de Estados Unidos– el periodista Horacio Verbitsky publicaba en Página/12 una referencia a esa frase de Menem, aunque con otro sentido. El pacto, decía, era efectivamente “la apoteosis de la política norteamericana para América Latina: la democracia de mercado sostenida por el bipartidismo”. Sin embargo, agregó en aquel análisis, “el éxito de Menem en hacer al radicalismo parte de ese sistema podría volverse contraproducente: al volverlo casi ‘un protectorado’ le sacó al sistema uno de los dos pies que necesitaba e hizo crecer otros”. Así sucedió.
Días después, Carlos Pagni publicó en Ámbito Financiero un análisis respecto al resultado porteño: “La Capital votó como siempre, sólo cambiaron los políticos”. El menemismo había machacado, en las dos últimas semanas previas a la elección, con la idea de que el Frente Grande era una mezcla de populismo peronista, comunismo y trotskismo, cuya única postura había sido oponerse a “la modernización económica” encarnada en Menem. Tras el resultado, ironizaba el analista, el triunfo de “Chacho” Álvarez en Capital Federal significaba un giro a la izquierda del electorado que había decidido ubicarse “un minuto antes de la caída del Muro de Berlín”. Había sucedido, describía allí, otra cosa. Los votantes porteños “permanecieron en sus puestos” y fueron los dirigentes los que, al desplazarse, modificaron su fortuna. Los votantes cambiaron de candidato, no de programa. La victoria del Frente Grande se explicaba más por el desplazamiento del radicalismo, abandonando la única posición que ocupaba –la de oposición– y recibiendo por ello el castigo del electorado.
Este nuevo escenario tendría repercusiones no sólo en la Convención Constituyente, que comenzaría el siguiente 25 de mayo de 1994, sino en el desarrollo de la dinámica política posterior, que ya conocemos. El bipartidismo no cayó en la siguiente elección (ni tampoco en la otra).
Pero había empezado a crujir. Y un día iba a estallar.
PD: Esta vez, habrán notado, no he mencionado ninguna fuente. Todo este texto parte del libro que he tenido la suerte de poder escribir para la colección Historia Argentina de la Editorial Futurock. Lo pueden conseguir aquí.