La verdad está allá afuera
Soberanía y OVNI es el título de un artículo publicado por Alexander Wendt y Raymond Duvall que busca responder una pregunta que todos nos hacemos: ¿podría el concepto de soberanía resistir a una invasión extraterrestre?
El 1° de agosto de 2008 se publicó el número 36 de la revista norteamericana de ciencia política llamada Political Theory. Se trata de un número muy importante porque allí resulta publicado un artículo vinculado al tema que nos compete hoy. Que son, por supuesto, los Objetos Voladores No Identificados (OVNI).
Esperen, no se vayan.
Alexander Wendt y Raymond Duvall, dos politólogos norteamericanos, publicaron en ese número el artículo Soberanía y OVNI, del que hoy les quería hablar. No es una investigación sobre la presencia de vida extraterrestre, ni una indagación sobre avistamientos de objetos voladores no identificados en nuestro querido planeta. Se trata de abordar una pregunta que me parece muy bonita de hacer: ¿qué pasaría con nuestra idea de soberanía si, un día, la humanidad descubriera la existencia de vida extraterrestre? Ese es el puntapié para un artículo que parece hablar sobre OVNI pero en realidad habla sobre humanos, sobre ciencia y sobre nuestra concepción de la idea de soberanía.
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Pocas ideas tuvieron tanto debate en la historia de la teoría política como el concepto de soberanía, entendido como la capacidad de decidir sobre la norma y su excepción, como quería Carl Schmitt. Quién tiene esa capacidad, de dónde surge, por qué es legítima, cómo se ejerce, cuándo se deja de ejercer, son preguntas que están detrás de la mayoría de las corrientes teóricas que conocemos. Si está en un humano por derecho divino o emerge del pueblo es una disyuntiva que ha causado álgidos debates en todas las sociedades. Hay personas que han perdido su vida, algunos su cabeza (literal, como decimos los jóvenes ahora), en respuesta a esa pregunta.
Pero ese debate, dice el trabajo que presentamos hoy, parte de un supuesto compartido por toda la teoría política desde los griegos hasta la actualidad: que la soberanía tiene lugar en el ámbito de lo humano. Que, aún cuando pueda tener un origen divino (Dios, supongamos) la ejerce un humano (el rey, por caso). El principio que subyace es que los animales o la naturaleza carecen de la capacidad cognitiva para ser soberanos. Es cierto que no siempre fue así, pero no nos vamos a meter ahora en ese debate. Diremos que la Modernidad sospecha que sólo los humanos pueden ser soberanos y así fundamenta el gobierno moderno.
Todas nuestras instituciones, nuestras leyes, el Estado, su monopolio de la fuerza, sus ejércitos, están sostenidas en una visión antropocéntrica de la soberanía. ¿Qué pasaría si, por ejemplo, Dios se materializara? ¿A quién le deberían obediencia los ciudadanos de los Estados? He ahí el nudo de la cuestión: cualquier cosa que desafíe la soberanía antropocéntrica significaría necesariamente un desafío a los fundamentos del gobierno moderno. Y eso tiene consecuencias prácticas.
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SumateWendt y Duvall modificaron el ejemplo de Dios por el de los OVNI y decidieron pensar la cuestión con autores que trabajaron sobre la idea de soberanía, desde Foucault hasta Agamben, desde Deleuze y Derrida a Haraway. Así, concluyen, el estudio sobre el fenómeno OVNI es un tabú. Y es cierto. Es difícil abordar la cuestión sin aparecer como alguien a punto de subir al Uritorco con los brazos abiertos a esperar ser abducido por una nave. Pero tratemos de quitar esa imagen y vayamos a los fundamentos. Hay un fenómeno que existe: aparecen en nuestro planeta objetos voladores que no sabemos que son. Esperen. No hagamos el salto de ahí hasta los marcianos. Sabemos que hay objetos que vuelan y no sabemos aún qué son. Que es la pregunta inicial de todo avance científico: qué es esto. En cualquier otro tema, habría un interés científico inmediato y masivo por averiguarlo. Es lo que hace la humanidad desde que se dedica a la ciencia: ve algo que no puede explicar, elabora teorías al respecto, busca comprobarlas y las mantiene hasta que alguien la refuta. En este fenómeno, sin embargo, hay más que nada arrestos individuales y muchísimo secretismo. Hay pocas investigaciones objetivas y sistemáticas, pocos Estados buscando activamente responder la pregunta, encontrar patrones y, aquellos que lo hacen, producen ciencia bajo niveles de opacidad que van contra el propio avance científico. Es una ciencia mínima y marginal, dicen nuestros autores, cuyo desconocimiento se retroalimenta: no sabemos qué hay porque es un tema tabú.
Y ese tabú, dijimos antes, cumple una función: mantiene incuestionable la concepción antropocéntrica de la soberanía moderna, la base sobre la cual se apoya nuestra forma de gobierno. Ahora sí podemos ir hasta los extraterrestres, dice el texto. Supongamos que mañana cae sobre la Tierra un objeto volador de origen extraterrestre. Eso solo, aseguran, nos obligaría a tomar una decisión porque el hecho excede la gubernamentalidad moderna. Lo único que hemos podido hacer, hasta ahora, es imaginarlo. Lo hemos hecho en libros y en películas. Pero vuelvan a repasar cada una de esas películas de extraterrestres que han visto. Observen: en su gran mayoría sigue siendo una respuesta estatal, conducida o comandada por la potencia hegemónica (Día de la independencia es el tipo ideal de esta respuesta). Las más optimistas, a lo sumo, piensan en una suerte de federación de estados. Eso, dicen Wendt y Duvall, es una amenaza ontológica al Estado moderno: la presencia de un sujeto externo a la soberanía “crearía una tremenda presión para una respuesta humana unificada o un gobierno mundial”.
Esa amenaza física es condición necesaria para la negación del fenómeno OVNI, mas no suficiente. El verdadero desafío es metafísico y es al proyecto político del gobierno moderno. El concepto de soberanía como decisión sobre la excepción existe si, y sólo si, el humano es lo único que existe (al menos con capacidad cognitiva como para producir el hecho decisorio). Eso implica entonces que la ignorancia sobre la cuestión OVNI cumple la función que ya mencionamos. Evitar que llegue el momento de la decisión en el cual la decisión es imposible (algo se torna indecidible, dicen tomando a Derrida, no cuando no se puede tomar una decisión sino cuando se emplaza como una condición de la que no necesariamente se siguen un curso de acción y sin embargo requiere una decisión; el OVNI es indecidible, dicen, porque obliga a tomar una decisión).
No podemos conocer la cuestión sin poner en cuestionamiento la concepción de soberanía que funda el Estado moderno. Entonces no hay una conspiración porque no estamos hablando de agencia sino de estructura. Hay una imposibilidad teórica y epistemológica. No hay autoridades ocultando fenómenos extraterrestres, como nos dijo el Pentágono (nombrar al Pentágono suma mucho en la escala loquito de los OVNI); hay autoridades que, en tanto que tales, no pueden hacerse siquiera la pregunta.
Y los OVNI existen. Si llegaron hasta acá es porque coinciden.
Fuera de broma. La existencia de objetos voladores que aún no han sido identificados es un hecho científico, no está sujeto a creencias. La Armada y la Fuerza Aérea norteamericana revelaron su existencia. Lo cual no quiere decir que sean de origen extraterrestre, que sean naves espaciales, que vengan a conquistar el mundo. Nada de eso pudo ser comprobado científicamente. La duda es hasta dónde puede ser desestimado plenamente, en tanto no haya un esfuerzo científico común, sistemático, por hacerlo. La ignorancia no es científica, entonces, sino política.
Las ventajas de un abordaje científico para la cuestión son enormes, dicen Wendt y Duvall. Si en ese abordaje descubriéramos que algunos de esos objetos realmente son de origen extraterrestre sería uno de los eventos más importantes de la historia humana. El gobierno de EE.UU. financia el SETI, un proyecto que busca rastros de vida extraterrestre a través de análisis de señales de radio detectadas por radiotelescopios de todo el mundo (así empieza la hermosa trilogía El problema de los tres cuerpos de Liu Cixin). Entonces, ¿por qué no investigar con la misma sistematicidad y rigurosidad objetos más cercanos que dejan evidencia en la Tierra? Hay más razones: de seguridad, de inversión militar, de desarrollo tecnológico e incluso de simple curiosidad científica que es lo que hizo avanzar la ciencia moderna.
Pero seamos optimistas, nos plantean los autores. Hay fisuras en este régimen de negación. El primero es la propia naturaleza de la ciencia moderna, que se funda en el reconocimiento de que sus verdades pueden ser sólo provisorias y permite avanzar, incluso, contra cualquier pretensión de cierre de un régimen de verdad. Pero la segunda fisura, observan, está dentro del propio liberalismo, entendido como uno de los núcleos que constituyen la gubernamentalidad moderna. Aunque este propio régimen produzca los sujetos que excluyen a la cuestión OVNI como absurda e irreal, el régimen de gobierno liberal está asentado sobre la base de sujetos libres capaces de procesar, comprender y sacar conclusiones de la información disponible.
La posibilidad de la resistencia no implica levantar la bandera OVNI (nunca imaginé que iba a escribir semejante oración). Se trata de explotar esas fisuras con un agnosticismo militante: “Ni el ateísmo ni la creencia están justificados epistemológicamente; simplemente no lo sabemos”, dicen. Se trata de “mirar” la cuestión sin negarla. De romper con el tabú. Pero no con arrestos individuales sino con actitudes públicas y militantes. Incluso eso solo no alcanzaría. Romper el tabú necesita también de un abordaje científico, de investigación, de recursos, de infraestructura. Tomarse la cuestión en serio.
Después cada uno le dará a la cuestión su propia orientación. Bien vale aquí recordar al gran dirigente trotskista argentino Homero Cristali, alias J. Posadas, fundador de una internacional socialista que buscaba incorporar a los extraterrestres a la lucha por el socialismo. En la publicación de su autoría, Platos voladores, el proceso de la materia y la energía, la ciencia, la lucha revolucionaria y de la clase trabajadora y el futuro socialista de la humanidad, Posadas sostuvo que si bien aún no había evidencia de vida inteligente fuera de la Tierra, cualquier presencia externa que visita la Tierra debía provenir necesariamente de una civilización avanzada social y científicamente como para dominar el viaje interplanetario. Por lo tanto, argumentaba, dicha civilización sólo podría haber surgido de un mundo postcapitalista que contribuiría a acelerar la revolución en el planeta Tierra. “Es necesario decir a los seres de otros mundos, si aparecen, que deben intervenir ya, colaborar con los habitantes de la Tierra para suprimir la miseria. Es necesario hacerles ese llamado”, dice el texto. Inspirado, claro, en Lenin. “Si lográramos establecer comunicaciones interplanetarias, todos nuestros conceptos filosóficos, morales y sociales tendrían que ser revisados. En tal caso, el potencial técnico, no reconociendo más límites, impondría el fin de la regla de la violencia como medio y método de progreso”, le dijo el padre de la revolución bolchevique a Orson Wells, en una entrevista que mantuvieron en Moscú en octubre de 1920.
Por último quería hablar un poquito de los autores, especialmente de Alexander Wendt (porque lo conozco más), un teórico enormemente reconocido en el mundo de las relaciones internacionales, un autor que discute con el paradigma de Waltz desde el constructivismo (la corriente teórica más hermosa de la historia de las ideas, esto es así), un señor que escribió un libro sobre física cuántica desde la perspectiva de las ciencias sociales, y podría seguir un rato pero prefiero resumir en esto. Es un hombre de mucho prestigio que decide usarlo todo para militar esta causa que va a provocar la sonrisa y quizás hasta el rechazo de muchos colegas: la causa de una ciencia de los OVNI. Pone su firma, su cara, y hasta su cuerpo en una charla TED. Sé que citar una charla TED lo saca a uno del campo de la corrección cínica y superada de la época. Pero, creo yo, esa es exactamente la enseñanza que nos deja Wendt. Que hay que salir de ahí, de ese lugar de comodidad, porque hay cosas más allá que no estamos viendo y porque los humanos hacemos otras cosas además de consumir bienes y servicios. Nos interesan las cosas, nos hacemos preguntas, somos curiosos.
Por eso quería decirles que, desde que empezó este texto, les mentí. Nunca estuvimos hablando de los OVNI. Estábamos hablando de nosotros.