La tortura que se hizo pasar por ciencia

El uso de evidencia obtenida por los nazis al someter a prisioneros a temperaturas extremas en pos de entender mejor el tratamiento de la hipotermia pudo salvar vidas, pero fue horrible.

“El fin justifica los medios” es una manera particularmente torpe de argumentar.

En el caso de la investigación científica y las consideraciones éticas que debería implicar, suele enmarcarse el uso de evidencia obtenida sin consentimiento o mediante violaciones de los derechos humanos bajo la suposición de que la misma tiene, de hecho, valor científico. El dilema queda resumido en el problema de la decisión sobre si es legítimo aprovecharla más allá de cómo fue obtenida.

Uno de los ejemplos más trillados es el del uso de evidencia obtenida por los nazis al someter a prisioneros de campos de concentración a temperaturas extremas en pos de entender mejor el tratamiento de la hipotermia. Esos experimentos fueron horribles, se menciona, pero esos resultados bien podrían salvar vidas.

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De tanto repetir ciertos casos muchas veces parecen terminar siendo legitimados más allá de las intenciones de quien los discute. Pero antes de analizar sus virtudes (o su falta de ellas) conviene volver a la evidencia misma y detenerse en si tiene valor científico o solo apariencia de tenerlo.

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Estos experimentos se realizaron en el campo de concentración de Dachau, entre 1942 y 1943, y buscaban determinar cómo tratar a los soldados de la fuerza aérea alemana que cayeran en las aguas heladas del Mar del Norte. Los responsables de esta investigación usaron prisioneros como sujetos de experimentación, algunos bajo promesas de liberación que rara vez se cumplieron. Aunque gran parte de la documentación producida fue destruida ante la llegada de los Aliados, el informe reunido por Leo Alexander al terminar la guerra en 1945 se convirtió en la principal fuente sobre estos experimentos. Estos datos circularon durante décadas en publicaciones científicas, en ocasiones sin discutir las atrocidades mediante las que se obtuvieron.

Como reconstruye la experta en bioética Lynn Gillam, a finales de los años 80, el investigador estadounidense Robert Pozos argumentó que estos datos eran fundamentales para mejorar los métodos de reanimación de personas rescatadas de aguas heladas, frente al rechazo de algunas revistas que no veían con buenos ojos el deliberado uso de evidencia obtenida prácticamente como producto de la tortura.

La utilidad que defendía Pozos dependía de la fiabilidad de los datos y de cuán valioso era realmente lo que decía aquel informe. Esta fue la tarea que se propuso en 1990 el médico Robert Berger, que se ocupó de revisar exhaustivamente el diseño y los resultados disponibles de los experimentos de hipotermia de Dachau.

Berger encontró fallas elementales en el diseño y la documentación de los experimentos. No hay datos básicos como la edad ni el nivel de nutrición de los prisioneros, los datos son aproximados y cuando se describen son en rangos (por ejemplo “entre 2 y 12 grados”), y no se indica quién fue sumergido a qué temperatura, entre muchas otras cosas. Por otro lado, estos experimentos fueron realizados sin un protocolo ordenado y con una ejecución errática, y el reporte mismo está plagado de inconsistencias, sumado a la evidencia de que los “científicos” nazis también falsificaron datos. Por último, muchas de las conclusiones ni siquiera se apoyan en los hechos presentados.

En otras palabras, el dilema ético acerca del uso de esta supuesta evidencia para el tratamiento de la hipotermia ni siquiera es tal: se puede rechazar esta información sobre una base científica sin siquiera entrar en la cuestión de su legitimidad. Según Berger es difícil entender por qué se podría haber creído que esa información podría ser valiosa, e incluso arriesga la hipótesis de que muchos investigadores usaron fuentes secundarias sin consultar el informe original.

Es la vieja y conocida distancia con las fuentes, tan frecuente en la comunicación de la ciencia y en el periodismo en general, la que genera un efecto de “teléfono descompuesto” que termina otorgando una reputación no merecida.

Del mismo modo que no todo razonamiento, argumento o explicación acerca del mundo constituye una teoría científica, seguir un procedimiento no basta para producir evidencia válida. En Dachau hubo tortura. Lo que la revisión de Berger cuestiona es que esa tortura haya producido datos fiables que permitan salvar vidas. A pesar de que estos experimentos hayan profundizado el diálogo sobre cuestiones éticas importantes, no se deben usar como ejemplo de un estudio científico valioso, pero de naturaleza reprochable.

Puede que sea un poco forzado vincular el desprecio por los derechos humanos con la pobreza metodológica de estos experimentos. Pero cabe preguntarse si el desinterés por el diseño experimental, las hipótesis y la calidad de los datos tenía algo en común con el desprecio por las personas sometidas a esas pruebas. La investigación bien realizada exige atender una plétora de cuestiones que van desde lo metodológico a lo moral. En Dachau, ambos problemas coincidieron, incluso si eso no alcanza para afirmar que una cosa explique la otra.

Que los datos de Dachau no hayan resultado confiables no resuelve el problema de qué hacer cuando una investigación abusiva sí produce evidencia válida. Para prevenir nuevos abusos se desarrollaron principios y protocolos para la investigación con seres humanos. El Código de Núremberg, formulado en 1947 como parte de la sentencia del juicio a los médicos nazis, en gran parte apuntaba al tipo de abusos como el de los experimentos de hipotermia y entre otras cosas exige el consentimiento voluntario e informado de quien participa de un experimento, además de garantías en torno al conocimiento del experimento y la libertad para decidir si ser parte.

Lo que el caso de los experimentos de hipotermia parecía recuperar era el problema de qué hacer con los resultados de los experimentos abusivos que ya se cometieron. Aunque experimentos como los de Dachau carezcan de valor científico, existen muchos otros casos más recientes que hacen persistir el dilema cuando la evidencia producto del engaño o el sufrimiento sí puede prevenirlo en otras personas.

Es a estas investigaciones recientes que Alice Dreger dedica un breve ensayo en el que cuestiona, entre otros, investigaciones discutidas por la falta de consentimiento de quienes participaban. Por ejemplo, Dreger describe un par de estudios acerca del efecto de jornadas de trabajo más largas de médicos residentes para evaluar los efectos del cansancio tanto en ellos como en sus pacientes. En uno de ellos, los residentes no podían rechazar individualmente la asignación de su programa a uno de esos regímenes. Aunque algunas actividades del estudio sí requerían consentimiento, esa posibilidad no se extendía a la intervención sobre sus horarios.

Diseñar un experimento científico es por sí solo una tarea complejísima. Ante el desafío de hacerlo respetando los protocolos, una de las críticas más frecuentes es que los sistemas de ética de la investigación suelen ser complejos e ineficientes. A veces incluso son objeto de críticas como una innecesaria burocratización del más puro espíritu por el descubrimiento (un argumento muy fácil de bajar de una cachetada).

Esta complejidad no solo trae problemas a los investigadores, sino también a las personas que deberían verse beneficiadas por el cumplimiento de estas reglas. Pero usar esto como excusa para defender la falta de consentimiento informado parece insuficiente.

Ante la decisión de usar evidencia científica ya obtenida, sin embargo, conviene examinar cada caso. No puede haber una respuesta absoluta respecto a quién tiene derecho a decidir sobre el uso de información valiosa para la ciencia obtenida mediante tortura o sin consentimiento. Notablemente, lo que se debería tener en cuenta son los intereses de los sobrevivientes o familiares de las víctimas.

Lo que no suele medirse en ese cálculo es el daño que hace a la reputación de la ciencia la permisibilidad de atropellos y violaciones a derechos fundamentales. No alcanza con juzgar una investigación por sus resultados. Si la investigación puede avanzar al punto de salvar vidas, pero luego el conocimiento científico obtenido de esa evidencia es rechazado en virtud de la desconfianza hacia quienes lo produjeron, cuántos casilleros logró avanzar la ciencia no será fácil de establecer.

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