La poesía como dinamita
¿Qué puede hacer el arte ante los discursos de poder? ¿Cómo se puede decir, representar, cuando las sociedades no pueden o no quieren mostrar?
Si se lo permitimos, los libros que leemos, las películas o series que miramos, la música que escuchamos o las obras de teatro a las que asistimos se mezclan dentro de nuestro cuerpo –dudo que sea sólo en la cabeza–, y ahí se arma un cóctel que nos puede dar vitalidad, adrenalina y, con ellas, mucho material para la reflexión.
A partir de las imágenes, ideas, sensaciones y sentimientos que surgen de esas obras realizadas por otros, sumado a lo que ya traemos con nosotros, elaboramos combinaciones de sentido que antes de ellas no existían, o que no teníamos en el plano consciente, o que no sabíamos cómo expresar con palabras. Al principio, cuando esas combinaciones empiezan a entrelazarse pueden parecer forzadas; pero, si tenemos suerte, a medida que pasa el tiempo y a fuerza de reflexión, lo que empezó como un apareamiento intuitivo se carga de significado.
Es lo que me pasó en estas últimas semanas cuando se me juntaron en “la coctelera” el libro Vamos a comprar un poeta, del escritor portugués Afonso Cruz, y la película Una casa llena de dinamita, de la directora norteamericana Kathryn Bigelow. Dado que tanto lo que cuentan como su proyecto estético son absolutamente diferentes, me preguntaba por qué uno me traía permanentemente a lo otro. Mi encuentro tanto con el libro como con la película fue fruto del azar. Leí el libro de Cruz porque me lo regalaron, porque lo que edita Libros del Asteroide casi siempre vale la pena, y porque el ejemplar tenía el tamaño ideal para llevar en mi pequeña mochila, en días en que debía ir de un lado para otro con poco peso. Vi Una casa llena de dinamita no porque el algoritmo de Netflix me la ofreciera, cosa que hacía con frecuencia, sino porque Bigelow es una directora que me interesa y, sobre todo, porque Stephen King recomendó la película en X.
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La novela de Cruz transcurre en una sociedad imaginaria, en un futuro que bien se parece a nuestro presente, en la que todo se cuantifica y el materialismo rige la vida cotidiana de los ciudadanos, en el plano que sea. Los nombres de las personas fueron reemplazados por números, los sentimientos se miden en centímetros o se pesan en gramos o se calculan de manera porcentual. “Me he enamorado”, confiesa un niño. Su hermana le pregunta: “¿Cuánto?”. Y el niño responde: “Un setenta por ciento. (…) Tal vez más, un setenta y dos o setenta y cuatro”.
En esa sociedad, además, los artistas se convirtieron en mascotas y cada familia compra o adopta la que quiere. La niña que protagoniza esta novela les pide a sus padres que le compren nada menos que un poeta. A sus padres les parece bien porque dicen que un poeta es bastante más fácil de tener en la casa que los pintores o los escultores que ensucian cada rincón sin hacerse cargo de limpiar. Al día siguiente, la niña y el padre van a la tienda a retirar su compra: el poeta, quien a poco de llegar a la casa va a parar a un pequeño cuarto debajo de la escalera. En esa convivencia, el poeta va dejando papelitos con versos y metáforas por aquí y por allá. Y, para escándalo de los padres, en su pequeño cuarto, sobre la pared, escribe una frase de cuarenta y nueve letras, que la familia más que leer “cuenta”, como cuenta todo; una frase perturbadora para esa sociedad llena de números porque es una ventana que invita ver el mar. Así, poco a poco, la vida familiar se va modificando gracias a esos versos a los que en principio nadie atiende, más que para medirlos, pero terminan moviendo las estanterías de todos ellos.
En la película de Biguelow, la historia guionada por Noah Oppenheim, cuenta que un misil nuclear de origen desconocido se dirige a la tierra y, según la órbita descripta en los radares, impactará en la ciudad de Chicago dentro de veinte minutos. La situación dispara tres líneas simultáneas de narración, que recorrerán ese corto lapso con tensión extrema, en las que veremos los intentos fallidos por detener el misil y los devaneos de quienes están a cargo acerca de qué repuesta o contraataque se debe dar, dado que no está claro quién lo lanzó. ¿Rusia? ¿China? ¿Corea del Norte? Cualquier respuesta sólo surge de especulaciones o intereses, pero nadie puede confirmar quién es el enemigo.
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SumateLos hechos se narran de manera vertiginosa, y Biguelow maneja la cámara con planos que incrementan el suspenso y la tensión del guión; pero lo que le queda claro al espectador después de ver la película es que ni los principales funcionarios de la Sala de Situaciones de la Casa Blanca, ni los altos jefes militares, ni el presidente y sus más cercanos colaboradores saben qué hacer frente a un inminente estallido nuclear. Y que, más allá de su inoperancia, cada uno en su estilo, es abatido por sus propias inseguridades. Por eso la pregunta que queda dando vueltas cuando llegan los créditos y después de recuperar el aliento es: ¿en manos de quiénes estamos? ¿Quién está a cargo del mundo y sus posibles crisis? Y no me refiero a cuestiones políticas o ideológicas sino meramente de competencia. ¿Tienen las condiciones necesarias para estar a cargo? ¿Saben cómo hacerlo? Cuando subimos a un avión, damos por un hecho que el piloto conoce la máquina y cómo operarla, y nos entregamos a él. En el caso del manejo del mundo, cada vez parece más difícil entregarse.
Hasta ahí los dos ingredientes en la coctelera: el libro de Cruz y la película de Biguelow. Ahora la agito en el aire, mezclo esos dos hechos artísticos que se encontraron por azar y que se me presentan intuitivamente juntos, saco la tapa y empiezo a reflexionar sobre lo que hay. Por un lado, un mundo yendo hacia una catástrofe nuclear que quienes tienen el poder no pueden evitar. Por el otro, un futuro cercano, hipercontrolado, saturado de datos, en el que a las personas solo les queda reservada una posición pasiva, donde consumen y funcionan pero sin ocupar un lugar propio. Podría ser perfectamente el mismo mundo. Y entonces llega un poeta para poner todo patas para arriba, y así, de alguna manera, permitirles y permitirnos encontrar un camino.
Cuando los que tienen que gestionar el mundo muestran sus fallas, ya sea por opacidad, cinismo o incompetencia, surge la necesidad de otras formas de comprensión que no provienen de los algoritmos ni de los liderazgos técnicos, sino del lenguaje poético y de las artes. Quizás mi cóctel, con esa conclusión esperanzadora, suena naif. Lo acepto, pero lo necesito. Estamos llegando a fin de año y quisiera recuperar alguna esperanza, aunque cueste. Por supuesto sería ingenuo pensar que la poesía puede detener un misil –ni tantas otras catástrofes–. Pero sí podemos apostar a que le devuelva a la humanidad su agenda, lo que importa, lo trascendente; que nos permita corrernos de la agenda que nos imponen cada mañana a fuerza de escándalos de distinto tipo. La poesía es capaz de nombrar aquello de lo que no se habla porque no se puede medir en eficiencia o en utilidad. Y quizás, en la metáfora, hasta nos permita construir un horizonte, dibujar otra realidad, y luego, cuando sea el momento indicado, construir el mundo que imaginamos.
Novelas distópicas, futuristas o de las otras, ensayos y poemas muestran que el arte funciona como una forma de inteligencia alternativa, capaz de revelar lo que los discursos de poder no pueden o no quieren mostrar. En un futuro hiper cuantificado que imagina Afonso Cruz, la poesía se vuelve un bien de consumo, pero también una necesidad vital. Cruz lo cuenta con humor. El poeta, sin proponérselo, salva la fábrica del padre con un verso sobre la eficiencia del calor humano: Un beso es más eficiente a la temperatura corporal. Y aunque el señor al borde de la quiebra desconfiaba de los versos, ese papel dejado por el poeta subrepticiamente en su escritorio hace que se dé cuenta de que la falla está en que sus obreros se están muriendo de frío mientras trabajan, por eso en su fábrica todo sale mal. El hombre pone calefacción y todo cambia radicalmente.
Hay muchos ejemplos de escritores y escritoras que iluminan con lenguaje poético cuestiones que para muchos permanecen ocultas debajo de capas de tecnicismos. Frente a una crisis no nuclear pero ambiental, para defender nuestro humedales, Gabriela Cabezón Cámara recurrió al lenguaje poético, en un texto que presentó en el Foro Internacional de la Lectura de la Fundación Mempo Giardinelli, en 2022: “ (…) Quedarán huesos por ahí, y tocones. ¿Nos mira? ¿Qué mira el ojo de los que han sido quemados? Es un remolino de humo que se espirala y se arrepolla en rosa y el botón de la rosa es el ojo de un animalito calcinado.”
Muchos periodistas y activistas ambientalistas, cuando quieren hablar del cambio climático y sienten que el lenguaje que usan habitualmente no les alcanza para transmitir la experiencia emocional del riesgo existencial, citan Alfabeto de la danesa Inger Christensen. Alfabeto es un largo poema o una serie de poemas entrelazados; cada estrofa sigue la secuencia matemática de Fibonacci (0,1, 2, 3, 5, 8…), y sigue las letras del alfabeto de la A a la N. Por la forma de crecimiento de la secuencia, la estrofa que empieza con la A tiene un verso y la última, que empieza con la N, tiene seiscientos diez. El poema evoca distintos temas de la naturaleza, patrones cíclicos de creación y destrucción. Cito un breve fragmento como ejemplo:
No hay más que
decir; nosotros garantizamos
que el daño será el mayor
posible; no hay más que
decir; nosotros
nos garantizamos todo o
nada
no hay más que decir
decir; matamos
más de lo que creemos
más de lo que sabemos
más de lo que sentimos;
no hay más que
decir; odiamos
no hay más
Vuelvo a la coctelera. En Una casa llena de dinamita, los líderes no entienden, se contradicen, tiemblan o se suicidan ante la responsabilidad final. En el mundo real, ante los distintos conflictos bélicos y catástrofes extraordinarias que vivimos en los últimos años, la sensación es la misma: estamos en manos de gente que no comprende la dimensión de lo que maneja. En el mundo numérico de Cruz, la aparición del poeta alquilado funciona como acto de desobediencia cognitiva, el poeta alquilado no es un lujo, es un sistema de navegación. Porque cuando lo técnico enmudece frente a una crisis nuclear o climática, cuando las planillas de cálculos, los gráficos o las simulaciones no dan respuestas, la palabra poética puede meterse por esa grieta por la que todavía entra lo humano, porque es la interrupción que da sentido.
¿Qué sale entonces de esta coctelera? ¿Qué dice esta conversación entre una película de catástrofe nuclear y una novela distópica portuguesa? Tal vez, que necesitamos recuperar un lenguaje que vuelva a hacer preguntas antes de ofrecer respuestas vacías de sentido, que ensanche la percepción en lugar de estrecharla. En medio de tanta incertidumbre geopolítica, climática y tecnología, la poesía –como la prosa poética, el arte, la imaginación– no reemplaza a la política, pero sí puede demostrarnos que sigue ahí cuando todo colapsa y que puede devolverle a la política algo que perdió: la capacidad de pensar en la magnitud de lo que está en juego.