La libertad no es lo que solía ser: cómo entender la operación de Trump en Venezuela
Estados Unidos capturó, detuvo y se llevó a Maduro después de un ataque dirigido contra el líder venezolano. ¿Qué consecuencias puede tener en la región y qué se puede esperar a partir de esto?
A la madrugada, una operación limitada realizada por la Fuerza Delta –el cuerpo de élite del Ejército estadounidense–, asistido por la CIA y por bombardeos sobre la estructura militar en los alrededores de Caracas, terminó con la captura del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y de su esposa, Cilia Flores. La información compartida por Donald Trump en la red social de su propiedad indicaba que Maduro se encontraba detenido en el USS Iwo Jima, uno de los buques que componen el enorme despliegue militar estadounidense en el Caribe de los últimos meses.
El ataque contra el territorio venezolano y la posterior detención de un jefe de Estado extranjero otorgan pistas sobre el rumbo del orden regional y global, pero exceden las todavía brumosas consecuencias que el ataque tendrá para Venezuela, que se encuentra a las puertas de una reconfiguración cuyo sentido es muy difícil de prever.
¿Ocupación estadounidense?
La declaración de Donald Trump de que Estados Unidos va a dirigir Venezuela tras la extracción de Maduro agrega incertidumbre a una situación de por sí compleja. Sería una situación inédita en el continente y, a diferencia de Irak o Afganistán (o el Japón y la Corea de posguerra), no se conoce la presencia de tropas estadounidenses en territorio venezolano (incluso la Embajada fue cerrada en 2019). Todos los resortes del poder son controlados por el Partido Socialista Unido de Venezuela, que presidía hasta hoy Maduro y la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. En este marco parece logísticamente imposible que los Estados Unidos vayan a controlar el país por sus propios medios.
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¿Con ayuda de algún topo local?
La sugerencia de Trump es que la vicepresidenta y presidenta en ejercicio, Delcy Rodríguez, será la encargada de ejecutar los planes estadounidenses. Eso haría sentido con la llamativa facilidad con la que se ejecutó el operativo, en menos de tres horas y sin ningún soldado estadounidense fallecido.
Que la operación resultara muchísimo menos compleja que la deposición y secuestro de Manuel Noriega en 1989 -en una Panamá sin Fuerzas Armadas y parcialmente ocupada por los Estados Unidos- lleva a pensar en un acuerdo, al menos parcial, con la dirección del régimen. Si bien Rodríguez se expresó nominalmente en contra de la captura de Maduro, pidiendo pruebas de vida, algunas figuras dentro de Venezuela y venezolanos en el exilio señalaban desde temprano el silencio de su hermano Jorge, presidente de la Asamblea Nacional y la tibieza de las suyas propias, como indicador de un cambio de lealtades que, sin embargo, sólo sería decisivo si tuviera un correlato en sectores relevantes de las Fuerzas Armadas. Las fuentes en Miami llevan meses sugiriendo operaciones y negociaciones en ese sentido.

Diosdado Cabello y Vladimir Padrino aparecen como las figuras que podrían torcer la balanza, aunque la opacidad de las lógicas militares, muchas veces conspirativas, y la amenaza del uso de la fuerza, hacen difícil descartar alguna sorpresa incluso si Cabello y Padrino hubieran mantenido las posturas de intransigencia y compromiso con la gobernabilidad chavista que mantuvieron en el pasado. Hoy no parece que haya un futuro alejado de la voluntad estadounidense.
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SumateQue durante el día hayan sido más numerosas las movilizaciones en Cuba que en la propia Venezuela es un indicador más de una crisis de legitimidad interna que excede el fraude de julio de 2024.
¿Narcotráfico?
La excusa estadounidense para la invasión -la idea de que Maduro es un “narcoterrorista” que debe ser detenido para que pueda enfrentar a la justicia estadounidense- tiene problemas evidentes. Venezuela no es, de acuerdo a la DEA, un centro relevante del narcotráfico internacional ni está involucrado en la distribución de fentanilo, caracterizado como la principal emergencia en materia de delito y salud pública para la administración estadounidense. Nadie ha probado la existencia del denominado Cartel de los Soles y el involucramiento sí probado de figuras del gobierno con elementos del narcotráfico aparece más en los márgenes de la élite dirigente que como una actividad sistemática.
En cuanto a la idea de que Maduro es responsable de la migración masiva a los Estados Unidos, es cierta pero no en los absurdos términos de “invasión”, que refiere Trump sino porque las consecuencias de sus desastrosos gobiernos llevaron a la migración a cerca del 20% de la población, repartida en los Estados Unidos, España, y –sobre todo– en distintos países de la región, donde se han convertido en un factor de la política interna.
La sugerencia presidencial de que Estados Unidos va a controlar la política y el petróleo venezolano hace aún más obvia la falsedad de los argumentos esgrimidos que, si el Congreso estadounidense se tomara en serio sus competencias, implicarían una severa violación de las facultades constitucionales para actos de guerra. El presidente decidió un acto de intervención y cambio de régimen en un país extranjero sin que medie una autorización legislativa para el uso de la fuerza, que sí existió en Irak o Afganistán. Los límites al despliegue estadounidense, si fueran a aparecer, podrían venir desde dentro de los Estados Unidos
La región impotente
En otro momento regional hubiera sido de esperar una reacción coordinada que intentara limitar la influencia estadounidense en la zona. La gestión de crisis a nivel presidencial, en el seno de UNASUR; la influencia regional de Brasil, reconocida por izquierda y derecha; y el compromiso con principios compartidos se ha evaporado en la década desde que Maduro acabó con la democracia venezolana reemplazando a la Asamblea Nacional –opositora– por una Asamblea Constituyente “originaria” que no redactó ninguna Constitución. Desde 2015, casi todos los países de la región atravesaron crisis. La fragmentación y la inestabilidad se convirtieron en la norma y la diversidad en una heterogeneidad pendular que hizo difícil cualquier intento de unificación de la voz de América Latina o América del Sur.

El intento de Lula da Silva, al inicio de su presidencia, de reflotar la UNASUR, terminó en un fracaso estruendoso que no trató de revertir desde entonces. También fracasó el trabajo de Brasil, junto a México y Colombia, de encauzar la situación venezolana garantizándole una salida democrática que Maduro, sencillamente, no respetó cuando fue derrotado. Ninguna presión generó ningún efecto.
El comunicado brasileño, cuyo énfasis en la defensa de la soberanía de los estados frente a la injerencia extranjera es una muestra de consistencia y solidez a nivel de posicionamiento internacional, es también un testimonio de impotencia.
Hoy no hay una voz ni un liderazgo regional unificados que discutan o negocien con los Estados Unidos, y lo que más se parece a eso es una internacional reaccionaria cuyo epicentro se encuentra en Miami.
América para los republicanos
“El corolario Trump a la Doctrina Monroe”, tallado en la Doctrina de Seguridad Nacional estadounidense, tiene un foco sistémico en el control del Hemisferio Occidental (argot estadounidense para nombrar el continente americano) por parte de los Estados Unidos. El despliegue militar que amenazó a Venezuela los últimos meses, hasta la concreción del ataque de gran escala que terminó en el arresto de Maduro, fue sólo un capítulo de una larga lista que incluye la presión sobre Panamá para expulsar a los capitales chinos de los puertos marítimos en los márgenes oceánicos del canal; los avances retóricos sobre Groenlandia y Canadá; y los aranceles –luego atemperados– sobre Canadá y México, que reafirmaron una asertividad inédita que se combinó con una tónica expresamente partidista, que se expresó en los aranceles contra Brasil vinculados a las condenas por golpismo contra Jair Bolsonaro y sus partidarios, las amenazas contra Gustavo Petro y las intervenciones electorales en Argentina y Honduras, donde impulsó las victorias electorales de Milei, en la elección de medio término y la –muy cuestionada– de Nasry Asfura en Honduras.

En todos los casos, se impulsó no sólo el alineamiento estatal con los Estados Unidos, sino también político con el trumpismo. El ataque a Venezuela confirma que la idea del alineamiento de los gobiernos regionales, que aparece expresa en la Doctrina de Seguridad Nacional, no reconoce tampoco límites en los medios utilizados, que pueden ser concretos o promesas, coercitivos –militares o arancelarios– o de estímulo –crédito, inversión– o alguna combinación de todos ellos. Si la superioridad militar y económica estadounidense es abrumadora y muy difícil de resistir para los países de la región, los acontecimientos parecen confirmar que tampoco tendrán una contestación de las potencias extrarregionales, particularmente China, cuya influencia económica en América Latina es al menos equiparable con la estadounidense.
Son tiempos difíciles para la soberanía
El accionar estadounidense en Venezuela, la detención de un jefe de Estado, el anuncio de ocupación del gobierno, el recurso ilegal al uso de la fuerza y la consolidación de esta como razón de Estado es un golpe directo al principio de resolución pacífica de controversias y de igualdad soberana de los países y a la propia soberanía de estos, en el altar del ejercicio desnudo del poder como lógica dominante de las relaciones internacionales. Si bien la razón de la fuerza estuvo siempre imbricada en el análisis de la geopolítica, el peso de normas y principios compartidos ha sido un límite fluctuante a esas vías de hecho. La erosión del más importante de esos principios a niveles no vistos desde el fin de la Guerra Fría.
Si bien es incomparable en la escala de la agresión –aquí no hay una invasión que provoca una guerra, sino un ataque limitado, y los Estados Unidos no tienen una pretensión de conquista territorial sobre Venezuela como Rusia la tiene sobre Ucrania– el paralelo con la invasión rusa en territorio ucraniano es ineludible. El cuestionamiento a la legitimidad del gobierno, el intento de cambio de régimen y de forzar el alineamiento de un país son, todos, elementos repetidos. Incluso la no pretensión territorial estadounidense queda relativizada en la medida en que Trump se arrogó la facultad de disponer del gobierno y el petróleo venezolanos.
El gobierno de Trump, más allá de alguna excusa cosmética, parece conforme con esta situación y –aún condicionado internamente– se ha mostrado contemplativo con la posición rusa en Ucrania, que se acerca, en última instancia, a su propia visión de un mundo de relaciones de fuerza y grandes poderes intentando imponer su voluntad.
Dos peligros obvios afloran de esta mirada, además de los de las propias intervenciones, que deberían poner en guardia a todos los países pequeños. El primero es que quienes se encuentran bajo amenaza de ser superados en una contienda bélica busquen el reaseguro de las armas nucleares, como lo han hecho con éxito Corea del Norte y Pakistán –el contraste con una Ucrania que renunció voluntariamente a ellas es atronador–, dando pie a un orden de proliferación descontrolada con riesgos imprevisibles. Japón, Corea del Sur, Irán y los países árabes del Golfo son candidatos a una política de proliferación en el futuro cercano.
El segundo es que China, tomando nota de la pérdida de importancia de las normas internacionales, intente revertir el status quo en la isla de Taiwán y materializar la reunificación. El caso es diferente, ya que tanto la posición oficial china como la del gobierno taiwanés son que Taiwán es parte de China, y ambos se proclaman como los gobiernos legítimos de esa unidad territorial, pero el recurso al uso de la fuerza podría ser allí más nocivo para el orden global que en otras regiones del mundo. Una eventual acción de China colisionaría directamente con los intereses estadounidenses y de sus aliados en el Pacífico, con consecuencias bélicas difíciles de prever.
¿Hay futuro?
La captura y detención de Nicolás Maduro augura una enorme cantidad de complejidades cuya resolución, como la propia acción, tendrá consecuencias internas en Venezuela y Estados Unidos, así como regionales y globales. La idea de que la caída de Maduro traerá estabilidad y democracia en Venezuela aparece incierta, particularmente si la estrategia estadounidense es pactar con una burocracia autoritaria cuyo principal objetivo, desde hace una década, es la autopreservación.
Paradójicamente, el desarrollo del sector petrolero con empresas estadounidenses, que generó los mayores cuestionamientos internacionales, por la obvia apropiación de recursos de un país extranjero, podría permitir a Venezuela una recuperación económica que era imposible en el marco de la destrucción del sector por las políticas del chavismo, que llevaron la producción de crudo a mínimos históricos. En Estados Unidos, posiblemente, la tolerancia a la acción ilegal y unilateral de Trump esté condicionada al control del presidente sobre la base republicana y a la popularidad de sus políticas. Como en tiempos de George W. Bush, los límites podrían emerger tras las elecciones de medio término, cuando se convertirá en un pato rengo, sin posibilidad de reelección, y se profundicen en la medida en que no consiga éxitos económicos.
A nivel regional, la acción en Venezuela aparece como una advertencia inquietante para la región, tanto sobre el alcance y ejercicio del poder estadounidense como sobre la impotencia colectiva para hacerle frente, y la disponibilidad de amplios sectores de la élite local para secundar esas intervenciones. A nivel global, es una confirmación de la crisis de los principios de no intervención, de igualdad soberana de los estados y la prohibición del recurso al uso de la fuerza. Lo que aparece como una linealidad desoladora, sin embargo, no debería dar lugar a certezas sobre un futuro que, siempre, es impredecible. El pantano de Irak y Afganistán, que convirtieron rápidas victorias militares estadounidenses en derrotas políticas y estratégicas, aparecen como ejemplos más cercanos de las consecuencias de creer que la fuerza bruta puede generar resultados permanentes y planificables.