La IA como oportunidad productiva y el desafío de la adopción social

Su despliegue redefine las condiciones de competitividad internacional y representa una oportunidad concreta para acelerar nuestro desarrollo si sabemos cómo incorporar el cambio tecnológico a nuestra ecuación productiva y educativa.

La inteligencia artificial generativa representa una de las transformaciones más profundas de nuestra era, comparable en su magnitud a las revoluciones industriales que dieron forma a la producción a escala y división internacional del trabajo, alrededor de la cual las sociedades han organizado su economía. Cada salto tecnológico, al transformar lo económico, imprime su sello también en lo social y político. Así como la invención de la imprenta, la máquina de vapor o la electricidad redefinieron las sociedades y las economías, la IA está configurando un nuevo paradigma que no podemos ignorar. No se trata de una tecnología que pueda ser «frenada» o evitada. Entonces, el desafío real radica en cómo nos preparamos y adaptamos, fomentando un diálogo ético que no obstaculice sus beneficios en términos de competitividad y productividad.

Su irrupción ha favorecido diversos debates, donde la adopción social, la ética en la utilización de herramientas de inteligencia artificial y las necesidades de regulación vienen protagonizado los más vocales. En este aporte que realizamos desde Argencon —la entidad que nuclea a las principales empresas prestadoras de servicios basados en el conocimiento (SBC) y que actúa como voz de este ecosistema en el país— al dossier especial publicado por CESBA y Cenital, buscamos reflexionar sobre las prioridades argentinas ante esta ola transformadora. 

La conversación pública sobre la inteligencia artificial está atravesada en muchas expresiones mediáticas o en redes sociales por posiciones polares, muchas veces surgidas de sentimientos y pareceres que tapan discusiones concretas. Una oscilación entre la fascinación del consumo cotidiano y sus aplicaciones, y la angustia por la automatización, el impacto de la virtualidad en las relaciones sociales y cómo se ve acelerado por la IA.  Atravesamos un período donde el “hype and fear” domina la conversación pública mundial. En el medio del ruido, entre voces que auguran el “fin del empleo” o una nueva utopía, existen análisis de impacto que buscan estudiar las transiciones de este cambio tecnológico; en este sentido, análisis como los propuestos por el CESBA adaptando metodologías internacionales en su Índice de Exposición Ocupacional a la Inteligencia Artificial Generativa para estudiar la realidad de empleo de la CABA son un aporte de gran valor. Por ello, si nos quedamos únicamente en la parálisis o en el deslumbramiento de la coyuntura, corremos el riesgo de perder de vista la discusión estructural: cómo la Argentina puede capitalizar esta revolución tecnológica para potenciar su matriz productiva y evitar que se amplíen brechas con el mundo desarrollado.

Nuestro aporte desde Argencon intenta ir en esta línea. Concebimos a la IA no como una amenaza exógena ni como una panacea etérea, sino como una tecnología profundamente difundida, transversal y disruptiva. Su despliegue redefine las condiciones de competitividad internacional y representa una oportunidad concreta para acelerar nuestro desarrollo si sabemos cómo incorporar el cambio tecnológico a nuestra ecuación productiva y educativa.

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Argentina en un mercado infinito

El mercado global de servicios basados en el conocimiento (SBC) es de una escala prácticamente infinita (superó los 4 trillones de dólares en 2024) y muestra un dinamismo constante. En este escenario, la Economía del Conocimiento (EdC) argentina, sector joven nacido en los últimos 30 años, ya se ha consolidado como el tercer complejo exportador del país, superando los USD 10.000 millones en exportaciones y empleando de manera directa y formal a más de 348.000 personas (dentro de un ecosistema que supera los 500.000 empleos). Argentina lidera en la exportación de SBC en la región (nuestros principales competidores son Colombia, Mexico, Costa Rica y, en menor medida, Chile y Uruguay) y tiene un enorme camino para recorrer en la escena mundial (hoy es el exportador 42vo del mundo representando el 0,24% de las exportaciones globales).

La razón por la cual la Argentina está en condiciones de aprovechar la ola de la IA radica en su densidad sectorial preexistente. El país cuenta con una sofisticada trama de empresas locales e internacionales que abarcan desde el desarrollo de software (IT) y los servicios profesionales de alta complejidad (KPO/BPO de alto valor agregado), hasta la biotecnología, los servicios audiovisuales y la tecnología productiva. Nos especializamos en segmentos de mayor valor agregado, lo que nos otorga una potencial resiliencia frente a la automatización de tareas más repetitivas en comparación con otros países.

Esta potencia profesional nos permite jugar un doble rol estratégico: por un lado, adaptar el modelo de negocios para capturar la demanda global de soluciones complejas en el amplio campo de los SBC globales; por el otro, generar desarrollos de IA que incrementen la productividad del resto de los sectores de la economía nacional —industria, agrobioindustria, energía y minería—, convirtiendo a esas mismas soluciones en servicios intensivamente exportables. La ecuación es la de siempre: incorporación tecnológica para la diversificación y aumento de la complejidad de la matriz productiva; solo que ahora en el marco de esta nueva ola, acelerada y disruptiva.

Yendo a lo global, nuestro país cuenta con más de 9.000 empresas de Economía del Conocimiento con capacidades desarrolladas en las últimas tres décadas. Un caso concreto ilustra este potencial exportador: la firma argentina Baufest desarrolló para la principal pesquera de Perú una herramienta basada en machine learning y agentes de IA. Al cruzar datos de corrientes marinas con patrones de navegación, la solución permitió prever qué, dónde y cuánto pescar, incrementando la producción en más de un 30% sin inversiones adicionales de capital ni ampliación de personal. Este ejemplo sintetiza el abanico de desarrollos locales, que incluye desde seguridad en líneas de producción y prevención de fraudes, hasta detección de anomalías eléctricas, automatización de documentos públicos, interfaces conversacionales y generación de contenido audiovisual.

La otra cara de la oportunidad reside en los encadenamientos tecnológicos con el resto del aparato productivo nacional. En energía e hidrocarburos, desarrollos como los de Vista o la alianza entre YPF y Globant en Vaca Muerta aplican analítica avanzada e IA para elevar la productividad y seguridad en pozos, maximizando nuestro potencial energético. En la agrobioindustria, el ecosistema AgTech —con fuerte impronta en Córdoba, Santa Fe y el interior bonaerense— potencia la agricultura de precisión mediante imágenes satelitales, drones y sensores de suelo. Esto optimiza insumos, detecta plagas de forma temprana y predice rendimientos, combinando mayor productividad con sostenibilidad. En la industria manufacturera, la transición hacia fábricas inteligentes —con casos locales como Sinteplast o Grido en logística robotizada— abarca desde robótica colaborativa hasta mantenimiento predictivo de maquinaria, previniendo fallas en tiempo real y dinamizando las cadenas de suministro; o aplicándose a la seguridad de los trabajadores en la línea de producción.

Estos casos, presentados acá de manera muy sintética, muestran que la Argentina no solo consume tecnología, sino que la produce y exporta, transformando talento en divisas y productividad.

Transición laboral y productividad

Como bien plantea el querido colega y amigo Juan Graña en su contribución a este mismo dossier de Cenital, la discusión sobre el impacto de la IA en el empleo exige escapar del sensacionalismo. Cada salto tecnológico en la historia de la humanidad genera una reconfiguración de la fuerza laboral, destruyendo tareas obsoletas pero creando nuevas ocupaciones y modelos de negocio.

En el debate académico internacional prevalecen matices profundos. Daron Acemoglu (Premio Nobel de Economía, MIT) advierte que sustituir trabajadores por máquinas puede elevar la productividad promedio, pero no necesariamente la productividad marginal —el verdadero motor de los salarios de calidad—, por lo que critica los modelos de sustitución acelerada y rescata la centralidad del juicio humano. Por su parte, Erik Brynjolfsson (Stanford) evidencia incrementos reales de productividad, pero observa desaceleraciones en la contratación de perfiles junior. Frente a las visiones catastróficas, referentes del sector tecnológico como Martín Migoya (Globant) señalan que la IA acelera la producción de software, pero también dispara exponencialmente la demanda de soluciones personalizadas, evolucionando el rol del trabajador hacia la orquestación y supervisión de agentes inteligentes.

En esta primera etapa de transición, es innegable que la inteligencia artificial puede presionar la ecuación laboral en tareas rutinarias. Sin embargo, como suele ocurrir en la historia económica, la clave para superar este proceso no es el proteccionismo tecnológico, sino la capacidad de acelerar la adopción en personas y empresas.

Luces amarillas

A pesar del potencial del sector, la Argentina muestra importantes «luces amarillas» en su tablero de control. Para que la adopción tecnológica impulse la productividad general, la IA debe permear masivamente en la sociedad y el tejido empresarial.

Hoy encontramos datos contradictorios sobre esta permeabilidad. Por un lado, la reciente encuesta realizada por el CEPE de la Universidad Torcuato Di Tella y Fundar refleja una alta penetración individual: más del 70% de los profesionales y trabajadores urbanos encuestados manifiesta haber utilizado herramientas de IA generativa en sus ámbitos cotidianos o laborales. Sin embargo, al observar la infraestructura empresarial, la encuesta del Centro de Estudios de la UIA junto a Accenture arroja una realidad marcadamente dispar: apenas una porción reducida del entramado industrial pequeño y mediano (PyME) ha integrado soluciones de IA de forma formal dentro de sus procesos productivos y de gestión. Existe una brecha evidente entre el uso individual recreativo o de consulta (usuario) y la verdadera integración estratégica e industrial (super usuario).

Pero el cuello de botella más crítico para nuestro futuro no está en los servidores, sino en las aulas. El talento no se improvisa; se construye a partir de una trayectoria educativa sólida y sostenida. En Argencon hemos encendido una señal de alerta ante los desgarradores resultados de las pruebas PISA 2025: Argentina quedó ubicada en el puesto 72 entre 91 economías, donde solo el 24% de los estudiantes alcanzó el nivel mínimo de competencia en Matemática, el 40% en Lectura y el 41% en Ciencias.

Estos indicadores representan una amenaza directa al corazón de la Economía del Conocimiento. Si nuestros jóvenes no desarrollan competencias básicas de comprensión lectora, pensamiento lógico-matemático, capacidad de abstracción y resolución de problemas, difícilmente puedan convertirse en los «super usuarios», programadores, ingenieros o profesionales críticos que la era de la inteligencia artificial demanda. Corremos el riesgo de transformarnos en meros espectadores pasivos de tecnologías desarrolladas en otras latitudes.

Atravesar una época signada por la velocidad requiere superar el sonambulismo tecnológico. La mera admiración positiva o negativa ante el fenómeno inmoviliza. La respuesta a la transición no vendrá de soluciones unívocas. Los esfuerzos públicos y privados deben estar en la adopción social tecnológica como un continuo.

La inteligencia artificial no es una opción a discutir, sino una realidad ineludible. En la Argentina nos sobran condiciones de talento y visión emprendedora para ser protagonistas de este cambio. Transformar el vértigo de la incertidumbre en un vector de desarrollo equitativo depende de la rapidez con la que seamos capaces de formar a nuestras personas y de modernizar nuestras empresas. Ese es el compromiso que desde Argencon impulsamos para el futuro del país.

Economista (UBA) especializado en desarrollo productivo y director ejecutivo de Argencon. Fue director nacional de Política Industrial del Ministerio de Desarrollo Productivo (2019-2022) y ha desempeñado roles ejecutivos en diversas asociaciones empresariales. También es docente en la UCES y la UCA.