La ejecución de los Rosenberg
La historia de los dos únicos civiles norteamericanos ejecutados en la silla eléctrica por espionaje.
Una pareja de “espías atómicos” había revelado el secreto de la bomba a la Unión Soviética. Luego, el país no había logrado imponerse con la mera amenaza nuclear — tal como eran sus cálculos luego de Hiroshima y Nagasaki — . Luego, la pareja simpatizante del comunismo, era la responsable de las miles de muertes al otro lado del mundo, en Corea. El argumento, que podría haber sido político, se convirtió en una sentencia judicial, con una serie de manipulaciones y distorsiones que no podemos describir acabadamente, pero que se pueden encontrar en tantos libros como Executing The Rosenbergs, de Lori Clune.
Hasta aquí, la historia resumida. A partir de aquí, la historia contada por sus protagonistas.
Entre que fueron detenidos y ejecutados, los Rosenberg pasaron dos años en la cárcel de Sing Sing, en Nueva York. Podían verse una vez por semana, los miércoles. El resto de la semana se escribían cartas. Se daban ánimos, se confirmaban inocentes, se relataban sus vidas en la celda. Y, fundamentalmente, hablaban de sus hijos. Michael y Robert tenían ocho y cuatro años cuando sus padres fueron detenidos. Las cartas entre los Rosenberg se conservaron. En Argentina se publicaron bajo el título Cartas desde la Casa de la Muerte, una edición de la Unión de Mujeres de la Argentina, la organización que participó aquí de la campaña internacional contra la condena a los Rosenberg.
Dos años esperando la silla eléctrica son una tortura. Dos años esperando la silla eléctrica, con dos hijos menores de diez años afuera, resultan inaguantables. Julius y Ethel intentan generar una normalidad imposible. “Le sugerí a Lena que les compre plastilina y moldes, pizarras mágicas y coches de goma”, escribe Ethel. “Nuestros chicos gozan de cada minuto en la colonia”, le cuenta Julius, que le reporta su madre. “El hecho de que hayan logrado poner a Robby en un jardín de infantes muestra qué pronto llevan a cabo nuestras sugerencias”, se entusiasma.
El primer cumpleaños de Mike con sus padres detenidos coincide con una noticia que los devasta. El Tribunal de Apelaciones del Circuito rechaza la apelación de los Rosenberg y solo queda por delante la Corte Suprema de Justicia. “No tengo más comentarios — escribe Ethel a su esposo — excepto expresar mi horror ante la urgencia con que el gobierno parece presionar para que nos maten”. Tras esa decisión, Julius encuentra que la vía institucional para conseguir la revocatoria de la condena está agotada. “No queda alternativa — le responde — que hacer los mayores esfuerzos en el único sentido que nos es posible: denunciar este procedimiento inquisitorial”. Aunque no haya ánimos para festejar, escribe Ethel ese día, desearía que Mike “tenga el dichoso privilegio de invitar algunos amiguitos para compartir una torta de cumpleaños y un rato de diversión”.
Los Rosenberg aceptaron que su única esperanza es la movilización. La campaña por justicia para el caso logra trascendencia pública. Los detalles del juicio, que no se revelan del todo, generan sospechas. La idea de “el secreto de la bomba”, como si el desarrollo de una bomba atómica dependiera de algo así, funciona como propaganda pero menos como justificación de una sentencia. Aún si todo el caso contra Julius fuese cierto, la condena a muerte a Ethel solo tiene el objetivo de presionarlo para que confiese. Su participación — “pasando a máquina el secreto de la bomba” — solo está confirmada por el testimonio de David, su propio hermano. Quien, a cambio de ese testimonio, logró que quiten del caso y de prisión a su propia mujer (así lo contó, muchas décadas después, el propio David).
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SumatePróximos a una muerte inminente, ni Julius ni Ethel muestran la menor disposición a hacer una declaración que considerarían falsa. Asumirse culpables los quitaría de la silla eléctrica.
Podemos sentirnos agradecidos, escribe Julius poco antes de que la Corte decida rechazar el caso y confirmar la condena, “por haber logrado un grado de comprensión que nos permite determinar claramente nuestra posición y no apartarnos de la verdadera finalidad, nuestra campaña para una completa vindicación”. La confirmación de la condena será el anteúltimo golpe contra los Rosenberg. Queda solo por delante la posibilidad de un indulto presidencial (el presidente dejó de ser Truman y es ahora Eisenhower), que tampoco ocurrirá. Julius y Ethel lo saben.

De octubre de 1952 en adelante les resta esperar la muerte. Y una disyuntiva que en las cartas plantean. Cada uno de ellos recibe una oferta, de distintas maneras, de salvar su vida y, tal vez, la de los dos. A cambio, deben confesarse espías soviéticos. Ethel le escribe a Manny — quien está a cargo de su defensa y del cuidado de sus hijos — que en las últimas semanas se ha enterado de un rumor. Se divulga que le conmutarán la sentencia a ella sola, por su condición de mujer y de madre, mientras que Julius será electrocutado. Así, especula, “mis ‘secretos de espía’ no morirán conmigo y existiría aún la posibilidad de mi eventual retractación”. Adivina Ethel así que el objetivo del rumor es hacerla confesar. Si ella da su testimonio, si confiesa que eran parte de un dispositivo de espionaje soviético, ambos se salvarán. Pero la presión no funciona:
Una furia helada se apodera de mí y podría vomitar de horror y repugnancia porque estos salvadores proponen en realidad erigir un sepulcro en el cual yo viviría y moriría sin estar muerta. (…) Antes compartir la muerte con mi esposo que aceptar la vida ignominiosa gracias a tal generosidad.
Un funcionario de gobierno, cuenta Julius, le ofrece un trato similar. Debe “darle a Washington” argumentos para volver a pedir el indulto. Información, nombres, sugiere el enviado del gobierno (que luego negará ese encuentro públicamente). De esa manera, el Departamento de Estado y el Poder Judicial podrían modificar la condena a muerte por unos años de prisión. Julius se negará. La pena debe ser conmutada, agrega, pero también deben ser declarados inocentes por los cargos. Sabe usted, le dice al funcionario del gobierno, que sólo una Corte de Apelación mantuvo el veredicto del primer juicio. Luego, le recuerda, simplemente todas las instancias se negaron a tratar el caso esperando que alguno de los dos ceda y saque al Departamento de Justicia y los jueces que lo condenaron del embrollo. En el camino, le asegura Julius, consiguieron que hombres de ciencia como el profesor Einstein, el dr. Harold Urey, gente de la ciencia, escritores, el papa Pío XII, tres mil dignatarios, iglesias cristianas, prominentes rabinos y otros millones de personas solicitaran el indulto.
La respuesta del funcionario es simpática: “No, Julius, el papa no pidió el indulto”. El papa efectivamente había pedido varias veces clemencia por los Rosenberg e incluso, en esas semanas cruciales, mandó un pedido formal al presidente Eisenhower para que suspenda la ejecución. El pedido, cuenta el libro de Lori Clune, fue ocultado al presidente por el Departamento de Justicia, junto a otros reclamos de embajadas de todo el mundo.
La campaña en la prensa nacional, sin embargo, recrudece y cae pesadamente sobre la vida de los condenados. El New York Post publica que los Rosenberg habían rechazado un rabino para su confesión final porque los rabinos eran “instrumentos del régimen capitalista”. Julius lo niega en una carta. El New York Times informa que Myles Lane, funcionario del Ministerio Público a cargo del caso, dijo en una cena: “Si los rojos están dispuestos a terminar con nuestras vidas terminaremos primero con las de ellos”. Prácticamente toda la prensa, le escribe Julius a Ethel, “se ha embarcado en una campaña jingoísta”. Declaraciones belicosas, editoriales y artículos que exponen a “los espías atómicos”, terminan de crear el clima necesario para que dos civiles, por primera vez en la historia, caminen juntos hacia la silla eléctrica de Sing Sing.
Es el 19 de junio de 1953 cuando Julius y Ethel caminan por última vez. Tienen la última oportunidad de permanecer con vida. Cualquiera que pida hablar con el Departamento de Justicia y “confesar lo que sabe” salvará la vida de los dos. Hay un teléfono dispuesto para ello. Nunca se va a usar.
A las 20.06 Julius Rosenberg murió ejecutado por tres descargas eléctricas. Diez minutos después, Ethel Rosenberg sufrirá cinco para cumplir con su destino.
Cada uno había dejado escrito un testamento y cartas para sus hijos. Ethel las acompañó con un poema de su autoría, llamado “Si morimos”:
Si morimos un día sabréis, hijos míos,
sabréis por qué dejamos el canto interrumpido,
para descansar bajo tierra.
No lloréis más, hijos míos, no lloréis.
¿Por qué las fraguadas mentiras e inmundicias?
¿Por qué las lágrimas que derramamos?
¿La justicia que nos abruma?
El mundo lo sabrá un día
la tierra sonreirá, hijos míos, sonreirá
y se extenderá el verdor sobre nuestra tumba.
¡Cesará la masacre,
el mundo conocerá la alegría!
¡Trabajad y construíd, hijos míos, construíd
un monumento al amor y a la dicha,
a la fe que hemos conservado
para vosotros, hijos míos, para vosotros!
Dice.