La diferencia

¿Qué puede pasar en un minuto? Si se nos va, si se nos escapa, si no lo pudimos aprovechar, puede que no lo olvidemos.

Se entiende bien a qué apunta la consigna que el Gobierno de la Ciudad repite con constancia desde los letreros luminosos que ubicó sobre unas cuantas de sus avenidas, la que reza: “Un minuto no hace la diferencia”. Se entiende bien a qué apunta: a calmar la ansiedad de los nerviosos conductores, hacer que de alguna manera se serenen, que entiendan que la luz amarilla de los semáforos, suave anuncio de la roja, está hecha para frenar y no para acelerar, que se resignen a que ya es de uso y costumbre en nuestro país que los que van más despacito tomen siempre los carriles de la izquierda, que son los rápidos. 

En efecto, sí: un minuto no hace la diferencia. Hay que ceder el paso a los peatones, cuando se gira. No hay que pasar de los cuarenta kilómetros por hora en las calles, por más desoladas que luzcan, ni de sesenta por hora en las avenidas, aunque nos tienten con su anchura al placer de la velocidad. El tren no se ve ni en lontananza, la barrera se bajó con una antelación desmedida; no obstante, hay que esperar. Porque, en efecto, sí: un minuto no hace la diferencia.

Es difícil, sin embargo, que ese texto urbano, una vez leído y aceptado en su intención específica, no nos ponga a pensar de inmediato en las tantas y tantas veces en las que, por el contrario, un minuto sí hace la diferencia. ¿Cuántas escenas de película hemos visto en las que hay uno que llega corriendo a la estación de trenes, empujando gente y cosas, para asomarse resoplando al andén que le corresponde y encontrarse con que acaba de quedar vacío? ¿O escenas en las que, en una esquina cualquiera, alguien espera y espera y espera, mira la hora con impaciencia creciente, hasta que por fin se cansa y se va, y apenas se va, al minuto nada más, la persona esperada aparece, pero ya para el desencuentro? ¿Cuántas escenas de cuenta regresiva hemos visto, en las que había que desactivar una bomba? Y goles de minuto noventa, o ya en tiempo de descuento, ¿cuántos hemos visto, gritado, sufrido? Y nocauts de último round, en peleas al parecer ya perdidas, ¿cuántos hemos visto? Por no mencionar (pero ya lo estoy mencionando) aquel doble de agonía de Manu Ginóbili en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, que deja en evidencia que, en ocasiones, no ya un minuto, sino un segundo, un último segundo, un segundo nada más, puede hacer la diferencia.

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Los letreros luminosos de las avenidas de Buenos Aires puede que nos apacigüen y nos alejen convenientemente de las imprudencias viales. A la vez, y aunque sea sin proponérselo, infunden en nosotros la ilusión de una vida apacible, sosegada, labrada con paciencia artesanal, cultivada en un saber específico, que no es otro que el saber esperar. Desfilan ante nosotros refranes del tipo de “Nadie muere en la víspera” (lo solía citar Carlos Menem), “Todo pasa” (anidaba en Julio Grondona) o “No por mucho madrugar se amanece más temprano”: los tomamos como quien se toma un ansiolítico, en procura de un efecto análogo.

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Bajamos la velocidad, frenamos en amarillo, cedemos el paso al peatón, no adelantamos por el carril derecho. Pero también nos quedamos pensando en las veces en que debimos ir a un lugar y no fuimos, el día que teníamos que ir, o en las palabras que debimos decir y no dijimos, en el minuto que teníamos para decirlas, o en el gesto que debió nacernos y no nos nació, en el instante en que hacía falta. Y ya no hubo otro día para ese día, ni otro minuto para ese minuto, ni otro instante para ese instante; ninguno tuvo su después, todos cayeron al abismo del ya nunca.

Leímos, claro, “El jardín de senderos que se bifurcan”. Pero no es ése el jardín que habitamos. El nuestro, por grato que sea, transcurre inexorablemente en una sola dimensión. Ese camino que no tomamos, que no vimos o elegimos, que descartamos, no preferimos, no ha de ser el que tomamos en otro tiempo, simultáneo o paralelo. No ha de ser, no ha de existir, ha de perderse, tal y como, en ocasiones, podemos llegar a perder un minuto. Y no un minuto cualquiera, en el sentido en que se dice “no podemos perder un minuto”, sino un minuto en particular, uno en especial, ese minuto, el de hacer lo que, si no, ya no vamos a hacer, el de decir eso que, si no, ya no vamos a decir.

Ese minuto sí hace la diferencia. Si pasa y se va, si pasa y se nos va, sí hace la diferencia. Y la diferencia puede ser grande.

Nació en Buenos Aires en enero de 1967. Enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y Narrativa Argentina en la Universidad Nacional de las Artes. Su último ensayo publicado es "Lo que entiendo por Borges". Su última novela publicada es "La separación". Su último libro de cuentos publicado es "Desvelos de verano".