La cumbre Massa – CFK y el factor Kicillof
Elecciones clave en Brasil, Estados Unidos e Israel. Milei contra sí mismo y el peronismo en movimiento.
En las próximas semanas se va a definir parte importante del mundo en el que Javier Milei tendrá que disputar las elecciones de octubre de 2027. Tres competencias –Brasil, Estados Unidos e Israel– pueden modificar la posición internacional de un presidente que hizo de su alineamiento ideológico el pilar de su política exterior. Los cambios llegarán en un momento especialmente delicado para la economía argentina, que empieza a sentir los efectos de un contexto financiero internacional más exigente, amplificados por las debilidades del programa económico.
El próximo domingo, Brasil elegirá presidente entre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente condenado, Jair. El candidato de derecha, que llega con una ligera ventaja en las encuestas, es un admirador declarado de las políticas de Milei, que se involucró explícitamente en su campaña y aprovechó su última visita a Estados Unidos para reunirse con Eduardo Bolsonaro, hermano del candidato, en un evento público en el que volvieron a agredir al presidente brasileño y anticipar un intento de cambiar el Tribunal Superior. Una victoria de Flávio le ofrecería al presidente argentino un aliado en el principal socio comercial del país y ambos gobiernos podrían encontrar puntos de acuerdo para impulsar una reformulación del Mercosur hacia una zona de libre comercio, sin unión aduanera, que destruya el arancel externo común y, aún si eso no fuera posible, podrían promover acuerdos comerciales más ambiciosos con Estados Unidos y consolidar una estrategia de desarrollo que postergue la industria regional en el altar de la explotación y exportación de recursos naturales. Una agenda atractiva para un sector importante de las élites a ambos lados de la frontera.
Esa coincidencia política tendría como contracara cierta pérdida de gravitación internacional del presidente argentino. Es cierto que Milei construyó una parte importante de su relevancia internacional no por el peso de Argentina –siempre considerablemente inferior al de Brasil– sino por el protagonismo de su figura y sus ideas dentro de las discusiones internas del universo trumpista, mientras Flávio Bolsonaro es un dirigente bastante convencional, menos disruptivo y con menor personalidad política. Sin embargo, un Brasil gobernado por un aliado de Donald Trump se convertiría en un interlocutor privilegiado para la estrategia estadounidense hacia América Latina, en tanto el ascendiente de Milei se redujo desde que el sector tech –incluyendo al propio Elon Musk– pasó de participar directamente en el gobierno a un rol secundario, en un contexto de suma impopularidad de ese sector, históricamente afín a las ideas libertarias. Milei podría ganar un socio para sus proyectos de integración comercial y alineamiento diplomático, pero perder parte de su relevancia global. Un trade off que para el presidente argentino, cuya prioridad es siempre y en todo lugar él mismo, está por verse que sea beneficioso.
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Una victoria de Lula, por el contrario, preservaría su posición: Argentina seguiría siendo uno de los principales aliados ideológicos de Washington en una Sudamérica gobernada por presidentes de otro signo político. Sin embargo, dificultaría los proyectos de reforma del Mercosur y profundización del vínculo con Estados Unidos. También obligaría a recomponer una relación bilateral que Milei deterioró con sus ataques personales al presidente brasileño y cuya parálisis puede afectar iniciativas de coordinación económica, diplomática y especialmente energética, que serían beneficiosas para ambos países. El potencial de una integración gasífera entre Vaca Muerta y el mercado brasileño es un buen ejemplo del nivel de los costos que podría tener la falta de diálogo.
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SumateDos semanas después, el 3 de noviembre, será el turno de Estados Unidos. Las elecciones legislativas encuentran a Donald Trump en uno de los momentos de mayor debilidad de su segunda presidencia. Con una imagen pública deteriorada y una ventaja demócrata en las encuestas nacionales, los republicanos enfrentan la posibilidad casi cierta de perder el control de la Cámara de Representantes que abriría la puerta a nuevas investigaciones parlamentarias y complicaría la agenda legislativa del presidente. El Senado, donde el mapa electoral es más favorable al oficialismo, también aparece con ventaja demócrata, aunque con un desenlace bastante menos claro. Una derrota allí ampliaría considerablemente las restricciones institucionales sobre su gobierno.
Hay además una cuestión de poder dentro del Partido Republicano. Trump seguirá siendo la figura dominante de su espacio, pero una derrota legislativa de magnitud podría acelerar las disputas por su sucesión. Sin posibilidad de aspirar a otro mandato presidencial, una popularidad muy deteriorada y apenas dos años de gobierno por delante, el presidente estadounidense podría enfrentar cuestionamientos internos de dirigentes que necesitarán construir candidaturas competitivas para 2028.
Para Milei, el problema no sería solamente perder capacidad de interlocución con una figura a la que convirtió en referencia política. También podría encontrarse con un gobierno estadounidense menos concentrado en sus iniciativas internacionales y más condicionado por sus conflictos domésticos. Eso no significa necesariamente que Washington vaya a retirarle su apoyo. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, reivindicó reiteradamente la asistencia financiera a Argentina e incluso dejó abierta la posibilidad de nuevas ayudas. Si por algún caso el Tesoro no pudiera intervenir, queda la influencia estadounidense sobre el FMI, el Banco Mundial y el BID, pero el margen de maniobra de la Casa Blanca y la centralidad que Argentina ocupa en su agenda podrían cambiar.
La tercera elección en importancia, el 27 de octubre, será en Israel. La posibilidad de que Benjamin Netanyahu pierda el gobierno frente a una coalición opositora encabezada por figuras como Gadi Eisenkot o Naftali Bennett son altas. Si bien esto difícilmente modificaría de manera sustancial las posiciones del Estado israelí sobre el conflicto palestino –particularmente porque buena parte de esa oposición se ubica también a la derecha del espectro político–, podría intentar reconstruir los vínculos deteriorados con Europa occidental y, particularmente, el Reino Unido. Una recalibración debería, necesariamente, hacer algo con las políticas de expansión de asentamientos y violencia brutal contra la población palestina en Cisjordania por parte de los colonos, que algunos empiezan a señalar como una política deliberada de limpieza étnica. Aún sin un cambio profundo de orientación hacia el reconocimiento de dos estados, una moderación de las políticas más abiertamente expansionistas del gobierno de Netanyahu podría contribuir a recuperar parte de la legitimidad internacional. Es poco probable que un gobierno israelí de otro signo deje de valorar el apoyo diplomático argentino, especialmente cuando no está asociado a demandas de ninguna clase, pero un Israel menos aislado, con mayor disposición al diálogo con sus socios europeos, tendría también menos necesidad de cultivar socios que funcionen como sus defensores más entusiastas en los foros internacionales. Milei podría perder, también allí, una parte de su protagonismo y empeorar la posición de la ofensiva sobre Malvinas.
Estos movimientos se producen sobre un escenario particularmente complejo. La suba de las tasas de interés internacionales y el encarecimiento de la energía están modificando las condiciones financieras globales. Para las economías emergentes, el resultado es más o menos conocido: capitales más esquivos, financiamiento más caro y una mayor sensibilidad de los inversores frente a las vulnerabilidades nacionales. Argentina, que enfrenta importantes vencimientos de deuda y dificultades para recuperar el acceso regular a los mercados internacionales, es especialmente sensible a ese escenario.
Sin embargo, sería un error explicar los problemas recientes exclusivamente por lo que ocurre en el resto del mundo. En el último mes, el riesgo país argentino aumentó más de 150 puntos básicos y alcanzó los 675, su nivel más alto en casi un año. La comparación regional muestra que en un período similar, Brasil registró incluso una pequeña reducción de su prima de riesgo, mientras Chile y Uruguay experimentaron variaciones del orden de los diez puntos. El endurecimiento de las condiciones financieras internacionales puede haber actuado como disparador, pero difícilmente explique por sí solo por qué Argentina experimentó un deterioro de semejante magnitud.
El particularismo tampoco es exclusivamente argentino. En Europa, la crisis política francesa, combinada con un déficit fiscal superior al 5% del PIB y las dificultades para construir una mayoría capaz de aprobar un programa presupuestario llevó las tasas de interés de la deuda francesa a niveles superiores a los de Italia. Es un resultado llamativo para un país que durante décadas representó una referencia de estabilidad dentro de la Unión Europea, especialmente en comparación con economías históricamente más endeudadas como la italiana o la griega. Los shocks internacionales no afectan a todos los países por igual.
En Argentina, el deterioro de las expectativas financieras tiene una explicación doméstica clara. La reelección de Milei, que buena parte del mercado financiero consideraba altamente probable hasta hace algunos meses, es un escenario menos seguro. Esa incertidumbre política se combina con el estancamiento de una economía que mostró números negativos en el segundo trimestre, y se espera una nueva contracción en el tercero. La recesión deteriora las condiciones de vida de la población y también compromete las expectativas de continuidad de un programa económico que los acreedores internacionales consideran favorable a sus intereses.
No aparece tampoco el motor de una recuperación vigorosa. El agro, los hidrocarburos y la minería constituyen excepciones a la situación local, con perspectivas favorables de exportación e inversiones que, especialmente en los últimos dos sectores, cuentan con el estímulo del RIGI, pero su dinamismo no alcanza necesariamente para compensar la debilidad del consumo, la industria y la construcción. La apuesta del gobierno a una recuperación impulsada por la estabilización macroeconómica, las exportaciones y la inversión privada no se tradujo en un crecimiento extendido al conjunto de la economía.
El resultado es un círculo potencialmente vicioso donde la debilidad de la actividad deteriora las perspectivas electorales del oficialismo y las dudas sobre su continuidad incrementan el riesgo país, el encarecimiento del financiamiento reduce el margen para impulsar una recuperación y aumenta la incertidumbre cambiaria. A esto se agrega un elemento particularmente sensible en un año preelectoral y es que la posibilidad de que empresas y ahorristas aceleren la dolarización de sus carteras, obligando al gobierno a enfrentar una mayor demanda de divisas en un momento de acceso restringido al crédito internacional. El dilema de Milei es conocido. Una corrección cambiaria podría contribuir a recomponer algunos desequilibrios y aliviar las restricciones externas, pero también pondría en riesgo el proceso de desinflación, uno de los principales activos políticos del gobierno. La alternativa consiste en sostener el esquema actual, aun a costa de prolongar la recesión. Por ahora, las señales oficiales apuntan a morir con las botas puestas.
En la oposición, el año se encamina a terminar con Axel Kicillof como el candidato más identificable y un Sergio Massa con intenciones de disputarle ese lugar. Para ambos, la situación podría considerarse un éxito. Kicillof, asediado por Milei y el kirchnerismo, termina el 2026 casi triplicando a cualquier rival en una eventual interna y Massa, a pesar de su prolongado silencio, logró transformarse en la alternativa subóptima de CFK en caso de no llegar a una síntesis con el gobernador bonaerense –si Massa, además, logra convencer a Cristina de ser más confiable que Kicillof habría que mandarlo a negociar la reunificación de las dos Coreas.
Massa conserva entre jueces, empresarios, sindicalistas, periodistas y políticos la reputación de un profesional que conoce el Estado. En ese universo se le reconoce un enorme repertorio de recursos, incluidas las pillerías para administrar la toxicidad de la política argentina. Tiene relaciones en el país y en el exterior, conoce los intereses de sus interlocutores y cultiva un atributo que las derrotas no terminaron de erosionar: el temor reverencial que le dispensa una parte del círculo rojo. Aun quienes desconfían de él suelen considerar que es mejor que eso no se note.
Kicillof flaquea en ese territorio. El dinero no ocupa en su construcción el lugar de herramienta transaccional que tiene para otros dirigentes. No tiene una red propia en el Poder Judicial y el trato con los empresarios suele responder más a las obligaciones de su cargo que a una familiaridad cultivada durante décadas. Su forma de contención en la provincia de Buenos Aires también desconcierta ya que suele ofrecer conversación política a un sistema acostumbrado a que los acuerdos se sostengan con recursos y las diferencias se procesen entre transas y arremetidas. Lo que sus colaboradores describen como una convicción, sus detractores lo leen como una limitación. Ambas cosas pueden convivir.
Cuando la mirada se desplaza de los despachos a los votantes, la relación se invierte. Kicillof conserva la capacidad de representar lo que una parte de la sociedad recuerda como lo mejor del kirchnerismo. Eso es una economía que, al menos en el metro cuadrado de la vida cotidiana, permitía algún tipo de bienestar, la capacidad de proyectar y llegar a fin de mes con menos angustia. Esa memoria no requiere un balance favorable de todos los indicadores de su gestión como ministro, se organiza alrededor de una experiencia personal. El gobernador consigue inscribirse en ese recuerdo sin cargar con la misma asociación a la corrupción que pesa sobre otros integrantes de aquel ciclo.
Massa tiene el problema contrario. Su conocimiento del poder no alcanza para desprenderlo de la última experiencia económica del peronismo. Puede argumentar –y probablemente le asista la razón– que recibió una crisis avanzada, que la sequía agravó las restricciones y que las responsabilidades excedían largamente su despacho. También puede señalar que el 211,4% de inflación de 2023 incluyó el primer mes de Milei, pero la condición simultánea de ministro de Economía y candidato presidencial lo convirtió en la cara de aquello que buena parte de la sociedad eligió dejar atrás. Las explicaciones que encuentran comprensión entre quienes conocen las restricciones del Estado no necesariamente modifican el recuerdo de quienes padecieron sus resultados.
Hay, además, una regularidad en la trayectoria de Kicillof que se transformó en una de sus principales fortalezas y es la subestimación a la que lo somete el sistema político desde que desembarcó en la Secretaría de Política Económica, en 2011, y su equipo comenzó a ganar posiciones en Economía y Energía. Después de la derrota de 2015, las recorridas por las plazas del país parecían, para muchos, la excursión de un predicador sin destino. Aquella evangelización política terminó por darle un reconocimiento en la base kirchnerista y la candidatura bonaerense, unos años después, se construyó a fuerza de recorrer el territorio en un Clio que pasó de vehículo a emblema. Cuando ganó, la objeción volvió a cambiar: su rigidez y su cerrazón le impedirían gobernar. El año que viene completará ocho años al frente de la provincia.
La subestimación persistente le concede una ventaja y es que sus rivales suelen advertir tarde que avanzó. Salvo Cristina Fernández de Kirchner, la mayoría de quienes lo examinan con suficiencia tiene menos para mostrar en los parámetros con los que el peronismo acostumbra reconocer a sus conductores: conseguir votos, ganar elecciones y gobernar. Kicillof tiene limitaciones, algunas importantes, pero suelen discutirse como si sus competidores estuvieran eximidos de acreditar resultados. Massa puede exhibir una comprensión más sofisticada de los mecanismos del poder a la argentina, con un nivel de detalle sorprendente; el gobernador, una trayectoria reciente más consistente en la tarea de obtenerlo y conservarlo.
Sobre esa tensión se ordena la disputa por la candidatura presidencial del peronismo, salvo que Cristina introduzca una figura capaz de alterar el tablero. La eventual suspensión de las PASO será decisiva. El peso relativo de los votos, las estructuras y la capacidad de negociación cambia según exista una elección para resolver la competencia o una mesa para evitarla. Massa conoce esa diferencia. Su acercamiento a Cristina en torno al 17 de octubre le permitió exhibir un vínculo y dejar planteada una pregunta sobre la ausencia del gobernador. El tigrense tiene suerte: en la fotografía que se filtró orgánicamente, el ciudadano particular que registró la escena tuvo la precaución de borrar la patente. Un cuidado llamativo para una imagen espontánea. Nadie tendría por qué pensar que Massa organizó semejante casualidad. Kicillof, mientras tanto, difícilmente consiga llegar al 31 de diciembre sin pasar por San José 1111: para el gobernador, la dificultad será decidir qué quiere que signifique su propia visita.