Gracias a la IA

No se sabe si lo que vemos es real o es ficticio, sin embargo hay un hastío en tomarse el trabajo de chequear la imagen.

He visto un elefante caer de la parte de atrás de la camioneta que lo transportaba, rodar aparatosamente, incorporarse un tanto aturdido, como perdido, un tanto incrédulo. Ha visto dos jirafas, llevadas también en la parte de atrás de una camioneta, golpear brutalmente sus cabezas contra un puente transversal, por un error de cálculo del conductor de la camioneta sin dudas, y continuar viaje aún erguidas sobre sus patas, pero con sus largos cuellos doblados y caídos, no sé si muertas o desvanecidas. He visto suntuosas piletas de natación, montadas en lo más alto de unos imponentes rascacielos, resquebrajarse y desprenderse y caer horriblemente al vacío, llevándose consigo a los incautos que se solazaban en el agua acaso tibia y en la prodigiosa vista de altura. He visto al presidente en funciones de un partido nacional anunciar con tonos sobrios que daba de baja la postulación de su candidata a la cámara legislativa, al advertir resignadamente que no tenía chance alguna de ganar. He visto un osado derechazo de Darío Benedetto, lanzado desde la mitad de la cancha nada menos, clavarse en la parte alta del arco rival, sin respuesta del arquero, para asombro de la multitud.

Todas estas cosas vi, y muchas otras de la misma índole, y ninguna de ellas correspondía al registro real de un hecho verdadero: todas eran, todas son visiones fraguadas por eso que ha dado en llamarse inteligencia artificial. Dirimirlo no es difícil. No lo es para el ojo entrenado, que detecta de inmediato incongruencias en detalles o en ensambles, huellas visibles de la falsificación; pero no lo es tampoco para el ojo crédulo, para el ojo ingenuo: uno puede siempre revisar si no hay insertas advertencias al respecto, o bien dirigirle la consulta directamente a Grok, pues Grok es dócil y responde siempre, carece de malicia y admite sin más trámite que lo que parecía ser, no es, que lo que pareció ocurrir, no ocurrió.

Yo sé bien que Grok no es nadie, yo sé bien que Grok no existe (lo sé por él: él mismo lo ha dicho). Y aun así, sin embargo, me encontré pensando el otro día: ¡qué cansado debe estar Grok! ¡Qué hastiado, qué saturado, qué repodrido debe estar! ¡Todo el día contestando preguntas, poniendo o sacando bikinis, tolerando tonterías, dejándose boludear! Esa clase de cosas pensé, mas no tardé en advertir lo obvio: que no era sino mía la fatiga que le asignaba al bueno de Grok. A Grok no se le acaban las ganas, pues no las tiene ni las precisa; el desganado a todo esto era yo, era evidentemente yo. Un desgano sin vehemencia, cansino por naturaleza, que no me desalentó del hábito de inercia de seguir viendo pasar las imágenes, pero sí de ocuparme de comprobar si eran ciertas o adulteradas.

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¿Se cayó y rodó el elefante, se golpearon las jirafas, se rompieron las piletas, se bajó la candidata, el tiro de lejos entró? Ya no quise tomarme el trabajo (porque, claro: se me convirtió finalmente en trabajo, se me volvió finalmente laborioso), por breve y sucinto que fuese, de confirmar o rectificar. Ya no quise ocuparme de discernir si, en cada caso, había que creer o había que descreer. Así de simple: dejó de importarme. Ni la famosa suspensión de la credulidad de la que habló Coleridge, ni la formulita del “elijo creer” que se puso de moda últimamente. Ni una cosa ni la otra, sino más bien una pura fiaca de creer o descreer. ¿Lo que hice fue entregarme entonces al puro juego de la ficción? Claro que no, nada de eso; si quiero ficción voy al cine, voy al teatro, leo cuentos, leo novelas, y entablo gozoso el pacto de verosimilitud que se plantea en cada caso. Esto otro es sencillamente cansancio, hastío, hartazgo, con su corolario esperable de desgano y fiaca en materia de confianza o escepticismo.

El efecto fue para mí liberador. Se ve que venía ya un tanto agobiado de trajinar con ese rezago del cinismo posmoderno conocido como “postverdad”. El asunto cobraba ahora, de repente, otro cariz: el cariz de las pavadas superfluas que se dejan deslizar como tales, sin merecer siquiera su estricta problematización. ¿Por qué no cederle todo esto a esa lógica del cualquiercosismo que tanto abunda por lo demás en las redes (la misma por la que, en Twitter por ejemplo, alguien esconde arteramente su nombre y expone públicamente el de algún otro, para decir, sobre ese otro, cualquier cosa)? ¿Por qué no hacerlo así y retrotraer a ámbitos más pertinentes el hábito crítico de indagación de la verdad, el ejercicio crítico de sospechar posibles mentiras? No dejaría de ser, en cierto modo, una forma de ganar por cansancio. ¡Pero por el cansancio  propio! El asunto empezaría a resolverse, pero no mediante alguna clase de contención o restricción, sino en razón de su proliferación misma: al saturarse, nos satura; y es de su propia demasía que emerge un simple encogimiento de hombros. Engaño y desengaño se dirimirán en otras partes, en verdad más sustanciales, que es donde solíamos hacerlo (los diarios, las revistas, la televisión, la radio); y el bombardeo cotidiano de estas imágenes, del que tan difícil resulta sustraerse, nos encontrará felizmente preservados. Las miraremos meramente pasar, y eso gracias a la IA.

Ya sé que en todo esto se entrevera una expresión de deseos, y que tal vez uno no llegue de veras o del todo hasta ese punto. Sé también que hay de por medio un riesgo, el riesgo de la abulia: de apagarse en la indolencia y que todo dé lo mismo. Por eso decidí intercalar, en el puñado de ejemplos elegidos de lo visto últimamente en las redes, uno que no me resulta, y no podría resultarme nunca, para nada indiferente. Los que me conocen distinguirán en seguida cuál es. Sí, sí, ya sé, ya sé. Se fue afuera. Se fue afuera, sí, ya sé. Se fue afuera, y no por poco.

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Nació en Buenos Aires en enero de 1967. Enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y Narrativa Argentina en la Universidad Nacional de las Artes. Su último ensayo publicado es ¿Hola? Un requiem para el teléfono. Su última novela publicada es Confesión. Su último libro de cuentos publicado es Desvelos de verano.