Formas de la divulgación
El gesto del especialista, el problema de la simplificación y la enseñanza.
I. En épocas de influencers, quizás convenga retomar la pregunta por la divulgación. No se trata de la falsa dicotomía “divulgación sí o no”, sino de la forma. Las dicotomías se presentan siempre de este modo: como si las cosas solo pudieran ser totalmente de una manera o totalmente de la otra, como si no hubiera menjunjes, enchastres, contaminaciones, infecciones. Adiós matices, porque, hoy a eso se lo llama tibieza. Me gusta ver de qué están hechas las discusiones, con qué hilos se traman los argumentos, qué enunciación se pone en juego.
II. La noción de divulgación tiene algo que ya comporta un gesto de arriba hacia abajo. El especialista le baja al vulgo, a la gente común –como si el que portara algún saber no fuera común– un saber masticado, tamizado, facilitado para que lo entienda. Pero no toda divulgación es igual. También hay consideraciones distintas acerca del lector de divulgación. No es lo mismo llamarlo principiante, que llamarlo dummy (tonto). De ahí las colecciones Para principiantes (editada por Era Naciente) o For dummies. Tampoco es lo mismo nombrar una colección Que sais je?.
En ese sentido, ya no se trata de divulgación sí o no, sino de pensar de qué forma se concibe al lector, pero también cómo se concibe el lugar de saber y el saber en sí mismo.
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III. Más allá de cómo se defina el género divulgación, la cuestión pasa por esa falsa dicotomía que se produce alrededor: del lado de la divulgación, la supuesta simplificación y la inclusión de muchos en el saber; del otro lado, el elitismo de ese saber que deja afuera a muchos. Esa dicotomía es falsa, porque a veces hay exclusión del lado de la divulgación y a veces hay inclusión del otro lado. O es falsa de esta otra forma: a veces se hace divulgación sin simplificar, una especie de divulgación involuntaria que no pretende omitir la dificultad de los conceptos, que incluye al otro en esa dificultad; y a veces la jerga se disfraza de saber, produciendo un efecto de falso elitismo –es saber solo para pocos, para un “nosotros”–, cuando en realidad es vulgata. La cuestión pasa, según creo, por qué consideración se tiene del lector, del interlocutor, de la audiencia. El elitismo se cifra, según creo, en considerar que el lector es medio tonto, que hay que explicarle todo con palabras sencillas, que hay que degradar lo que “se sabe” para que lo entienda bien; que hay que hablarle como si fuera estúpido, que hay que guiarlo y llevarlo de la mano porque si no se va a perder.
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SumateIV. La vulgata a través de la jerga se disfraza de saber y produce un efecto de elitismo, un “nosotros” excluyente, un “esto es solo para entendidos” –en los pasillos de la facultad de psicología se habla en un lacanés de corrido, casi como lengua materna–. Es que la exclusión disfrazada de inclusión es moneda corriente en muchos ámbitos. El elitismo entonces no está en el saber, sino en la posición enunciativa de aquel que pretende ser el que sabe, considerando a los demás un poco estúpidos. Pasa en todos los ámbitos. Y entonces me acuerdo de Oscar Masotta en el prólogo a Lecciones de introducción al psicoanálisis cuando dice: “Hablar de introducción al psicoanálisis no significa que quien «introduce» es el conferencista, puesto que todo discurso se origina en el lugar del otro”.
V. Lacan hizo explícito el lugar desde donde tomaba la palabra en la enseñanza; ese lugar no es el de experto que enseña una ciencia constituida, sino el de alguien que toma la palabra desde un lugar de no saber: el de analizante. Hablar para saber y no hablar desde el saber. No hay texto sino en la opacidad, en el titubeo, en la zozobra del sentido que no se detiene. Luis Gusmán cita a Borges: “el texto definitivo pertenece a la religión o al cansancio”. Reproducir enunciados como si fueran acabados no es sino un modo de la religión, del dogma.
VI. Freud se refiere al lugar del otro en lo que él pronuncia, a cómo considera al otro en eso que está diciendo en varios lugares. Ahora me detengo en estos dos: en el prólogo a las Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis se refiere a que estas conferencias, a diferencia de las anteriores, no han sido pronunciadas oralmente, pero que fueron concebidas y escritas para no abandonar el miramiento por el lector. Y agrega taxativo: “también esta vez me guió el propósito de no sacrificar nada en aras de una simplicidad y perfección y un acabamiento aparentes, de no escamotear los problemas ni desmentir lagunas e incertidumbres (…). Quien ame a la ciencia de la vida anímica, deberá aceptar también tales inclemencias”. Y en Puntualizaciones sobre el amor de transferencia, donde dice, sin titubeos, “no escribo para la clientela, sino para los médicos que tienen que luchar con dificultades serias”. Se está refiriendo a la clínica, a la transferencia y sus escollos, a la transferencia como escollo. “Escribir para la clientela”: decir lo que se cree que el público quiere escuchar, ser demagógico y condescendiente. “Escribir para la clientela”: acomodar las complejidades de manera tal de ahorrarle a la clientela las inclemencias de la dificultad. En esos lugares, Freud sienta las bases de su ética en lo que a la posición enunciativa se refiere.
VII. Por eso me encanta la posición enunciativa de Anne Dufourmantelle en sus libros. Ahora Nocturna editora –responsable de las ediciones de la psicoanalista francesa en Argentina, editorial a la que siempre le estaré agradecida por eso– publica Encontrarse, diálogos sobre los nuevos sufrimientos contemporáneos. Más allá de los interesantes temas que aborda, me importa mucho otra cosa. Se trata de la publicación de un diálogo entre la psicoanalista y una entrevistadora. Antes de adentrarnos en ella, leemos la nota editorial, el prólogo de Laure Leter (la entrevistadora) y una introducción de Anne Duforumantelle. Y me quiero detener especialmente en esos lugares. Luciana Grande –la editora, psicoanalista ella misma– subraya especialmente que la divulgación, en psicoanálisis, “es una tarea sumamente compleja, porque se trata de hablar de algo que tiene la espesura de una experiencia. ¿Cómo hacer pasar algo de eso que sucede sin transformarlo en un argumento de venta? (…) ¿Cómo hacer llegar al espacio público algo de una experiencia que sólo acontece en esa intimidad sin perder aquello que la hace singular?”. Y luego se refiere a esta entrevista en particular para pensar la divulgación: “esta entrevista permite pensar una forma de divulgación que no renuncia al espesor de la experiencia ni la aplana para volverla accesible, sino que encuentra una lengua capaz de acercarla sin perder aquello que la hace singular”. Por su parte, la entrevistadora dice que Anne Dufourmantelle, en sus propios escritos, “se protege de la dureza de la explicación definitiva mediante fórmulas oscuras, poéticas, herméticas. Le pido, esta vez, para este libro ‘hablado’, que afirme, que generalice, que dé recetas… Ejercicio imposible para una psicoanalista que no puede sino singularizar allí donde a mí me gustaría verla universalizar para que su testimonio logre hablarle a la mayoría. Estos diálogos son el fruto de un compromiso entre dos exigencias contradictorias”.
Por último, la propia Dufourmantelle dice: “un análisis es una indagación arriesgada, que no ofrece seguridad de llegar al término de la búsqueda. No hay certeza de encontrar la verdad de un origen ni la resolución definitiva para la angustia. Y sin embargo es cuestión de ‘encontrarse’. Un encuentro, un hallazgo que no se parece a ningún otro (…). Este libro es un diálogo. Conservamos el carácter espontáneo, con los atajos y simplificaciones que supone. Queríamos dar cuenta de otra manera de ver ‘la enfermedad’ del alma, sobre todo cuando adopta la apariencia de una tristeza ordinaria”.
VIII. En ¿Por qué el psicoanálisis? (editorial Otro Cauce), Juan Ritvo y Jorge Jinkis dicen: “el psicoanálisis tiene algo de extraño, extrañamente verdadero. No admite o no cuenta con la pureza de la noción o del concepto unívoco”. De eso también se trata cuando hablamos (y no importa dónde): de no pretender apaciguar la inquietud de lo extrañamente verdadero, de tratar de abordar los asuntos intentando no rechazar las vacilaciones, los rodeos, los balbuceos, lo tentativo, lo insuficiente, lo incierto, lo no sistemático. Se trata de no ser reacios a la incomodidad, de no aplanar las sinuosidades, de dejarse llevar por los rodeos; se trata, sin dudas, de no querer tranquilizar al interlocutor, ni tranquilizarse uno mismo; de no dar masticado eso que muchas veces puede resultar intragable.