Europa ante el largo final de la excepción alemana

El partido de ultraderecha AfD viene ganando en regiones de la vieja Alemania Oriental. Ahí tiene su corazón, pero trasciende ese límite. ¿Qué riesgo corre el continente si lo integra al sistema?

Durante muchos años Alemania parecía excepcional. Mientras los partidos tradicionales se derrumbaban en Italia, Francia o los Países Bajos y las fuerzas de extrema derecha avanzaban sobre los parlamentos nacionales y el Europeo, la política alemana aparecía razonablemente estable. Angela Merkel gobernó durante dieciséis años, acompañada de liberales y (casi siempre) de socialdemócratas. Atravesó varias crisis internacionales, incluyendo la gran crisis financiera de 2008 y la subsiguiente crisis de la zona euro, y mantuvo durante largos períodos niveles de aprobación superiores al 60%. Cuando dejó el gobierno, en 2021, y por su propia voluntad, seguía siendo una dirigente extraordinariamente popular, y sus valores y estilo de gobierno atravesaban no sólo a su partido, la democracia cristiana, sino también al otro gran partido de posguerra, el socialdemócrata, cuyo líder y sucesor, Olaf Scholz, venía de ser su segundo en el gobierno de coalición. Parece difícil proyectar al presente esa Alemania de cinco años atrás.

Alternativa para Alemania (AfD) ganó hace dos semanas las elecciones de Sajonia-Anhalt, en Alemania Oriental con el 43,8% de los votos. La democracia cristiana, la CDU, que gobernaba en la región, obtuvo apenas 17,2%. AfD consiguió 39 de las 83 bancas, a tres de la mayoría absoluta y abrió la posibilidad de que una fuerza de extrema derecha encabece un gobierno regional alemán por primera vez desde 1945. No hace falta recordar quienes estaban entonces.

Dos semanas después, la ultraderecha volvió a salir primera en la región de Mecklemburgo-Pomerania Occidental, con el 38,3% de los votos. El partido ya había sido la fuerza más votada en Turingia en 2024. Se trata de regiones de la vieja Alemania Oriental, donde la AfD es más fuerte. Si bien la reunificación estrechó las diferencias de ingresos y empleo entre las dos Alemanias, las brechas patrimoniales, demográficas y culturales persisten más de tres décadas después.

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El éxito de AfD tiene su corazón en el este, pero lo trasciende. Este año obtuvo 18,8% en Baden-Württemberg y 19,5% en Renania-Palatinado, dos territorios profundamente occidentales, en línea con  los resultados de la elección federal de 2025, cuando consiguió 20,8% de los votos, duplicó sus resultados de 2021 y se posicionó como segunda fuerza. Hoy las principales encuestas nacionales les dan entre 27% y 30%, por encima de la democracia cristiana gobernante (CDU-CSU).

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Una economía estancada y un sistema agotado

El crecimiento de la extrema derecha coincide con una crisis de los partidos que organizaron  la democracia alemana de posguerra.

El Partido Socialdemócrata, durante más de un siglo uno de los grandes partidos de masas europeos, lleva tiempo encadenando mínimos históricos. La democracia cristiana también sufrió derrotas que hasta hace poco parecían imposibles. Tras el resultado en Macklemburgo-Pomerania Occidental quedará, por primera vez desde 1945, fuera de un parlamento regional. La aprobación del canciller, Friedrich Merz se encuentra en mínimos históricos.

La economía alemana, la locomotora europea histórica, es una de las explicaciones del deterioro. Alemania tuvo una de las recuperaciones más débiles entre las grandes economías desarrolladas después de la pandemia. El PIB alemán se contrajo en 2023 y 2024 y apenas volvió a crecer después. La producción industrial se vio jaqueada por la invasión rusa de Ucrania, que se llevó puesto el modelo energético sobre el que, en gran parte, había prosperado. El acceso al gas ruso barato garantizaba una producción manufacturera intensiva en energía competitiva, con enormes mercados de exportación.

A la crisis energética se suman problemas estructurales vinculados a la inversión, una infraestructura y productividad mediocre y la competencia creciente de China en sectores que durante décadas habían sido especialidades alemanas, desde automóviles hasta maquinaria industrial. El estancamiento alemán se acentúa por la obsesión fiscalista. En un contexto de tensiones y riesgos bélicos, Merz impulsa una dinamizacićn de la producción para la defensa, pero intenta compensar ese gasto con una reducción del gasto previsional, debilitando la demanda interna, mientras intenta recuperar competitividad recortando los días que los alemanes toman por licencias médicas. En un país donde la proporción de deuda sobre producto es una de las más bajas del mundo, el aumento del gasto público por encima de los ingresos sigue siendo un tabú.

La herencia de Merkel

Merkel es recordada, con buenas razones, como una dirigente que proporcionó estabilidad a Alemania y a Europa durante una década y media muy convulsionada, que enfrentó la crisis financiera y el terremoto que significó la llegada de Donald Trump al poder. Y sin embargo, una parte sorprendentemente grande de las vulnerabilidades acumuladas alemanas son consecuencia directa de decisiones tomadas durante sus gobiernos.

Durante la crisis del euro, Berlín puso el equilibrio fiscal y las reformas estructurales en el centro de la respuesta europea. Grecia y los países periféricos sufrieron ajustes enormes y la Unión Europea demoró años en desarrollar instrumentos fiscales comunes  ambiciosos, e incluso estas decisiones tardías quedaron cortas frente a las respuestas a la crisis de competidores como China y Estados Unidos. El resultado fue un debilitamiento de la actividad europea que se paga en menores exportaciones alemanas al bloque.

La decisión de Merkel de mantener las fronteras abiertas durante la crisis de refugiados de 2015 fue moralmente valiente. Alemania recibió cientos de miles de sirios, afganos y otros solicitantes de asilo, muchos de ellos huyendo de las peores atrocidades imaginables. Pero el descontrol del proceso, la falta de mecanismos de gestión europeos funcionales, y la integración de semejante cantidad de personas en tan poco tiempo produjo tensiones sociales reales, que luego serían explotadas por AfD en tiempos de dificultades.

Su gobierno aceleró también el abandono de la energía nuclear después del incidente de Fukushima y, al mismo tiempo, profundizó la dependencia alemana del gas ruso. Alemania, por motivos ambientales, debía abandonar el carbón, pero sumó a la salida gradual de esa fuente energía la de la nuclear, una fuente limpia y constante. La respuesta a la ecuación de reemplazo la buscó en Putin, con el discurso público de que involucrarse con Rusia garantizaría un comportamiento menos bélico de la potencia euroasiática, desoyendo cualquier advertencia sobre los riesgos estratégicos de aquella relación. El gasoducto Nord Stream 2 fue inaugurado poco antes de la invasión de Ucrania.

Por supuesto, Merkel no es responsable de Rusia decidiera invadir Ucrania, los problemas industriales alemanes la preceden, y puede que sean inseparables del modelo exportador, Alemania endureció su postura migratoria, y ella misma modificó algunas de sus posiciones hacia el final de su mandato, incluido su apoyo al gran fondo europeo financiado con deuda común después de la pandemia. Aún así, es imposible pasar por alto la paradoja de que el gobierno políticamente más exitoso de la Alemania reunificada sea la génesis de la crisis actual, apenas cinco años después.

Del refugio de los economistas euroescépticos a la derecha radical

Alternativa para Alemania (AfD) fue fundada en 2013 por un grupo de economistas y partidarios conservadores euroescépticos, como una rebelión contra los rescates europeos y la gestión de Merkel de la crisis del euro. Su primera gran bandera era económica, cuestionaba la moneda única y reclamaba, como mínimo, que los países menos competitivos abandonaran el euro.

Otra crisis europea, la crisis migratoria de 2015 desplazó el eje del partido hacia la inmigración, el islam, la identidad nacional y el rechazo del establishment político y cultural alemán, incluidas las políticas de memoria sobre el nazismo. Los dirigentes moderados fueron abandonando el partido, mientras se fortalecían políticamente las alas más extremas. A diferencia de otras derechas radicales europeas, la AfD no vivió un proceso de moderación, sino que fue creciendo mientras su discurso se volvía más radical, bordeando el racismo abierto. 

Marine Le Pen dedicó años a la dédiabolisation del Frente Nacional. Cambió el nombre del partido, expulsó a las figuras abiertamente racistas y antisemitas, incluido su propio padre y trató de eliminar las referencias más tóxicas de su tradición política. Giorgia Meloni, una vez llegada al gobierno italiano, se volvió prácticamente indistinguible de los conservadores tradicionales. Las derechas extremas en el norte de Europa buscaron acuerdos de gobierno en coaliciones parlamentarias amplias.

Björn Höcke, líder de AfD en Turingia, fue condenado por utilizar una consigna de las SA nazis. Distintas ramas regionales de AfD fueron clasificadas como extremistas por los servicios de inteligencia alemanes. En Sajonia-Anhalt, donde el partido acaba de obtener casi 44%, el organismo de protección constitucional considera a la organización regional un caso comprobado de extrema derecha, algo que en teoría habilitaría abrir un procedimiento para su exclusión, que difícilmente prospere contra la voluntad de casi la mitad del electorado. Incluso a nivel nacional hay intentos de clasificar de esa manera al conjunto de AfD.

Durante décadas, que el Estado alemán describiera a una organización como extremista funcionaba casi automáticamente como una advertencia terminal. Para una parte creciente del electorado ya no funciona de esa manera. Ullrich Siegmund, líder de AfD en Sajonia-Anhalt, agradeció a la revista Der Spiegel por dedicarle una tapa en la que lo calificaba como “el hombre más peligroso de Alemania”. El sello de una fuerza estigmatizada por el sistema puede incluso alimentar el atractivo de AfD en un momento en que el sistema es lo que está en cuestión.

El problema del cordón sanitario

Los principales partidos mantienen el llamado Brandmauer, el cordón sanitario que excluye a AfD de las coaliciones de gobierno a nivel nacional y regional. La CDU prohíbe formalmente acuerdos de gobierno con la extrema derecha.

Pero cuanto más crece AfD, la barrera se vuelve más problemática. Si un partido obtiene cerca del 30% de los votos y nadie quiere gobernar con él, las mayorías alternativas empiezan a exigir coaliciones cada vez más heterogéneas. Democristianos y socialdemócratas, que durante décadas representaron las grandes opciones a alternativas distintas de gobierno, terminan obligados a gobernar juntos de forma reticente o a sumar nuevos socios en coaliciones muy heterogéneas, de consensos mínimos, y por lo tanto, incapaces de grandes transformaciones.

El cordón sanitario, entonces, puede impedir que AfD llegue a ocupar espacios de poder, pero al mismo tiempo, puede terminar por reforzar uno de sus argumentos retóricos centrales, según el cual todos los demás partidos son, en última instancia, expresiones más o menos maquilladas de un sistema único. En un marco de creciente deslegitimación política, el mecanismo puede retroalimentarse.

La izquierda

La contracara dinámica de este fenómeno es Die Linke (literalmente, La Izquierda). Con un cuarto de los votos acaba de ganar la elección de Berlín con una campaña concentrada en los costos de vivienda y con un discurso abiertamente favorable a los inmigrantes, la líder del partido en Berlín es hija de inmigrantes turco. Hace ocho años, el partido Die Linke parecía al borde de perder representación parlamentaria, y perdía a altos dirigentes nacionales que pedían ajustar el discurso cultural y sobre inmigración a una sociedad más conservadora. Hoy se ubica casi en la línea de socialdemócratas, y verdes, dividiendo entre tres partes la casi totalidad del electorado progresista. La elección berlinesa colocó a Die Linke al borde de encabezar, por primera vez, el gobierno de la capital, en coalición con los demás partidos progresistas.

El paralelismo tiene problemas. AfD es hoy la fuerza más grande de Alemania en todas las encuestas, Die Linke aparece en quinto lugar. La ultraderecha muestra buenos resultados, incluso, en ciudades como Berlín, una de las más cosmopolitas del mundo, y tiene una presencia nacional homogénea. No hay nada equivalente en la izquierda, pero además, su crecimiento corre un riesgo: amesetó el auge de los verdes, y antes, a los partidos tradicionales. El mantenimiento del cordón sanitario y la asunción de responsabilidades para formar gobierno terminan mimetizando a los espacios. Lo novedoso de la izquierda puede agotarse rápidamente sin logros rápidos.

Alemania, la locomotora de la europa de la  ultraderecha

El crecimiento de la ultraderecha alemana forma parte de un movimiento europeo. Le Pen es una leve favorita en la carrera presidencial francesa, y su nivel de rechazo ya no es excepcional. Meloni dirige uno de los gobiernos italianos más duraderos desde la posguerra. En España las encuestas marcan una mayoría conjunta de las derechas de cara a las próximas elecciones generales.

El débil crecimiento europeo, la pérdida de poder adquisitivo, los conflictos ligados a la inmigración y la transformación cultural acelerada de las sociedades determinan un escenario donde la convergencia entre postergación económica y prejuicios sociales arraigados permiten que las derechas aparezcan atractivas.

En Alemania, AfD agrega el cuestionamiento al apoyo militar alemán a Ucrania, y con él a las consecuencias de la guerra. Reclama el levantamiento de sanciones contra Rusia y promueve una recuperación de los vínculos económicos y energéticos. La posición prorrusa sigue siendo minoritaria en la sociedad alemana. Pero la guerra ha resultado especialmente costosa para un país cuya industria dependía de energía rusa barata, y el cansancio con el conflicto es extendido, sobre todo en el este.

El camino hacia adelante

La experiencia continental europea no ofrece una receta evidente sobre qué hacer con la extrema derecha. Incorporarla al gobierno puede obligarla a moderarse o hacerle pagar los costos del poder. También puede normalizarla, y llevar al mainstream posiciones extremas. Mantenerla fuera del sistema preserva los límites democráticos, pero también puede fortalecer su identidad y atractivo, y convertirla en un eje ordenador de todo el sistema. También, como sucede en Alemania, puede estimular la radicalización, incluso en un país cuya arquitectura política desde la República Federal fue construida alrededor de un Nunca Más, que parece hoy cuestionado por los propios votantes.

Alemania no puede darse el lujo de los países escandinavos o los Países Bajos, donde las extremas derechas, de amplia trayectoria, fueron integradas en las coaliciones de gobierno para ver sus ideas absorbidas parcialmente por los partidos sistémicos y sus compromisos fracasar en la puesta en práctica. Suecia acaba de terminar un experimento de cuatro años en que la centroderecha gobernó con un acuerdo programático y apoyo externo de la extrema derecha. Se coronó con una victoria del bloque progresista y la primera caída en el apoyo de la extrema derecha en más de una década. En Países Bajos, sucedió algo similar con el experimento de la extrema derecha en el poder. El fenómeno se replicó en Dinamarca, Noruega o Bélgica. Partidos que llegan y experimentos que fracasan o se integran, ellos mismos, al sistema sin cambiarlo radicalmente. Alemania, sin embargo, es la locomotora de Europa. Un país que no puede permitirse un experimento sin contagiarlo a los demás, con consecuencias potencialmente trágicas.

Qué más estoy leyendo:

Es abogado, especializado en relaciones internacionales. Hasta 2023, fue subsecretario de Asuntos Internacionales de la Secretaria de Asuntos Estratégicos de la Nación. Antes fue asesor en asuntos internacionales del Ministerio de Desarrollo Productivo. Escribió sobre diversas cuestiones relativas a la coyuntura internacional y las transformaciones del sistema productivo en medios masivos y publicaciones especializadas. Columnista en Un Mundo de Sensaciones, en Futurock.