Estados Unidos, Irán y la peligrosa tentación de las guerras cortas

Trump apuesta a un ataque fuerte, de corta duración y que doblegue a la región ante sus intereses. ¿Puede lograrlo?

Si prestábamos atención a su discurso anual sobre el Estado de la Unión, en el que da testimonio de su gestión ante la Asamblea Legislativa, la amenaza expresa de Donald Trump contra Irán anticipaba un ataque militar. Aunque aseguró que prefería un acuerdo diplomático, las condiciones impuestas eran muy difíciles de alcanzar. 

El presidente condenó tanto al programa nuclear iraní, como su programa misilístico, y al propio régimen. Las concesiones ofrecidas por el gobierno de Irán en materia nuclear, que la mediación omaní calificó como “significativas”, fueron insuficientes. Días después, ataques coordinados entre Israel y Estados Unidos terminaron con la vida del Líder Supremo, Ali Khamenei, así como de varios de los principales oficiales civiles y militares encargados de la seguridad interior y exterior iraní. 

Durante la guerra entre Irán e Israel, en junio del año pasado, de la que participó Estados Unidos, se había preservado la vida de Khamenei, a pesar de que varias fuentes señalaron que estuvo al alcance de ataques en distinto momento, con su ubicación conocida por las fuerzas israelíes. Su asesinato como salva de apertura de la guerra da cuenta de un objetivo que ya no es debilitar a Irán y sus programas misilístico y nuclear, sino impulsar un cambio de régimen en toda regla o una reorientación radical del existente, inspirada en los recientes sucesos en Venezuela, cuyas posibles similitudes con el caso iraní ocultan diferencias mayores.

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La alfombra roja para la guerra

Desde hace tiempo, el tono de Trump sobre Irán apunta a construir un caso público para un ataque de Estados Unidos que la mayoría de sus ciudadanos no quiere ni apoya: asociar a Irán con el terrorismo, exagerar la amenaza de sus misiles y presentar el programa nuclear como un riesgo existencial a pesar de haber anunciado su destrucción completa tras el ataque estadounidense que puso fin a la “Guerra de los doce días”.

Las acusaciones son parte de una unidad retórica que, además, debe saltarse la prescindencia de autorización expresa del Congreso, un requisito constitucional para cualquier declaración de guerra, que intentará superar mediante remisiones a autorizaciones previas en situaciones no relacionadas. Junto a ello, un aumento en el despliegue militar acompañó operaciones conjuntas de inteligencia con las agencias israelíes, una preparación en la que la negociación de un acuerdo operó, sobre todo, como cobertura.

La negociación

La negociación se planteó, principalmente, en torno a la cuestión nuclear: Irán reclamó su legítimo derecho al enriquecimiento con fines civiles, y se mostró abierto a negociar sobre inspecciones y garantías. Reproducir un acuerdo como el que había negociado el gobierno de Barack Obama, con los demás miembros del Consejo de Seguridad y Alemania, que el propio Trump dejó sin efecto en su primer mandato, y que todas las fuentes con conocimiento del caso señalaban que se venía cumpliendo. 

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Del lado estadounidense señalaron las evidencias múltiples de que el programa nuclear iraní en su forma actual y en sus encarnaciones hasta el acuerdo con Obama no es exclusivamente civil, y exigieron en cambio, su abandono completo, al menos hasta la última semana, inaceptable para Irán. Las desavenencias, en ese marco, atravesaban canales “naturales”. Pero los estadounidenses trajeron también, con más nitidez que en conversaciones anteriores, objetivos expandidos. Uno de los grandes puntos de fricción fue la insistencia en incluir el programa de misiles balísticos. Una demanda vinculada a la seguridad israelí y de la región que Irán rechaza de forma tajante. Ese programa constituye el corazón de su capacidad de disuasión militar. 

En la lógica del gobierno iraní, un acuerdo como ese significaría en la práctica entregar la supervivencia del Régimen islamista a la voluntad de Israel y Estados Unidos. La lógica de la actual administración norteamericana reproduce la del gobierno israelí. No sólo intenta evitar la proliferación nuclear iraní, un riesgo estratégico objetivo de magnitud global, y una preocupación para cualquier gobierno estadounidense, sino el desarrollo de capacidades militares ofensivas. 

Los misiles, para Irán, sirven para contrarrestar al menos parcialmente la abrumadora superioridad de las fuerzas aéreas israelí o estadounidense. El programa de misiles es el sistema nervioso central de la planificación militar de Irán. El programa nuclear, un objetivo estratégico deseado pero que los iraníes saben más problemático, ya que de proliferar, los igualaría con Israel, la única potencia nuclear de Medio Oriente, que no integra el Tratado de No Proliferación Nuclear y que desarrolló sus programas a espaldas de la comunidad internacional. Para Israel, semejante cosa probablemente hubiera habilitado una guerra total e ilimitada antes de concretarse, incluso sin acompañamiento estadounidense.

La debilidad iraní 

Las razones del ataque, entonces, deben buscarse más allá de las negociaciones imposibles. Rige una percepción oportunista sobre la debilidad inédita del gobierno iraní. En el plano militar, la llamada “Guerra de los 12 Días” que enfrentó a Irán a Israel en junio de 2025 mostró unas defensas antiaéreas iraníes totalmente impotentes frente a la aviación israelí, que hizo lo que quiso en los cielos de Teherán, mientras la inteligencia israelí operó casi sin límites dentro del territorio iraní. 

Antes de eso, el ecosistema regional de alianzas y patrocinios construido por el gobierno iraní se había convertido en una sombra disminuida de tiempos pretéritos. La red de influencias regional sufrió enormemente las postrimerías del ataque del 7 de octubre de 2023, que el Ayatollah Ali Khamenei fue el único líder global en celebrar abiertamente. Hamas quedó seriamente diezmada tras dos años de masacres en Gaza.

En Líbano, Israel descabezó y derrotó con una campaña de bombardeos masivos a Hezbollah, la principal milicia alineada al gobierno de Irán, mientras el gobierno de Al Assad en Siria cayó por motivos internos y fue reemplazado por un islamista con intenctones de acercarse a Estados Unidos. Apenas los hutíes en Yemen se mantienen en forma razonable, pero su alineamiento con Irán es menor que el de los demás actores. Los márgenes de Irán para actuar en la región a través de la guerra indirecta se encuentran en mínimos históricos. 

El frente interno: represión y ahogo económico

El cuadro para el gobierno de Irán es aún más complejo hacia el interior del país. Las evidentes vulnerabilidades de seguridad que evidenciaron las derrotas sucesivas hicieron letra muerta de las excusas que, durante años, presentó la dirigencia a su población. Las privaciones económicas, la exposición a sanciones occidentales, eran presentadas como un precio a pagar para alimentar un aparato de seguridad necesario para la defensa nacional de un país que, apenas producida la Revolución Islámica, entró en una brutal guerra con Irak de casi una década de duración. Una debilidad de la que también tomaron nota las minorías del país. Kurdos, azeríes, baluquíes y árabes son una proporción significativa de la población –cerca del 40% en conjunto–, concentrados territorialmente. El riesgo de colapso aparece en máximos desde la Revolución Islámica.

Las recientes protestas masivas, cuyo epicentro, a diferencia de otras veces, no estuvo sólo en las clases medias urbanas de Teherán. Las fuentes varían, pero la escala de la represión es de varios miles de muertos en apenas unos pocos días. Los testimonios de médicos sobre los hospitales desbordados, personas ejecutadas a corta distancia, intimidación y obstrucción de la atención sanitaria dan cuenta de un nivel de violencia estatal inédito, que testimonia la percepción de amenaza existencial que percibe el régimen. En Washington, ese cuadro alimenta la hipótesis de que un golpe externo podría empujar a un régimen ya tensionado o, al menos, entronizar a sectores afines.

La tentación del cambio de régimen

Un gobierno débil, marcado por una derrota militar y la tentación de intervenir remiten sin esfuerzo a los tiempos de George W. Bush. El último presidente republicano antes de Trump intentó rediseñar el Medio Oriente y Asia Central de acuerdo a la voluntad estadounidense a partir de la superioridad militar abrumadora.

El resultado es conocido: la ocupación militar que se extiende, se vuelve costosa y políticamente corrosiva, en recursos y vidas estadounidenses, mientras produce efectos contraproducentes, como el crecimiento de la influencia iraní en Irak o la provisión de estabilidad relativa en un área de influencia de China y Rusia, para luego culminar en retiros de tropas caóticos que retrotraen a estados de cosas iguales (Afganistán) o peores (Irak) a las que dieron origen a las acciones militares.

Trump: de la promesa aislacionista al aventurerismo limitado

Es imposible entender el ascenso de Trump en el Partido Republicano sin el fracaso de Bush. Trump se presentó a sí mismo como antítesis de ese ciclo. Se jactó de haber cuestionado la guerra de Irak, se presentó como el “presidente de la paz”, y cuestionó la presencia militar estadounidense en territorios remotos de interés limitado. Junto con ello, sin embargo, empujó el aumento del presupuesto militar estadounidense, y realizó acciones temerarias en el exterior, como el asesinato de Qasem Soleimani, jefe de la fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria Islámica iraní, que hubieran sido interpretados como actos directos de guerra por cualquier país que no quisiera evitar una confrontación directa. Un umbral alto, de todos modos, siendo la primera potencia militar global. 

El vicepresidente J. D. Vance, que intenta representar al movimiento MAGA, la base fiel del presidente, intentó garantizar que no habría “una guerra larga sin fin a la vista” contra Irán. En cambio, la estrategia busca que los ataques aéreos resuelvan la situación en un marco temporal acotado, sin necesidad de una invasión terrestre. El modelo del trumpismo es Venezuela y el saldo posterior al secuestro de Maduro. Un golpe devastador que abre pie a una negociación absolutamente asimétrica y un resultado alineado absolutamente a los intereses estadounidenses ante la amenaza de ataques aún más destructivos.

Irán no es Venezuela

Los festejos callejeros ante el rumor de la muerte de Khamenei evidenciaron que el arco opositor al régimen mantiene una densidad social que la migración masiva hizo imposible en Venezuela. Sin embargo, carece de líderes reconocidos y organización en el país. Habrá que dejar transcurrir el tiempo para saber si las minorías aprovechan el caos para impulsar agendas separatistas de distinta intensidad. El reciente anuncio de unificación de acciones de las facciones kurdas –muchas de ellas armadas– es una muestra de esas posibles intenciones. 

Ese escenario de desestabilización, que sería muy conveniente a los intereses israelíes, sería en cambio de pesadilla para los países árabes, expuestos a las consecuencias de una eventual desintegración estatal y, por lo tanto, para la estabilidad de la región en su conjunto. Tampoco agradaría a los Estados Unidos, obligados a centrar su atención en Medio Oriente en momentos en que sus prioridades estratégicas están en el este de Asia y las Américas. La lección más importante de Venezuela es que los Estados Unidos prefirieron preservar a la burocracia chavista que arriesgar un escenario de colapso estatal.

Sin embargo, pensar que es posible repetir en Irán el escenario venezolano, es difícil. Existen sectores en la clase gobernante que abrazan estrategias de acercamiento a los Estados Unidos, pero el colapso del acuerdo nuclear los debilitó frente al Líder Supremo que parece haber intentado asegurar su sucesión tanto clerical como militar en representantes de la línea dura. 

Un acuerdo, además, enfrentaría la difícil tarea de cohesionar a los distintos sectores en un contexto de descabezamiento del liderazgo. El Régimen de Irán mantiene múltiples capas de poder con distintos grados de alineamiento ideológico, entre sí y respecto de sus relaciones con el mundo. Difícilmente haya facciones con capacidad de imponerse sobre otras de la forma compacta en que la burocracia chavista pudo, hasta ahora, acordar su reciclaje acercándose a los norteamericanos.

El enfrentamiento con Estados Unidos y la hostilidad retórica hacia Israel, junto al fervor religioso, ha sido un motor y factor de movilización y unificación para un esquema de poder mucho menos concentrado en liderazgos personales que el venezolano. Habrá que estar atento a las figuras que sobreviven. Ali Larijani, último Consejero de Seguridad de Khamenei, ex líder parlamentario, y veterano de la negociación nuclear, aparece como una figura a la cual prestarle atención, junto con la tríada encargada del liderazgo provisional

El cálculo iraní

Aún en su debilidad, además, Irán tiene capacidades militares y una realidad regional muy distintas a las de Venezuela. Sus capacidades de represalia, desplegadas no sólo sobre Israel y las bases estadounidenses en la región, sino sobre los países árabes del Golfo Pérsico, además de la alteración del tráfico en el estrecho de Ormuz, donde circula alrededor del 30% del comercio mundial, van a generar ondas expansivas políticas cuyas consecuencias no parecen sencillas de prever. Incluyen desde una desestabilización de algunas de las monarquías gobernantes hasta consecuencias en la economía global, pero también un involucramiento directo de las naciones atacadas en el conflicto, que generaría a las potencias árabes el dilema de quedar del mismo lado de Israel en un conflicto bélico.

Para este grupo de países árabes, que en años anteriores temían a la expansión iraní, un Irán débil, pero con alguna capacidad, aunque fuera módica de balancear a Israel, es un escenario preferible a cualquiera de los que pueden saldar esta guerra.

Irán, por lo demás, se encuentra lejos del continente americano, donde se ejerce la hegemonía estadounidense. Es un aliado importante de Rusia y un proveedor petrolero relevante –aunque no el principal– de China, por lo que su derrota definitiva sería un problema para estas potencias. Si bien no es esperable que ninguno de ellos intervenga en la guerra, podrían dar un apoyo indirecto a la resistencia iraní que tome distintas formas. El conflicto, por lo tanto, sólo alinea a los intereses estadounidenses con los israelíes, sin garantías para otros actores.

El límite de la política

El ataque abre nuevamente la pregunta sobre el estado del orden global. ¿Puede el ejercicio desenfadado del poder estadounidense moldear las conductas de los países hasta llevarlos a cambiar incluso el núcleo de sus estrategias de inserción global? ¿Puede Donald Trump triunfar donde George W. Bush fracasó? La idea de que se puede iniciar una guerra sabiendo con precisión cuándo y cómo va a terminarse es la historia misma de las aventuras imperiales fracasadas. 

Los Estados Unidos de Trump, sin embargo, parecen enfocados en maximizar el beneficio de las debilidades ajenas, y utilizar la guerra como un componente más de un herramental que incluye negociación y coerción, armada y desarmada. Aranceles y misiles son apenas medios para un resultado que –de acuerdo a la mirada estadounidense– puede ajustarse sobre la marcha. 

La preferencia por la discrecionalidad explica, también, la reticencia del trumpismo a cumplir las leyes estadounidenses y declarar las acciones bélicas como tales, que requerirían acudir al Congreso en busca de autorización. Con un pueblo escéptico de las intervenciones en el extranjero, y sin alinear a los legisladores, la clave del éxito o fracaso de un ataque radicará en su capacidad de poner de rodillas a los iraníes en los tiempos acotados de la tolerancia social. El cálculo no pasa desapercibido en Teherán, cuyas acciones iniciales parecen alejarse de una capitulación destinada a evitar un mal mayor en términos de destrucción y apuestan, en cambio, a una resistencia armada que generalice el conflicto y arranque costos políticos a Estados Unidos y sus aliados, capaces de poner contra las cuerdas la sostenibilidad del conflicto, no en términos militares sino políticos. El final está, todavía, abierto. 

Otros temas para seguir:

  • Si querés entender algo más sobre la represión y las tensiones en el seno de la sociedad iraní, la peli Fue sólo un accidente, de Jafar Panahi, se estrena en Mubi esta semana. Ganadora en Cannes, Panahi es un director talentosísimo, que nunca dejó de residir en Irán ni filmar películas a pesar de la represión y las condenas por parte del régimen. Director de algunas joyas como El Círculo o pequeñas bellezas como Offside, acá se mete de frente con las torturas, el impulso de revancha y las controversias en torno a eso.
  • En una noticia que involucra los peligros políticos del desarrollo de la inteligencia artificial y la compleja relación entre las grandes tecnológicas y estados nacionales, el enfrentamiento entre el Gobierno de los Estados Unidos y Anthropic, la empresa responsable de Claude, el sistema de moda. El CEO de Anthropic, Dario Amodei, sostiene que el Departamento de Guerra estadounidense quiere acceso irrestricto a las habilidades de sus sistemas, incluyendo para tareas de vigilancia masiva en los Estados Unidos y utilización de armamento automatizado, sin supervisión humana. Hegseth, secretario de Guerra, niega los cargos y sostiene que no se van a usar  para ninguna de las acciones consideradas problemáticas, pero alega que ninguna empresa puede imponerle sus términos al Estado. Hegseth declaró a Anthropic como un riesgo para la cadena de suministro, una declaración que podría, potencialmente, significar prohibiciones para contratistas de defensa de contratar con Anthropic. Open AI, la responsable de ChatGPT, anunció que estaba dispuesta a asociarse en los términos rechazados por Anthropic, por lo que asumirá el contrato suspendido.
  • Pakistán declaró que se encuentra en un “estado de guerra abierta” con Afganistán. Pakistán, cuyos servicios de inteligencia alimentaron por años a los Talibán, anunció bombardeos en Kabul y Kandahar y la muerte de varios oficiales afganos de alto rango. La ruptura entre ambos se produjo tras acusaciones pakistaníes contra los afganos de apoyar al Tehrik-e Taliban Pakistan, un grupo terrorista con el que los talibán afganos mantienen una alianza cercana. La ruptura y los bombardeos podrían tener derivaciones regionales, ya que Pakistán acusa al gobierno talibán de haberse alineado con India, su mayor rival regional. Dadas las relaciones históricas de los servicios de inteligencia pakistaníes con los talibán, los ataques pueden buscar entronizar a una figura afín a ese país que minimice amenazas y le devuelva influencias. 

Es abogado, especializado en relaciones internacionales. Hasta 2023, fue subsecretario de Asuntos Internacionales de la Secretaria de Asuntos Estratégicos de la Nación. Antes fue asesor en asuntos internacionales del Ministerio de Desarrollo Productivo. Escribió sobre diversas cuestiones relativas a la coyuntura internacional y las transformaciones del sistema productivo en medios masivos y publicaciones especializadas. Columnista en Un Mundo de Sensaciones, en Futurock.