Estados Unidos e Irán: una guerra entre el final y la debacle
Los mensajes confusos que salen de Washington y Teherán hacen difícil prever una salida ordenada al conflicto.
Cuando la vocera de la Casa Blanca, Karoline Leavitt anunció que Trump iba a dar un mensaje a la Nación el miércoles sobre la guerra en Irán, las expectativas se multiplicaron, particularmente dadas las versiones –unilaterales– estadounidenses sobre la existencia de una negociación para terminar la guerra. Los mensajes a la Nación, sin el componente coercitivo, son análogas a las cadenas nacionales en Estados Unidos, y suelen reservarse para anuncios importantes. Por lo que, al menos en un primer momento, se esperaban novedades relevantes que brindaran certezas. Ya sea sobre el fin del conflicto o sobre su reconocimiento.
El mensaje del 1 de abril no fue una cosa ni la otra. La voz de Donald Trump, a diferencia de la de su antecesor, es omnipresente, casi aturde. Da entrevistas semanales, y a veces casi diarias con medios conservadores y partidarios, pero también críticos. Lejos de ser una voz cuidadosa, es logorreica y contradictoria. Por ello, tenía sentido la expectativa de que el uso del mensaje a la nación fuera a aportar una claridad que no otorgó, pareciéndose más a una colección de grandes éxitos de sus declaraciones en medios y posteos habituales en redes sociales.
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Más allá de señalar un horizonte de dos o tres semanas, tampoco estricto, el presidente osciló entre distintos objetivos de guerra que calificó de cercanos al cumplimiento, sin terminar de priorizarlos ni poner metas verificables.
Habló de una victoria sin paralelos históricos, pero volvió a faltar claridad en los objetivos del ataque, que oscilaron entre el programa nuclear de Irán, el patrocinio del terrorismo y/o la desestabilización regional, el programa de misiles, el carácter represivo del régimen. Todo de forma desordenada y sin establecer criterios o umbrales de éxito.
Repitió un discurso que lleva semanas sobre la superioridad aérea y naval establecida por la acción estadounidense-israelí, la muerte de los principales líderes, que igualó a un cambio de régimen. Todo en un discurso que a su vez proclamó un cierre cercano para las operaciones y amenazó intensificarlas, mandando a Irán “de vuelta a la edad de piedra”.
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SumateLa confusión se agravó este domingo, cuando Trump volvió a hablar como si lo hiciera sobre dos guerras superpuestas y diferentes. Por un lado, insistió con que había negociaciones en marcha y que incluso podría haber un acuerdo “para el lunes”; por otro, lanzó un ultimátum explícito y grosero para que Irán reabra el estrecho de Ormuz antes del martes por la noche, bajo amenaza de volar puentes y centrales eléctricas. En la entrevista con el Wall Street Journal dijo que podía golpear “todas” las plantas de generación de energía iraníes; en Truth Social amenazó con convertir el martes en “Power Plant Day” y “Bridge Day”, mientras en unas horas antes, en Fox dijo que podían tener un acuerdo hoy mismo.
Irán se sostiene sobre sus pies (y sus misiles)
Las capacidades militares iraníes están aminoradas tras más de un mes de ataques diarios estadounidenses e israelíes, pero sigue conservando lo único que necesita para la estrategia de guerra asimétrica que se planteó al inicio del conflicto, ante la abrumadora superioridad de sus agresores: capacidad de disrupción, para amenazar la estabilidad económica global.
La estrategia no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos, sino encarecer, política y económicamente, el accionar estadounidense. Un esquema para contrarrestar la asimetría de fuerzas militares, con la de la capacidad para absorber daños.
Bloquear el estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor del 25% del comercio marítimo mundial de petróleo, y una porción enorme del GNL, qatarí y emiratí, no requiere capacidades militares demasiado sofisticadas, ya que con drones, pequeñas embarcaciones o misiles relativamente sencillos y una tasa de éxito muy moderada en los ataques a buques alcanza para impedir el tránsito comercial.
Del otro lado, contrarrestar ese bloqueo, por lo sencillo de generar disrupciones, es extremadamente complejo y costoso, difícilmente practicable sin control del área costera. Este marco explica y vuelve razonable una proyección del precio del petróleo a 180 dólares por barril, muy dañina para la economía estadounidense y para la popularidad de quien la conduce.
Ese contexto permite a los iraníes sostener una narrativa de victoria aún con los daños soportados. El orden de magnitud de la superioridad del accionar estadounidense-israelí necesario para evitar la disrupción económica y regional probablemente sea mayor al alcanzable por ninguna campaña aérea. Si bien nada de esto es novedoso, Irán materializó lo que se proyectaba en todos los juegos de guerra que simulaban un conflicto como el actual.
La táctica asimétrica regionalizada es sumamente difícil de contrarrestar, y enfrentarla supone una campaña de destrucción y desgaste mucho más prolongada de lo políticamente sostenible.
Esta percepción fue alimentada, además, por recientes informes de inteligencia estadounidenses que señalan que las capacidades misilísticas y de drones remanentes iraníes son significativas y, también, difíciles de eliminar, y por un hecho de importancia simbólica. El derribo de dos aviones estadounidenses, un F-15E y un A-10, las primeras pérdidas de la aviación estadounidense desde el inicio de la campaña. La importancia es simbólica, ya que no se trata de aeronaves de las más avanzadas en el catálogo estadounidense, virtualmente indetectables para los sistemas de radar, y por el rescate complejo y exitoso de uno de los oficiales a bordo llevado adelante por las fuerzas especiales estadounidenses, pero da cuenta de la dificultad, para los Estados Unidos, de dar por concluida la acción bélica en un horizonte relativamente breve sin que sea recibido como una derrota.
Una versión iraní sobre el final de la guerra
Los evidentes problemas de la narrativa triunfalista estadounidense y las fortalezas iraníes que permitirían al gobierno persa adjudicarse una victoria en casi cualquier escenario de supervivencia acarrean el riesgo de subestimar los daños sufridos por Irán, aún cuando no tengan el carácter decisivo que Trump le adjudica en sus discursos. La economía iraní enfrentaba problemas muy serios mucho antes de iniciada la guerra, causados tanto por las sanciones internacionales, como por una gestión productiva estatal subordinada a la construcción de fortaleza militar, incluyendo tanto las distintas Fuerzas Armadas como el financiamiento a milicias cercanas en la región. Incluso una victoria sin atenuantes –una retirada unilateral enemiga– devolvería a Irán a los problemas que arrastra desde hace décadas y que llevaron a ciclos de grandes protestas de alcance nacional, que se vienen repitiendo cada pocos años, en ciclos cada vez más cortos.
Cobra interés en ese contexto la columna publicada esta semana en Foreign Affairs del excanciller iraní, Mohammad Javad Zarif, cara visible de la negociación que llevó al acuerdo nuclear en tiempos de Obama. Alineado a la épica triunfalista iraní, Zarif propone en su columna que Irán declare una victoria defensiva, y la aproche para avanzar hacia un acuerdo amplio con los Estados Unidos, que incluiría una renuncia explícita y permanente a un programa nuclear bélico, con degradación del uranio enriquecido al 60% que Irán conserva y sometimiento pleno a las inspecciones y regulaciones de la Agencia Internacional de Energía Nuclear, la reapertura del estrecho de Ormuz y su libre circulación a cambio de levantamiento de sanciones económicas y un pacto permanente de no agresión entre ambos países.
La propuesta también contempla normalizar vínculos económicos e incluso abrir la puerta a la inversión de las empresas estadounidenses. Un acuerdo que, en palabras del excanciller, permitiría a Irán preocuparse menos por el exterior y más por el bienestar de su población.
La propuesta aparece sumamente ambiciosa en las concesiones que ofrece en materia nuclear. Lejos de los análisis que decían que la guerra volvería la cuestión nuclear más central e ineludible en la planificación de la defensa iraní, Zarif propone dejarlas de lado de manera permanente. Una fórmula más contundente de lo reflejado en el acuerdo nuclear de 2015. Implícita aparece la línea roja: el programa de misiles no formaría parte de la negociación.
Se destacan, también, dos omisiones. Israel no es mencionado como parte de la negociación. Cuesta imaginar cualquier acuerdo estable que no incluya algún tipo de encuadre para la relación con un país al que no reconocen y cuya destrucción proclaman, aunque más no sea porque un cese de fuego que no comprometa a Israel difícilmente sea sostenido por ese país. Tampoco se propone una solución para el ecosistema regional de actores armados vinculados a Teherán: Hamas, Hezbollah, las milicias iraquíes, los hutíes de Yemen, verdaderos dispositivos de proyección de poder iraní, que son a su vez factores de enfrentamiento no sólo con Israel, sino con gran parte de los países árabes de la región.
A pesar de ello, el planteo de Zarif es un punto de partida serio para un acuerdo, con concesiones significativas. Las omisiones parecen intencionales, cuidadosamente concebidas para sortear los desacuerdos internos sobre los límites a las concesiones iraníes. Los mecanismos y decisores en la cadena de mando iraní hoy no son claros, pero no cabe suponer que el artículo sea un acto de reflexión de un librepensador, sino una apertura política en un entorno que para Irán es también contradictorio. Esta misma semana, también, el ala naval de la Guardia Revolucionaria declaró que habría “cambios permanentes” en el estatus de Ormuz.
Una negociación compleja y multifacética
La opacidad de la situación real de fortaleza y debilidad de cada parte a la hora de ser sopesadas en su conjunto, y las posibilidades de apalancarse en ellas, lejos de facilitar una negociación exitosa, la dificultan, incentivan a seguir buscando ventajas decisivas, que obliguen a la contraparte. ¿Las líneas rojas de Irán incluyen, además de su seguridad interna, a las milicias que en mayor o menor grado le responden? ¿Podría Estados Unidos aceptar un cierre donde las únicas concesiones significativas iraníes sean en materia nuclear? Las versiones señalan que aquello formaba parte de la negociación que se rompió para iniciar la guerra, y que los iraníes habían comprometido concesiones significativas, por lo que la guerra sería muy difícil de justificar.
Aún más difícil sería una declaración unilateral de misión cumplida por parte de Trump, que tendría efectos beneficiosos para los mercados petroleros, pero sería percibida por medios, analistas y terceros países como una derrota. Difícilmente los planificadores militares norteamericanos acepten un curso de acción cuyas consecuencias de mediano plazo pueden ser tan ruinosas para la capacidad disuasoria estadounidense. Los países árabes del Golfo probablemente tampoco favorezcan un desenlace de ese estilo. Luego de ser atacados por Irán a pesar de no ser parte en la guerra, necesitan un Irán debilitado decisivamente.
Tampoco hay motivos para pensar que una declaración unilateral de victoria sin acuerdo vaya a ser aceptable para los iraníes. Implicaría volver a la situación previa, pero con las fuerzas armadas debilitadas por los ataques, sin garantías de no repetición. Una situación equivalente a la de junio del año pasado: una pausa que lo expondría a un próximo ataque israelí en el futuro cercano.
Un final que se define en Washington
La pregunta, entonces, es si Estados Unidos está para un acuerdo con contornos definidos y qué contornos resultan aceptables. Conviene recordar entonces que los límites a la guerra no son materiales y enfocarnos en la situación interna de los Estados Unidos. Según las encuestas, tanto Trump como la guerra tienen una desaprobación neta que supera los 17 puntos. Aunque la impopularidad de Trump precede a la guerra y se ancla en una insatisfacción profunda con el costo de vida. Con la nafta por encima de los 4 dólares por galón, ambos fenómenos se retroalimentan, y la Casa Blanca tiene presente el calendario electoral, con elecciones legislativas en noviembre, como todos los años pares.
El frente interno, lejos de ser un amortiguador, contribuye a la desorientación sobre el rumbo de la Administración. Esta semana, en plena guerra, el secretario de Guerra (Defensa), Pete Hegseth, echó al jefe del Estado Mayor del Ejército, Randy George. Una decisión inusual y políticamente estridente que las investigaciones relacionaron a la negativa de Hegseth a promover a generales a oficiales mujeres y afroamericanos. Casi en simultáneo, Trump desplazó a la fiscal general Pam Bondi, y colocó interinamente a su antiguo abogado personal, Todd Blanche, al frente del Departamento de Justicia. Un movimiento inseparable del pésimo manejo de la causa de tráfico de personas vinculada al suicidado Jeffrey Epstein.
Con ese contexto, cualquier decisión sobre la guerra posiblemente aparezca teñida por consideraciones sobre el modo en que afecta la imagen del gobierno. Y allí, junto a las disrupciones económicas existentes, aparece el fantasma de la asunción de una derrota. La combinación entre problemas externos y una economía débil fue fatal para Jimmy Carter, que nunca se recuperó de las fallas durante crisis de los rehenes en Irán, ni Biden de la retirada de Afganistán. ¿Puede Trump eludir una derrota simplemente negándola o esa posibilidad lo obliga a seguir combatiendo hasta que se cumplan sus condiciones mínimas?
Los incentivos para redoblar la presión y maximizar el daño buscando concesiones de los iraníes aparecen entonces evidentes. Las últimas amenazas, de destrucción de plantas eléctricas y puentes, empujan en esa dirección. Pero una campaña de destrucción masiva de infraestructura iraní difícilmente proveería una vía rápida a la paz. El ataque israelí a una planta petroquímica operó como un ensayo de una situación que podría multiplicarse. Irán ya respondió con amenazas de ataques sobre la infraestructura energética y especialmente petrolera regional.
Si Washington pasara de la presión sobre la infraestructura militar al castigo indiscriminado sobre puentes, red eléctrica y otros nodos civiles, lo más probable es que Teherán amplíe los contraataques contra infraestructura petrolera, de transporte y servicios no sólo en Israel, sino en los estados del Golfo. Una escalada de ese estilo generaría daños a la producción de hidrocarburos que podrían durar años, y elevarían los precios de los combustibles a la estratósfera.
La guerra transcurre entre un final relativamente pronto, y una debacle de alcance global. La variable decisiva no parece ser el equilibrio militar estricto entre Washington y Teherán, sino el umbral de tolerancia política estadounidense a una guerra costosa, larga y estratégicamente borrosa. Si no hubiera concesiones significativas iraníes, lo único que puede frenar la guerra es el frente interno. La evidencia creciente, para la Casa Blanca y el Partido Republicano, de que el conflicto puede convertirse en un pasivo electoral. El futuro de la guerra, posiblemente, esté más en manos de las encuestas al senado de Texas y Ohio.
Algo más:
- A pesar de las buenas noticias recibidas en materia económica, con levantamiento temporal de sanciones para su petróleo, Rusia registró en marzo el menor avance en Ucrania en términos territoriales en los últimos dos años y medio de guerra.
- Cuba inició el proceso de liberación para más de 2.000 presos, en un gesto hacia los Estados Unidos, luego de que la administración Trump permitiera la llegada a la isla de petróleo proveniente de la Federación Rusa.
- El líder militar de Burkina Faso, Ibrahim Traoré, descartó cualquier transición a la democracia y afirmó que la democracia “no es para nosotros” (el pueblo burkinabé). El régimen que encabeza está acusado de serias violaciones a los derechos humanos, incluyendo acciones de limpieza étnica. Desde el golpe de Estado que lo puso en el poder en octubre de 2022, Traoré ganó popularidad en otros países de África y llamó la atención entre observadores occidentales por su discurso antioccidental y, especialmente, antifrancés.