Está lleno de negros: la diversidad cultural en el fútbol, un acto de resistencia

Desde principios del siglo XXI, si el talento africano no emigra, Europa lo coloniza y extrae a través de “academias” en África, porque allí, como había vaticinado Bilardo, “la gente todavía juega”.

En Italia 1990, Camerún se convirtió en la primera selección de África en alcanzar los cuartos de final de un Mundial. Los cameruneses habían llegado a Italia sin “estudiar” por la TV a los rivales (la mitad vivía en el país). Con apenas dos canchas de césped, jugaban desde la imaginación mientras escuchaban los partidos por radio. “Imitábamos lo que imaginábamos”, dice Bonaventure Djonkep, delantero del Union Douala camerunés en aquel año, en el documental Green Lions: Cameroon 90 (2022).

Es la selección de “los leones indomables” que sorprendió al mundo al ganarle 1–0 en el partido inaugural en Milán a la Argentina, campeona cuatro años antes, en México 1986. Gol de François Omam–Biyik a los 22 minutos del segundo tiempo tras un error de Nery Pumpido. Fútbol alegre y atrevido, despojado, y también físico. Camerún terminó con dos menos. Expulsado primero André Kana–Biyik, hermano de Omam. Y Benjamin Massing tras la patada descomunal a Claudio Caniggia. Massing era el marcador de Diego Maradona (le había hecho la falta de amarilla). Murió en 2017 a los 55 años. En Green Lions, compañeros de aquella Camerún histórica visitan la tumba de Massing. Y “aparece” Maradona. “Fue –dicen ellos– el primer jugador extranjero que nos envió sus condolencias”.

En 1975, Carlos Bilardo –DT de Argentina en México 86 y en el subcampeonato en Italia 90– había dirigido a Estudiantes de La Plata en la Copa Mohammed V en Marruecos. Exentrenador de la selección de Libia en 2000, Bilardo recordó y repitió aquel año en un programa televisivo que, cuando había ido en 1975 a Marruecos, había dicho que en África estaba el futuro del fútbol. “Porque la gente todavía juega. Recorrés Capital Federal y no se juega al fútbol. Recorrés el interior, y sí. Recorrés Europa. Italia: en Roma, Milán, Firenze, no se juega. Recorrés Alemania: en Múnich, en Colonia, no hay lugar. En África juegan en todos lados. Tiene países fuertes como Camerún, Nigeria, Sudáfrica, Marruecos, Túnez. Es bueno porque tienen técnica, son tocadores. Mirá cómo será que juegan sin arco, juegan los picados sin arquero”. En Catar 2022, Marruecos, cuarta, superó la actuación de Camerún en Italia 90.

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Niños esclavos del fútbol

Hoy, en el “Día del Respeto a la Diversidad Cultural” (o “de la Raza”, renombrado así por el gobierno libertario de Javier Milei, o de “Descolonización” en Bolivia, “Pluricultural” en México y de “Resistencia Indígena, Negra y Popular” en Nicaragua), conviene remarcar que en el fútbol, modelo a escala y caja de resonancia, se representan y se reproducen los cambios sociales en el tiempo.

Si el título en el Mundial como local de 1998 fue el de la Francia multicultural, black, blanc, beur (“negro, blanco, árabe”), el de Rusia 2018, dos décadas más tarde, fue el de los hijos de los inmigrantes africanos moldeados por la academia, franceses de los suburbios y los barrios periféricos de París (un tercio del plantel), como Kylian Mbappé. En Djébalé, aldea de Camerún en la que nació su padre, Mbappé significa “yo también”. Los captadores de los clubes más importantes de Europa dicen que en la Banlieue, corazón marginal de París, se concentra el mayor talento futbolístico mundial. Al otro lado del Bulevar Periférico, la General Paz francesa, separan a los chicos del Gran París en dos grupos: los gazelle, más atléticos y técnicos, y los panthères, más físicos y potentes. París, la capital, desprecia al fútbol y a los inmigrantes. Pero allí se juega la Barrio Nation Cup, torneo de fútbol callejero con selecciones de las “comunidades de naciones” de la Banlieue.

A partir de principios del siglo XXI, si el talento africano no emigra a Europa, Europa coloniza y extrae el talento de África a través de “academias” y acuerdos con clubes locales. Desde los poderosos París Saint–Germain (Francia) en Senegal, Ruanda y Marruecos, Bayern Munich (Alemania) en Ruanda, y Manchester City (Inglaterra) en Egipto, hasta los menos conocidos MŠK Žilina (Eslovaquia) y Nordsjaelland (Dinamarca) en Ghana. En paralelo, denuncias de estafas, explotación, tráfico de menores y falsificación de edades en documentos. Relatos de chicos abandonados en las calles de las urbes europeas después de lesiones o de truncarse en pruebas. En 1999, por el caso de Dungani Fusini, hubo condenas en el Parlamento Europeo. Dungani, detectado por un agente italiano en Costa de Marfil, había entrado como ilegal a Italia a los 14 años para jugar en el Arezzo, subsidiario del Milan. Sin viáticos y sin colegio, dormía en el sótano de un restaurante. Hasta que huyó. Un mes más tarde, la policía lo encontró durmiendo debajo de un puente. “Niños esclavos del fútbol” se titula una crónica de 2008 de Dan Mcdougall, quien recorrió escuelas de fútbol ilegales en Ghana.

Jean–Claude Mbvoumin, exfutbolista de la selección de Camerún que vivió el desarraigo cuando arribó a Francia en 1995 para jugar en el Beauvais Oise, fundó la ONG Foot Solidaire después de que viera a chicos, víctimas de estafadores, vagando por París. “No hay que matar los sueños –dice Mbvoumin–, pero hay que ser realista”.

Las redes sociales y la “raza superior” alemana de Macri

En la Eurocopa de Alemania 2024, España se coronó campeón con Nico Williams –padres ghaneses que cruzaron el desierto del Sahara y llegaron a Melilla, en el norte de África– y Lamine Yamal –madre de Guinea Ecuatorial y padre de Marruecos– en el ataque. Williams nació en Pamplona; Yamal, en Cataluña. Por más que les “pese” a los trolls de la ultraderecha racista, son españoles, como Ousmane Dembélé –Balón de Oro 2025– es francés. “Las redes sociales dieron voz a legiones de idiotas que antes hablaban solo en el bar, tras un vaso de vino, sin dañar a nadie. Antes eran callados; ahora tienen el mismo derecho que un Nobel. Es la invasión de los necios”, dijo Umberto Eco en una entrevista a La Stampa en 2015.

“A Alemania nunca se la puede descartar; raza superior, siempre juegan hasta el final”, había dicho Mauricio Macri, presidente de la Fundación FIFA, mientras candidateaba selecciones antes de Catar 2022. Alemania, eliminada en primera ronda de Catar, extraña hoy a Jamal Musiala, quien sufrió una fractura de peroné en el tobillo durante Bayern Munich–PSG en el Mundial de Clubes. Musiala –22 años, hijo de padre inglés con raíces nigerianas y madre alemana con ascendencia polaca– es la esperanza alemana, “raza superior”. Al menos mientras ganen, se sabe, los racistas ocultarán su racismo.

La difuminación de las nacionalidades: ¿un Messi español?

Hijos y nietos de africanos emigrados a Europa decidieron en los últimos años representar a las selecciones de los países de sus padres o abuelos. Como los 14 de los 26 futbolistas que lograron el cuarto puesto de Marruecos en Catar (Achraf Hakimi, lateral derecho del PSG, nacido en Madrid). Porque también se es a donde se pertenece. En la última semana, la FIFA suspendió por un año a los argentinos Imanol Machuca, Rodrigo Holgado y Facundo Garcés por usar documentación falsa para nacionalizarse y jugar en la selección de Malasia. Concepción Agueda Alaniz, abuela de Machuca –delantero de Vélez–, nació en Roldán, Santa Fe, no en Penang, Malasia, como figuraba en los papeles. No es el fin de las nacionalidades en las selecciones de fútbol. Vivimos, acaso, cierta difuminación por la diversidad y la complejidad de las identidades.

En El hombre en el castillo (1962), Philip K. Dick bosquejó una ucronía: un mundo en el que el Eje había ganado la Segunda Guerra Mundial. Había una sección en la revista Un Caño en la que se contaba qué había sucedido a partir de un hecho que no había pasado, como lo que se había desencadenado después de que Rob Rensenbrink metiera el 2–1 sobre la hora del triunfo de Holanda en la final del Mundial 1978 ante Argentina, porque la pelota no había pegado en el palo. Alguien, en algún momento, imaginará a un Lionel Messi que, emigrado a los 13 a Barcelona un año antes de que estalle la crisis de 2001 en la Argentina, elige jugar para España.

Es periodista especializado en deportes -si eso existiese- desde 2008. Lo supo antes de frustrarse como futbolista. Trabajó en diarios, revistas y webs, colaboró en libros y participó en documentales y series. Debutó en la redacción de El Gráfico y aún aprende como docente de periodismo. Pero, ante todo, escribe. No hay día en la vida en que no diga -aunque sea para adentro- la palabra “fútbol”.