¿Está bien cobrarles la Universidad pública a los extranjeros?
El debate le concede al pensamiento conservador una coartada para no discutir lo incómodo: el ingreso irrestricto, la falta de criterios de admisión y el uso ineficiente de los recursos.
Hace años que se debate si la universidad pública gratuita argentina debe cobrarles a los extranjeros por estudiar allí. Guste o no, el arancel para los argentinos ya no se discute, y hemos pasado a discutir sobre un sector estadísticamente no relevante: alrededor de un 5%.
Los argumentos a favor de arancelar la universidad a extranjeros se basan en un principio de ecuanimidad: la idea de que no es justo que los argentinos financiemos la formación de extranjeros que luego regresan a sus países. A esto se le suma la falta de reciprocidad: si los argentinos deben pagar para estudiar en el extranjero, entonces, ¿por qué no exigir lo mismo a quienes vienen a hacerlo aquí?
En contra, suele plantearse que mientras la recaudación sería irrelevante, los extranjeros consumen, alquilan viviendas, pagan transporte, compran comida: generan actividad económica e ingresos fiscales, usualmente con recursos que provienen de sus países de origen. Esta visión fiscalista no es menor, dado que países como Nueva Zelanda han hecho de la educación un producto de exportación y atraer alumnos extranjeros (que pagan) es parte de su estrategia de ingreso de divisas.
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SumateUn argumento interesante en contra de cobrar, que yo no había considerado, lo dio Marcelo Longobardi: la presencia de alumnos de otras nacionalidades enriquece la experiencia formativa de todos gracias a la diversidad cultural, idiomática y de modos de vida y eso mejora a la sociedad. La objeción inmediata sería que no se trata de prohibir el ingreso de extranjeros, sino de cobrarles. Sin embargo, un arancel actuaría como desincentivo cuando se promueve la “mezcla” como condimento de una sociedad abierta. Banco.
El principio de ecuanimidad es razonable, pero el argumento de la falta de reciprocidad no resiste demasiado análisis. En muchos países no se cobra a los extranjeros, en otros se cobra lo mismo que a los nacionales y en algunos hay adicionales. Hay de todo.
Pero pensemos un poco más esta cuestión.
Gratuitos o arancelados, en los sistemas universitarios del mundo se selecciona por mérito. No porque sean elitistas, sino porque los recursos son limitados. Laboratorios, cátedras, bibliotecas, prácticas clínicas. La universidad es el nivel educativo más caro pero en Argentina no hay selección, aunque con una excepción asombrosa: no se seleccionan candidatos para una ingeniería en sistemas pero se seleccionan pibitos talentosos de 11 o 12 años para las escuelas preuniversitarias. Paradojas argentinas: para ingresas a sus colegios hay que competir por una vacante; para entrar a una carrera de grado basta con presentar cualquier certificado de secundaria.
Entonces, el dilema no es gratis/arancelada para los extranjeros (ni para los argentinos, yo creo que no se debe cobrar a ninguno), sino a quiénes estamos admitiendo en las aulas. Muchos extranjeros vienen a inscribirse, por ejemplo en medicina, luego de no haber pasado la selección en sus países, por lo que estudiar en la Argentina suele ser una segunda o tercera opción: somos permisivos, independientemente de la calidad. En sus países, hasta pagando instituciones privadas hay que aprobar exámenes exigentes. Aquí, en cambio, abrimos la puerta sin preguntar.
Este fenómeno tiene consecuencias importantes. Al matricularse, ocupan vacantes que no son infinitas y que no necesariamente elevan el nivel, sino que a veces lo tensionan para abajo en una lógica opuesta a las instituciones del resto del mundo, que compiten por atraer talento, elevar el nivel académico y eventualmente incorporar a algunos graduados al sistema productivo o científico nacional.
Por ejemplo, cuando cualquier argentino es admitido en una universidad extranjera -gratuita, arancelada o con pagos extra por ser extranjero- lo logra después de un riguroso proceso de selección sí o sí: nadie es admitido solo por presentarse. Y esto tiene sentido, pues se trata de asignar recursos escasos a quienes puedan aprovecharlos mejor y a su vez contribuir a un mayor resultado conjunto. Y allí se torna virtuoso el calidoscopio de culturas, lenguas y experiencias.
En consecuencia, más que preguntarnos si hay que cobrarles a los extranjeros, deberíamos preguntarnos si nuestras universidades están seleccionando adecuadamente y si nuestros recursos están siendo bien utilizados para formar argentinos y extranjeros en un contexto en el que el 50% de los chicos son pobres y la mayoría termina la escuela con enormes déficits de aprendizaje.
Por esto, el debate sobre el arancel para extranjeros le concede al pensamiento conservador una coartada para no discutir lo incómodo: el ingreso irrestricto, la falta de criterios de admisión y el uso ineficiente de los recursos públicos.
Un modelo universitario serio, y que resuelve de la mejor manera la tensión entre equidad y calidad, ofrece vacantes para extranjeros exigiendo estándares adicionales al título secundario, como en todos lados. Cobre o no. Y aunque el debate parece clausurado, los estándares también deben ser para argentinos, porque el problema es la excelencia académica, profesional y científica. Y esta apuesta requiere decisiones difíciles.