Elogio de la pregunta

Pensar es dudar, hacer vacilar las certidumbres; es abrir hiatos, interrogar las certezas, propias y ajenas. Hacer lugar, distraído y en el desvío, a eso que no se espera.

I. Hay varias escenas muy bellas en la conmovedora novela Aquí no, ahora no, de Erri de Luca, que leí en mis recientes vacaciones. Ahora me detengo en la siguiente: un niño preocupado, nada menos que por la idea de la espera. Esa preocupación nace de ver que su madre se impacienta, que le agarran rabias y “pequeños gestos bruscos y un tono de voz crispado”, en varias situaciones cotidianas de espera. Decide entonces dirigirse a su padre, que se estaba afeitando, para averiguar lo siguiente: “¿Cómo podía uno estar tranquilamente esperando algo aunque ese algo no llegase?”. No fue esa la pregunta que consiguió articular, sino que empezó “¿por qué existe la espera?” y luego, balbuceando y embarullándose –además es un niño que tartamudea–: “papá, si yo no quiero quedarme a la espera y quiero quedarme sin espera ¿puedo?”. En ese momento, el padre dejó de afeitarse y “como si hubiese entendido algo”, dijo lo siguiente: “Si llegas a lograr quedarte sin espera, verás cosas que los otros no ven (…). Aquello que te importa, aquello que te vaya a pasar, no llegará con una espera”. Luego, el narrador dice: “No supe preguntar, no entendí la respuesta, pero no he olvidado. Ese día me distancié de la espera, aprendí a no esperar”. 

Unas páginas más adelante, nos enteramos de que el padre decía que el niño no sabía preguntar. Y, efectivamente, no preguntaba. Pero esa vez logró preguntar y obtuvo, más que una enseñanza, una especie de don. Porque saber no esperar no es algo que se aprende así nomás. “Mucho del destino de cada cual depende de una pregunta”, dice el narrador más adelante. De la pregunta, no de la respuesta. Porque lo que para ese niño resultó fundamental, no fue tanto la respuesta del padre –que tampoco terminó de entender–, sino haber conseguido pararse frente a él y hacer una pregunta ahí donde no podía o no solía hacerlas. También se trata, para los niños, pero igualmente para los “adultos”, sobre todo para los “adultos”, de aprender a hacer preguntas. Las preguntas se hacen, no están hechas.

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Se trata incluso de hacer preguntas que no tienen respuesta y, aun así, seguir haciéndolas. Soportar estar en una pregunta sin aplastar nuestras existencias con respuestas, esas que se formularon saltándose la pregunta.

II. Ahora me doy cuenta de que ese niño logra formular una pregunta ahí donde advierte que su padre está en otra, afeitándose. Lo agarra un poco distraído. Incluso en un momento dice que la voz del padre, al contestarle, no era exactamente la suya, y que tampoco está seguro de que haya sido él –el niño– el que formuló la pregunta. Lo agarra en otra, ambos son otros. En un instante, ese instante en el que algo pasa, pasa porque el padre no encarna la voz paterna; como si, para el niño, no contestara la autoridad paterna, sino otra voz. Lo que el niño escucha, lo escucha menos desde la autoridad que desde la transmisión de un deseo. Las preguntas que importan se pueden formular en la medida en que no son estrictamente desde el ser, desde el Yo. Son preguntas más bien inesperadas, como si no supiéramos bien desde dónde vienen.

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III. Hoy en día aparece una copiosa cantidad de respuestas y posiciones asertivas, pero pareciera que faltan las preguntas. Como si todo el mundo tuviera ya la respuesta a preguntas que ni siquiera se han terminado de formular. Y también se estila bastante asirse a posiciones identitarias, férreas, que no admiten de ninguna manera matices y, mucho menos, preguntas. Jorge Jinkis dice que quizás “hoy se ganarían algunas preguntas si se dejara de usar la palabra ser como oscura y ambigua aspiración a designar una esencia (o una identidad) y si no se atribuyera al origen una función de causa o de respuesta”. Jinkis recuerda que leyó de un maestro que invitaba a sus alumnos así: “Tengo una respuesta. ¿Quién tiene una pregunta?”.

IV. Distracción, estar en otra, estar en otro: quizás sea un elemento crucial para que un niño –aunque no sólo los niños– pueda formular una pregunta. Guy Le Gaufey habla de distracción materna para dar cuenta de esa opacidad de la madre que se hace necesaria para permitirle al niño “abordar el misterio particular de esa «otra cosa como tal»”, que es el deseo. Con lo que se encuentra el niño, entonces, es con el deseo de otra cosa. No hay deseo sin esa distracción, sin la distracción del Otro. A veces los niños aprovechan –sabiéndolo sin saberlo– esa distracción que se pone tan en evidencia, por ejemplo en el auto cuando manejamos, o cuando estamos concentrados en alguna cosa y nos arrojan preguntas enormes, preguntas que son una patada en el pecho, preguntas que nos dejan sin aire, preguntas que evidentemente no se pueden hacer si el otro, y también el otro en nosotros, no está algo distraído.

V. La infancia es ese momento en el que se inicia la pulsión de investigar, se empiezan a formular preguntas, es el momento en el que la pulsión de saber está en el cenit (“la inocencia puede ser una forma de la insolencia”, dice también Erri De Luca). Luego, poco a poco, esa pulsión puede ir aplacándose, disipándose, o desviándose hacia otros caminos. Pero creo que formular preguntas abre mundos. Y otra vez: aunque no se llegue a una respuesta, la formulación ya hace que pasen cosas. Como si dijéramos que preguntar es ya hacer. De hecho se dice “hacer una pregunta”. El solo hecho de sostener una pregunta ya da un respiro, ya produce un alivio y suscita una especie de disposición del cuerpo hacia el entusiasmo. Una pregunta puede sacar al cuerpo del adormecimiento habitual con el que circula, puede despertar al cuerpo, amablemente, y colocarlo, ahora más suelto, en un recorrido hacia ningún lugar preestablecido, hacia un destino desconocido. Una pregunta puede, sin dudas, dispersarnos y provocar, entonces, otra cosa que el tedio. Una pregunta que no necesariamente esté para ser contestada, sino que simplemente suscita inquietud, zozobra, un leve cosquilleo en el cuerpo: todavía hay algo posible. Se trata, todavía, de un empuje hacia un horizonte posible. 

VI. “La imaginación es una pregunta”, dice Anne Carson.

VII. Pensar es dudar, hacer vacilar las certidumbres; pensar es hacer preguntas, abrir hiatos, interrogar las certezas, propias, sobre todo propias, o aquellas que vienen del Otro pero que terminamos apropiándonos. Preguntar acaso sea sospechar de los esencialismos que son una usina de prejuicios, sospechar de eso que tiende a la naturalización. Porque los esencialismos funcionan como un modo de obturar preguntas y coagular estereotipos, de conformar odios y segregaciones. El paradigma, para mí, de la pregunta como resistencia al esencialismo es, por ejemplo, la pregunta por el ser judío, por mi ser judía. Gershom Scholem dijo: “¿qué es ser judío? Seguir preguntándoselo”.

VIII. Pregunta y neurosis. Pregunta neurótica. Lacan sugiere que “el neurótico hace su pregunta neurótica, su pregunta secreta y amordazada, con su yo”. La neurosis, dice, “usa su yo para hacer la pregunta, es decir, precisamente para no hacerla”. No se trata entonces de neurotizarse con preguntas. Hay preguntas y preguntas. Considero que la práctica del psicoanálisis es una práctica de la pregunta en varias direcciones. Por un lado, el lado del analista, la atención flotante: ahí no estamos en el Yo. No anticiparse, no escuchar ya sabiendo. Freud es taxativo: la atención flotante es un modo de resistirse a lo propio, a las propias expectativas; es un modo de que haya espacio para cuando llegue eso que no se sabía, eso que no ratifica lo que pensábamos, sino que produce sorpresa: un hallazgo –y de esa sorpresa también participa el analista–. 

La atención flotante del lado del analista es, justamente, esa especie de trance en el que no está con sus fantasmas encima –por ejemplo, el fantasma de “SER analista”-, no está con su Yo, no está, en rigor, desde ningún ser. Se trata, precisamente, del olvido de sí. El ejemplo que se me ocurre es el del caso Katharina, de Freud. Freud se va de vacaciones a la montaña “para olvidar por un tiempo la medicina y, en particular, las neurosis”. Casi lo logra. Pero un día, al desviarse de la ruta principal “para ascender a un retirado monte, famoso por el paisaje que ofrecía y por su bien atendido refugio”, se encuentra, no con Katharina, sino con su pregunta. Dice Freud: “Llegué, pues, a la cima tras dura ascensión y, ya recuperado y descansado, quedé absorto en la contemplación de arrobadoras vistas, tan olvidado de mí –subrayo– que a punto estuve de no darme por aludido cuando escuché esta pregunta: «¿El señor es un doctor?». Pero la pregunta se dirigía a mí”. 

Freud le hace lugar al pedido de Katharina: lo que le pide esta joven es un poco de tiempo porque se sentía enferma de los nervios y su visita a un doctor en L. no había producido en ella ninguna mejoría. Lo que sigue es resultado de que Freud no sólo no se pudo olvidar de las neurosis, sino que se interesó aún más: “Me interesó que las neurosis se hubieran propagado a más de 2.000 metros de altura, y seguí interrogando”. Lo que Jinkis subraya es, justamente, que Katharina “quizás busca un médico que se olvide de la medicina. Acierta sin saberlo”. Freud llega a ese lugar pretendiendo olvidarse un poco de la medicina y de las neurosis y llega ahí por un desvío inesperado, fuera de la ruta principal. Olvido y desvío, otra vez, aparecen suscitando una lectura posible al costado del saber anticipado, al costado del saber del experto. Freud renuncia a la hipnosis –dice que por la altitud– y en su lugar, pregunta. En lugar de la hipnosis establece lo que llamará una conversación. En el caso de Katharina, no se trataba todavía, como señala Jinkis, de las nociones del psicoanálisis, pero sí de la atención que Freud presta al lenguaje. “Freud no sabe, y tampoco supone que ella sabe. Pero su pregunta está impulsada por una suposición: que en la concatenación de lo que digan las ocurrencias hay un saber”. 

Sigue Jinkis, “es imprescindible no-saber para que la pregunta invite al otro a hablar, a decir palabras y a que falten palabras en lo que dice. En cambio, cuando la pregunta es dirigida por el saber está menos interesada por las palabras que por el sentido, prepara el lugar donde caerá la respuesta, espera alguna forma de confirmación, encuentra alguna forma de obediencia”.

Del lado del paciente: la asociación libre, también una forma de no saber anticipado, de un espacio de desapropiación, para que pueda acontecer, no la respuesta de siempre –inhibición, síntoma, angustia–, sino una pregunta acerca de esas respuestas de siempre. Las preguntas que nos colocan en un lugar distinto, las preguntas que nos despiertan del adormecimiento tanático, son preguntas que, parafraseando a Jinkis, no están impulsadas por lo que se espera encontrar, sino que son abiertas a lo irreconocible y atentas a que siempre se dice otra cosa. El diván del analista –a diferencia de la camilla de un médico– es un lecho de preguntas, preguntas acerca de un cuerpo que no se sabe y de la posibilidad de que tenga lugar un sujeto. 

IX. Habrá que desvelarse, que estar, como dice Jacques Derrida, en “guerra contra sí mismo”, y estar dispuestos a atajar una pregunta que le haga lugar al otro, incluido el otro en nosotros, incluido lo otro en nosotros. Porque no hay otro, ni otredad, sin pregunta; porque sin pregunta no hay hospitalidad posible, incluso con lo de imposible que tiene la hospitalidad.

Es psicoanalista y docente de posgrado. Es magíster en Estudios Literarios por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es autora de los libros Psicoanálisis: por una erótica contra natura (2019, IndieLibros), Y sin embargo, el amor. Elogio de lo incierto (2020, Paidós), Un cuerpo al fin (2022, Paidós) y El sentido del humor (2024, Paidós).