Elecciones en Europa: crisis de partidos, coaliciones imposibles y el triunfo de la política internacional

En el primer semestre del año, Islandia, Eslovaquia, Macedonia del Norte y también Francia dejaron hilos conductores en el continente. Un buceo sobre las profundidades de lo que se votó.

Francia y Reino Unido, dos pesos pesados de Europa, renovaron cargos legislativos y parlamentarios. Pero también Islandia, Eslovaquia y Macedonia del Norte tuvieron elecciones presidenciales (el último incluyó parlamentarias). A primera vista parecen casos de poca atracción mediática, pero a los tres los une algo que viene ocurriendo en todas las campañas: la relación con la UE, Rusia y la guerra contra Ucrania.

Hoy quiero que te metas conmigo en un mundo de casos singulares, particularidades inimaginables y algún hilo conductor entre todos ellos. Algo así como una película de Almodóvar. También para que sepas algo de Bélgica, sobre lo que no se dijo mucho pero que tiene todos los componentes que se vienen dando en varios procesos electorales recientes.

Islandia votó

Varios países europeos tienen elección directa de su presidente, como ocurre en Francia. No son sistemas presidenciales puros porque las constituciones les retacean poder a los cargos ejecutivos. Lo cual hace que, cuando se celebran estas elecciones, pasan por debajo del radar porque son poco atractivas para ir a ver qué pasó, quiénes son, qué discutieron. Si no vas a ser parte de la rosca gruesa, entonces para qué preocuparte.

Hay, sí, un punto en común que tienen los presidentes en estos sistemas: son la cara de la política exterior nacional. Tienen incidencia en las relaciones internacionales de cada uno de los países que presiden, definen política y marcan el rumbo. En el actual contexto regional europeo signado por la ampliación y el rol de la UE, junto con la guerra entre Rusia y Ucrania, el posicionamiento electoral hacia alguno de los bandos tiene su inevitable correlato como política estratégica de gobierno. Los votantes lo ponderan, lo evalúan y deciden. Votan con eso en su mente.

Ese fue el caso de Islandia, que tuvo sus elecciones presidenciales el 1° de junio pasado. Algo de contexto sobre esta isla. En 1944 se convirtió en una república, y el rey de Islandia pasó a ser un presidente con poco poder. Hoy es el responsable de designar al primer ministro y a su gabinete, que nace de una mayoría parlamentaria, igual que en Francia. Al mismo tiempo, reglamenta la legislación aprobada y puede vetarla. Hasta acá no cambia nada.

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Lo que sí me sorprendió es que la Constitución de Islandia no establece un límite de reelecciones a sus presidentes electos. De hecho, es norma común que si vas por un nuevo mandato consecutivo, nadie se presente para disputarte el cargo o bien, si lo haces, te pasen por arriba. Recién cuando el presidente en ejercicio dice que fue suficiente, ahí la elección se vuelve competitiva. A eso se suma que gana quien saca más votos (mayoría simple), sin necesidad de ballotage. ¿Dictablanda? Para nada.

Dos casos testigo. Vigdís Finnbogadóttir fue la primera mujer electa presidenta en la historia mundial, cuando en 1980 sacó el 33,79% de los votos frente al 32,31% de su rival (impronunciable). Cuatro años después revalidó el cargo sin rival alguno. También ganó en 1988 y en 1992 otra vez en solitario. Recién en 1996 hubo cambio de cara, cuando Ólafur Ragnar Grímsson llegó a la presidencia luego de que Vidgís diera un paso al costado. En 2000, 2004 y 2008 le pasó como a su antecesora. En 2012 solo se picó un poco, excepción ante una práctica muy arraigada en la política islandesa.

La cosa es que con esta elección del 1° de junio hubo competencia porque Guðni Th. Jóhannesson, sucesor de Ólafur, dijo basta. Las elecciones tuvieron todos los condimentos. El primero: una agenda de campaña centrada en la pertenencia de Islandia a la OTAN, la asistencia a Ucrania en la guerra, la venta de la empresa pública nacional de energía (Landsvirkjun) y el “excesivo” uso del veto presidencial.

El segundo me parece el más jugoso. Katrín Jakobsdóttir, primera ministra de Islandia entre 2017 y 2024, además de la cara del Movimiento de Izquierda Verde (VG), estuvo primera en todos los sondeos de este año. Su extensa carrera política estuvo caracterizada por rechazar la pertenencia isleña a la OTAN y a integrar la Unión Europea, aunque nunca avanzó en ambas direcciones cuando lideró el Gobierno. Parecía que se quedaba con la presidencia. Uno de los temas de debate fue, de hecho, su pasado partidario para un cargo que suele ser protocolar y por encima de la rosca barrosa. De hecho, en las últimas elecciones presidenciales en el país siempre suelen presentarse científicos, profesores universitarios y figuras de renombre nacional sin lazos políticos sólidos.

La cosa es que unas semanas antes de la elección empezó a crecer sostenidamente (¡literal!) Halla Tómasdóttir, una empresaria del mundo de las finanzas, promotora de buenas prácticas desde el tercer sector y emprendedora de presencia pública sostenida. En un giro con bastante de sorpresa, Halla terminó ganando con el 34,15% de los votos frente a los 25,19% de la casta Katrín. Su campaña se centró por encima de las disputas partidarias, hablando del efecto de las redes sociales en la salud mental, el desarrollo del turismo y el rol de la IA. Un dato más para vos: fue una elección donde votaron poco más de 200.000 electores.

Eslovaquia sincronizó

Eslovaquia, por su parte, tuvo discusiones públicas en una línea similar. Contexto. El país existe formalmente desde el 1° de enero de 1993, cuando se separó de lo que entre 1990 (post caída de la URSS) y 1992 fue la República Federativa Checa y Eslovaca, en el barrio se decía Checoslovaquia. La corta historia de la política nacional tuvo una cohabitación entre presidente y primer ministro. Los primeros tradicionalmente han sido independientes sin afiliaciones directas ni carreras políticas profusas, o bien de procedencia liberal, nacionalista y conservadora. Los segundos alternaron entre estos últimos, y algunos provenientes de la socialdemocracia. En resumen, una cabeza del Ejecutivo de un color, y la otra de otro.

Así hasta las últimas elecciones que tuvieron lugar entre el año pasado y este año. Las de 2023 fueron parlamentarias, celebradas el 30 de septiembre. Fueron adelantadas 1 año respecto de lo que estaba pautado por la Constitución y el que ganó fue uno de los pesos pesados de la política eslovaca en las últimas décadas: Robert Fico. Líder del socialdemócrata SMER, herederos y disidentes del último partido comunista que gobernó el país, Fico fue primer ministro dos veces entre 2006 y 2010, y entre 2012 y 2018. Su partido, de hecho, solo terminó como oposición en 3 de las últimas 7 elecciones que participó desde 2002. Las otras, gobernó liderando o acompañando a otros PM’s. Cuestión que el año pasado el tipo ganó su tercer mandato como una de las dos cabezas del gobierno eslovaco.

Y este año completó con la otra. Acá aparece el segundo personaje importante en la política del país: Peter Pellegrini. También primer ministro por SMER entre 2018 y 2020, era el segundo detrás de Fico en el partido. Sin embargo, en las elecciones de 2020 corrió como candidato para revalidar el mandato de su líder, perdió y el partido pasó a la oposición. En ese momento pensó que era una buena idea competir para ser el presidente de SMER, cosa que no le gustó mucho al hombre fuerte de Eslovaquia. Todo terminó en una división entre ambas líneas internas, con Pellegrini fuera del partido y armando el suyo para ganar las elecciones. Hoy se llama HLAS y también se inscribe en la socialdemocracia europea.

Justo para estas elecciones presidenciales se volvieron a amigar. Pedro decidió correr por la presidencia del país, que tuvo dos rondas. La primera el 23 de marzo, y el ballotage el 6 de abril. Pellegrini se presentó como el candidato de la socialdemocracia unida, recibiendo el apoyo del (ya no) dolido Fico, quien vió la oportunidad de que las dos caras del Poder Ejecutivo eslovaco fueran del mismo color. Al menos, en los dichos.

En frente se paró casi todo el arco político liberal y conservador, temerosos de dos cosas. La primera: sería la primera vez que no habría cohabitación entre dos fuerzas políticas distintas. O, al menos, entre dos personas que representen posturas políticas diferentes, lo cual suele obligar a encontrar consensos en la toma de decisiones, sobre todo en cuanto a la política exterior. La segunda es que tanto Pellegrini como Fico tuvieron posturas pro-rusas en la relación entre ambos países. Los dos, al mismo tiempo, cuestionaron el apoyo de la UE a Ucrania y buscan limitar la participación de Eslovaquia en favor del país invadido. Justamente, lo que había impulsado la presidenta saliente y referente del partido social-liberal Eslovaquia Progresista (PS), Zuzana Čaputová. Su candidato fue Ivan Korčok, que corrió como independiente y recibió el apoyo de casi todo el espectro del centro a la derecha.

Y aunque eso le alcanzó para ganar en la primera vuelta con un 42,5% de los votos, no fue suficiente para imponerse en el ballotage, donde perdió por 53,12% a 46,88% frente a Pellegrini. Hoy, Eslovaquia tiene por primera vez un Poder Ejecutivo más sincronizado, más pro-ruso y con poco progresismo en sangre para llamarse socialdemócratas. A eso se le suma un dato no menor: el intento de asesinato a Fico el 15 de mayo pasado. La cosa caldeada.

¿Sabes algo de Macedonia del Norte?

Esta parece una random más, pero hoy no va a ser el caso. El país era parte de la Yugoslavia de Josip Broz “El Mariscal” Tito y, como todos los demás países de esa federación, se independizó y tomó el toro por las astas con la caída de la URSS. En ese momento se llamaba Macedonia, cosa que a Grecia no le gustaba mucho por raíces históricas. Lo que acá parece una pavada, en términos culturales, sociales y étnicos no es menor. La disputa entre ambos países llevó unos 15 años, hasta que en 2018 acordaron que pasaría a llamarse Macedonia del Norte. El país y el territorio siguen siendo los mismos.

Cuestión que este año los tipos repartieron todo. El 8 de mayo se celebraron las elecciones parlamentarias, mientras que las presidenciales tuvieron la primera vuelta el 24 de abril y el ballotage coincidió con las legislativas. La política normacedona parece bastante básica y sencilla, al menos en los nombres. En la derecha se ubica la (preparate) Organización Revolucionaria Interna de Macedonia — Partido Demócrata para la Unidad Nacional de Macedonia (VMRO-DPMNE). Jodido para una campaña electoral. Son nacionalistas conservadores con algo de cristianodemócratas que en su nombre quisieron incluir la referencia a un movimiento rebelde contra la ocupación otomana. El loguito era todo.

La izquierda es de la Unión Social Demócrata de Macedonia (SDSM), herederos del viejo Liga Comunista de Macedonia que gobernó durante la Guerra Fría. Hoy están mucho más aggiornados a los tiempos que corren, con íconos más modernos, formando parte del Partido Socialista Europeo y promoviendo una mayor integración del país con la UE. El SDSM dominó la política nacional en las últimas elecciones, poniendo PM luego de las elecciones de 2016 y 2020, y ganando la presidencia en 2019.

Estos dos partidos se han alternado entre sí para liderar el gobierno. En algunos momentos, incluso, tuvieron que cohabitar entre sí, a pesar de llevarse un poco a los tiros. En otros, ganaron los dos cargos. Algo que ocurrió justamente este año. En las elecciones de 2024 el que volvió al poder fue el VMRO-DPMNE con toda la fuerza. Por la presidencia resultó ganadora Gordana Siljanovska-Davkova con el 41,21% en la primera vuelta y el 69,01% en la segunda. Segundo quedó el rosado Stevo Pendarovski. Ya se habían enfrentado en 2019, pero el resultado había sido el inverso. En las parlamentarias el partido de Gordana quedó a 3 bancas de tener la mayoría propia, pero ya puso primer ministro.

Acá es donde la cuestión de agenda aparece interesante. Parte de lo discutido en las elecciones está relacionado con la incorporación a la UE y una exigencia de parte de Bulgaria para aceptarlo: el reconocimiento constitucional de la minoría búlgara. Mientras que los progresistas de SDSM aceptan avanzar con el cambio antes de negociar el ingreso, los conservadores de VMRO-DPMNE quieren invertir el orden de las decisiones. Ahora tendrán los fierros para cambiar la orientación del Gobierno respecto de los últimos 5 años.

De Bélgica nadie dijo nada

A los belgas se les ocurrió votar el mismo día que en las elecciones para la UE. El país suele ser noticia por muchas cosas. Una de ellas, por haber logrado el récord Guinness de mayor tiempo sin un gobierno electo, formado y consolidado: 591 días.

La otra por algo que ocurrió en esta misma elección y que fue la victoria de dos agrupaciones nacionalistas, extremistas, separatistas y anti-UE. Una de ellas es la Nueva Alianza Flamenca (NVA) y la otra es Vlaams Belang (VB). Los dos son nacionalistas flamencos, una de las identidades que conforman el país. Venían creciendo elección tras elección, y en esta los dos compartieron podio con el 16,71% el primero (24 bancas) y 13,77% el segundo (20 bancas). Tercero quedó el Movimiento Reformista (MR) con el 10,26% (20 bancas). Es uno de los partidos más antiguos de Europa, además de ser social-liberales, francófonos y defensores de la unidad nacional.

Estos datos de color sueltos muestran una serie de particulares de la política belga. Primero, que cada vez pasa más seguido que el que gana lo hace con una baja proporción de votos nacionales y sin una gran cantidad de bancas. Segundo, que el espectro ideológico belga es tan amplio que da para todos: incluso para que dos formaciones distintas se disputen quién es más separatista y más “flamenca” ante el electorado. La tercera, que con la cosa así nadie puede formar gobierno.

Bélgica puede batir su propio récord. Por ahora la cosa viene lenta. Es todo un caso para estudiar. Acá te dejo un video para que veas cómo se organiza el país en términos institucionales y qué nivel del gobierno ofrece qué servicio público a su población. También para que leas un paper clásico sobre clivajes sociales en el país. Justo cuando el país avanzó en la descentralización de servicios que te explica el video, los partidos tradicionales implosionaron y se partieron en identidades totalmente disímiles. Lo que antes estaba organizado entre socialistas, liberales y cristianodemócratas pasó a ser una disputa entre seis por las diferencias étnicas. A eso se sumaron los extremistas que te mencioné más arriba. Algo sobre lo que te cuenta muy bien Franco Delle Donne en este episodio de Epidemia Ultra.

Para el cierre, lo que dejó Francia

Antes de irme, un comentario general sobre el ballotage legislativo francés. Se está dando lo que nadie pensó que se iba a dar en el país que iba a salvar el semipresidencialismo: problemas de formación de gobierno. Pobre De Gaulle. Tal como mostraron todos los análisis al respecto, el sistema electoral potenció la coordinación estratégica de los actores políticos para impedir que la derecha más extrema de RN y Marine Le Pen llegaran al poder. El sistema está pensado para eso. Lo que ocurre es que dos espacios políticos se combinaron para evitar que ganara el tercero. Y, en esa combinación, quedaron casi todos en pardas.

En este contexto, la coalición de izquierda Nuevo Frente Popular (NFP) mostró muy rápido sus diferencias internas: ¿qué hacer con Emmanuel Macron? Mientras que Francia Insumisa y Jean-Luc Mélenchon no quieren formar gobierno con el oficialismo, el Partido Socialista, que recuperó mucho terreno, empieza a mirar de reojo un acuerdo que los tenga a ellos al frente. Tanto ellos como los miembros de Ensemble quieren sumar a otros espacios centristas y de derecha sensata con un formato de gran coalición nacional que ponga un primer ministro que se entienda con el presidente.

Una primera victoria para Macron fue la elección de la presidenta de la Asamblea Nacional: Yaël Braun-Pivet renovó, aunque le costó hasta una tercera ronda de votación. Nada está cantado, con lo cual se abren tres opciones. Primero, que se forme este gobierno de gran coalición, para lo cual faltan todavía números, bancas y roscas. Segundo, que se acepte conformar un gobierno técnico de transición (como ocurrió varias veces en Italia y Bélgica, por ejemplo) que vaya decidiendo ley por ley y juntando votos. Tercero, que no se forme nada, que Macron gobierne por decreto presidencial y que vuelva a convocar nuevas elecciones. Para esto último tiene que pasar un año, con lo cual sería recién a mitad del que viene. Algo que no estaba en los planes de nadie. Ni de De Gaulle. Pobre.

Politólogo, consultor e investigador independiente. Hoy lo encuentran dando clases en UBA y UTDT. Le encantan las elecciones y le sacan menos canas verdes que Racing. Un hobby que tiene es aprender la historia de los partidos políticos. Cree que la política marida muy bien con un tinto.