El Plan Townsend para un seguro social a la vejez

Un médico norteamericano observa a dos mujeres mayores revolver su basura y se le ocurre un plan para la tercera edad.

El 30 de septiembre de 1933, el médico Francis Townsend envió una carta al periódico Long Beach Press Telegram con un plan para terminar con la pobreza en la tercera edad. Y creó, sin saberlo, un movimiento político. 

Estados Unidos transitaba la Gran Depresión, un ciclo de crisis económica mundial que comenzó en 1929 con la caída de Wall Street y que afectó la vida de la población norteamericana, especialmente por los altos niveles de desempleo. Townsend había visto quebrar su empresa y se había mudado a California, donde se encontró trabajando como asistente de sanidad en el Departamento de Salud de Long Beach, California. De allí también sería despedido. A sus 66 años, se encontró sin empleo y sin seguro para sustentar su vida. Pero no fue su propia situación, dice en su biografía, la que lo llevó a escribir aquella carta. Fue un episodio más simple. Una mañana, desde la ventana de su cocina, vio a dos mujeres mayores revisando su basura, buscando algo para comer. Entonces se sentó, escribió su plan y lo envió al diario. 

Todos los ciudadanos mayores de 60 años debían recibir 200 dólares mensuales del gobierno federal. Era una suma alta para la época, cerca de 4.800 dólares actuales. Pero había dos requisitos para ser beneficiario. Por un lado, el ciudadano debía gastar los 200 dólares el mismo mes para recibir el siguiente. Por el otro, debía abstenerse de trabajar. Tenía el objetivo de movilizar el consumo y, a la vez, retirar trabajadores de edad avanzada para que ingresaran nuevos. “La tercera edad para el ocio; la juventud para el trabajo”, fue el slogan tiempo más tarde, cuando el plan se convirtió en un debate real. El programa se financiaría mediante un impuesto del 2% sobre el costo total de todas las transacciones que se hicieran en el país. De todas formas, decía el autor, en el mediano plazo lograría estimular la economía por encima del gasto que preveía y la inversión se recuperaría sobre un nuevo nivel de equilibrio.

Una idea valiosa

Aunque no original, la idea era novedosa. Pudo haber tenido varios orígenes pero nos gusta este para contar. Bruce Barton, un humorista que luego fue congresista, escribió en Vanity Fair, al comienzo de la Gran Depresión, una propuesta en clave de broma: que cada persona se retire del mundo del trabajo a los cuarenta y cinco años con una pensión equivalente a la mitad de sus ingresos promedio en los cinco años anteriores. Decía, siempre en tono de comedia, que el problema de la economía moderna era la falta de consumo. “Mi remedio es simple y fundamental: crear una clase especial y automática de consumidores. Que los jóvenes hagan el trabajo y los viejos descansen”. Era un chiste y quedó.

Pero el ideólogo niega este origen y se lo adjudica a los detractores de su plan. La publicación de Vanity Fair no era el único antecedente de un programa así. La idea de un sistema general de pensiones se había discutido en el Congreso incluso antes del crack de 1929. En 1901, un proyecto de ley con apoyo de la Federación Estadounidense del Trabajo proponía crear una “Guardia Nacional de la Vejez” para mayores de 65 años, que recibirían 120 dólares al año sin tareas demasiado específicas. Era una forma de saltarse la potencial inconstitucionalidad de un sistema de pensiones financiado por el gobierno federal, aprovechando la legalidad de las pensiones para veteranos de guerra. Para principios de la década del 30, varios estados tenían sus propios sistemas de pensiones y California era uno de ellos. Que el movimiento de Townsend surgiera allí tampoco parecía casual. Se había convertido en un destino popular para el retiro, con aproximadamente un tercio de la población mayor a los 50 años. 

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Fue el ambiente lo que permitió que una simple columna en un diario se convirtiera en un movimiento político. Era el trasfondo de la profunda crisis económica el que posibilitó discutir por fuera de “lo posible” para ponerle fin a las penurias. La idea de repartir las horas de trabajo, por ejemplo, limitando la jornada laboral semanal y desalentando el trabajo infantil ya estaba presente en la Ley Nacional de Recuperación Industrial de ese mismo año. Nadie lo sabía mejor que el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, que había asumido en marzo de ese año y comenzaba a discutir el alcance de su programa de recuperación económica: el New Deal. Los camiones de Roosevelt y de Townsend iban a cruzarse.

El contexto ideal

El plan de Townsend había encontrado un contexto ideal. California era un estado demográficamente “viejo” con la preocupación por el retiro. Y Estados Unidos, un país a la búsqueda de soluciones para una crisis. Pronto, su idea tomaría fuerza alrededor de la forma en la que entonces se movilizaban las causas: un club. Junto a su hermano y al empresario inmobiliario, Robert Clemens, para el que Townsend había trabajado, fundaron una compañía: la Old Age Revolving Pensions (OARP), lo que les permitió administrar la expansión de los clubes. Estos se reunían una vez por semana para escuchar a sus miembros y defender el Plan Townsend. Los miembros pagaban una membresía con la que se mantenía la organización y se imprimían publicaciones. 

La influencia sobre la política fue inmediata. En 1934, un miembro de la asamblea de San Diego fue destituido por criticar a Townsend. El plan parecía tan cercano que los comerciantes de San Diego se quejaban de que los miembros de los clubes Townsend compraban a cuenta del futuro dinero mensual que recibirían. El movimiento parecía no distinguir ideologías. Un demócrata fue electo congresista por California bajo una plataforma townsendista; un republicano, en Michigan, también. En la propia California, Townsend contribuyó a la reelección del gobernador republicano, Frank Merriam, que respaldó su programa de pensiones para enfrentar la arremetida del candidato demócrata (que era nada menos que Upton Sinclair).  

Como se trataba de un programa para el gobierno federal, el plan no tardó demasiado en recibir atención nacional. Y entonces todo cambió. Fue en 1935, cuando la propuesta de Townsend y la de Roosevelt, en el marco del New Deal, comenzaron a discutirse en el Congreso. Ambas tenían el objetivo de proporcionar un ingreso a las personas mayores en el marco de la crisis. Pero sus fundamentos y mecanismos para conseguirlo eran muy distintos. La Ley de Seguridad Social de Roosevelt era un programa más moderado, similar a los seguros sociales privados que ya existían, creando una red de seguridad para trabajadores jubilados basado en sus contribuciones previas. 

El consumo, el objetivo

El programa de Townsend era más radical. Independientemente de la cifra –los 200 dólares mensuales a veces aparecen como una especie de tope más que como la cifra final– su objetivo era también de mayor alcance. No solo buscaba un ingreso para los ancianos sino también un efecto multiplicador para reactivar el consumo y la economía. Pero el proyecto, presentado por el congresista demócrata John McGroarty, recibió profundas críticas desde muchos sectores, principalmente desde la academia y los economistas. Por su fuente de financiamiento, su potencial impacto en la inflación o los problemas relativos a su implementación. Townsend fue convocado por una comisión del Congreso para explicarlo. 

–Senador, dejeme preguntarle: ¿qué crea ingresos? Nada en el mundo salvo la demanda. Tengamos demanda, una demanda abundante, y aumentaremos enormemente el ingreso nacional.

Respondió Francis Townsend a una de las incisivas preguntas. Los senadores que defendían el proyecto de Roosevelt habían sido fuertemente presionados por cartas y llamados por el activo e insistente movimiento townsendista. Pero Francis no solo recibió preguntas sobre su plan. También le preguntaron sobre su organización y cómo se financiaba. Finalmente, se aprobó el proyecto de Roosevelt y el plan Townsend fue descartado. Pero la historia no terminó ahí. 

Se abren a partir de aquí dos historias para contar.

Hay una que parece estructural pero es anecdótica. Para Roosevelt, el incipiente movimiento townsendista aparecía como una amenaza. La aparición de un plan alternativo de seguridad social había sido una piedra en el zapato durante el debate parlamentario. La popularidad de Townsend entre las personas mayores y de bajos recursos era altísima. Pero eso no era lo único que preocupaba al presidente. Aunque visto desde ahora pueda parecer extraño (ganó en 1936 con el 60% de los votos), la reelección de Roosevelt no parecía asegurada. Su temor, un año antes, era la aparición de un tercer partido encabezado por un outsider, capaz de disputarle suficientes votos como para hacer ganar a un candidato republicano. Esa figura no era exactamente Townsend sino otra: Huey Long, primero gobernador y luego senador por Louisiana, que encabezaba un movimiento llamado “Share Our Wealth” (Compartir nuestra riqueza). 

“Una oposición más seria puede venir de los Dr. Townsend, los Huey Long, que de los conservadores como Hoover”, escribió el presidente Roosevelt en una carta privada. Finalmente no sucedió. Un poco porque a Long lo asesinaron en septiembre de 1935. Otro poco porque el Partido Demócrata se encargó, tras la caída de su plan en el Congreso, de ir por Townsend. Se creó en el Congreso la Comisión Bell, oficialmente conocida como “Comité para la Investigación de Planes y Organizaciones de Pensiones para la Vejez”. En los hechos, era una comisión para investigar a Townsend, su plan y su organización. Y así lo hicieron. 

Audiencia tras audiencia se acusó a la organización de ser un vehículo de financiamiento para el comunismo y el ateísmo en Estados Unidos. Se reveló que el cofundador de la organización, Robert Clemens, se refería en privado al movimiento como “una estafa”. Testificaron economistas para decir que el movimiento llevaría a una economía de estilo soviético. Y finalmente se acusó a los líderes del movimiento de enriquecerse con la venta de folletos y periódicos de la organización. Todo alcanzó para que el Dr. Townsend abandonara una de las audiencias, fuera condenado por desacato y sentenciado a prisión. En 1938, cuando su estrella había pasado, Roosevelt le otorgó el perdón presidencial. 

El flanco radical

La otra historia parece anecdótica pero es más estructural. La moraleja de la fábula es que la Ley de Seguridad Social de Roosevelt se aprobó. Y Townsend había tenido mucho que ver con ello, sabiendo o sin saberlo. Queriéndolo o no. 

Es la tesis del trabajo Townsend and Roosevelt: Lessons from the Struggle for Elderly Income Support, que sostiene una vieja hipótesis de la política: la tesis del flanco radical. Con la aparición del Plan Townsend, dice allí, la ley de Seguridad Social de Roosevelt se convirtió en la opción moderada por la que muchos conservadores en el Congreso pudieron votar. Pero, comparado con todo el ciclo previo en el que la seguridad social ni siquiera existía como una responsabilidad que el gobierno federal debiera asumir, se trató de una ruptura radical. Creó un sistema federal de asistencia a la tercera edad, un seguro de desempleo y programas de asistencia social que se mantienen hasta la actualidad. Es difícil, dice el texto, imaginar una pieza de legislación social más amplia que se aprobara en tan poco tiempo y con tanto consenso. 

Y el “flanco radical” había sido fundamental. Hay una discusión que es teórica pero sobre todo política. La tesis del flanco radical tiene detractores y defensores. Entre estos últimos, Verity Burgmann dice en La importancia de ser extremo que “la historia de la actividad de los movimientos sociales sugiere que es más probable que se logren reformas cuando los activistas se comportan de manera extremista, incluso confrontativa. Los movimientos sociales rara vez logran todo lo que quieren, pero logran importantes victorias parciales cuando un ala, flanqueando la marea creciente en la corriente principal, se prepara para hacer volar el status quo por los aires”.

La ventana de Townsend

Así, quizás sin proponérselo, quizás sin nunca recibir el reconocimiento y hasta habiendo terminado condenado por el propio gobierno al que había ayudado, el médico Francis Townsend había contribuido a mover hacia la izquierda “la ventana de Overton”. Es un concepto homenaje a Joseph Overton, el vicepresidente de un think tank de la derecha norteamericana, que describe lo que se considera políticamente posible o razonable en un momento dado sin salirse del marco político establecido. 

Tomar una serie de ideas que en un momento parecen ridículas y absurdas para convertirlas en parte del campo de las ideas disponibles. Suelen ser rechazadas por el centro bienpensante y la academia y aparecen como irrealizables dado el statu quo. Pero, en el camino, ayudan a “mover la ventana”, haciendo que lo que antes resultaba imposible parezca realizable.

Como ese día en el que Francis Townsend miró por la ventana de su cocina, vio a dos mujeres grandes revolviendo la basura para comer y pensó que debía hacer algo. 

Es politólogo de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Nació en Olavarría, una metrópoli del centro de la provincia de Buenos Aires. Vio muchas veces Gladiador.