El mercado de la experiencia
La vida hipermoderna, asediada por preocupaciones y la precariedad, hace que una persona sea incapaz de traducir la existencia en experiencia, a pesar de su marketing.
I. Últimamente se le llama experiencia a cualquier cosa. La noción de experiencia viene siendo banalizada, vaciada y usada como un argumento de ventas. La experiencia es una mercancía más. Las publicidades de peluquerías, restaurantes, viajes, clubes de lectura, productos para el pelo, cremas para la cara, y todo tipo de productos que se vendan en las redes sociales –que son todos y constantemente– echan mano a ese nuevo slogan: el de la experiencia. “Viví la experiencia de comer estos sándwiches increíbles”, “en este café te pedís un flat white y vivís una experiencia única”, “en esta librería mientras esperás el avocado toast te traen un libro, es una experiencia inmersiva”; “vení a vivir la experiencia de teñirte el pelo mientras te damos de almorzar”, “en este taller vamos a generar experiencias inolvidables”, “te pintamos las uñas y vas a vivir una experiencia de alto nivel”, etc. etc. etc.
Además, existen todos esos videos que circulan en las redes, todos iguales a sí mismos, con una voz en off que nos relata todo lo que hay que hacer para pertenecer, con el snobismo cifrado en el tono relajado de las personas que narran. Una especie de infomercial de esos que había en la televisión, un “Llame Ya” cool. Este tipo de videos fueron genialmente parodiados por @elgordoyelflako como por ejemplo este.
Entiendo que ponerle la marca de la experiencia a estos productos genera varios efectos. Por un lado disimula que sea un consumo más, incluso y sobre todo un snobismo, y lo eleva a categoría de experiencia. Por otro, frente al tedio contemporáneo, ciertas personas tienen la posibilidad de salir de él y “vivir experiencias”. Por supuesto que este tipo de marketing apunta a una clase que puede pagar estos consumos. De alguna manera, son el mejor público para destinarle las campañas de la experiencia. Porque los que no tienen problemas de dinero son, muchas veces, los que más tedio padecen.
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Juan José Becerra cita a Borges recordando un comentario de Bernard Shaw, en el que Shaw decía que el capitalismo generaba dos males: “Uno, es el que todos conocemos: la miseria de los pobres. Pero el otro, el desapercibido por casi todo el mundo (pero no por Shaw, ni por el recuerdo que dejó en Borges), era el tedio de los ricos”.
II. La banalización y el vaciamiento de la experiencia también suceden de este otro modo: cualquiera está en condiciones de decir cualquier cosa desde su experiencia personal, erigida entonces en un lugar de autoridad (aunque experiencia personal y autoridad se anulen entre sí). Más allá de la formación que cada quien tenga, las redes sociales hacen proliferar un tipo de enunciación, un modo de la asertividad, el posicionamiento en un lugar de saber a partir de la experiencia personal. Cada uno de los influencers –se autoperciban o no de ese modo– pareciera decir “yo sé por experiencia”. Y por supuesto que esos supuestos saberes recaen sobre todo en aquello de lo que no se puede saber anticipadamente, sobre aquello que de ningún modo se puede subsumir en una técnica, en una expertise, en un manual: el amor, los encuentros amorosos, la maternidad, la crianza, el duelo, el cuerpo, la sexualidad. Si de algo no se sabe, es de todo eso. Pero estos nuevos emperadores de la experiencia personal nos hacen creer que es posible asir, controlar y evitar la duda, la vacilación y los impedimentos.
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SumateEsas posiciones tienden a arrasar con la experiencia misma y a transformarlo todo en generalizaciones, en uniformidades y en la ilusión de que alguien sabe y puede por eso garantizar nuestras decisiones. La experiencia personal toma el lugar, en muchos de esos discursos, del saber general, universal, así, sin mediaciones. Como si haber vivido las cosas nos diera, per se, un saber sobre esas cosas. Es un poco como la posición de padres y madres, pero extendida al terreno enorme de los influencers, los políticos, las discusiones públicas.
De hecho uno de los males de estos tiempos es la tendencia a infantilizar al auditorio, a infantilizar al interlocutor y, junto con eso, una demanda infantilizada de saber, de explicación, de claridad. “Te lo digo por experiencia” es una frase que podría resumir toda una posición, la de aquel que pretende que la experiencia es siempre acumulable, transferible y que tener una experiencia es equivalente a saber algo sobre ella.
Hoy en día está colmado de gente haciendo negocios con su experiencia personal. El “yo sé por experiencia” es uno de los males de este momento. La idea de que lo que yo viví adquiere valor universal o valor de verdad, se está llevando puestos los distintos criterios, incluso, científicos. Esto también funciona en el ámbito de la política. Como sugiere Nicolás Freibrun, hablando del ejemplo de Patricia Bullrich y la panadería, cuando dice: “Como si la experiencia personal de un funcionario supusiera un saber representativo de la situación política más general”.
III. Claro que hay un tipo de experiencia personal que podría usarse para ayudar a otros, o incluso para aliviarlos. Por ejemplo, en cuestiones meramente técnicas, burocráticas, administrativas, incluso médicas –aunque ahí ya entra la variable de que los cuerpos son distintos–. Yo ya hice ese trámite y puedo transferirle a otro cierto saber, ya pasé por un procedimiento médico y puedo decir que no es para tanto, ya viajé a ese país y puedo contarte qué medio de pago te conviene, etc., etc. Sería la experiencia acumulable y transferible. Pero en la mayor parte de las cosas, de las vivencias, de la felicidad y del malestar, la experiencia no es sinónimo de saber, ni es plausible de ser transferida a otro. La mayor parte de las cosas con las que la vida nos topa y que requieren otra cosa que la mera aplicación de un saber, que nos colocan frente a la posibilidad de poner algo de nosotros, no salen mejor por tener experiencia.
Pienso por caso en el amor, en el desamor, en la maternidad, en el duelo; y también en la escritura y en la lectura. Son experiencias intransferibles, incluso para uno mismo. Porque no son experiencias acumulables, no considero que haber pasado por ahí nos deje mayores enseñanzas para la próxima vez. En esos terrenos somos todos un poco torpes, un poco toscos, un poco inútiles. Y no es porque no sabemos y tendríamos que aprender, y no es porque es la primera vez, no es porque seamos inseguros, o porque tengamos baja autoestima (como suele decir el psicologismo). Sino porque esas zonas son de por sí arenas movedizas, terrenos muy poco firmes, zonas de riesgo. En ese sentido, en esos asuntos, como canta Charly García, siempre es como la primera vez. Por uno y por el otro. Cada vez que suceden nos dejan un poco a la intemperie, balbuceando, ensayando torpemente cómo atravesar esas situaciones, nos dejan un poco sin saber, sin recursos: hay que inventarlos cada vez. Se trata de la invención y no del saber. Como en el arte: “Un artista es aquel que nunca se sabe si va a poder nadar: ha podido nadar antes, pero no sabe si va a poder nadar la próxima vez que entre en el mar”, según dice Ricardo Piglia.
IV. Dice Juan Ritvo: “La experiencia del dolor es reveladora: en el dolor se van a pique los interpretantes que me sostienen y por ello la experiencia es radicalmente incomunicable. Las consecuencias éticas son claras, clarísimas: no hay sustitución posible; nadie sufre por el otro, nadie sufre en el lugar del otro”. Pretender que la experiencia de uno sirve para el otro acaso sea un modo de borrar, de abolir y de arrasar la experiencia singular, aquello que no se puede asir, aquello que no se puede anticipar, aquello que no se puede transferir, ni explicar.
V. Y, por supuesto, también la práctica del psicoanálisis es una experiencia intransferible y no acumulable (me refiero tanto a analistas como a analizantes, pero sobre todo a analistas). Se trata de inventar, de reinventarla. No sólo porque en la práctica el saber que ya tenemos tiende a diluirse, sino porque, si el saber está adelante, termina siendo un impedimento. Reducir la práctica del psicoanálisis a una técnica aplicable, le aplasta lo que de potencia transformadora tiene. En junio de 1979, Lacan sugirió: “Tal como llego a pensarlo ahora, el psicoanálisis es intransmisible. Esto es bien fastidioso. Es fastidioso que cada psicoanalista sea forzado –ya que hace falta que sea forzado– a reinventar el psicoanálisis”. Es justamente esa reinvención la que él mismo produjo en su retorno a Freud y la que se produce cada vez que se pone en acto una lectura.
Si el psicoanálisis es una experiencia, muchas veces resulta una experiencia intransferible, indefinible e inexplicable que transcurre en una intimidad inédita, única. Y hay un punto en que es inenarrable, indecible, porque las palabras que ahí se pronuncian nos asedian, porque arden, porque incomodan, porque inquietan, porque insisten, porque se precipitan incansables.
VI. Me fastidian los moralismos. Y hay moralismos para todo. Sobre viajar se dice que sirve para experimentar, para abrir la cabeza y para no sé cuántas paparruchadas más. Hoy en día tampoco se viaja como antes. Muchas personas viajan ya sabiendo qué quieren hacer y no dejándose tomar por la extrañeza, por la extranjería. Hoy se viaja como un consumo más: ¡a por las experiencias!
Hablando de viajes, saberes y experiencias: Juan Ritvo dijo que escribió sobre París antes de conocerla. Kant nunca en su vida salió de la ciudad de Königsberg.
VII. Ya Walter Benjamin había hablado de la pobreza de la experiencia en los soldados que volvían del frente en la Primera Guerra Mundial. Por su parte, Giorgio Agamben dice que ahora ya no se necesita una catástrofe como la guerra para entender las causas de la destrucción de la experiencia, sino que basta con la pacífica existencia cotidiana en una gran ciudad: “Pues la jornada del hombre contemporáneo ya casi no contiene nada que todavía pueda traducirse en experiencia: ni la lectura del diario, tan rica en noticias que lo contemplan desde una insalvable lejanía, ni los minutos pasados al volante de un auto en un embotellamiento; tampoco el viaje a los infiernos en los trenes del subterráneo, ni la manifestación que de improviso bloquea la calle, ni la niebla de los gases lacrimógenos que se disipa lentamente entre los edificios del centro, ni siquiera los breves disparos de un revólver retumbando en alguna parte; tampoco la cola frente a las ventanillas de una oficina o la visita al país de Jauja del supermercado, ni los momentos eternos de muda promiscuidad con desconocidos en el ascensor o en el ómnibus”.
En la vida hipermoderna, asediada por la información y la precariedad (en estos tiempos, y en este país, hay que agregar además la violencia ejercida desde el poder, el avance sobre los derechos de los trabajadores, los docentes con sueldos paupérrimos, los médicos de los hospitales públicos extenuados y cobrando nada, la represión de las manifestaciones, los discursos canallas de los funcionarios, etc., etc., etc.), lo que se vuelve insoportable, dice Agamben, es la incapacidad de traducir la existencia en experiencia.
Hoy, el hombre moderno vuelve a la casa “extenuado por un fárrago de acontecimientos –divertidos o tediosos, insólitos o comunes, atroces o placenteros– sin que ninguno de ellos se haya convertido en experiencia”. La manera en la que hoy se banaliza la noción de experiencia nos priva, además, de las discusiones acerca del malestar, nos priva de las discusiones, los debates, las conversaciones; nos priva de la posibilidad de inventar, de imaginar.
No puedo definir qué es una experiencia, pero sí creo que se halla en las antípodas del consumo y en las antípodas de la masa. Una experiencia siempre lleva en sí la marca de la singularidad. No se puede buscar, se encuentra y, muy posiblemente, no sepamos que algo constituyó una experiencia sino en un destiempo, en un desfasaje también espacial, en un desacomodamiento de las coordenadas referenciales de siempre.
VIII. Finalmente, como dice María Negroni, “no existen certezas para ir de la palabra al mundo. Tampoco del mundo a la palabra. No queda más alternativa que perder, encontrar, volver a perder y después, con algo de suerte, hallar el frágil hueso de la especie como quien halla el extravío”.