El giro trumpista de Milei con Ucrania: ¿cuántas vueltas puede dar?

¿Cómo pasó de ser amigo de Zelenski a abstenerse de una votación clave en la ONU? La influencia del presidente de Estados Unidos en el argentino y las vibras conservadoras.

RADAR

El giro argentino ante la guerra en Ucrania

¿Qué pasó con el apoyo de Argentina a Volodímir Zelenski? Parece que fue hace un siglo, pero no: en junio de 2024, Milei viajó a Suiza para la Cumbre Global por la Paz de Ucrania, donde declaró su “máximo apoyo al pueblo ucraniano y a nuestro amigo el presidente Zelenski”. Incluso en enero de 2025, Milei y Zelenski volvieron a encontrarse en Davos, reafirmando la buena sintonía.

Pero nada es para siempre. El 24 de febrero pasado, la Asamblea General de la ONU votó una resolución presentada por Ucrania que exige la retirada inmediata de las fuerzas rusas. Resultado: 93 votos a favor, 18 en contra y 65 abstenciones. ¿Entre los que votaron en contra? Rusia, claro. Pero la novedad fue que Estados Unidos también votó en contra, alineándose con Moscú. ¿Otros compañeros de voto? Corea del Norte y Nicaragua. Donald Trump, de repente, compartió postura con Kim Jong-Un y Daniel Ortega.

Lo que nos interesa es el giro argentino. Milei, que hasta hace poco hablaba de “su amigo Zelenski”, se abstuvo. Tal vez para no irritarlo votando en contra, pero tampoco para quedar en la vereda opuesta a Trump y Vladimir Putin. Lo más llamativo: Argentina terminó votando igual que Brasil, China, India y Sudáfrica. Es decir, igual que el BRICS. El mundo del revés.

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¿Cómo se explica este cambio? Hay al menos dos respuestas. Una, la realista: Argentina hizo el cálculo geopolítico y concluyó que Ucrania no va a recuperar los territorios ocupados; que Rusia lleva la ventaja y que lo mejor que puede hacer Zelenski es aceptar la pérdida de algo hoy antes que perder más mañana. De hecho, muchos líderes occidentales también se preguntan si es realista pensar en una victoria total ucraniana. La segunda explicación es la tribal: Milei siguió la señal de Trump. Votar en contra era demasiado para su amigo Zelenski; votar a favor lo ponía en la postura contraria a Washington. La abstención fue la salida más cómoda, aunque en la ONU suele leerse como un voto en contra disfrazado.

Vibras y tribus

Esto me lleva a un punto más amplio y muy discutido en las Ciencias Sociales. ¿Tomamos decisiones basados en nuestra ideología? No siempre. Lo que llamamos “creencias” suelen ser a veces racionalizaciones post-hoc de nuestra pertenencia a un grupo. Eso hizo Milei: su afinidad con Trump pesó más que su simpatía por Zelenski. También entran en juego las vibras. ¿A quién se parece más Milei en términos de estilo y temperamento? ¿A Trump o a Zelenski? Intelectualmente, Milei puede ser liberal, pero su vibra es conservadora y de derecha. Y, a la hora de decidir, las vibras mandan.

¿Hacia dónde va Alemania?

Si todavía no leíste el muy buen análisis de Martín Schapiro sobre las elecciones del lunes pasado, te lo recomiendo mucho. Schapiro desmenuza los resultados y plantea los desafíos que enfrenta Friedrich Merz, quien probablemente gobierne en coalición con el SPD, el partido de centroizquierda.

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La política alemana se vuelve apasionante cuando se la mira tanto de adentro hacia afuera como de afuera hacia adentro. Dos datos sobresalen en estas elecciones: por un lado, Putin y Trump se alinearon en su apoyo a Alternativa para Alemania (AfD), el partido de extrema derecha. Por otro lado, los temas centrales de la campaña fueron en gran parte externos: migración y transición energética, cuestiones que los votantes perciben como una amenaza para su calidad de vida, además de la economía en general y las pensiones, claro. Se dice que en las democracias la política exterior rara vez define elecciones, pero en Alemania jugó un papel clave.

Desde la unificación alemana del siglo XIX, la pregunta clave para el país fue: ¿qué tipo de Alemania en qué tipo de Europa? Antes de 1945, sus aventuras más radicales buscaron imponer una Europa alemana. Después, las élites socialdemócratas trabajaron por una Alemania europea. ¿Podrá la coalición CDU/SPD recuperar ese liderazgo y poner a Europa a la altura de los desafíos actuales? Carsten Linnemann, secretario general de la CDU, señaló que “Alemania debe una vez más asumir un rol de liderazgo en Europa, no de arriba hacia abajo, sino junto con Francia, con Polonia, con una Unión Europea fuerte”. Pero para eso, primero tiene que poner en orden su propia casa: reactivar el crecimiento, responder a las demandas de quienes sufren el aumento del costo de vida, el desempleo y la falta de perspectivas económicas. El desempeño de esta coalición servirá como espejo para otros partidos conservadores que intentan frenar el ascenso de la extrema derecha.

Uno de los temas más espinosos en la formación del gobierno será Ucrania. Si bien la CDU y el SPD apoyan a Kiev, la pregunta clave es: ¿a qué costo? Alemania es el segundo país que más ayuda a Ucrania después de Estados Unidos. Pero, si Washington se repliega, ¿puede Berlín aumentar su compromiso? Y si lo hace, ¿cómo lo podría financiar? Hay al menos tres opciones: emitir deuda, subir impuestos o reasignar partidas presupuestarias. Ninguna es sencilla y, para lograrlo, la coalición va a necesitar no solo al SPD, sino también el respaldo de los Verdes y Die Linke en el parlamento.

Las presiones externas—la guerra en Ucrania, el retroceso estadounidense en Europa, la crisis migratoria y el imperativo climático—van a marcar el futuro de esta coalición. Ivan Krastev señaló de qué manera estas presiones transformaron a Friedrich Merz, de un atlantista de la vieja guardia, a un gaullista europeo.

Pero en política, la decisión suele reducirse a dos opciones: hacer menos de lo mismo o pagar más para hacer algo distinto. ¿Está Merz dispuesto a pagar ese precio? Muchos señalan que esta puede ser la última chance de Alemania para evitar que la AfD llegue al poder. También podría ser la última chance de Europa para frenar el avance de la extrema derecha en la región.

SONAR

Transaccionales somos todos

Si hace rato que sos un lector de asuntos internacionales, apuesto a que el viernes pasado viste el video en donde Trump y JD Vance tratan muy duramente en cámara a Zelenski. En mi entrega anterior, te hablé de la “denigración estratégica” que practica el presidente de Estados Unidos. En el video la podés ver en vivo. No sé si alguna vez ví algo así. Es una muestra de cuán duro puede ponerse Trump, en particular frente a las cámaras, si un líder no concede. Trump habla de paz. Pero no de una paz justa, legítima, sino de una paz entendida esencialmente como ausencia de violencia. Su postura es que Estados Unidos no está dispuesto a seguir financiando la guerra en Ucrania, una causa que él considera casi perdida. “Vos no tenés las cartas”, le dijo.

Esto me lleva a reflexionar sobre algo que se viene hablando hace ya unos años: el auge de líderes transaccionales. ¿Qué significa que un líder sea transaccional?

Una transacción es un acuerdo, un trato, un intercambio o un negocio entre partes. La lógica es “¿qué te doy a cambio de qué?” Si esto es correcto, ¿acaso antes no hacíamos acuerdos o negocios? Las transacciones han sido, y siguen siendo, un elemento fundamental de las relaciones entre estados. La paz, el comercio y la inversión, entre otras cosas, se sostienen en transacciones. ¿Por qué, entonces, encontramos novedoso decir que vivimos en un mundo cada vez más transaccional?

La clave está en pensar que lo novedoso no reside en la aparición de la transacción sino en la desaparición de todo lo demás: la confianza, las reglas, las instituciones y las normas que organizan nuestra interacción a escala global. Los internacionalistas tenemos cómo distinguir una cosa de la otra cuando señalamos la diferencia entre el “sistema internacional” (una red de interacciones sostenidas fundamentalmente en interacciones y transacciones) y la “sociedad internacional” (una red sostenida en instituciones, normas y valores compartidos). Decir, entonces, que el transaccionalismo está de moda significa asumir que el elemento social de lo internacional se está desvaneciendo.

¿Cómo es un mundo transaccional despojado de sociedad internacional? Es un mundo de mercaderes que, luego de un regateo, están listos para el siguiente. No importa el regateo anterior, importan las condiciones del próximo. Sí, un mundo transaccional es un mundo realista, pero con Alzheimer. Los realistas se jactan de pensar en términos egoístas y de interés, despojados de normas o ideologías, pero incluso en la lógica realista existe el compromiso con el largo plazo en el desarrollo de alianzas o de socios comerciales. Un buen realista también podría concluir que paga invertir en instituciones que le favorezcan, como el Consejo de Seguridad de la ONU. El realista no elimina la ayuda al desarrollo simplemente porque el retorno de la inversión es bajo; en todo caso trabaja para que la ayuda sea funcional al interés nacional de largo plazo.

En un mundo transaccional, las relaciones entre países ya no están guiadas por alianzas de largo plazo o por valores compartidos, sino por balances de cuenta de corto plazo. Un transaccional busca emancipar al Estado de compromisos incómodos, de la nobleza impostada que nos trae la diplomacia y de los costos que supone defender valores en abstracto. Trump lo hizo con la sutileza de un vendedor de bienes raíces: ¿Por qué ayudar a Ucrania si no gano nada? ¿Por qué proteger a Corea del Sur de un ataque si no me paga su parte? ¿Por qué defender a Europa si no aumenta su gasto militar? En el juego político actual, los transaccionales siempre escriben las reglas con lápiz, no con tinta, por si es necesario borrar.

Pero Trump no es el padre del transaccionalismo, ni el único transaccional del barrio. China ha utilizado, y utiliza, la diplomacia mercantil: otorga acceso a su mercado o financiamiento a cambio de lealtades tácitas y, si alguien cuestiona su expansión, le corta el suministro de materias primas. En Moscú, Putin elevó el transaccionalismo al nivel del chantaje: vende seguridad y desestabilización al mejor postor, según convenga. La “amistad sin límites” entre China y Rusia es, para los ojos transaccionales, una sociedad de conveniencia entre dos autócratas con intereses paralelos, no una unión genuina. Algo similar ocurre en Medio Oriente. Los Acuerdos de Abraham no fueron un avance por la paz, sino un manual de negociación de bienes raíces: reconocimiento diplomático a cambio de armas avanzadas, relaciones comerciales a cambio de favores políticos. Lo llamamos “acuerdo histórico”, pero es una transacción con mejores relaciones públicas.

En un mundo transaccional, el futuro pertenece a los jugadores rápidos y a los países sin ataduras sentimentales. India, Turquía y Arabia Saudita, entre otros, han demostrado que una diplomacia de equilibrios flexibles es más rentable que una de compromisos inquebrantables. ¿Neutralidad entre China y Estados Unidos? Claro. ¿Compra de armas rusas mientras coopero con la OTAN? ¿Por qué no? En este mundo, la habilidad no está en construir alianzas, sino en saber cuándo abandonarlas.

¿Qué inferencias podemos hacer en términos prácticos acerca de qué esperar de un líder transaccional? Primero, que preferirá las relaciones bilaterales a las multilaterales, porque le es más fácil el quid pro quo y llevar las cuentas. El multilateralismo es un salón de té a sus ojos. Segundo, que mirará el corto plazo, subestimando la importancia de construir confianza o los efectos no deseados en terceros. ¿Planificación estratégica? Eso es para nerds. Tercero, que negociará con una lógica de suma cero: lo que él gana, vos lo perdés y viceversa. Cuarto, que en un conflicto entre intereses y valores, privilegiará los primeros. Si te encontrás por la calle con un transaccional, cruzá de vereda.

Si hay un perdedor en este nuevo orden es la idea misma de confianza estratégica. La OTAN, la UE, los tratados comerciales, todos dependen de un mínimo de fe en el otro. Pero cuando cada país actúa como si el mundo fuera un mercado de especulación, nadie invierte en relaciones a largo plazo. Si un presidente estadounidense puede decidir que la OTAN ya no es conveniente, ¿por qué un aliado europeo debería seguir confiando en Washington?

¿Es sostenible un mundo así? Lo dudo mucho. Tampoco creo que esto suceda del todo. El transaccionalismo es una de las patologías de un orden global en descomposición. Sin una base de reglas y confianza, el orden internacional se convierte en una jungla de oportunistas. Bienvenidos al siglo del trueque global.

ESCRITORIO

¿Hacia dónde va la globalización?

En una charla muy interesante con Martin Wolf del Financial Times, Richard Baldwin examina la evolución de la globalización: primero como el cruce de bienes; luego como el cruce de fábricas y ahora como el cruce de oficinas. Baldwin desmitifica la idea de un ‘pico’ en la globalización y sugiere que lo que realmente estamos presenciando es una transición hacia nuevas formas de comercio internacional, influenciadas enormemente por el avance tecnológico y los cambios en la economía global. Es fascinante cómo apunta a China no sólo como un gigante manufacturero, sino como un jugador clave redefiniendo las reglas del juego global. Su análisis no se detiene en lo económico; también explora cómo las tecnologías de la información están reconfigurando lo que significa fabricar y comerciar en la era moderna. Si te interesa entender hacia dónde se dirige el comercio mundial y cómo las antiguas y nuevas economías están rediseñando sus estrategias, esta entrevista es imperdible. Me gustó mucho cuando señala que, si no tenés una política industrial estás, por default, siguiendo la política industrial de China.

¿Hacia dónde va la democracia?

Todos los años, The Economist Intelligence Unit da a conocer su Democracy Index, asignándole a cada país una categoría (aunque con grados dentro de ellas): régimen autoritario, régimen híbrido, democracia fallida o democracia plena. El último informe, del 27 de febrero, señala que la democracia global está en peor estado que en cualquier otro momento de la historia del índice, que ya casi alcanza dos décadas. ¿El país más democrático? Noruega. ¿El menos democrático? Afganistán. Según el informe, solamente el 6.6 por ciento de la población mundial vive en una democracia plena. Diez años atrás, el porcentaje se elevaba a 12.5. Actualmente, 2 de cada 5 personas viven en un régimen autoritario. Estados Unidos pasó de ser una democracia plena a una democracia fallida. Frente a esta involución, no nos sorprende que el orden liberal internacional haya retrocedido como lo hizo. Te dejo el link para que mires los datos y saques tus propias conclusiones.

Fuente: The Economist

Estudió relaciones internacionales en la Argentina y el Reino Unido; es profesor en la Universidad de San Andrés, investigador del CONICET y le apasiona la intersección entre geopolítica, cambio climático y capitalismo global.