El dilema de la anguila enjabonada
Adorni no se va, pero paraliza al Gobierno. Su situación anticipa la pelea por la Ciudad. Kicillof busca ampliar y reaparece Massa. Un megamagnate e ideólogo germano-estadounidense, de incógnito en Argentina.
La situación de Manuel Adorni se transformó, para el gobierno, en una anguila enjabonada en la relación del oficialismo con la opinión pública. Introduce un factor de imprevisibilidad que vuelve inestable cualquier intento de La Libertad Avanza por fijar agenda: incluso aquellas medidas que podrían ser percibidas como positivas quedan opacadas por esa dificultad para ordenar el discurso. Y, aún así –por ahora–, continúa en su cargo. Una situación de parálisis impuesta por la cobertura de Karina Milei a su protegido.
La figura de Adorni, además, irradia tensiones hacia el interior del gabinete, donde ya no se trata sólo de diferencias en privado sino de disputas más explícitas. En ese contexto, Patricia Bullrich —probablemente la voz más elocuente dentro de ese malestar— afirmó tener “el cuero más duro” que el jefe de Gabinete. No estaba simplemente haciendo una comparación personal; estaba delimitando un territorio, marcando una jerarquía implícita y, sobre todo, enviando un mensaje hacia adentro del oficialismo.
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Este movimiento abre varias aristas. La primera es la relación de Bullrich con Karina, que la observa con particular desconfianza. Sin embargo, esa desconfianza convive con una limitación estructural y es que el Gobierno no puede prescindir de Bullrich. Hay un dato electoral decisivo que opera como condicionante: buena parte del caudal que sostuvo a Javier Milei en el ballotage proviene de votantes que, en primera vuelta, habían acompañado a Bullrich. Es decir, hay una dependencia política que impide una ruptura abierta, máxime en esta situación de debilidad.
Bullrich, a su vez, parece atravesar un estado de fastidio que tiene varias explicaciones posibles. Una de ellas es la velocidad con que Karina cobijó bajo su ala a Alejandra Monteoliva, la sucesora de Bullrich en la cartera de Seguridad. A partir de todos estos antecedentes, Bullrich puede inferir que no será la candidata natural para la Jefatura de Gobierno porteño y que, llegado el momento, se lo deberá ganar. Sin Adorni en la escena, el tablero se reorganiza. Los nombres comienzan a cerrarse: reaparece Pilar Ramírez, hoy la figura más gravitante de LLA en el distrito. Si Ramírez no lograra consolidarse, se abriría la puerta para una figura nueva.
Y es allí donde emerge el nombre de Diego Santilli. Él lo niega y sostiene que su objetivo es la provincia de Buenos Aires. Y hay razones para creerle: es, desde el regreso de la democracia, el único dirigente que logró derrotar al peronismo en dos elecciones en territorio bonaerense. Sin embargo, existe un vínculo, no del todo expuesto, que conecta a los Menem con Santilli y que podría tener como destino final su desembarco en la Jefatura de Gabinete como paso previo a su candidatura porteña.
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SumateEsto se torna verosímil por una situación de diseño electoral. El escenario puede cambiar sustancialmente si se eliminan las PASO y se desdoblan las elecciones. En ese caso, la competencia en la provincia se volvería mucho más compleja para quienes no tengan estructura territorial sólida. Sería una elección más parecida a la de septiembre de 2025 que a la de octubre de ese mismo año. En ese contexto, la Ciudad de Buenos Aires adquiere un atractivo distinto: menor volumen, mayor previsibilidad, más control político e infinitamente más recursos.
La posible prescindencia de Adorni agrega otro nivel de complejidad. Incluso en ámbitos como Comodoro Py, donde suelen medir los tiempos con otra lógica, se percibe que su problema más serio es político antes que judicial. Si se toma como válidos los datos que circularon públicamente —aunque todavía no estén incorporados formalmente al expediente— el cuadro es, al menos, llamativo: los 30.000 dólares que habría devuelto a dos policías –según lo declarado por una escribana y las propias agentes–; otros 30.000 vinculados al departamento en la calle Miró; 20.000 más asociados al ingreso al country Indio Cuá; además del pasaje a Nueva York para Bettina Angeletti y el vuelo a Punta del Este constituyen una suma que ronda los 100.000 dólares, una cifra que no encontraría correlato en su declaración jurada. Sin embargo, hay un elemento que introduce cautela en cualquier conclusión apresurada: Adorni es contador y su aspecto le juega a favor en la subestimación ajena, pero es probable que el deterioro en su imagen sea más claro que en el expediente.
Es sobre este escenario que se recorta la reunión de Axel Kicillof con Emilio Monzó y Nicolás Massot. Un encuentro que no parece ser un hecho aislado sino parte de una secuencia más amplia. Si a eso se le suma la presencia del gobernador en Expoagro, lo que empieza a delinearse es un movimiento clásico del peronismo en años preelectorales: la expansión hacia territorios que históricamente le fueron esquivos o, al menos, incómodos. Kicillof parece tener claro cuál es su punto de partida. Cuenta con un núcleo duro consolidado que, sin otro candidato del peronismo kirchnerista, oscila entre los 35 y los 40 puntos. Ese caudal, que en otro momento podría haber sido suficiente para ordenar una coalición, hoy no alcanza y por eso su estrategia apunta a acumular capital político.
Kicillof enfrenta una singularidad que lo coloca en una posición ambigua. Quienes lo observan —muchos de ellos con la expectativa de ser convocados— señalan que no es “digerible” para el sistema político. Es, en algún punto, un outsider dentro del propio sistema. Esa caracterización, que para algunos armadores constituye una debilidad —porque dificulta la construcción tradicional— podría ser, al mismo tiempo, su principal fortaleza frente al electorado. En una época donde la política convencional está en crisis, ser mirado con desconfianza por la dirigencia puede traducirse en un activo ante la sociedad.
Pero antes de proyectarse hacia afuera, Kicillof tiene que resolver un problema más inmediato: la interna del peronismo. En ese tablero vuelve a gravitar Sergio Massa. Su reaparición en un partido de fútbol no es casual. Para quienes desconfían de las encuestas, hay indicadores más sutiles pero igual de eficaces. Uno de ellos es, justamente, la visibilidad pública de Massa. Tiene un olfato político —heredado de sus años como intendente— que le permite detectar cuándo un gobierno comienza a mostrar signos de desgaste. El otro indicador, más silencioso, es Comodoro Py. Habrá que mirar de cerca el movimiento de los expedientes que más preocupan al Gobierno.
¿Qué está mirando Massa? Fundamentalmente, dos cosas. Por un lado, el deterioro de la imagen de Milei y la tensión creciente entre Kicillof y Cristina Fernández de Kirchner. En ese cruce, Massa ensaya su movimiento: “No me descarten”. Es una invitación implícita a volver a ser considerado. Sin embargo, esa pretensión arrastra un lastre difícil de eludir. Massa carga con el 211% de inflación y con el descalabro macroeconómico que heredó el actual gobierno, producto de la gestión compartida con Alberto Fernández y Cristina Kirchner. Es un peso político que condiciona cualquier intento de reposicionamiento. ¿Qué podría argumentar Massa frente a esa carga? Que no fue enteramente su responsabilidad. Que heredó una situación crítica y que administró una transición. Posible para adentro, casi imposible para afuera.
El peronismo alineado con CFK –liderado por Wado de Pedro– y Kicillof, concurrirán (por separado) al encuentro internacional progresista organizado por el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, en el que el PSOE congregará a presidentes como Lula da Silva, de Brasil; Claudia Sheinbaum, de México; y los líderes de Colombia, Uruguay, Lituania, Sudáfrica y Barbados, así como autoridades de la Unión Europea, los vices de varios países, incluyendo el Reino Unido y Alemania, y más de cinco mil delegados de todos los continentes. El encuentro busca presentar un contrapunto con «el crecimiento de las fuerzas políticas autoritarias y de extrema derecha» en el mundo, así como con el liderazgo que representa Donald Trump. Con un ojo en el mundo y otro en casa, Sánchez se convirtió en el principal líder de la oposición a la guerra en Irán y el único vocero de una agenda de izquierda en un país importante.
Junto a ese dietario, el español lideró la carga contra los que llama tecno-oligarcas entre los que ubica a Elon Musk y, junto a Lula, fue de los promotores más ruidosos de la regulación de las redes sociales. Para los dos espacios del peronismo representados en el encuentro, el acercamiento a Sánchez será una relativa novedad ante una interlocución que, hasta hace nada, privilegiaba a los actores “emergentes” por sobre la centroizquierda. Es una corrección bienvenida. Con un discurso más crítico –Podemos– o como rueda izquierda de auxilio del gobierno socialista –Sumar–, los espacios a la izquierda del sanchismo, sumados, aparecen debajo de los diez puntos en las encuestas de opinión.
El interrogante es, entonces, por qué ocurren todos estos movimientos en un peronismo que no solamente carece de un programa, sino que tampoco procesó las tensiones vinculadas a la dimensión humana de sus conflictos internos. La respuesta es evidente: los actores de la oposición ven que el Gobierno se deteriora antes de lo previsto por su performance económica. Anoche, el ministro de Economía, Luis Caputo, anticipó que la inflación que se conocería hoy superaría el 3%. El dato, más allá de su magnitud puntual, tiene implicancias políticas más profundas. No solo aleja la promesa de inflación cero que había planteado Milei para mitad de año, sino que introduce una contradicción estructural en el programa económico: las herramientas que el Gobierno necesita para consolidar una baja sostenida de la inflación son, en muchos casos, incompatibles con aquellas que permitirían reactivar la economía en el corto plazo.
Frente a esto, es probable que Caputo se aferre a un argumento estadístico: el crecimiento de ciertos sectores —minería, oil & gas, servicios financieros— que hoy exhiben tasas que evocan a las “tasas chinas” de hace una década. Desde el punto de vista técnico, ese repunte podría mostrar indicadores positivos de actividad. Pero, políticamente, sería hacerse trampa al solitario porque una economía que mejora en el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE), pero no en el metro cuadrado de cada argentino y argentina puede convertirse en un problema electoral mayúsculo.
En ese contexto, ¿cuál es la esperanza de Milei si el programa económico no se modifica? La respuesta no está únicamente en la economía. Hay un antecedente ilustrativo: el de Viktor Orbán, cuya experiencia es narrada en el libro Los ingenieros del caos. Orbán logró sostenerse en el poder al ofrecerle a la sociedad un motivo claro para temer —en su caso, la inmigración musulmana— y, a partir de ese temor, ordenar la discusión.
Milei podría intentar construir algo similar. El presidente continúa siendo un faro global para quienes “huyen del socialismo” y busca consolidar una identidad que trascienda las variables económicas. “La heladera le va a ganar al teléfono”, dicen en el peronismo. La estrategia de Milei se inscribe también en la presencia en la Argentina de figuras de peso en el mundo de los negocios y la tecnología, como Peter Thiel, probablemente el más influyente en el pensamiento político de los magnates tecnológicos de Silicon Valley y el de mayor densidad ideológica. En la persona de Thiel confluyen tres roles complementarios y diferenciados que cumplió como casi nadie.
Capitalista de riesgo, el rol que posibilitó el lugar que hoy ocupa. Fundador de PayPal, la primera y principal gran empresa de pagos digitales –creada a partir de la fusión de la empresa de Thiel con una empresa similar de Elon Musk y en el origen de la primera fortuna del mundo–, primer inversor externo de Facebook y fundador de Palantir, la empresa de análisis de datos dedicada a agendas militares y de seguridad, donde trabaja con gobiernos y estados –particularmente, pero no sólo, con el estadounidense– y del Founders Fund, su fondo de inversión de capital de riesgo con el que invirtió tempranamente en iniciativas como SpaceX.
Su segundo rol es el de operador político en el conservadurismo estadounidense, donde trascendió el habitual fondeo de candidatos para promover su propia agenda de figuras. Thiel fue un temprano respaldo para la candidatura de Donald Trump en tiempos en que Silicon Valley aparecía casi unánimemente horrorizado por la emergencia del republicano y patrocinó posteriormente, con mucho dinero, la candidatura a senador del actual vicepresidente, JD Vance, quien pasó por su firma de capital de riesgo. Como en su rol de fondeo empresario, los éxitos se construyen asumiendo fracasos sonoros, como la candidatura de Blake Masters, su coautor en De cero a uno, al Senado en el estado de Arizona.
En tercer lugar –seguramente, en su mirada, en el primero– Thiel es un ideólogo. Aunque abiertamente homosexual, es un conservador social que analogó la “cultura woke” al wahabismo islamista. Económicamente libertario, desarrolló una agenda política con una visión de futuro poco convencional que, sin embargo, caló fuertemente en la mentalidad de la industria tecnológica, donde su trumpismo originario mutó de una posición singular y extrema al lugar común de los propietarios de fondos y compañías. Esa visión tiene algunas capas a las que convendría prestar atención. Su primera hipótesis es que el mundo atraviesa una larga crisis de innovación “en el mundo de los átomos”, es decir, de las cosas concretas, aún cuando avanzó “en el mundo de los bits”, computación y telecomunicaciones, algo que ilustra en los avances que existieron en electrificación, transporte o salud entre 1870 y 1930, y los que se verificaron entre 1970 y la actualidad. Si para alguien en 1870 el mundo de 1930 hubiera sido irreconocible, el actual podría resumirse en 1970+internet. Thiel ve allí un problema de crecimiento y ambición que atribuye, en gran parte, al peso de la regulación estatal, que hace caro y difícil innovar y, en parte, a los discursos “igualadores”, cuyo foco en la distribución también le aparece enemigo de la innovación y el crecimiento. Thiel habla de la búsqueda de la conquista espacial, la fusión nuclear o la inmortalidad médica como objetivos que deberían ser alcanzables en el transcurso de su vida.
Ese discurso se complementa con una mirada sobre el mundo empresario que expresa su obra De cero a uno, donde contrapone los modelos de negocios que funcionan bajo la lógica de la competencia, replican lo existente, lo escalan, eventualmente lo hacen con mayor eficiencia (lo que llama ir de “1 a n”), con la posibilidad que favorece, crear algo radicalmente nuevo (ir de “0 a 1”), un camino más complejo, pero que a partir de algún conocimiento singular, ofrece al menos momentos de renta monopólica y, socialmente, conduce al progreso. Contra la ortodoxia económica, Thiel sostiene que los monopolios no son un problema sino una solución. Las empresas verdaderamente innovadoras tienden a dominar mercados porque crean algo único. La competencia, en cambio, reduce márgenes, impidiendo la inversión en el largo plazo.
Esta visión también convirtió a Thiel en un crítico de la globalización en su versión actual (no en la del siglo XIX) que ve en instituciones como la Unión Europea una suerte de hiper regulador y en la expansión de China la dinámica a la que enfrenta teóricamente en su visión sobre los negocios. China, en su visión particular, se especializó en copiar y escalar tecnologías existentes, mientras él considera que el foco debería ser la generación de otras, nuevas. No extraña entonces que haya abrazado desde allí discursos neo nacionalistas, como los de Trump y Vance, siempre que convivan con agendas de desregulación y reducción impositiva.
Esta mirada política incrédula de la globalización se conjura con un escepticismo mayor sobre la democracia, donde ve a la acción coordinada de las mayorías como un actor opuesto a la libertad creativa dinamizadora que cree que es la portadora de progresos a partir de la innovación. Una mirada que lo llevó a caracterizar a Greta Thunberg y, en general, al activismo liberal como una manifestación del “Anticristo”, en el lenguaje teológico al que gusta de acudir, sobre quienes funcionan –bajo su óptica– como barreras contra el progreso en cuestiones como, por ejemplo, la energía nuclear.
Esa cosmovisión resuena enormemente con los discursos de Milei, que replicó casi la totalidad de los tópicos que obsesionan a Thiel. Defendió los monopolios creados en condiciones de mercado en su primer discurso ante el Comité de Acción Política Conservadora en los Estados Unidos, hizo una encendida defensa del capitalismo desregulado en su primera aparición en Davos –donde aseguró que las regulaciones conducen inexorablemente al socialismo y la pobreza–, al tiempo que atacó a todos los organismos supranacionales y al activismo contemporáneo en el segundo, al año siguiente. El presidente, además, es un autoproclamado “tecno optimista fanático” –una defensa que utilizó para su promoción en el caso Libra– y un convencido del alineamiento con la política exterior estadounidense, algo central para Palantir.
En varios sentidos, Milei expresa, incluso mejor que Trump, las ideas políticas que sostiene Thiel. Con todo, persiste la pregunta sobre si ese alineamiento político, de ideas e intereses comunes, que a través de Thiel se extiende a todo el sector más dinámico de la economía estadounidense, puede traducirse en un proceso inversor significativo en el país. En De cero a uno, Thiel sostiene: “A veces tienes que luchar. Y si es el caso, debes luchar y ganar. No hay término medio: o no asestas ningún golpe o golpeas fuerte y terminas rápido. Este consejo puede resultar difícil de seguir porque el orgullo y el honor pueden interponerse en tu camino”. Y cita a Hamlet:
Exponiendo lo que es mortal e inseguro
a todo aquello que se arriesga la fortuna, la muerte y el peligro,
aun por una cáscara de huevo. Ser grande de veras
no es moverse sin gran motivo,
sino hallar pelea con grandeza por una paja
cuando el honor está en juego.
Continúa Thiel: “Para Hamlet, la grandeza significa voluntad de lucha por razones tan nimias como una cáscara de huevo: cualquiera lucharía por cosas que importan. Los verdaderos héroes se toman su honor tan en serio que lucharían por cosas que no importan. La lógica retorcida es parte de la naturaleza humana, pero desastrosa para la empresa. Si puedes reconocer la competencia como una fuerza destructiva en lugar de un signo de valor, entonces estás más cuerdo que el resto”.
Milei debería escucharlo.