El brillo de mil soles

La primera bomba atómica de la historia de la humanidad cae sobre la ciudad de Hiroshima, en Japón. Veinte años después un cronista va a buscar las voces y los silencios de las víctimas.

El 6 de agosto de 1945, un avión del ejército de Estados Unidos de América lanzó una bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima, Japón.

Si la miran en un mapa, Hiroshima tiene la forma de unas paletas de ventilador: son seis islas separadas por siete ríos que se ramifican hacia afuera, hasta desembocar en el río Ota. Al momento de la bomba, la ciudad tenía menos habitantes que los habituales. El Gobierno japonés había evacuado, previendo un ataque, y la población disminuyó de 380.000 a 245.000 habitantes. 

En el libro Hiroshima, el periodista John Hersey cuenta la historia de seis hibakusha (sobrevivientes de la bomba) que describen el día de la explosión de manera similar. Es temprano por la mañana, todos están rumbo a sus actividades diarias. Suena una alarma que todos ya reconocen como de peligro leve, algún avión meteorológico norteamericano y un rato después una segunda alarma que avisa que el peligro amainó. Minutos después, un relámpago, un resplandor. “Un amarillo brillante”, “un meteorito que se estrellaba contra la tierra”, “el blanco más blanco que jamás hubiera visto”, “una luz cegadora”. Hay una tesis sobre Hiroshima y la memoria que dice: la imagen de la nube de humo con forma de hongo es ver la bomba desde la distancia, desde el punto de vista de quien la arroja. Ese punto de vista tiene un opuesto, que está dentro del hongo y que no ve el hongo. Ve lo que le da título a su tesis: el brillo de mil soles. 

Termina la explosión y, aunque es temprano por la mañana, todo se oscurece por una especie de nube de polvo que oculta el cielo. Empieza el desconcierto porque, entre otras cosas, nadie sabe qué pasó. Era lógico, porque nunca había pasado. Un médico, sobreviviente, dijo que en el momento pensó que había sido una molotoffano hanakago, una canasta de flores Molotov arrojada sobre la ciudad. La posibilidad de que Hiroshima recibiera un ataque aéreo no era lejana. De las grandes ciudades era, junto a Kyoto, las únicas dos que aún no habían sido visitadas por los aviones bombarderos norteamericanos B-29, a los que los japoneses llamaban familiarmente Señor B.

El pueblo estaba movilizado por la guerra. Una de las sobrevivientes cuenta en el libro que, segundos antes de la explosión, miraba por la ventana, conmovida porque un vecino destruía parte de su propia casa para armar un cortafuego, un requerimiento del gobierno local frente a un posible incendio. Pero ningún escenario contemplaba la posibilidad de una bomba atómica. 

Muchos murieron durante la explosión y sus efectos inmediatamente siguientes, como los derrumbes de las casas y los incendios. Una ola posterior de muertes ocurrió en los días posteriores por falta de atención médica en el lugar. La bomba, arrojada sobre una población civil sin previo aviso, había terminado con hospitales, destruido los equipos y los insumos médicos disponibles. De 150 doctores que había en la ciudad murieron aproximadamente 65; de 1.780 enfermeras murieron o quedaron imposibilitadas de atender a otros cerca de 1.650. En el hospital más grande, el de la Cruz Roja, quedaron seis doctores y diez enfermeras. Podríamos seguir un rato con las sucesivas etapas de muertes: los que tomaron agua contaminada, las enfermedades por radioactividad, la leucemia, el cáncer, los suicidios por las secuelas físicas y psicológicas. 

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Casi veinte años después de la bomba, en 1963, llega a Hiroshima el escritor japonés Kenzaburo Oé para escribir una crónica. Toda la historia que viene ahora la conocí a través de una columna hermosa de –quién sino– Juan Forn. Si solo tienen un ratito para leer vayan a la de él, que es mejor. 

Oé llega a Hiroshima a cubrir la 9° Conferencia Mundial contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno para la revista Sekai (Mundo). La primera había sido en 1954, después de que un barco atunero japonés fuera víctima de la radiación proveniente de una prueba de bomba de hidrógeno que hizo el gobierno norteamericano en el Pacífico Sur, lo que generó un movimiento en favor de prohibir ese tipo de armamento. Oé, impactado por ese primer viaje, vuelve varias veces más y publica sus crónicas compiladas en el libro Cuadernos de Hiroshima. Viaja en un momento personal muy difícil. Acaba de nacer su primer hijo, Hikari, con muchas dificultades: una hidrocefalia grave, epilepsia y graves problemas motrices. Una historia que luego cuenta en Una cuestión personal y en gran parte de su obra a partir de entonces. La operación que puede salvar la vida de su hijo es tan riesgosa que los médicos prefieren no hacerla, tan poca esperanza hay. Pero su esposa, la cineasta Itami Yukari, se declara incapaz de dejar que su hijo muera. Oé viaja entonces a Hiroshima y allí, en medio de la conferencia, entrevista a algunos de los médicos sobrevivientes que han decidido quedarse en el lugar para atender a víctimas de la bomba. 

Esa primera crónica es impresionante. El contexto es la 9° Conferencia, que todo el tiempo parece a punto de caerse por las diferencias entre los delegados de los gobiernos, por la interna entre los partidos comunistas y socialistas de Japón, los sindicatos japoneses y el conflicto entre China y la URSS. Después se hace, pero no importa. O sí, importa, pero quería traer hoy una escena que está relatada en esa primera crónica. 

Oé se suma a la Marcha por la Paz, que moviliza a cada una de las conferencias, y camina con ellos. La Marcha pasa por el Hospital de la Bomba Atómica, cuyo nombre no exige más explicación. El patio del hospital está lleno de pacientes. Hace un calor insoportable. Tres de ellos se animan a salir y los manifestantes les entregan flores. Uno de ellos, de edad mediana, comienza a leer un discurso en nombre de todos los pacientes. “Estoy seguro de que la Novena Conferencia Mundial será un éxito”, termina. Acepta un ramo de flores, se encoge de hombros y vuelve a entrar al hospital. Oé dice algo muy bonito: que todas las quejas sobre las idas y vueltas de la conferencia que hacen los visitantes de Hiroshima –incluido él mismo– terminan ahí. Los únicos que tienen derecho a la desesperanza son las víctimas, dice. La Conferencia, aunque con muchos problemas y una escisión, finalmente se hace.

Al día siguiente, Oé va a visitar el hospital invitado por el doctor Shigetô, un médico que llegó a Hiroshima una semana antes de que explotara la bomba. No había terminado de instalarse cuando se escribió el destino de su vida. Se iba a quedar para siempre, ahí, siendo víctima de la bomba y médico de los pacientes de la bomba (veinte años después, dice, “continúa luchando contra la bomba atómica que aún existe en las profundidades de los cuerpos humanos”). Oé ve a uno de los pacientes tumbado, exhausto, apenas puede saludar con una voz ronca. Trata de sonreír y no puede. Es el paciente que el día anterior salió a saludar a la Marcha. Muchos de ellos están sufriendo secuelas por ese pequeño esfuerzo físico. Cuando Oé vuelve, en otro de sus viajes, el paciente ha muerto. El doctor Shigetô le explica, “con una voz triste y extraña”, los motivos. Los pacientes empeoran súbitamente y mueren. Uno de los efectos secundarios de la bomba es la erosión de la capacidad de resistencia del cuerpo humano ante cualquier enfermedad. Cuando el hombre, nos dice ahora Oé, decidió afrontar el potente sol del mediodía en Hiroshima para declarar su esperanza y la de todas las víctimas, estaba acortando su vida. “Quiso expresar su deseo sincero. Después se retiró con satisfacción y dignidad”. 

De lo que dijo ese hombre en su discurso fuera del hospital no sabemos mucho. Oé dice varias veces que el megáfono de la marcha tapó el sonido de una voz que apenas se conseguía escuchar. Las crónicas de Oé tienen un juego muy potente, muy literario, muy musical, con el silencio. Cuadernos de Hiroshima es un libro sobre el silencio. Seguramente vieron Oppenheimer, la película, de la que no vamos a hablar salvo para sumarla a la idea del silencio. ¿Cómo está resuelta la explosión? Con un silencio

Durante los primeros diez años después de la bomba, dice Oé, hubo silencio. El equipo de investigación de cirujanos que mandó el ejército norteamericano dijo en 1945 que todas las personas que podían morir por los efectos radioactivos de la bomba ya habían muerto. Un “acuerdo” de silencio impuesto por la fuerza de ocupación que obligó a las víctimas a permanecer callados. Hiroshima no tenía las palabras. El diario local, el Chugoku Shinbun, ni siquiera tenía los tipos móviles de imprenta para escribir las palabras bomba atómica. O radioactividad. El libro nos cuenta muchas historias de silencios desoladores. El silencio inmediato a la explosión (dice un testimonio sobre un grupo de hombres que se congregaron tras la explosión junto a unas escaleras de piedra: “cada uno de ellos tenía horribles heridas internas y externas, pero ninguno gritaba de dolor. Prácticamente todos estaban en silencio”). El silencio de un abuelo frente a la tumba de su nieto. El silencio de jóvenes con cicatrices en la cara que se encierran en las habitaciones de sus casas para evitar ser vistos. 

Mientras iba publicando las crónicas, la revista recibía cartas de lectores, la gran mayoría de ellas de lectores de Hiroshima. Oé tiene la delicadeza de incluir una de ellas en el prólogo al libro que compila los textos. Y que da una vuelta más a la cuestión del silencio. El autor de la carta es Yoshitaka Matsusaka. Su padre, Yoshimasha, fue uno de los pocos médicos que sobrevivió a la explosión y quedó en condiciones de dar atención médica. En condiciones es una forma generosa de decir. Era el autor de la carta, su hijo, quien lo llevaba en sus espaldas para que pueda atender a los otros heridos. Yoshimasha, que en el momento de la carta es dermatólogo y trabaja en Hiroshima, dice: 

La mayoría de los intelectuales y escritores no están de acuerdo con que las víctimas callemos y nos instan a denunciar nuestra tragedia. Detesto a quienes no comprenden nuestro deseo de silencio. Nosotros no podemos conmemorar el 6 de agosto. Lo único que podemos hacer es pasarlo en silencio junto a nuestros muertos. Somos incapaces de participar en los ostentosos preparativos que se realizan para conmemorar esa fecha. Las personas que conocimos de primera mano el horror de la bomba atómica, preferimos callar. O al menos decir tan sólo unas cuantas palabras que queden registradas en documentos históricos.

Las víctimas de Hiroshima piden también su derecho al silencio. O a hablar cuando quieren, como quieren, sobre lo que quieren. Yoshimasha escribe además algunos textos en una revista local, en los que también pide el derecho a ser optimista, fruto de que ha tenido la suerte de no presentar secuelas de la radiación a pesar de estar expuestos a la bomba (ni él, ni su familia). ¿Por qué casi toda la llamada literatura de la bomba, se pregunta, habla tanto de víctimas desgraciadas incapaces de recuperar su salud o se centra en introspecciones psicológicas respecto al ánimo de los afectados? “¿No hay ningún relato que hable de una familia que, después de enfrentarse a la bomba atómica y a una tragedia temporal, haya sido capaz de vivir como cualquier ser humano?”. 

Al regreso del que será su primer viaje a Hiroshima, Kenzaburo Oé decide junto a su esposa operar a su hijo. Un año después, volviendo de otro de los viajes, reciben la noticia de que el niño iba a sobrevivir. Oé dice en el prólogo a la primera edición del libro sobre Hiroshima que, cuando se enteró, sintió que había regresado de un lugar terrible. Recordó el último verso del Infierno de Dante: 

Y entonces salimos y volvimos a ver las estrellas.

Es politólogo de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Nació en Olavarría, una metrópoli del centro de la provincia de Buenos Aires. Vio muchas veces Gladiador.