Bologna de Motta: fútbol de prosa y de poesía en la Champions

Revelación del calcio, el equipo que dirige el ítalo–brasileño volverá al máximo torneo de clubes de Europa tras 60 años. Con “el valor de la pelota” y la mezcla entre el juego posicional y el relacional, revolucionó a Bolonia, la ciudad “roja” de Italia.

La última vez que el Bologna jugó la Champions ni siquiera se llamaba así y quedó afuera por una moneda al aire que cayó del lado de la derrota. En 1964, después de que ganase la Serie A de la temporada 1963/64 –el último de sus siete scudettos– fue eliminado en la ronda previa de la entonces Copa de Europa por el Anderlecht en el desempate (0–0) en el Camp Nou, tras perder en Bélgica (1–0) y ganar en Italia (2–1). Después de 60 años, el Bologna, el club de la ciudad roja de Bolonia, la capital de la región de Emilia–Romaña, jugará el máximo torneo de clubes de Europa. Lo logró a través de un juego insurgente, que combina la prosa y la poesía pasoliniana en cuanto a cómo ver el fútbol, corporizado en el ítalo–brasileño Thiago Motta, el entrenador del Bologna que llegó a la síntesis con los jugadores.

Decimoquinta masa salarial entre los 20 equipos, el Bologna se aseguró un lugar entre los primeros cinco de la Serie A (este lunes, desde las 15:45, recibe a la Juventus por la fecha 37, la anteúltima, en el estadio Renato Dall’Ara). Y lo hizo con un fútbol osado, innovador, propositivo. En 2018, mientras desarrollaba su primera experiencia como DT en la Sub 19 del París Saint–Germain –uno de los clubes en los que jugó, como también en el Barcelona, en el que fue compañero de Lionel Messi–, Motta le dijo a la La Gazzetta dello Sport: “Mi idea de juego es ofensiva. Un equipo corto, que mande en el partido, presión alta y mucha movilidad con y sin la pelota. Quiero que el jugador que tenga la pelota tenga siempre tres o cuatro soluciones y dos compañeros cerca para ayudarle. La dificultad en el fútbol es, a menudo, hacer las cosas simples”. Y agregó: “No me gustan los números relacionados con las zonas del campo, porque engañan. Depende de la calidad de tus hombres. Pero, ¿podría ser un 2–7–2?”. Andrea Di Caro, periodista de la Gazzetta, le retrucó que jugaría con 12. Y Motta le apuntó: “No, el arquero lo cuento en los 7 del medio del campo. Para mí el atacante es el primer defensor y el arquero el primer atacante, el que empieza la jugada, con el pie, y los delanteros los primeros que tienen que presionar para recuperar la pelota”.

Egresado en 2020 de Coverciano, casa de la federación italiana, su tesis, psicológica y filosófica, se llamó “El valor de la pelota. Los instrumentos de intercambio en el corazón del juego”. “La relación con la pelota –leemos– comenzó, como para casi todos los niños, como un objeto–regalo de mi padre cuando era niño”.

Motta fue el posibilitador de este Bologna. Les ayudó a los futbolistas a que sacasen a relucir su talento, desde el atacante neerlandés Joshua Zirkzee (22 años) hasta el defensor italiano Riccardo Calafiori (21), quien pasó de lateral izquierdo a central, y quien, partiendo desde ahí, suma cinco pases–gol en la Serie A, líder en ese ítem en el equipo. La flexibilidad y la movilidad no convencional, sin posiciones fijas, crean asociaciones ofensivas “antisistémicas”, pero que exponen situaciones, como el principio de que los jugadores reciban la pelota mirando hacia adelante, para que la cancha abierta sea un campo fértil. “¿Mi tipo de juego? Una mezcla entre fútbol posicional y relacional –dijo Motta–. Como (Carlo) Ancelotti, les doy a mis jugadores mucha libertad para que se expresen, dentro de una organización y contexto, sino sería un caos, pero estoy de acuerdo en darles la libertad que necesitan para ser creativos”. ¿Seguirá en el Bologna y lo dirigirá en la Champions 2024/25? Ya lo tentó la Juventus. Y está en la mira de otros grandes de Europa. “¿Si el factor humano influirá en mi elección? No soy sólo un profesional, soy humano”, dijo Motta.

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Sólo diez argentinos vistieron la camiseta rossoblú en la historia del Bologna (en la actualidad, Santiago Castro, el delantero que salió de las inferiores de Vélez). Franco Zuculini jugó entre las temporadas 2014/15 y 2015/16. Ascendió a la Serie A en su primer año. Surgido de Racing, con pasado en la selección Sub 20, se retiró a los 33 años luego de tres roturas de ligamentos cruzados de la rodilla derecha. Vive en Ferrara –a 45 minutos en auto de Bolonia– y transita una especie de pasantía en la dirección deportiva de la Spal, su último club (en Italia, además, jugó en el Genoa, el Hellas Verona y el Venezia).

–¿Qué es el Bologna y qué es Bolonia? –le pregunto ahora a Zuculini.

El club está entre los diez equipos de la tabla histórica. Pasó por muchos problemas económicos y después de que ascendiéramos a la Serie A en 2015 lo agarró el actual presidente, (Joey) Saputo. Es muy fuerte, también tiene al Montréal de Canadá. Y ahí empieza el crecimiento en estos diez años. En Italia, casi todas las ciudades tienen dos equipos. Bologna es el único de la ciudad. Eso es espectacular. El estadio está siempre lleno, tiene una curva muy popular, en la que hacen coreografías y copian cantos, como el de Argentina en el Mundial de Catar. Es muy seguidora. La ciudad, en realidad, es más del básquet. Está dividida entre la Virtus y la Fortitudo. Manu Ginóbili jugó en la Virtus. Pero cuando juega el Bologna al fútbol, las hinchadas se juntan, se encuentran, son una sola.

–¿Cómo es el alma de Bolonia?

–Es una ciudad abierta a cualquier tipo de cultura; te encontrás con muchas nacionalidades y religiones, que en otras ciudades, como Verona, no las encontrás. Cambia la mentalidad política. Verona es fascista, en sí. Bolonia tiene la universidad más antigua de Europa. Ya con la parte universitaria te encontrás con jóvenes de todo el mundo. Asiáticos, mexicanos, otros europeos. Y después tenés la parte boloñesa, que no se mezcla tanto con la universitaria, porque salen cada uno a sus bares.

–¿Cuál fue la clave del Bologna de Motta?

–Encontró un equipo que juega de la forma que quiere; los convenció a todos de jugar a atacar, porque es hermoso ver jugar al Bologna, te dan ganas de que no termine nunca el partido. Tiene jugadores en su mejor momento; y unidos, en un equipo. El plantel tiene siete italianos; el resto, extranjeros. Lo más difícil de estar con tantos extranjeros es que no se crea grupo, porque los africanos están con los africanos, los sudamericanos con los sudamericanos, y así. Y Motta logró crear un grupo sensacional, sé que se llevan muy bien. En el fútbol italiano se está cambiando un poco la mentalidad, pero los que revolucionan el juego se terminan yendo a otros países, donde les permitan continuar con esos proyectos, porque les creen, como se fue (Roberto) De Zerbi al Brighton.

–¿Cómo vivió la ciudad la campaña del Bologna?

–Este año, cada vez que el Bologna llegaba en micro de un partido que se jugaba de visitante, tenía un recibimiento de cuatro mil personas. Bologna es futbolera, basquetbolera y motoquera, porque acá está la fábrica de Ducati. Estuve muy conectado con la ciudad. Vivía en el centro, del lado de la universidad, 200 metros detrás de las torres de Bolonia. Viví el underground de la ciudad, que es lo que más me gusta. Y de la parte del fútbol, viví con los boloñeses. Es una ciudad que tiene su belleza, porque debajo, por su pasado, está la antigua Roma.

–Este año, el gobierno de izquierda de la Emilia–Romaña (Partido Democrático) aprobó la aplicación de la eutanasia. ¿Se discuten otros avances sociales? ¿Qué se dice de la historia de la ciudad?

–Se habla de legalizar la marihuana, aunque en la práctica ya está, porque en la calle fuma todo el mundo. Pero hay movidas, carteles. Lo que sé es que, cuando estadounidenses y rusos quisieron liberar la ciudad en la Segunda Guerra Mundial, entraron y se encontraron con la resistencia de los partisanos. Ellos ya habían liberado la ciudad, y entonces los sacaron cagando, pero de verdad. Los estadounidenses querían hacerse la fama de que habían liberado a Bolonia y ya estaban esperándolos a todos los partisanos en Piazza Maggiore, que es donde festejaron los jugadores la clasificación a la Champions. Eso se cuenta en Bolonia, no se los sacás ni a palos. El 25 de abril fue el día del Aniversario de la Liberación de Italia, el de la Resistencia. Bolonia fue un quilombo, una fiesta, no se trabajó. En Verona, nada. Hay gente que odia a Bolonia. Por ejemplo, no es una ciudad limpia como Verona, porque te encontrás con muchísimas culturas. Verona es el otro extremo. Es la riqueza, la gente tiene que ser blanca y rubia, no vas a ver un negro. De Bolonia a Verona hay una hora y media en auto, y cambia toda una mentalidad de una región, del Véneto a la Emilia–Romaña.

En la estación central de Bolonia, una placa recuerda el peor atentado sufrido en Italia post Segunda Guerra Mundial, cuando una bomba fascista mató a 80 personas en 1980. Lo leo en el bellísimo libro Unico grande amore (2023), del periodista e historiador Toni Padilla, un viaje por Italia a través del calcio. Bolonia es la ciudad en la que nació Raffaella Carrà, la cantante que le dio voz a las mujeres, que hablaba de “libertad” frente al machismo italiano, que abogó por los derechos de la comunidad LGTBIQ+ y que bailó en la Plaza Roja de Moscú. Porque los boloñeses, precisó Stendhal –y aplica para este Bologna– “están llenos de fuego, pasión, generosidad y, a veces, imprudencia”.

Las torres de Bolonia se llaman la Garisenda y la Asinelli. Y la Università di Bologna, en efecto, es la más antigua de Europa, fundada en el año 1088. En fútbol, la prensa, animada por la sonoridad de las palabras, pasa de titular “Bologna vergogna” a “Bologna sogna”. La curva sur del estadio Renato Dall’Ara lleva el nombre de Árpád Weisz, el DT húngaro de origen judío con el que el Bologna ganó la Serie A de 1936 y 1937. Weisz escapó de Italia tras las “leyes raciales fascistas”. Fue asesinado en el campo de concentración nazi de Auschwitz en 1944. En 1937, con Weisz, el Bologna había ganado el Torneo Internacional de l’Expo Universal de París (4–1 en la final al Chelsea, primer equipo italiano en derrotar a un inglés en una competencia internacional). Era la squadra che tremare il mondo fa (“el equipo que hace temblar al mundo”). En Bolonia aún dicen que ganaron la Champions de la época. Ahora jugarán la de verdad.

Pier Paolo Pasolini, poeta, director de cine y futbolista amateur, era tifoso del Bologna. Siempre que podía, lo seguía de visitante, por toda Italia. En el documental Comizi d’amore (1964), habla de sexo con militares, campesinos, adolescentes, gente de a pie. Y con los futbolistas del Bologna. Pasolini fue asesinado el 2 de noviembre de 1975 en Roma, en un episodio que todavía despierta versiones encontradas, desde la extorsión hasta la política. Marxista, católico y homosexual, en julio de aquel año –cuatro meses antes de su muerte–, había dicho en una entrevista a Il Guerin Sportivo: “Yo destruyo al mundo, pero salvo al deporte. Aunque se ha mercantilizado, no puedo renunciar al fútbol ni a mi Bologna”. Pasolini había escrito un artículo en 1971 en Il Giorno en el que explicaba por qué Italia había perdido 4–1 la final del Mundial de México 70 ante Brasil.

“En el fútbol hay momentos que son exclusivamente poéticos: los del gol. Cada gol es siempre una invención, una perturbación del código: todo gol es ineluctabilidad, fulguración, estupor, irreversibilidad. El fútbol que expresa más goles es el fútbol más poético. También la gambeta es de suyo poética (aunque no siempre como la acción del gol). De hecho, el sueño de todo jugador (que todo espectador comparte) es arrancar del centro del campo, driblar a todos y marcar”, escribe Pasolini. “El catenaccio y la triangulación (que Brera llama geometría) es un fútbol de prosa: se basa en la sintaxis, en el juego colectivo y organizado, en la ejecución razonada del código. Su único momento poético es el contraataque que culmina en un gol (que, como hemos visto, no puede más que ser poético). El fútbol en prosa es el del sistema (el europeo). La gambeta y el gol son los momentos individualistas–poéticos; por eso el fútbol brasileño es de poesía. Sin hacer juicios de valor, en un sentido puramente técnico, en la Copa de México la poesía brasileña le ha ganado a la prosa estetizante italiana”.

Thiago Motta (41 años) nació en São Bernardo do Campo, São Paulo, pero jugó con la selección de Italia el Mundial de Brasil 2014. En “su” Bologna, aunó el fútbol de prosa y de poesía.

Pizza post cancha

  • Comunicado. “Nos produce angustia e impotencia que Andrea Amarante, Pamela Cobas y Roxana Figueroa hayan sido asesinadas por lesbianas, es decir, por amar a personas del mismo sexo”, dice el plantel femenino de Racing. En Argentina, mataron a tres mujeres prendiéndolas fuego. El fútbol no es ajeno a los discursos de odio y de discrminación.
  • Artículo. “Apuestas deportivas online y jóvenes en Argentina: entre la sociabilidad, el dinero y el riesgo”, se titula el trabajo de investigación de Juan Branz y Diego Murzi en Ludopédio. En Argentina, un chico de 14 años intentó suicidarse luego de que perdiera los ahorros de su madre en apuestas. No hay estadísticas oficiales sobre la ciberludopatía.
  • Foto(s). El 6 de mayo de 1990, Bancruz y Nueva Chicago jugaron en Río Gallegos, capital de la provincia de Santa Cruz, el partido más austral en torneos de la AFA. Chicago, verdinegro, vistió de rojo, con los buzos de entrenamiento. Era la revancha de la primera ronda del Zonal Sureste del Torneo del Interior. Helada, viento, cancha llena de piedras y de charcos. Chicago, que había ganado 3–0 en Matadores, se impuso 2–1. Las fotos inéditas fueron compartidas por el periodista Ricardo Villagra.
  • Video. ¿Cuántas veces viste a Maradona entrando en calor, haciendo malabares con la pelota, con la canción “Live Is Life”, de Opus? Nacho Juliano, en su canal de YouTube, entrevistó a Frank Raes, el periodista belga que compró el material y lo editó, porque ese día sólo se vio en la pantalla gigante del Olímpico de Múnich. Una perla: la música que bailaba Diego era tocada por una banda de covers que estaba en el estadio.
  • Crónica. St. Pauli, el club punk que admira al Che Guevara, a los zapatistas y a Cuba, antifascista y antiracista, y que lucha contra el sexismo y la homofobia, volverá a jugar en la Bundesliga, la primera división alemana. Paula Sabatés, desde Hamburgo, contó la celebración por el ascenso en Página/12.

Es periodista especializado en deportes -si eso existiese- desde 2008. Lo supo antes de frustrarse como futbolista. Trabajó en diarios, revistas y webs, colaboró en libros y participó en documentales y series. Debutó en la redacción de El Gráfico y aún aprende como docente de periodismo. Pero, ante todo, escribe. No hay día en la vida en que no diga -aunque sea para adentro- la palabra “fútbol”.