El asedio contra Darín, síntoma de la crisis del peronismo
A falta de una oposición armada, buenos son los artistas. Lo que no dijo Cristina, que vuelve con la idea de unificar las elecciones en PBA. La economía de Milei y el encuentro Macri-Olmos.
“Fool me once, shame on you; fool me twice, shame on me”.
La respuesta es de un importante inversor extranjero a la pregunta de uno de los principales consultores de la Argentina. El activo local describía, a través de WhatsApp: “En mayo de 2018, (Luis) Caputo emitió bonos a tasa fija, en pesos, con vencimientos en 2023 y 2026. Pagaban intereses del 21 y 19,9 por ciento, respectivamente. ¿El nombre de los bonos? BOTEs. La inflación de mayo de 2018 era de 2,1%, se acababa de anunciar un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional y el tipo de cambio real de aquel momento equivalía a 1.120 pesos por dólar, a valores nominales de hoy. En un año el bono les había dejado un 21% en pesos. Pero el dólar había subido de precio un 91%, de 23 pesos a 44. Entonces ¿cuántos de los nuevos BOTEs pensás comprar?”
El inversor había consultado por el nuevo bono del tesoro, anunciado por el secretario de Finanzas, Pablo Quirno. A tasa fija, nominado en pesos, el bono está dirigido a extranjeros, que lo suscribirán en dólares y recibirán, al vencimiento, pesos argentinos, sin seguro de cambios. El anuncio que motivó la recomendación por analogía del consultor, de no ser un bluff memorable, significaría también que el país recuperó alguna capacidad de acceso a los mercados y traería una cierta capacidad de acumulación de reservas para al menos arrimar el bochín a lo acordado con el Fondo Monetario Internacional.
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La sorna del inversor está motivada. Además de los antecedentes históricos, las evidencias de sobrevaluación de la moneda son elocuentes. La cuenta de turismo probablemente sea la más sintomática, por su reactividad a las oscilaciones. El 2025 se encamina a ser un año récord de salida, con la peor diferencia entre el emisivo y receptivo para un primer cuatrimestre de la historia. Mientras casi 6 millones de turistas salieron al exterior en los primeros cuatro meses del año, apenas más de 2 millones de extranjeros registraron su ingreso en migraciones. En el pasado, los períodos de estos déficits muy marcados fueron presagio de problemas muy serios en el sector externo. Con la dictadura, en la convertibilidad, durante el último kirchnerismo y en el gobierno de Mauricio Macri. La respuesta en el gobierno es inconmovible: “Esta vez es diferente, hay superávit fiscal”.
¿Será así? Un informe de la consultora Equilibra, ubicándose firmemente en el campo mandril, hace las cuentas. Entre los objetivos de reservas, los compromisos emergentes de las emisiones de BOPREAL para compensar a las empresas, la dolarización de los privados por decisiones de cartera y el déficit de cuenta corriente, el país necesitará financiamiento externo por unos 214 mil millones de dólares para mantener el tipo de cambio durante el período 2026–30.
El informe admite que existen diferencias con el pasado. Mientras en otros momentos el principal demandante de dólares fue el sector público, en un contexto como el actual –sin déficit fiscal– el Estado sólo necesita refinanciar sus vencimientos, la deuda pública se mantiene constante y se reduce en la comparación con el producto a medida que la economía crece. Es decir que, si como lo sugiere esta emisión de bonos, Argentina logra volver a los mercados voluntarios de crédito, encontraría una situación de deuda razonablemente alejada de la posibilidad del décimo default que presagió Cristina Fernández de Kirchner.
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SumateSin embargo, que los problemas sean distintos no supone que no sean problemas ni que no sean potencialmente graves. La economía argentina sigue siendo bimonetaria. Las empresas y las personas demandan dólares como instrumento de ahorro, el actual tipo de cambio supone que las importaciones suben mucho más rápido que las exportaciones y el país, de no acumular reservas, queda expuesto a las oscilaciones del mercado. El resultado puede ser una devaluación abrupta con altísimos costos sociales. Aún con superávit fiscal. La crisis económica de Chile del 82, la peor de su historia, sirve como ejemplo de escenarios que no pueden descartarse.
La suerte está lejos de estar echada. No se puede descartar que una Argentina post cepo, con un gobierno electoralmente vencedor y alineado completamente con las agendas y prioridades del capital, con algunas posibilidades de desarrollos interesantes en sectores extractivos y condiciones muy ventajosas reciba un influjo relevante de capitales –aunque de momento no se haya materializado ni muestre signos de hacerlo en el futuro cercano– y un movimiento en este sentido, aún si fuera modesto, le daría aire a Economía y el Banco Central si quisieran encarar una corrección gradual y relativamente poco traumática. A la luz de las predicciones que podían hacerse en noviembre de 2023, no es poco, pero está lejos de dar alguna certeza y, mucho menos, de ameritar el canchereo diario de las figuras del equipo económico, particularmente en los meses en que la situación salarial fue de contracción y las variables sociales pusieron su recuperación, al menos, en cuestión, a la espera de lo que pase con la inflación durante los últimos meses.
La pose aplicada al debate económico es parte de una postura cultural que irradia del presidente hacia abajo. El 25 de mayo operó como una puesta en escena de un gobierno cuya posición sobre el debate público tiene bastante de doble vara y una agresividad y soberbia que no se condice ni con las necesidades sociales del país ni con las necesidades políticas que todavía mantiene el oficialismo. “Roma no paga traidores”; la serie de tuits con nulo rigor histórico del presidente que dedicó a reproducir agresiones y descalificaciones contra Jorge Macri al que había negado el saludo en el Tedeum celebrado en la Catedral de Buenos Aires. ¿La acusación? Haber contratado un consultor político que Javier Milei detesta. “Un llorón, de cristal”, le había dicho el presidente a Mauricio Macri luego del video difundido en la noche previa a la elección.
El arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, fue lapidario en su diagnóstico sobre la falta de tolerancia y respeto, el “barro de las descalificaciones” y hasta el “terrorismo en las redes”, en una homilía en la que reivindicó valores de justicia social, equidad y reclamó por los jubilados. Un discurso casi completamente a la medida de un Milei que, siempre presto a subirse al ring, en este caso decidió no confrontar. Como Lali en algún momento, los dardos del fin de semana estuvieron enfocados en Ricardo Darín y el precio de las empanadas que nos permitió ver a un Luis Caputo en un rol de compadrito para el que nunca debería haber casteado. “La soberbia no es grandeza sino hinchazón. Y lo que está hinchado parece grande, pero no está sano”, recuerda la cita atribuida a San Agustín.
Macri (J), a diferencia de Darín, aceptó mansamente el golpe. La pasividad del jefe de Gobierno responde a dos aspectos. El primero, la gobernabilidad. Sin posibilidades de tejer un acuerdo de mayorías con el peronismo en la Legislatura, Macri (J) necesita de La Libertad Avanza para explorar una mayoría que le permita no paralizar la gestión legislativa. El fin de semana en Madrid coincidieron en el lobby de un hotel Macri (M) y Juan Manuel Olmos. El diálogo, escueto y que anticipa la convivencia en la Ciudad, fue el siguiente:
-“Ahora van a tener que apoyar”, dijo Mauricio.
-“El bloque se sigue llamando PJ”, respondió Olmos. “Solo que no es por Partido Justicialista sino por Pobre Jorge”.
El segundo, el inminente acuerdo entre ambos espacios en la provincia de Buenos Aires. Las posibilidades no son infinitas. En la elección provincial, LLA y el PRO exploran la posibilidad de un frente que les permita elegir como cabeza de lista en las diferentes secciones al candidato más competitivo. Eso implicaría, a priori, un nombre distinto a “La Libertad Avanza” que es lo que tiene como prioridad la Casa Rosada. En octubre, la posibilidad de una capitulación total del PRO frente a la estrategia violeta toma cada vez más cuerpo.
El ataque contra Darín –como antes con Lali– intenta funcionar como elemento disuasorio ante cualquier crítica que no provenga de un kirchnerismo al que el gobierno no le asigna ninguna legitimidad social en el electorado que le interesa y una oposición en general que, salvo excepciones, habita el terreno de la intrascendencia. En criollo: al gobierno le preocupa –al menos por ahora– mucho más que Darín hable del precio de la comida que las clases magistrales de Cristina, un fetichizado paro de la CGT o cualquier movilización por más justa que sea la causa.
Lali, Darín o incluso la Iglesia son también emergentes curiosos de la polarización actual, que busca en la sociedad civil referentes que no encuentra en la política, donde la iniciativa, la visión de futuro y hasta la formulación de un proyecto de país parecen ser monopolio del oficialismo. El resto sólo reacciona. Un estudio del movimiento de redes de la consultora Ad Hoc sobre el volumen de conversación del fin de semana encontró que Milei y Caputo tuvieron 432 mil menciones el fin de semana. Casi las mismas que la suma de Darín, tras sus comentarios sobre los precios, y Lali, que llenó dos estadios de Vélez y le dio a su público el mejor show de un artista argentino de los últimos años. La suma de CFK –que dosifica sus apariciones públicas para maximizar su repercusión– y Axel Kicillof fue la tercera parte que el presidente y comparable, en volumen, a los Macri. No parece casual.
Convendría, sin embargo, escuchar la intervención de CFK que hoy, en la reunión de consejo del PJ, volverá con la idea de unificar las elecciones en la provincia de Buenos Aires sostenida en la decisión que tomó Gerardo Zamora en Santiago del Estero: “Los que apostaron a Milei [y se decepcionaron] tampoco quieren volver con nosotros”. Señaló los problemas de algunas políticas de sustitución de importaciones –que derivaron en renta empresaria y obturaron la innovación– poniendo la competitividad en el centro, al tiempo que reivindicó la inversión extranjera y retomó la discusión de la estatalidad, con centro en el pasaje del Estado presente al Estado eficiente.
Es meritorio, pero corre el riesgo de ser fútil. Rediscutir los que durante al menos una década y media fueron los fundamentos narrativos de un liderazgo que consideró una herejía siquiera intentar reformular las tarifas de los servicios públicos que pagaban las clases medias y altas requiere cambios que excedan del discurso espaciado e intervengan en la política concreta. Y de otros intérpretes: no es creíble que Cristina hable de un Estado eficiente con los nombres que eligió en su última experiencia, por ejemplo, para el área de Energía.
Ni el sitial de oposición frontal y sin matices en el que las huestes de la expresidenta se sienten cómodas, ni la indudable combatividad de sus bases de votantes aparecen interesados en afinar esta clase de discusiones que significan flexibilizarse en cuestiones como el tamaño del Estado, la relación entre la gestión y las organizaciones sociales, entre tantas otras. Actuar sobre las definiciones, tanto a la hora de decidir posturas políticas como sus ejecutores, aparece como la única alternativa para que el peronismo se mantenga relevante. Frente a un gobierno al que le sobra audacia, el peronismo sigue, como en tiempos de Alberto Fernández, más preocupado por no alienar a ningún seguidor de ortodoxias que ya ni CFK considera valioso sostener, que por la difícil tarea de construir un futuro.
A la dramática falta de ideas e intérpretes en el peronismo se le suma lo que Ofelia Fernández llama “el fetiche agobiante y paralizante de la unidad”. Son cada vez más quienes piensan que la nueva mayoría social del espacio más importante de la oposición debería estar construida alrededor de una nueva idea, no de una fuerza política mayoritaria, aunque eso lleve un poco más de tiempo. La organización y articulación política –cuando la libertad ambulatoria no está en juego– es una etapa posterior a la circulación de un sentido común. Si bien la constitución del Frente de Todos tenía sentido histórico por lo que había demostrado el macrismo en términos de convivencia política, la apelación a la unidad funciona, hoy, más como una extorsión que como una propuesta donde se refugian quienes no quieren exponerse al escrutinio electoral. Si en la interna entre Axel y Cristina se discutieran aspectos que fueran de interés social, probablemente sería virtuoso que ese proceso entrara en su fase aceleracionista: que se rompa todo para que uno prevalezca o nazca algo nuevo.
“Si me engañas una vez, la culpa es tuya; si me engañas dos veces, la culpa es mía”, es la traducción al español de la frase que abre esta entrega. Aplica para ese hombre de negocios y, también, para el peronismo.