El amor y el espanto: Lula, presidente por cuarta vez contra todas las apuestas

Da Silva asumirá su cuarto mandato frente a un Congreso donde el PT y sus aliados estables serán minoritarios. La movilización, la clave de su victoria. Los desafíos a los que se enfrenta.

Durante el domingo operó un pequeño milagro electoral. Un país corrido a la derecha acaba de reelegir a la principal figura de la izquierda continental, tres semanas después de una primera vuelta que anunciaba el final de una época. El 4 de octubre, Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03% de los votos, y Luiz Inácio Lula da Silva el 45,16%. Algo más de 2,2 millones de votos de distancia, con una oferta de terceras candidaturas concentrada casi enteramente a la derecha. Los apoyos de los otros candidatos presidenciales — Ronaldo Caiado, Romeu Zema y Augusto Cury —  al hijo del expresidente terminaban de liquidar el partido.

Ayer, Lula consiguió su cuarto mandato superando a Bolsonaro con una diferencia de 4,43 millones de votos y una ventaja que casi duplica la de 2022. Desde el retorno de las elecciones presidenciales directas en 1989, ningún candidato que hubiera quedado segundo en la primera vuelta había ganado la segunda.

Acaso haya que subirse a la costumbre de traer mal a Borges, y decir que Lula armó una mayoría a la que unieron el amor y el espanto, en proporciones difíciles de determinar. El reconocimiento de una biografía extraordinaria que recuperó las expectativas de mejora material para las mayorías confluyó con el rechazo a la vuelta al poder de una familia que prometía correr todos los límites.

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El tamaño de Lula

El liderazgo de Lula disimuló el terremoto derechista que fue la elección del cuatro de octubre. La victoria a todos los niveles institucionales fue contundente. Partidos clasificados como de derecha conquistaron la mayoría en 26 de las 27 unidades de la federación. Dentro de ese universo, la extrema derecha obtuvo el 35,8% de los escaños y mayoría absoluta propia en tres legislaturas. En el Congreso nacional, el Partido Liberal de los Bolsonaro eligió 121 diputados, casi una cuarta parte de la Cámara, y la elección le aseguró una bancada de 28 senadores. Un número inédito desde el regreso de la democracia.

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Los diputados Nikolas Ferreira y Lucas Pavanato superaron los tres millones de votos cada uno. Del otro lado, las derrotas contundentes de figuras del gabinete, como Fernando Haddad, Marina Silva y Simone Tebet, junto a otras de alto perfil local o regional, ofrecían una imagen bastante precisa del estado del país. Incluso en la derrota, Lula había tenido la virtud de hacer parecer dividido en mitades un país que se inclinaba marcadamente hacia la derecha.

Con todo, la primera vuelta fue el escenario de una campaña deslucida, que el propio Lula describió como “la menos organizada desde 1989”, con disputas internas y una exaltación de la figura presidencial desprovista de promesas de futuro. Lula también había evitado participar de los debates presidenciales, que pareció despreciar, como si sus competidores no estuvieran a la altura de su figura. La confianza en que alcanzaría con presentar al mejor candidato chocó de frente con el resultado electoral y obligó a cambiar de cara a la segunda vuelta.

Apenas pasado el shock inicial, la reacción en múltiples frentes fue contundente. Lula dejó de ser una biografía para ser el articulador central de la movilización popular, y su campaña empezó a ofrecer razones concretas para participar. En la semana posterior a la elección se negoció el fin de la escala 6×1, garantizando a los trabajadores dos días de descanso sin afectar el salario. La enmienda constitucional fue promulgada el 16 de octubre, con Lula presente, después de su aprobación en el Congreso. Una conquista concreta, histórica y ligada a la vida cotidiana, en la que la izquierda podía conducir con credibilidad.

Lula también buscó hablarles a quienes trabajan por su cuenta, acumulan deudas y administran empresas que difícilmente se distinguen del autoempleo. El paquete para microemprendedores individuales incluyó perdón de deudas tributarias y renegociación de obligaciones privadas. El programa Prospera MEI prevé transferencias de hasta 5.000 reales para inversión productiva, a fondo perdido, sujetas a implementación y selección de beneficiarios. Era una respuesta al mundo del trabajo “emprendedor” que desbordó la organización colectiva del trabajo tan presente en el origen sindical del PT.

Bolsa Família llegó a octubre con un reajuste del 15,04%, que llevó su piso de 600 a 691 reales. Folha calculó en 290 mil millones de reales el costo del conjunto de medidas y promesas para 2026 y 2027, un paquete que mezcla transferencias, crédito, subsidios y renuncias fiscales. No todo representa gasto presupuestario adicional ni fue anunciado después de la primera vuelta. Pero su traducción electoral era evidente. Lula merecía quedarse para “seguir cuidando” a la población brasileña.

Los actos del 11 y el 24 de octubre en la avenida Paulista mostraron una movilización mucho mayor a la primera etapa. La movilización como forma de dar vuelta un resultado cantado. Una forma de corporizar esperanzas ante un miedo que colmaba las expectativas de muchos, que hasta entonces parecían convocados a contemplar una ceremonia de consagración empezaron a sentirse responsables de un resultado que podía escaparse, y una forma de hacer campaña que devolvió protagonismo a la juventud urbana.

La reacción también tuvo una organización digital. El canal de WhatsApp “Exército do Lula”, creado por André Janones, superó los diez millones de seguidores y distribuyó tareas de difusión y participación. La campaña incrementó su publicidad en las plataformas y disputó el trato de Meta, que reconoció haber favorecido a Flávio, aunque lo atribuyó a “errores técnicos”. Una combinación de medidas, actividad territorial, redes y propuestas que permitió que el liderazgo presidencial volviera a expresarse en una acción colectiva.

El miedo a la vuelta de la familia

Un error de Flávio en el segundo debate condensó bastante bien la forma en la que perdió una elección que parecía cerrada. A dos días de la elección, y a modo de chicana, le dijo a Lula que daba con una mano y quitaba con sus nueve dedos. El presidente le exigió disculpas, y aprovechó para recordar que había perdido el meñique en un accidente de trabajo a los diecisiete años.

Lula lleva más de cuatro décadas en el centro de la política brasileña, pero conserva una experiencia de privaciones que decenas de millones de brasileños reconocen como cercana. Frente a él estaba un dirigente cuya carrera empezó como empleado de la Cámara de Diputados a los 19 años, en el partido de su padre, y continuó como diputado estadual a los 21. La provocación permitió al tres veces presidente, de ochenta años, volver a ocupar su lugar de trabajador, frente a un heredero que nunca debió esforzarse.

Sería absurdo atribuir el resultado electoral a errores puntuales, pero la escena condensa un problema que afloró de cara a la segunda vuelta. Si el apellido le permitió en la primera vuelta hegemonizar la derecha y, desde allí, aglutinar al antilulismo, en la segunda vuelta se convirtió en un potente movilizador de rechazos. De forma inédita desde el comienzo de siglo, la segunda vuelta tuvo una participación más activa que la primera. La abstención cayó del 21,08% a alrededor del 19,2%, con casi tres millones más de personas en las urnas. A eso se agregó la reducción de blancos y nulos. Pero la diferencia indica que Lula también sacó una leve ventaja, incluso, entre quienes votaron por terceras opciones.

Para una campaña que necesitaba encontrar votantes fuera de las alianzas partidarias disponibles, conseguir que más gente eligiera un candidato fue una condición decisiva, mientras los apoyos de dirigentes conservadores tampoco garantizaron la obediencia de sus electores. El adelantamiento de la polarización tuvo un efecto paradójico, para la segunda vuelta ya no quedaban electores ni siquiera de derecha capaces de tragarse el apellido.

El espanto, además, tenía un contenido institucional concreto. Jair Bolsonaro fue condenado a 27 años y tres meses de prisión por su participación en la trama golpista que intentó impedir la asunción de Lula. Incluso su defensa admite la discusión y elaboración de planes para contrariar la decisión de las urnas a partir del ejercicio de la violencia, aunque desconocen la existencia de una tentativa ejecutada. Una victoria de Flávio significaba tanto la liberación de su padre, como la modificación radical de un Supremo Tribunal Federal al que su movimiento convirtió en enemigo central.

El resultado legislativo reforzaba esa perspectiva. Un relevamiento de Folha identificó al menos 49 senadores favorables, con distintos matices, al juicio político de magistrados del Supremo. Son apenas cinco menos que los 54 votos necesarios para destituirlos. Un riesgo tangible que se agravó el 6 de octubre, cuando, al recibir el apoyo de Ronaldo Caiado, Flávio celebró el Congreso elegido y habló de utilizarlo para modificar la Constitución y “redemocratizar” el país.

Es probable que un sector de los electores haya sido parte de una movilización republicana, aunque no podamos medir su peso. La posibilidad de reunir la Presidencia y un Congreso fortalecido detrás de una familia cuyo patriarca fue condenado por intentar retener el poder contra la voluntad popular podía inquietar incluso a quienes no gustan en absoluto del Partido de los Trabajadores. La contundencia de la victoria legislativa también podía funcionar como una advertencia.

Que Flávio no haya reconocido el resultado a pesar de su contundencia, centrando sus críticas en una extensión del horario de votación –que su propia campaña había pedido en localidades afectadas por problemas climáticos– da cuenta del riesgo advertido anoche. La reacción a la derrota ejemplifica el compromiso de este nuevo Bolsonaro con las reglas de la democracia, y opera como un pequeño botón de muestra de cómo habría ejercido el poder.

Pero la movilización del espanto tuvo una arista más material. Bolsonaro prometió recortar unos 200 mil millones de reales del presupuesto. Un ajuste que no se resuelve suprimiendo ministerios, y supone un recorte de servicios, inversiones, transferencias o gastos obligatorios. Esa indefinición invitó a la advertencia sobre sus consecuencias sociales. Era una crítica interesada que señalaba una pregunta que el candidato debía responder. Milei apareció en los debates como la encarnación del modelo de ajuste. Lula preguntó si Flávio pretendía seguir el modelo argentino y el senador evitó asumir esa identificación. También tuvo que explicar su cambio de posición sobre la escala 6×1. La siempre popular promesa de reducción abstracta del gasto del Estado suele evitar describir las consecuencias para quienes quedarán en la línea de recorte.

Gobernar después del milagro

Lula asumirá su cuarto mandato frente a un Congreso donde su partido y sus aliados estables serán sumamente minoritarios. El crecimiento del PL bolsonarista y el protagonismo de dirigentes cuya identidad se construye en la confrontación con el PT hacen más difícil la negociación de intercambio de apoyos legislativos por participación en el gabinete, lo que hace pensar en condiciones, literalmente, más costosas.

El llamado centrão, esa constelación de partidos y dirigentes dispuestos a acudir en auxilio del vencedor a cambio de beneficios concretos, no desapareció. Será indispensable y conserva una fuerte capacidad de decisión. Sus incentivos, frente al peso de una derecha más ideológica y los recursos que el propio Congreso puede distribuir, sí aparecen más diversificados.

Desde la caída en desgracia de Dilma Roussef, el Congreso volvió obligatoria la ejecución de las enmiendas individuales al presupuesto.Con ampliaciones posteriores, los legisladores ganaron autonomía para financiar obras y servicios en sus distritos. El Ejecutivo perdió parte de su capacidad para ordenar la coalición presidencial a partir del manejo de esos fondos.

También por eso convendrá mirar al Supremo. Lula deberá reunir votos para impulsar legislativamente su programa y, al mismo tiempo, evitar que prosperen iniciativas destinadas a erosionar los contrapesos institucionales. En abril, el Congreso derribó su veto al proyecto de reducción de penas por los delitos vinculados al golpismo. No fue una amnistía general, pero el presidente perdió una votación decisiva para la respuesta institucional al intento de ruptura democrática. La perspectiva de contrapuntos como este, incluyendo procesos de destitución de jueces u otras formas de desestabilización institucional, está abierta, y el plano externo, lejos de ser alentador, muestra a Brasil bajo presión de Donald Trump y su doctrina de seguridad nacional, y con dificultades para navegar las consecuencias de la rivalidad sino estadounidense.

Las cuentas públicas restringen todavía más el margen de maniobra del presidente. En los doce meses terminados en agosto, el déficit nominal del sector público fue del 9,48% del PIB, impulsado por los intereses de la deuda alcanzaron el 8,86%. El desequilibrio primario, antes de intereses, es de apenas el 0,62% del producto. Brasil no tiene un problema de irresponsabilidad fiscal, sino una carga financiera extraordinaria, producto de las altas tasas de interés para sostener tanto el valor del real como la capacidad de endeudarse en su propia moneda. El problema es que el dinero es fungible, y la deuda bruta llegó al 82,9% del PIB, lo que dificulta sostener el gasto y financiar el crecimiento.

Lula deberá cumplir compromisos y encontrar una trayectoria fiscal que reduzca la presión del endeudamiento, que reverbera sobre el costo que pagan las familias. Un ajuste puede contribuir a bajar las tasas, pero tendría evidentes efectos recesivos del lado del gasto. Profundizar la desaceleración puede perjudicar la recaudación y debilitar al gobierno antes de producir ningún beneficio. Con una legislatura adversa, además, se hace difícil asignar perdedores con sentido de justicia.

El recuerdo de Dilma Rousseff tras su reelección de 2014 resulta un espejo inquietante para un Lula que gustaría de repetir la secuencia de ajuste enfocado y expansión de 2003. En aquel entonces, Lula combinó un inicio de disciplina fiscal con una etapa posterior de crecimiento en la que se terminaron de edificar los grandes programas de sus gobiernos. Dilma, en cambio, enfrentó una recesión, ruptura de su coalición y boicot legislativo, y una ofensiva que terminó en su destitución. Iniciar un mandato con expectativas elevadas, poco espacio fiscal y adversarios que controlan los resortes institucionales es complejo.

Con todo, quien deberá hacerse cargo de esa tarea es Luiz Inácio Lula da Silva, el mayor líder popular de la historia de la democracia brasileña, que acaba de hacer posible lo que ningún observador consideraba concebible. Su victoria prolonga una biografía política excepcional y le impone la obligación de encontrarle un cierre a la altura. Las calles de la segunda vuelta mostraron que al tornero mecánico que perdió un dedo trabajando todavía le quedan recursos para enfrentar las adversidades.

Qué más estoy leyendo

Es abogado, especializado en relaciones internacionales. Hasta 2023, fue subsecretario de Asuntos Internacionales de la Secretaria de Asuntos Estratégicos de la Nación. Antes fue asesor en asuntos internacionales del Ministerio de Desarrollo Productivo. Escribió sobre diversas cuestiones relativas a la coyuntura internacional y las transformaciones del sistema productivo en medios masivos y publicaciones especializadas. Columnista en Un Mundo de Sensaciones, en Futurock.