El agite del rock: Camionero, Autos Robados y el rol del público

Las dos bandas de más claro ascenso a la popularidad en el rock se apoyan en el mismo componente, el protagonismo de la gente.

Es el sábado 7 de marzo. En la esquina del Teatro de Flores, en avenida Rivadavia al 7800, la gente parece que tiene espasmos. Hay una efervescencia desconcertante, como si le hubieran dado un chorro de soda a un hormiguero. Todos se mueven en busca de un abrazo, una remera, un poco (más) de escabio, un lugar para hacer pis, una entrada, lo que sea que mantenga encendido el entusiasmo, que ya está bastante estimulado. Un colectivo escolar frena en la puerta, se escuchan unos bombos, de las ventanas sale el humo violeta de una bengala, un muchacho emerge por la puerta con una naranja, todos festejan, algunos tenemos recuerdos traumáticos. En la fila para entrar, un lungo pregunta si alguien tiene una entrada, ante la respuesta negativa él grita “yo tampoco”, y se ríe, todos ríen, porque ya es la hora de ingresar. Autos Robados presenta su último EP El Antídoto, y lo que se ve ni bien se traspasa el umbral de la mítica sala de rock es que de los balcones caen banderas, que los vasos giran y las casacas de este club se repiten como si se tratara de una hinchada. Y lo es.

Unos minutos después, Fede Soto es el último en salir al escenario del cuarteto de Quilmes. Se coloca la guitarra por arriba de la campera de jean, se planta medio torcido frente al micrófono –no se moverá mucho más que eso en la próxima hora y media– y, cuando abre la boca, se desata esa tormenta ensordecedora. La gente, que colmó las dos fechas, canta más fuerte que él. Apenas se lo escucha, apenas se lo escuchará en toda la noche. No porque no esté fuerte –que vaya que sí lo está–, no porque él no cante su parte. Es, de hecho, porque el público es una masa parlante que suena más fuerte que él. Resulta estruendoso. Desconcertante. Emocionante.

Con un crecimiento exponencial, Autos Robados es la banda del momento. Tocan desde 2015, pero en el último año algo pasó, que ni ellos saben qué. Se corrió la voz y se armó una comunidad. Hay personajes –la calavera, el fantasma, la novia– y hay discos cortos, de tres, cuatro y seis canciones, lo que han podido ir grabando, que suenan con el dulce canto de lo conocido, el son rolinga.

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El público en Autos Robados, en el Teatro de Flores. Gentileza: Lucía Victoria Córdoba.

En octubre, Fede Soto dijo que en diez meses pasaron de tocar para 350 personas a agotar dos Niceto Club en tres horas, con 1800 entradas vendidas, en un contexto donde las bandas independientes como ellos, es decir que son un grupo de trabajo pequeño, que no tienen discográfica, que no tienen prensa, que nadie apalanca, es casi un hecho milagroso, un movimiento extraño del destino. “Nada de lo que hice fue para tratar de conectar, te lo digo en serio, pasó. No sé por qué pero pasó”, le dijo a Cenital en aquel momento.

Ahora, en este Teatro Flores, la capacidad de las dos fechas suma 3.700 personas. Y el viernes tuvieron la bendición del Pity Álvarez en escena, que entró disfrazado de fantasma, uno de los personajes del EP Laberintos, tal vez el mejor, que tiene “Gente rota”, la canción que pidió interpretar. Ahora la euforia parece no esperar nada a cambio: no importa que nadie hable entre tema y tema, que no haya visuales, que no haya artificio, sólo importan las canciones, el encuentro, el agite.

Desde la bandeja superior se ve la escena dantesca: el lungo que rascaba un ticket en la puerta pudo entrar, está en el medio del pogo que no es tanto un pogo sino una conversación móvil, un sistema solar muy complejo donde cada persona es un planeta y se atraen y se repelen como en una coreografía magnética. Se hablan entre ellos, se cantan, se abrazan, se empujan, la birra vuela, ¿por qué la birra vuela así?, es como un aspersor. Algunos miran al escenario, pero la mayoría está mirándose entre ellos. El show es ese agite. El rock del agite encontró su banda viva

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En el trayecto

En la entrada a ese Flores había otro cantante de campera de jean, esta vez iba como espectador, es Joan Manuel Pardo. Dos sábados después, el 21 de marzo, en el complejo C Art Media, sobre avenida Corrientes al 6200, las remeras de Autos Robados se mezclaban con las cientas de casacas de este otro club que pica puntero y del que Joan es delantero, Camionero.

El Festival Tracción a Sangre, organizado de manera autogestiva, pasó de salas más pequeñas a hacer su primera edición en Chacarita ante miles de personas, con el apoyo de Gelatina, de feriantes serigrafistas, editoriales, de su acoplado compuesto por artesanos con un oficio al servicio de la tribu. Un tatuaje, un parche cosido a máquina en el momento, un flequillo stone, una remera que dice “Dale Camión”, una foto, una instalación audiovisual, una gorrita bordada, un chaleco de jean, incluso hasta un pedal para la guitarra. 

Camionero en el Tracción a Sangre. Gentileza: Adán Jones

Es un trabajo sostenido hace tiempo: Camionero construye su comunidad, su espacio y la gente responde con un sentido de pertenencia como el de Autos Robados. Llevan el logo de la banda tatuado, en la pilcha, cosido en sus chaquetas, la militan como si fueran una hinchada, o tal vez una unidad básica: rock and roll ganchero, autogestivo y con conciencia social. Una especie de tribu que conoce un código, un lugar de pertenencia.

Y eso se ve de madrugada, cuando las siete bandas que ellos convocaron para acompañarlos ya tocaron, Camionero sale al escenario más grande donde hayan tocado en una fecha propia. Sí, ya hicieron quilombo en el festival Music Wins en noviembre cuando sonaron tan fuerte que los que estaban en el otro escenario los escuchaban a ellos, o cuando en el Buena Vibra su gente levantó tanto polvo en el pogo que se formó una nube que tapaba la visión.

Ahora, en el galpón de Chacarita, con la luz azul que te hace ver medio fuera de foco, el humo frenético de la gente, las visuales glitcheadas de las pantallas, el trance empieza con “Un poco más de consideración” y dura casi dos horas de show, 21 temas. La gente, los chabones, se mueven en masa, apretados. Desde afuera se ven algunos brazos que señalan al cielo –al techo– como subrayando una estrofa, dirigiendo esta sinfonía para su corazón. 

Si pusiéramos a Autos Robados y Camionero en una pizarra, serían dos círculos que se superponen en el medio, se tocan. Las bandas forman un conjunto, pueden ser parecidas pero hay sutilezas. Vienen de tradiciones rockeras similares, tienen público compartido, pero por sobre todas las cosas, tienen un mismo compromiso: el hacer colectivo y el darle a la gente la noche llena de canciones para el desahogo. Y otra cosa las une, varios años tocando sin parar, desde el conurbano, hasta que la popularidad les llegó no como promesas sino como consecuencia de una forma de construcción, sin atajos y sin doblegar una convicción, hacerlo uno mismo.

Las canciones

Frases con destino de remera, de trapo o de bandera: “Sonaban los Ramones/ Todo era así, oxidarse o resistir” o «Me veo bien pero voy peor». En Autos Robados tenés una crónica de crisis desde el colectivo y a la canción siguiente escuchás el infalible recurso ramonero de la dulzura, y el fraseo que repite y se repite como en “Insisto”: «Con vos nada podía salir mejor/ vas a estar hermosa, yo siempre te veo igual/ Es que hay algo amor, que me pide el corazón /bailemos este rock hasta que se muera el sol».

Parece que no es necesario haberla escuchado antes, salís del show con la lírica clavada en la mente, que aparece durante el resto de los días sin que la conciencia la llame. Es como si Autos Robados tocara canciones ya conocidas, aunque sean inéditas, aunque estén de estreno. Capaz es porque los elementos, de apariencia sencilla que esconden una ejecución precisa, remiten a una constelación sonora que todo no-tan-joven rockero tiene en su adn: los primeros discos de los Ratones Paranoicos, el llamado del hit de Riff, la poética barrial del Pity Álvarez y, sobre todo del blues de Manal

La gente en el festival de Camionero. Gentileza: Adán Jones

Manal, ese trío fundacional del blues-rock argentino, aparece también como clave inevitable para descifrar el sonido de Camionero. El dúo eléctrico y distorsionado cabalga por un espectro amplio que hace de su limitación –sólo ser dos personas– un sonido muy personal. «A veces veo tu sombra volver/ y estiro la mano en la oscuridad/ como si nada hubiera cambiado/ es que no puedo mentir/ me equivoqué otra vez». En su cielo espejado está Luis Alberto Spinetta, Juanse y esa banda patagónica-platense –magnífica y extinta–, La Patrulla Espacial. «Amor, necesito fuerzas para seguir/ Mi corazón es un guerrero atípico/ Estuve envenenado y ahora quiero salir / De mi oscuro pensamiento patético», canta Joan Pardo. La guitarra, la voz, la batería, los pedales remiten también a un sonido anglosajón con su imaginario de desierto digital sobre ruedas: Black Rebel Motorcycle Club, The Black Keys y, por qué no, All Them Witches.

Lo político

En Camionero es explícito: la hoz y el martillo están detrás de la batería de Santiago Luis. La bandera que cuelga de uno de los lados, bien soviética, repite una frase que se ve en afiches, remeras, flyers: “Parecemos dos, pero somos un montón”. Hay una estética comunista pero de la tradición Rocambole y su Oktubre ricotero. De hecho, eso suena entre banda y banda. La monada canta “el que no salta votó a Milei” o el clásico “adonde vayan los iremos a buscar”. 

La banda da un contexto, el público se lo apropia. Lo político, en Camionero, funciona como contracultura, porque es un modelo de producción cooperativo donde hay dos personas en el escenario y decenas debajo, alrededor, como un todo.

Autos Robados, en cambio, son pocos, un equipo casi mínimo. Al presidente apenas se lo nombra antes del show. La gente lo llama, lo convoca, “para que vea que este pueblo no cambia de ideas, lleva la bandera de Evita y Perón”. Lo que suena en las calles, también se canta acá. La marcha peronista la canta este pueblo rolinga en la previa a que comience su banda. Diego Maradona es la estampita que se repite aquí y allá.

En las letras, de las dos bandas, tal vez, la política no sea tan fácil de encontrar. Hay una mirada de la crisis, de cómo vive la gente y del dolor. Pero es el público el que da el contexto, el que hizo de Camionero y Autos Robados las bandas de rock “nuevas” más convocantes. Es la gente la que los lleva, y es también la que hace la fiesta. Son el centro de la noche, el agite y los protagonistas. Algo de esta futbolización del rock ya lo vimos, y al mismo tiempo elegimos creer, capaz esta vez puede ser comunidad, refugio. Son la tribu que busca y arma su ritual, la que necesita expresarse, hacer hinchada, encontrarse. Los músicos, apenas los maestros de ceremonias.

Periodista. Neuquina en estado de porteñitud y sala de ensayo. Editora en Cenital. Autora de "Brilla la luz para ellas. Una historia de las mujeres en el rock argentino 1960-2020" y "Entre dos ríos". Hace Ruido y Sentimiento en YouTube.