Diario de Campaña N° 8 | JD Vance y la Nueva Derecha
El candidato a vicepresidente propone una versión más radical del trumpismo. Acompañado por un nuevo elenco de intelectuales y empresarios tecnológicos, su proyecto busca desmantelar el liberalismo estadounidense. Trump puede tener un problema.
A simple vista, la elección de JD Vance como compañero de fórmula de Trump, anunciada a mediados de julio, no suponía gran cosa. Joven, articulado y dispuesto a defender al expresidente en cualquier cancha, el senador de Ohio ofrecía renovación y lealtad, este último un atributo excluyente después de la experiencia 2020–2021, cuando Mike Pence, el primer vicepresidente de Trump, no acompañó la narrativa de fraude y certificó la victoria de 2020, ganándose el rótulo de “traidor”. La horda que entró al Capitolio el 6 de enero cantaba a favor de “colgarlo”. Vance había despejado rápido ese asunto: varias veces dijo que él, en su lugar, se hubiese negado a certificar la victoria de Biden.
Vance contaba además con una historia de vida colorida, que maridaba bien con la apelación de Trump a la Estados Unidos olvidada. Nacido en el seno de una familia de clase trabajadora en Middletown, una ciudad modesta con pasado industrial de Ohio, Vance se enlistó en la Marina, fue destinado a Irak y luego se recibió de abogado en la prestigiosa Universidad de Yale. Todo este primer capítulo de su vida está narrado en Hillbilly Elegy, la autobiografía que lo hizo famoso, donde Vance describe la pobreza de su familia, su infancia marcada por la adicción a las drogas de su mamá, la ausencia de su padre y la vida en una zona rural de Kentucky, de donde eran sus abuelos y donde pasaba los veranos. El libro combina el autorretrato, sin escatimar en detalles sobre su trauma infantil, con apuntes sociológicos sobre vecinos de Ohio y Kentucky.
Varias cosas pueden decirse de ese libro, relativamente bien escrito, cuya publicación fue a mediados de 2016, unos meses antes del triunfo de Trump. Acá me interesa señalar, en primer lugar, que el libro, como suele pasar, adquirió vida propia. El New York Times lo incluyó entre los pocos para entender al trumpismo y por lo visto fascinó a distintas tribus, desde periodistas, políticos de tendencias opuestas (como Hillary Clinton y uno de los hijos de Trump) hasta empresarios del mundo tecnológico, a donde Vance fue a trabajar luego de ser publicado. El ahora candidato a vice se posicionó como un traductor del trumpismo realmente existente, con la capacidad de impresionar rápidamente a sus interlocutores, una característica que se desprende de las entrevistas y perfiles que lo tienen como protagonista, y un rasgo que parece haberlo ayudado en su llegada al mundo empresarial. Y que explica también por qué sus detractores lo acusan de haber traicionado a su gente para construir su carrera.
Esta relación entre Vance y la élite ocupa una parte importante del libro (y de la película a la que dio origen, disponible en Netflix), cuando el autor narra el choque cultural que le produce llegar a Yale, y cómo se siente menospreciado por la casta del mundo del Derecho. El relato apunta contra el desprecio y la desconexión de las clases dirigentes hacia el interior trabajador de Estados Unidos, que agravan la crisis porque no la entienden. Vance omite por lo general la crítica a las políticas de desregulación y desindustrialización impulsadas primero por Reagan (responsable en gran parte de la crisis que denuncia) y ataca a los demócratas por pensar que todo se soluciona poniendo plata, cuando la naturaleza de la crisis es más compleja. El problema es cultural, dice Vance: los hombres se sienten atacados, las familias no tienen más hijos, los jóvenes no quieren trabajar…Unos años más tarde, ese argumento va a evolucionar hacia una crítica frontal al liberalismo estadounidense, producto de las nuevas conexiones intelectuales del candidato a vicepresidente, acompañado por una propuesta radical acerca de qué debería hacer el Estado.
De eso quiero hablar hoy. Pero antes de ir para allá, un par de datos para completar su bio. Vance era bastante crítico de Trump cuando publicó el libro. Había escrito un editorial en el New York Times en su contra y, según ex amigos, se refería al republicano como “Hitler”. Unos años más tarde se convirtió en su espadachín mediático, y comenzó a defenderlo en televisión y otros medios. Por entonces ya cultivaba un vínculo personal con Trump, en buena medida gracias a Donald Jr., el hijo del expresidente y lector temprano del libro. Fue el apoyo de Trump el que le permitió imponerse en la interna y ganar una banca al Senado en Ohio, en 2022. Pero la campaña fue apoyada y financiada por otros pesos pesados como el empresario de Silicon Valley, Peter Thiel, una de las figuras más relevantes para entender la evolución del trumpismo desde 2016.
Hoy Vance es el heredero designado del movimiento. Y el que lo puede llevar a otra forma.
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Digamos que en esa transición al trumpismo, el joven abogado de Yale devenido en emprendedor tecnológico se pasó un par de pueblos.
Según la historia oficial, Vance conoció a Peter Thiel en una charla que dio el empresario, fundador de Paypal junto a Elon Musk y accionista temprano de Facebook, en su universidad. El joven abogado quedó impresionado. Ahora es más común escuchar voces disidentes en Silicon Valley, pero entonces Thiel era uno de los pocos jugadores del mundo tecnológico que apostaba a la derecha. En 2016 apoyó a Trump y habló en la Convención Republicana.
Thiel es un autoproclamado libertario que promueve una visión tecnoutopista (que rápidamente puede pasar por reaccionaria). “Ya no creo que la democracia y la libertad sean compatibles”, escribió en un ensayo en 2009, donde habla sobre un futuro fuera de la política, aunque en los últimos años comenzó a tejer cada vez más redes. Thiel tiene vínculos con Steve Bannon y el anarcocapitalista Hans-Hermann Hoppe (uno de los referentes de Milei, aunque la admiración no es recíproca). Pero el personaje más asociado a Thiel se llama Curtis Yarvin, un bloguero que supo ser una referencia del movimiento neo-reaccionario alrededor del 2010 y ahora es un personaje de culto en internet.
Yarvin propone, entre otras cosas, un nuevo modelo de gobierno basado en una monarquía donde la burocracia sea reemplazada por una oligarquía iluminada. Tanto él como Thiel hablan sobre un cambio en las élites de gobierno para impulsar personas con “alto coeficiente intelectual”. En un texto publicado bajo su seudónimo, Yarvin reconoce que muchos de sus lectores son “nacionalistas blancos” y explica que él no lo es sobre todo porque no los considera “eficientes”. Como dato de color, Yarvin y Thiel son fanáticos del Señor de los Anillos y de J.R.R. Tolkien, y suelen invocar referencias en sus planteos. Una de las empresas del fundador de Paypal en la que trabajó Vance –Mithril Capital– debe su nombre a una novela del autor de la trilogía. El propio Vance ha dicho que gran parte de su “cosmovisión conservadora” se debe a Tolkien.
Pero Vance, que habla de Thiel como un mentor y de Yarvin como un amigo, también dejó en claro que comparte algunos de sus planteos.
Acá es donde entra la Nueva Derecha, el paraguas que engloba a este grupo suelto de intelectuales, influencers, políticos y activistas, muchos de ellos bien jóvenes, que representan el viraje más radical del conservadurismo. El movimiento, como es habitual, se divide en un sinfín de tribus, fundaciones y otras líneas de demarcación, pero la etiqueta funciona, sobre todo, para entender lo que está creciendo en los márgenes del trumpismo. Entre otras cosas, el movimiento comparte un diagnóstico mucho más pesimista sobre Estados Unidos: la idea de que el país está en una crisis terminal y necesita de un programa de shock que transforme a todo el sistema institucional.
James Pogue, el periodista que escribió uno de los mejores reportajes sobre el tema, lo describe como un “conjunto enmarañado de marcos para criticar los sistemas de poder y propaganda que la mayoría de la gente”, especialmente las personas con cierta inclinación progresista, “considera como el mundo dado”. Lo establecido. “Es un proyecto para derrocar la creencia en el progreso, al menos tal y como los liberales entienden la palabra”. Puede que acá “liberales”, que en Estados Unidos se usa como equivalente a “progresistas”, pueda confundir, pero Pogue efectivamente se refiere a un grupo más grande de personas. “Esta cosmovisión rechaza a la narrativa estadounidense presente en todo el siglo pasado: que el crecimiento económico y la innovación tecnológica conducen inevitablemente a un futuro mejor”.
Este ataque frontal al liberalismo no es un rasgo novedoso de la derecha estadounidense. En Rebelión: cómo el antiliberalismo está destrozando a Estados Unidos (una vez más), el ensayista Robert Kagan construye una historia de la reacción que inicia con la independencia del país y sigue en los bastiones esclavistas, en el sur. Esta facción antiliberal siempre estuvo presente, dice Kagan, en distintos momentos del país, en períodos económicos mejores y peores, aunque una línea común siempre fue el rechazo a la inmigración. Pero el revival actual incluye un nuevo contexto de ansiedad, nuevos métodos, lenguajes y formas. Y también un nuevo líder: Trump. Ya en 2018, el académico Patrick Deneen, uno de los referentes intelectuales de la Nueva Derecha, había publicado “¿Por qué ha fracasado el liberalismo?”, un ensayo que se volvió un fenómeno de ventas y fue recomendado por el propio Obama. El nuevo libro de Deneen propone abiertamente un cambio de régimen.
Vance también habla, al igual que Yarvin, de un cambio de régimen, aunque no siempre es preciso acerca de a lo que se refiere. A veces el régimen es la burocracia, otras veces son las universidades de élite, los medios de comunicación y otras instituciones similares que el candidato a vicepresidente considera como enemigos del proyecto. Pero una de las propuestas que une al movimiento es justamente remodelar la burocracia estadounidense, despedir al cuerpo de funcionarios civiles para reemplazarlos por un pelotón de leales. Este es precisamente el núcleo de Proyecto 2025, el programa ultraconservador articulado por la Fundación Heritage que los demócratas asocian directamente a Trump, y cuya atención creció tanto que el candidato tuvo que salir a despegarse (sobre esto hablamos en el podcast). Heritage, además de redactar un documento con propuestas, es una de las fundaciones que está reclutando futuros funcionarios. Kevin Roberts, el presidente de Heritage, dijo que Vance estaba “en el centro neurálgico del movimiento”.
En el reportaje ya citado, Pogue encuentra una entrevista de Vance en 2021, en un podcast popular entre la Nueva Derecha, donde el ahora candidato a vicepresidente habla sobre las posibilidades del cambio de régimen, y cita a Curtis Yarvin.
“Una opción es aceptar básicamente que todo esto se va a desmoronar, por lo que la tarea de los conservadores sería preservar todo lo que pueda ser preservado”, dijo Vance, agregando que este razonamiento era pesimista. “Yo tiendo a pensar que deberíamos apoderarnos de las instituciones de la izquierda, y volverlas contra la izquierda”. En esa entrevista, Vance habla de “des-wokificar” el Estado (vaciarlo de progresismo podría ser una traducción), y dice que si Trump fuera electo en 2024 debería “despedir a todos los funcionarios del Estado administrativo y sustituirlos por nuestra gente”.
Es en esta concepción sobre el uso del poder estatal donde la Nueva Derecha rompe con la tradición conservadora o libertaria del pasado reciente. Vance propone usar el poder del Estado para enfrentar la “crisis cultural” que describe en su autobiografía. Una de esas obsesiones, compartida en toda la derecha, incluido a Elon Musk, es sobre la crisis demográfica. Para resolverla, Vance propone usar al Estado para fomentar que las familias tengan más hijos, en un movimiento que incluye la desarticulación de la ideología “woke”, promovida por las instituciones de élite, a las que el candidato responsabiliza por la crisis. Naturalmente esto incluye la lucha contra el aborto.
El Estado, según esta cosmovisión, ya no debe apartarse de estos asuntos de la vida privada, sino intervenir de manera decisiva. Y eso incluye como novedad a los espacios digitales y las redes sociales, a las que Vance también ataca y responsabiliza, por ejemplo, de los trastornos de ansiedad entre jóvenes (lo que explica también por qué conecta con preocupaciones bien actuales).
Vance, y acá aparece fuertemente la influencia de Peter Thiel, comparte su visión negativa sobre las plataformas tecnológicas, consideradas como “enemigas de la civilización occidental” y responsables de promover una visión artificial sobre el progreso basada en el consumo y en el uso de redes sociales. Dice que quiere quebrar el monopolio de Google y también propuso prohibir la pornografía. Por lo general su discurso anti élite se termina mezclando con ultraconservadurismo. “Creo que la combinación de porno y aborto ha creado una generación solitaria y aislada que no se casa, no tiene familia y ni siquiera sabe cómo relacionarse con los demás”, dijo Vance en una entrevista en 2021.
La contracara de este argumento a favor de aumentar y redefinir el poder presidencial es profundizar la línea aislacionista en política exterior que tuvo Trump en su primer mandato, y que conecta con la visión de Steve Bannon. Vance es uno de los republicanos más críticos con el envío de asistencia militar al gobierno de Volodímir Zelenski, y en 2022 le admitió al propio Bannon que “no le importa lo que termine pasando con Ucrania”.
“Lo que Vance quiere que suceda -y cree que puede contribuir a precipitarlo- es un cambio fundamental desde el orden internacional basado en reglas hacia un sistema [global] en el que cada nación sea responsable de su propia seguridad y bienestar económico”, escribió Ian Ward en uno de los perfiles más completos sobre el candidato a vice. Este es uno de los efectos colaterales a partir de la principal premisa que tiene Vance, según Ward: que Estados Unidos se encuentra al borde del colapso civilizatorio, y que la clase política es responsable, ya sea porque no lo está viendo o porque lo fomenta activamente.
El perfil, publicado a principios de año, antes de que sea anunciado como compañero de fórmula, lleva un título sugerente: “¿Existe algo más radical que MAGA [el movimiento de Trump]? JD. Vance lo está soñando”.
¿Existe el trumpismo sin Trump?
Cierro este correo con dos apuntes breves y me despido.
Lo que dije al principio sobre la fascinación que ejercen Vance y la nueva subcultura de derecha entre observadores progresistas con inclinaciones intelectuales no debe ser perdido de vista, porque moldea de algún modo la cobertura sobre el fenómeno. Algo puedo decir sobre eso. Sospecho que los motivos de esa fascinación tienen que ver con la radicalidad de los argumentos y su empeño en reflexionar acerca del futuro, en un contexto donde esa discusión parece cancelada. Una fascinación similar apareció en el primer trumpismo con Bannon y la Alt-Right, cuyo peso en el gobierno terminó siendo casi nulo, en parte porque Trump no dejó que nada creciera a su sombra. ¿Puede, entonces, que nos estemos comiendo la curva? Al fin y al cabo, los vicepresidentes no tienen mucho poder. De Pence solo nos acordamos el 6 de enero. ¿Por qué Vance sería más importante?
Bueno, salvando el hecho de que Vance sí podría obedecer a su jefe en caso de que este pierda una hipotética reelección en 2028 (un escenario por ahora difícil de imaginar, y de ahí la importancia de los posibles herederos), el punto es válido.
Dicho esto, creo que hay una diferencia importante con 2016 que hace de este asunto algo más relevante. Y es casi una paradoja, porque mientras Trump llega a su tercera candidatura con el dominio total de su partido y sin competidores en la derecha, convive ahora con una corriente que propone radicalizar al trumpismo sin cuestionar su figura. Esa corriente está mucho mejor organizada y financiada que antes –al tiempo que vive una interesante lucha interna– y parece haber aprendido las lecciones del primer mandato, sobre todo en la necesidad de tener funcionarios leales y actuar con decisión. Eso ya lo vuelve más peligroso.
Este fenómeno convive además con la incorporación de nuevos jugadores del campo tecnológico, cuyo vínculo con Trump también está por verse. El caso más rutilante es el de Elon Musk, que podría sumarse a un eventual gabinete y que hace un par de días está rifando millones de dólares para atraer votantes en Pensilvania. Literal.
Algo está creciendo a la derecha de Trump, un candidato que ya carga con 78 años. Sea cual sea el resultado, esta discusión sobre el futuro va a aparecer pronto.
Y es justamente en la conversación sobre el futuro donde la Nueva Derecha busca dar el golpe. Algo de sentido tiene. Hace diez años que venimos velando el Fin de la Historia, la tesis de Francis Fukuyama sobre el triunfo irremediable de la democracia liberal. Listo, no funcionó. ¿Qué viene después?