El derecho a no ser encontrado: colonialismo y clics
El registro de los pueblos de aislamiento voluntario y lo que configura publicar imágenes sin importar la voluntad de quienes las protagonizan.
Un espejo, un silbato, un coco y una latita de Coca-Cola Diet. Estos fueron los objetos que Mykhailo Polyakov, un youtuber estadounidense, llevó en su expedición a la isla Sentinel del Norte. El espejo y el silbato eran para llamar la atención de sus habitantes. Los otros dos eran regalos. No da caer de visita con las manos vacías. Tanta consideración por los buenos modales dejaba de lado una pregunta anterior: si las personas que viven allí querían ser visitadas.
En marzo de 2025, este muchacho llegó en su gomón inflable a una isla del océano Índico administrada por India. Aunque está a apenas 36 kilómetros de la isla habitada más cercana, allí viven los sentineleses, un pueblo no contactado que la habita desde hace 60 mil años. Sopló su silbato, caminó 10 minutos y cuando nadie apareció pegó la vuelta, tirando hacia la orilla la latita de gaseosa. Su objetivo era lograr la primera filmación en alta resolución de uno de los pueblos menos conocidos del planeta.
Comunidades como la de los sentineleses suelen conocerse como “pueblos no contactados”, como si ese nombre fuera una invitación a un primer contacto, por no decir un llamado a la aventura.
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La agencia de asuntos indígenas de Brasil, Funai, describe el aislamiento en términos de la ausencia de relaciones sostenidas con las sociedades circundantes. Esa definición no explica por qué evitan el contacto. La violencia, las enfermedades o el despojo territorial pueden haber contribuido a la decisión de aislarse, que no puede atribuirse sin más a un desconocimiento del mundo a su alrededor. Quizá optar por hablar de “aislamiento voluntario” sea más justo, al reconocer una decisión sin suponer que fue tomada libremente.
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SumateLa introducción de enfermedades puede ser devastadora. Según Survival, una organización de derechos humanos que protege y monitorea a los pueblos aislados, el contacto que siguió a la exploración petrolífera en tierras de los nahua, en Perú, a principios de los años 80, provocó epidemias que mataron a cerca del 50% de su población en pocos años. Una tragedia similar afectó a los murunahua: después del contacto forzado por madereros ilegales en 1996, más del 50% murió, principalmente por infecciones respiratorias.
Incluso si pudiéramos prevenir estas enfermedades, quedaría el problema fundamental: por qué forzar un contacto. La curiosidad no puede ser en sí misma fuente de autoridad para decidir que esto suceda.
En su defensa, Polyakov dice que su objetivo nunca fue interactuar, sino solo registrar “lejos del alcance de las flechas”. Esto, argumenta, hubiera reducido el riesgo de ambos lados. En esa distinción, la voluntad de quienes van a ser filmados queda reducida a un problema de producción.
Filmar o fotografiar a alguien sin permiso no es necesariamente abusivo. Muchas de las fotografías más celebradas de la historia fueron capturadas en situaciones en las que el consentimiento hubiera sido imposible. El problema se presenta cuando el bienestar de quien aparece en la imagen queda subordinado a las necesidades de la producción.
En la fotografía urbana, por ejemplo, existen muchas guías que se concentran en lo que está permitido. Así, un instituto de fotografía británico dice que “es tu derecho, como fotógrafo, tomar una foto de quien quieras, siempre que tu sujeto no esté en un lugar donde razonablemente pueda esperar privacidad [por ejemplo, en su propia casa]”. Que una foto esté permitida no resuelve si es justo tomarla o publicarla.
También importa para qué se filma. Cuando la angustia ajena se convierte en oportunidad para ganar likes, o la incomodidad de alguien que está haciendo su trabajo se aprovecha para hacer una joda, probablemente el registro no esté justificado. Desafío a cualquiera a que pase más de diez minutos sin cruzarse con algún video o imagen tomados sin permiso que exploten la apariencia, el comportamiento o la identidad ajenas para ofrecer un poco de humor ligero y profundamente abusivo.
Subirse a un gomón para ir a una isla en el medio de la nada a filmar a un pueblo aislado no es lo mismo, pero comparte el desdén por los deseos o el bienestar ajeno con tal de entretener a un puñado de ojos enrojecidos que tal vez dejen un corazoncito y sigan con otra cosa.
Tomar una foto y publicarla son decisiones distintas. Cuando una imagen sale de una tarjeta de memoria y llega a una plataforma, un libro o una sala de exhibiciones, al marco visual se agrega un marco conceptual: el contexto en el que una audiencia la interpretará. Quien publica decide qué mostrar y cómo presentarlo: la persona representada probablemente no tenga oportunidad de responder o discutir el contexto que un epígrafe (o la narración de un youtuber histriónico) agrega.
Muchos de estos problemas seguramente puedan rastrearse hasta el revelado del primer daguerrotipo, pero no menor es la influencia que tiene la profundización de la miserable y patética reducción de cualquier trabajo creativo al concepto de “contenido”, evaluado únicamente en virtud de su capacidad para circular y captar la atención.
La reducción alcanza ahora a personas que nunca se propusieron producir nada: su vida diaria se convierte en una fuente de escenas. Su angustia, costumbres o rechazo se vuelven incluso útiles si le dan cierto no sé qué a una publicación. Parafraseando a Sophie Grig de Survival: no es más que colonialismo por clics.
En un planeta en el que casi no queda pulgada alguna sin capturar, el aislamiento promete imágenes exclusivas. Las comunidades que intentan proteger sus territorios de la deforestación, la pesca y otras incursiones ahora deben enfrentarse al temible acecho de los influencers. El límite que debería frenar al visitante se convierte en el atractivo de la expedición: cruzarlo permite darle al público aquello que nunca ha visto.
Polyakov se jacta de hacer trabajo documental. Llamar documental a un video de YouTube no le da rigor, del mismo modo que un blog no se convierte en libro con solo ir a Archivo y luego a Imprimir.
Un documental puede ser valioso material de investigación sin el permiso de los sujetos que retrata, pero eso requiere un interés público defendible. Convencer a muchas personas de que pongan play no es un argumento.
Hay un paralelo entre estos influencers y aquellos influencers de la palabra del Señor: los misioneros. Muchos de los pueblos aislados que ya no existen fueron eliminados a lo largo de los siglos a partir del interés por salvar sus pobres almas. Una incursión a la isla Sentinel del Norte, en 2018, terminó con la muerte de John Allen Chau, un misionero que llevó las enseñanzas de Jesús y se trajo un flechazo fatal.
All Nations, la organización que lo preparó para su misión, describe su deseo de beneficiar a los sentineleses, y al día de hoy lo presenta como un mártir, sin alusión alguna a lo que podrían desear los sentineleses.
La conversión y el registro persiguen distintos fines, pero ambos coinciden en tratar el aislamiento como una deficiencia a remediar —con salvación o visibilidad— en lugar de una decisión que amerita respeto.
La visibilidad, sin embargo, también puede dar poder a quienes aparecen. En un artículo al respecto, Elle Hunt recupera el testimonio de Majo Andrade Cerda, una activista kichwa que contrapone el entusiasmo de los influencers por los espectáculos culturales con su silencio ante las protestas indígenas contra la expansión petrolera. “Solo quieren a Pocahontas”, agrega.
El turismo de lo exótico no se inventó la semana pasada. Comunidades indígenas e intermediarios turísticos pueden adaptar la imagen de las culturas locales a aquello que los visitantes esperan encontrar. Para eso acentúan ciertos rasgos, estandarizan o recrean rituales y vestimentas, y a veces ocultan lo que pueda romper la fantasía de una vida “tradicional”, un fenómeno antropológico conocido como “autenticidad escenificada”.
Estos ingresos pueden volverse indispensables para la supervivencia, en muchos casos habiendo perdido cualquier otra oportunidad. Esa dependencia puede obligarlos a seguir ofreciendo lo que los visitantes esperan, aunque tengan poco margen para decidir cómo mostrarse.
Por eso, además del permiso, importa si las personas pueden negociar cómo aparecen, objetar una presentación humillante o rechazar una petición concreta sin perder su fuente de ingresos. La desigualdad no invalida cualquier acuerdo, pero obliga a mirar qué alternativas tienen quienes lo aceptan.
Exigir que las comunidades permanezcan sin cambios choca también con su autodeterminación. El aislamiento, el turismo o cualquier otra cuestión nada debería tener que ver con la idea de autenticidad de quien sostiene una cámara (o la audiencia a quien sirve). Respetar el aislamiento no debe depender tampoco de una admiración por su forma de vida.
Para los pueblos aislados, esta autoridad tiene una expresión legal en la autodeterminación colectiva. En el caso Tagaeri y Taromenane contra Ecuador, la Corte Interamericana de Derechos Humanos reconoció el no contacto como expresión de ese derecho, manteniendo al mismo tiempo las obligaciones del Estado de protegerlos. Mantener distancia no significa abandono, ni el respeto de estos derechos obliga a permitir el acceso a los curiosos.
El acceso irrestricto que nos da Internet para conocer otros lugares y aprender cómo viven otras personas puede desestabilizar suposiciones que de otro modo quedarían sin cuestionar. Pero de cualquiera de estos privilegios no surge la justificación de cualquier medio para explorar lo desconocido. A veces, respetar otras formas de vivir significa aceptar no saber todo sobre ellas.