Cuando Batman apareció en colores

Las primeras transmisiones fuera de los grises y los negros le sacaron lo gótico al superhéroe, pero trajeron excitación al fútbol.

Yo no creía, pero mis padres sí, y eran ellos los que tomaban las decisiones. Para eso me llevaron hasta esa humilde casa en las afueras de un pueblo de las sierras de Córdoba: para que, con una cinta roja y un puñado de gestos serenos, una mujer remota me cortara de una buena vez el empacho. Era de noche y hacía calor y el olvido habría disuelto probablemente por completo esa visita y su ritual, de no ser por lo que ocurrió justo después de los pases de magia. Sin alardes, con desgano, mencionaron, como al pasar, que en esa casa tenían un televisor a colores. El anunció nos sorprendió, porque no existía televisión a color en la Argentina por ese entonces; llegaría después, mucho después. Nos hicieron pasar al comedor. Señalaron: era un televisor de buen tamaño, tipo armatoste, encendido y puesto a todo volumen; en su pantalla generosa ellos habían pegado, con cinta Scotch, tres tiras de celofán: una verde, una amarilla, una azul. La película que estaban pasando en ese momento se veía por lo tanto en colores. No “a todo color”, pero sí “a color”.

El recurso me maravilló y no me dejé persuadir, ya en el auto, mientras tomábamos la ruta y nos íbamos, por los comentarios algo condescendientes y algo compasivos que mis padres intercambiaron. Yo estaba de veras impactado, creo incluso que les reproché que a ellos no se les hubiera ocurrido una idea así y que infructuosamente les reclamé que la adoptaran en nuestra casa y en nuestro televisor. Estaba impactado por la visión a colores, por su brillo y por su poder de intensificación, por su modo de dar realce a las figuras de la pantalla. No me importó en absoluto que la distribución de los colores en la imagen no correspondiese para nada a su distribución en la realidad del mundo, no me importó en absoluto que la modalidad del trazo grueso (estrictamente, tres trazos gruesos) simplificara la visión general y desatendiera detalles y matices. ¿Marrones los troncos de los árboles, verdes sus hojas, la gama del naranja en el rostro de las personas, cielos celestes, manzanas verdes o rojas? No: lo de abajo, todo verde; lo del medio, todo amarillo, lo de arriba, todo azul.

Lo cierto es que el televisor de aquella casa coloreaba efectivamente el mundo y con eso le proporcionaba otra luz y otra animación, y no hubo en mí ningún recelo de realismo estricto que exigiese que la coloración reprodujera la de las cosas mismas. Años después, en la casa de Luisito de la vuelta, pude ver por primera vez una transmisión de televisión a color en el sentido estricto del término, y por supuesto quedé extasiado: la rubiedad de los rubios, el castaño de los castaños, los coches celestes o rojos o blancos, las corbatas azules o negras, los ojos marrones, los ojos verdes, el color de la madera en las cosas de madera, el destello áureo de un fósforo que se enciende. Pero el núcleo del traspaso esencial, el que lleva del mundo gris-celeste apagado (porque la televisión en blanco y negro no ofrecía ni blanco ni negro, sino un mustio gris-celeste apagado) al mundo cromatizado, ocurrió en verdad en aquella casa del pueblo de Córdoba. Lo que ocurrió en la casa de Luisito fue una manera de acomodar, ajustar, ordenar, precisar ese efecto primero: darle una mejor distribución espacial a un efecto que en verdad ya existía.

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Tener que ver en blanco y negro todos los partidos de fútbol: así fue por mucho tiempo. Había posters a todo color, por supuesto; y los martes la revista El Gráfico (más aún que la revista Goles) traspasaba a una versión en color las fotos que antes habíamos tenido que ver en blanco y negro en los suplementos deportivos de los diarios. Pero la realidad de los partidos en movimiento se aplanaba cromáticamente en las pantallas televisivas. Y así se resaltaba, por contraste, el estímulo sensorial que se activaba cuando uno iba a la cancha: el césped, las banderas, las camisetas, el buzo de los arqueros, los carteles de publicidad, nos parecían más coloridos que lo que pueden llegar a parecernos ahora. Nos asombraba el verde del campo de juego, nos asombraba el azul y oro, nos asombraban el celeste o el violeta o el amarillo, el azul y rojo de Cinzano, incluso la ráfaga de la aparición punitiva de una tarjeta amarilla o una tarjeta roja saliendo de lo negro del uniforme arbitral.

En los asuntos de la memoria, ocupan un lugar siempre significativo los olvidos y los recuerdos falsos: los agujeros que hacen a la memoria posible o las cosas que se recuerdan mal o se recuerdan pero nunca ocurrieron. En una colección argentina de recuerdos falsos ha de constar sin dudas el de haber visto en televisión a colores los partidos del mundial ’78. ¿Por qué será que hay tantas personas convencidas de que, en efecto, así fue como los vieron: los goles de Kempes, el penal de Fillol a Deyna, la copa en manos de Passarella, cuando lo cierto es que la televisión a colores no llegaría al país sino algún tiempo después?

Pero el contraste que más me conmovió, en aquellos años, no fue uno que se verificase entre la contemplación por mediación televisiva y la vivencia directa y real, que será siempre una comparación injusta, sino el que se produjo al empezar a ver en televisión a color eso que tantas veces y por tanto tiempo había visto en televisión en blanco y negro. Por ejemplo, y más que nada, el Batman de Adam West. Porque el Batman de Adam West supuso una intervención profunda sobre la impronta nocturna y gótica del Batman de la historieta original; a la tenebrosa oscuridad del murciélago la trasvasó a una estética pop muy a tono con la época. Justo lo opuesto: la estridencia visual de los colores chillones se impuso al predominio del negro, al punto de que hasta un cierto carácter lisérgico se viese insinuado en el vértigo del violeta, el anaranjado, el amarillo, el verde eléctrico.

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Pero uno todo eso lo veía en blanco y negro. Al Batman rutilante uno lo veía opacado, al Batman subrayado uno lo veía mitigado, al Batman encendido uno lo veía apagado, al Batman pop uno lo veía en sepia, al Batman colorinche uno lo veía gris. Nada de eso lo devolvía a la figuración del gótico original, por cierto; lo que producía en todo caso era un efecto de festividad atemperada: una alegría que, sin derivar a la pena o la desdicha, sólo podía aparecer sofocada, asordinada, morigerada, disminuida.

La TV Pública, que antes se llamó Canal 7, hasta hace poco se seguía llamando ATC. ATC: Argentina Televisora Color. Me pregunto si habrá sido el último canal de televisión en el mundo en declarar, desde su propio nombre, que hacía sus transmisiones en colores. Me gusta a veces pensar que sí.

Otras lecturas:

Nació en Buenos Aires en enero de 1967. Enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y Narrativa Argentina en la Universidad Nacional de las Artes. Su último ensayo publicado es ¿Hola? Un requiem para el teléfono. Su última novela publicada es Confesión. Su último libro de cuentos publicado es Desvelos de verano.