Contaminación visual en la ciudad: ¿cómo ordenar el caos?
Se intensifica la contaminación visual en la Ciudad: carteles publicitarios, tendido aéreo y luces LED. ¿Cómo ordenar el caos?
Una telaraña de cables aéreos. Tótems con publicidades en lugares insólitos. Luces blancas brillantes que convierten la noche en día y alteran el descanso. La contaminación visual en las ciudades argentinas es un fenómeno en aumento y para comprobarlo no hace falta demasiado. Alcanza con salir a caminar.
¿Por qué estamos dejando que pase y cómo podemos revertir la situación? ¿Qué tipo de políticas públicas pueden ayudar a mejorar nuestro paisaje urbano?
Cables soterrados
Pocos elementos son tan indicativos del nivel de desarrollo de una ciudad como la presencia de un tendido aéreo de cables. Salvo pocas excepciones, las naciones más desarrolladas hace tiempo que avanzaron en el soterramiento de su sistema de cableado. Pero Buenos Aires y otras ciudades argentinas siguen presas de marañas de cables que se enquistan en los postes de sus áreas más densas. El problema no es solo estético: también aumenta los riesgos de electrocución, bloquea el trabajo de bomberos y rescatistas y provoca siniestros viales (en el caso de los tendidos caídos o muy bajos que obstaculizan la visibilidad y generan accidentes).
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La primera norma que intentó regular seriamente el fenómeno en Buenos Aires fue una ordenanza de 1994 que estableció la obligación de soterrar el cableado o tenderlo por los pulmones de manzana, fijando plazos estrictos (de 12 a 36 meses según la zona) para terminar los trabajos. Sin embargo, la exigencia nunca se aplicó seriamente y once años después de sancionada, las empresas solo habían cumplido con el 16% del soterramiento previsto, según se denunció en el debate legislativo posterior.
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SumateFrente a este escenario, en diciembre de 2005 —mientras Aníbal Ibarra permanecía suspendido por mal desempeño y Jorge Telerman estaba a cargo interinamente del Ejecutivo porteño— la Legislatura dio un giro radical a este criterio y sancionó una ley que “legalizaba” el tendido aéreo de televisión por cable.
La Ley N° 1.877, aún vigente, solo reserva el soterramiento para áreas puntuales y habilita el tendido aéreo en el resto, con hasta cuatro postes metálicos por cuadra, abaratando –para las empresas– los costos de expansión de las redes híbridas de fibra y coaxial (HFC). Era una ley a medida de los tres prestadores de TV por cable de mayor antigüedad (Cablevisión, Multicanal y Telecentro), a los que se les permitió mantener su tendido aéreo, mientras que a los nuevos prestadores se les exigió instalar redes subterráneas.
“La cancha está muy inclinada”, me dijo Daniel Nofal, fundador de iPLAN, cuando lo entrevisté años atrás en las oficinas de su empresa en Parque Patricios. Mientras decía esto, Nofal señalaba una ventana que da a la calle Los Patos: “Si ves hacia afuera vas a ver una serie de cables que pasan. Esa es nuestra competencia. Soterrar los cables, como hacemos nosotros, sale veinticinco veces más”. Esta diferencia en el tratamiento entre diferentes operadores “trajo muchos cuestionamientos”, me confirmó esta semana el especialista en telecomunicaciones Enrique Carrier.
Mientras tanto, la Ciudad recibe cientos de reclamos al año por cables cortados, cajas abiertas o columnas caídas. Ante estos casos, el Ente Único Regulador de Servicios Públicos labra actas al Gobierno de la Ciudad y a la empresa, pero no puede hacer mucho más, según contó la periodista Karina Niebla. Consultado sobre este tema, desde el gobierno porteño me compartieron una gacetilla de prensa sobre “plan para ordenar el cableado aéreo”, un anuncio para 1.178 manzanas (menos del 10% del total de la ciudad) que contempla “la mejora de las columnas donde se despliegan los cables” sin mención alguna a un eventual soterramiento.

Ve hacia la luz
En los últimos años, varias ciudades decidieron reemplazar las luminarias tradicionales por tecnología LED. La pionera fue Los Ángeles, que en 2009 inició una conversión masiva, y al poco tiempo otras ciudades estadounidenses y europeas siguieron el mismo camino. El argumento era sencillo: las LED consumían menos electricidad, duraban más y requerían menos mantenimiento.
Pero esta primera ola de LED urbanos tenía un problema: muchos líderes locales eligieron luminarias de luz fría, con una elevada proporción de azul. De esta manera, las antiguas calles anaranjadas por el sodio pasaban a quedar bañadas por una luz mucho más blanca e intensa.
En 2016, la Asociación Médica Estadounidense advirtió sobre el deslumbramiento producido por ciertas luces LED y sus posibles efectos sobre el sueño y los ritmos circadianos, además de sus consecuencias ambientales. Así, la eficiencia energética dejó de ser el único factor a tener en cuenta y entró en escena la cuestión de la contaminación lumínica. ¿Los motivos? La luz azul se dispersa más fácilmente en la atmósfera y puede contribuir al skyglow, el resplandor que vuelve menos oscuro el cielo nocturno. Además, la iluminación artificial altera los ciclos de numerosas especies nocturnas, desde luciérnagas hasta aves migratorias. Hoy, la Comisión Europea considera al LED como una tecnología superadora solo si se tienen en cuenta el color, la intensidad, el horario, la orientación y el apantallamiento (aquí el informe completo). Cambiar una lámpara por otra no garantiza por sí mismo una mejor iluminación urbana.
Es por eso que decenas de ciudades alrededor del mundo fueron migrando hacia LED más cálidas y sistemas capaces de bajar la intensidad durante la madrugada. A modo de referencia, si en Buenos Aires las primeras luminarias LED públicas eran de 6500 grados Kelvin —una luz muy blanca y fría, parecida a la de una heladera—, en Brasil y en varias áreas urbanas de Estados Unidos, como Pittsburgh, la normativa ya recomienda 2700 K, mientras que en Zofingen, en Suiza, la cifra baja hasta 2200 K en zonas próximas a espacios naturales. (Cuanto menor es el número de Kelvin, más cálida/amarillenta es la luz; cuanto mayor, más fría/azulada.)
Meses atrás, Rosario lanzó la licitación para la iluminación del Parque Independencia, y en las especificaciones técnicas se piden luces de 5700 K: luces blancas brillantes. En el municipio gobernado por Pablo Javkin, iluminar también implica podar: el municipio ha intervenido decenas de miles de árboles para despejar las luminarias LED, lo cual se presenta explícitamente como parte de la estrategia para mejorar la seguridad nocturna en los barrios. “Las cámaras, las luces LED y el arbolado son clave para brindar seguridad”, dijo Javkin.

Distracción y saturación visual
Las luminarias no son el único fenómeno enceguecedor. En Argentina hay cada vez más locales con carteles electrónicos en sus fachadas, con publicidades en loop las 24 horas. Lo que en áreas icónicas como la 9 de Julio o la calle Corrientes era parte de la propuesta ahora se replica en casi cualquier esquina residencial: farmacias, perfumerías, supermercados o marcas de ropa disparan desde sus vidrieras imágenes en movimiento, ofertas, teasers y logos que se suceden sin pausa.
Al caminar por una avenida, la mirada salta de un cartel al siguiente: una pantalla blanca, otra roja, una animación que aparece de golpe en el rabillo del ojo, otra que cambia justo cuando el peatón pasa. La ciudad deja de ser un paisaje para convertirse en una sucesión de estímulos que reclaman atención incluso cuando nadie los está mirando. A esto se le suman los tótems de seguridad privada, estructuras distópicas de dos metros de altura con pantallas brillantes que habitan los halls de cientos de edificios.
Esta saturación visual ocurre ante la pasividad de los gobiernos locales, que en algunos casos la alientan activamente. En Buenos Aires, a los carapantallas municipales o CPM —las tradicionales carteleras verdes planas, pensadas para pegar afiches, que llevan el isologo del Gobierno de la Ciudad— se le están sumando cada vez más tótems LED, pantallas transiluminadas para publicidad comercial, emplazadas en 45° para capturar la atención de los automovilistas.
“Estos tótems te distraen, contradicen el código de tránsito porque generan inseguridad vial y además te roban un pedazo de vereda”, advierte el urbanista Andrés Borthagaray. Y es que, además de la contaminación visual, dificultan la circulación de peatones, cochecitos y personas con movilidad reducida.
Ciudades en acción
¿Qué hacen otras ciudades frente a esta situación? En São Paulo, el ejemplo más citado a nivel global, se prohibió toda la publicidad exterior visible desde la vía pública. La Lei Cidade Limpa, vigente desde hace dos décadas, ilegalizó los paneles y la publicidad en mobiliario urbano, permitiendo solamente los carteles que identifican al propio comercio en su fachada, con un tope de altura de cinco metros y dentro del límite del predio. Los infractores se exponen a multas de hasta 24.000 reales (unos 4.700 dólares). El 70% de los habitantes considera la prohibición beneficiosa para la ciudad.
Madrid creó el año pasado un Grupo Técnico de Publicidad que busca compatibilizar la actividad comercial con la protección del paisaje urbano y la prevención de la contaminación lumínica. Desde 2018 se le exige a los comercios con pantallas LED que tengan un sensor crepuscular, es decir, un sistema que adapte el funcionamiento a las condiciones de luz ambiental. Otro punto clave: las pantallas en Madrid no pueden funcionar toda la noche. Pueden permanecer encendidas desde el inicio de la actividad comercial hasta las 22:00, y el Ayuntamiento puede reducir aún más ese horario si producen molestias. Además, no pueden utilizar imágenes en movimiento propiamente dichas: la rotación mínima entre imágenes es de 7 segundos, no pueden producir deslumbramiento ni confundirse con señales de tráfico y está prohibido utilizar sonido.

En Polonia, decenas de ciudades avanzaron con las regulaciones sugeridas a nivel nacional por la Ley de protección del paisaje. Tal fue el caso de Cracovia, ciudad que logró retirar más de 1.500 anuncios y rechazar 862 solicitudes para ocupar el espacio vial con publicidad. O de Gdansk, donde los negocios se adaptaron bien a la nueva normativa y comenzaron a elegir formas de publicidad menos invasivas y más integradas con el entorno urbano. Las fachadas y el público, agradecidos. «El resultado es el redescubrimiento de una belleza arquitectónica que estaba escondida detrás de llamativos carteles publicitarios», explicaron sus impulsores.
Y tu ciudad, ¿qué está haciendo para combatir la contaminación visual?