Cómo revolucionar a las chicas: 25 años de dos discos que cambiaron todo

El sexto de Babasónicos, Jessico, ya los cumplió, y el primero de Miranda! –Es mentira– está próximo a celebrarlos. Dos que cambiaron el rock y el pop argentino, y crearon nuevas formas de feminidad.

Una base electrónica ligera, gaseosa. Una estructura lumínica de videojuego, los timbres en 8 bits, y el falsete de Alejandro Sergi que dice que después de la otra noche, cuando me vio bailar, soñó con mis ojos. Juliana Gattas lo confirma, fue el más bello de los sueños: se estaban enamorando de mí. ¿Los dos a la vez? Mi cara de asombro se veía en el reflejo del televisor cada vez que «Bailarina» salía en MTV, que miraba tan de cerca para estudiar el rubor naranja en los cachetes de él y la base de maquillaje blanca casi de mimo. Los bailes de ella, el jopo y su vestido de Marilyn Monroe. El bicolor en todos lados del video: en las corbatas, en los trajes, en el futuro en el que estaban.

¿Quiénes eran? Jamás una banda argentina había sonado y visto así. Así de pop, de chicle fabricado cerca del Obelisco. De sintetizadores trasladados en un Senda. De propio y extraño, todo al mismo tiempo.

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Era noviembre de 2002 y Miranda! publicó su primer disco, Es mentira. Argentina venía de los 90 dominado por el rock chabón, el estallido y la gran crisis. Todo era bajón, desempleo y un color gris tanguero. “Ahora podríamos decir, analizar o llegar a la conclusión de que Miranda! fue una consecuencia de estar pasándola tan mal”, me dijo Juliana en 2020 para el libro Brilla la luz para ellas. Había pibes y pibas que querían sentir otras cosas, montarse y bailar. No querían cargar la culpa depresiva de los adultos en su futuro.

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Pero no sólo el electropop fue un impacto en ese contexto, también lo fueron Alejandro y Juliana. Él porque llevaba la voz más aguda, brillante y andrógina; ella porque no era la corista, era la cantante de timbre grave, con toda la teatralidad del under porteño de Batato Barea o la diva sofisticada y universal de Billie Holiday.

Esa propuesta de pop nacional que venía de la escena under sorprendió por su sonido y por esta representación de género ambigua, rara y queer, que con los años exploraron de mil formas –por ejemplo en la tapa de Fuerte, donde ella está de esmoquin y sostiene en sus brazos a Alejandro, en un vestido blanco de novia, con el ramo en la mano–. Roles femeninos y masculinos tergiversados y juguetones. Pero también encarnando como posibilidad a todas esas adolescentes alternas que encontraron en Miranda! una forma de adultez posible, vinculada a la alegría y la seducción, entre estética vintage, fantasía y melodrama.

No estaban solos. Un año antes, Babasónicos abrió un sentido similar en el rock. El sexto disco de la banda de Lanús fue un antes y un después en su carrera. Jessico salió en julio de 2001, justo antes de la debacle. «Fue una bisagra para Babasónicos porque nos quedamos sin manager, sin un miembro, sin compañía (Sony) y muy pronto nos quedábamos casi sin país», decía Diego Tuñón, el tecladista, en el programa Elepé de la TV Pública. Venían de cinco álbumes donde experimentaron con el rock más alternativo, el rap, el metal y de haber sacado Miami (2000), una antesala de este más electrónico que fue consagratorio. Babasónicos pateó el tablero y se propulsó a la historia argentina.

Babasónicos también ostentaba esa dualidad: no sólo por el sonido, que es ruidoso pero más sintético, más concentrado, el de un disco de rock con un carácter pop, donde el hedonismo, la sensualidad y la crítica social se entrelazan en una marca que ya tienen registrada. También desde una estética; hoy se diría que sin ser hegemónicos eran los más facheros, o que la pasta de campeón que exudaban prendió el imán de las minas. Eso estaba en los videos, llenos de Kate Moss argentas. Y ellos con las camisas de estampas, los brillos, las pieles, la red, el pecho sin músculo, gauchos glams del conurbano con más jarana encima que trabajo de campo, listos para dar una mano en el amor. La misma ropa de unos iba para las otras, la sensualidad rebalsada de la actitud rockera y andrógina.

El juego de la representación ambigua lo aprendieron de Prince, de Bowie, claro que sí, es más viejo que el rock, pero acá no se había visto ese goce por ser deseado, esa puesta en escena donde ellos mismos eran la mercancía sensual a ser consumida. Con ironía, con diversión, y con profunda teatralización de la vida cotidiana.

En una nota del suplemento No, el 20 de diciembre de 2001, entre todo el quilombo, Jessico fue elegido el disco del año, y Dárgelos, en el medio del caos, reflexionaba: “Está cambiando la función del artista como narrador de la realidad, o como interpretador de una realidad poética. Y denunciante, también. Todo está cambiando –le dice a Página/12–. El rock de ahora en adelante será distinto, y va a cambiar año tras año, y los que no puedan seguir ese ritmo van a terminar aplastados. Cambio de formato, cambio de actitud, cambio de representación, quizás los shows sean distintos… Probablemente el rock deje de llamarse rock”.

El deseo y la feminidad

Del glam de los 60 al rockero setentoso de pelo largo, del pop bailable de los 80 con un poco más de ambigüedad al punk duro. O los metaleros y los rockeros rollingas de los 90. Todos ellos habitan en la estética de Babasónicos, pero la forma en la que lo configuraron los hizo transgresores y populares a la vez. Jessico, en su caso, y Es mentira, en el de Miranda!, fueron un punto de inflexión para habilitar una multiplicidad de feminidades posibles. 

“Si pensamos estos discos vemos que hay una mujer que pasa a ser sujeto –que habla, que desea, que reclama, que se enoja, que toma la iniciativa y que se puede mostrar excesiva, contradictoria– y un varón que acepta convertirse en objeto, y en ese movimiento se pueden mostrar afectados, vulnerables o interesados en la moda y en producir una imagen sin que eso aparezca como una pérdida de potencia. Porque no es que en esa feminización pierden, al contrario. Eso no pasaba mucho en el rock”.

La que habla es Daniela Lucena, socióloga y doctora en Ciencias Sociales especializada en el estudio del arte, la moda y el diseño. Al proponerle pensar estos discos desde este enfoque, enseguida se entusiasmó, las ideas en su mente no paraban. Resaltó que Juliana, en Miranda! participa de la construcción de la historia cultural con una presencia muy fuerte en el escenario, una idea muy teatral del ser mujer, “como que en esa exageración que hace, a veces también te das cuenta de la performance de lo femenino”. 

Al mismo tiempo, esa laxitud cabe para el lugar del varón, que cambia tanto en Miranda! como en Babasónicos, donde, según el análisis de Daniela, “los cantantes se alejan de esa masculinidad más dura, más seria o poco ornamentada que en general había dominado la escena del rock desde los 70, y son estos varones que se producen, que se ponen en juego, que se ofrecen a la mirada femenina y juegan con la ambigüedad, los que aceptan convertirse en objetos. No es sólo el cantante de rock sino es una pose, toda una política del gesto, del artificio. Tenían en esa rareza un capital erótico”.

Dárgelos, el hombre sensual menos pensado, disfrutando ser la putita de su público. “Soy muy puta, y no trabajo para vos”, le canta en “Soy rock” a la industria musical. Él, desde el punto de vista narrativo de una mujer, se rebela, patea: “No voy a ser tu ramera / No limpio lo que ensuciás”.

Soy rock

“En el 2002 yo tenía 12 años, y ahí descubrí a Miranda!”, cuenta María Riot, artista, actriz y trabajadora sexual, que acaba de estrenar Pepita la pistolera de Lucía Puenzo. “Me acuerdo del primer video que vi de ellos, estaba con una amiga del colegio, que me dijo ‘mirá qué raros que son’. Era cierto, eran raros. Y yo me sentía así, rara”. El video era el naranja y blanco, el de “Bailarina”. De alguna manera, al ver eso en la tele ella sintió lo mismo que yo, que le hablaba directamente.

En esa época de las tribus urbanas, ser fan de una banda implicaba que te representara. María se vestía como Miranda!, decoraba su mochila, sus prendas, las paredes de su habitación con fotos de ellxs, porque sentía que representaban su personalidad. Y eso lo llevó a Fotolog, donde hizo una cuenta para mostrar las mochilas de fans: “A la mía le cosí las perlas de mi abuela, la plata que me daban en los cumpleaños era para parches y pines que le sumaba”, dice. Cuando la banda empezó a crecer le llegaban fotos de toda Latinoamérica y subía una cada día. Eso se perdió en el cementerio web, cuando Fotolog cerró.

María Riot y una amiga, de adolescentes, con sus mochilas de Miranda! Foto: gentileza MR.

“Al principio me llamó la atención Ale Sergi, por cómo cantaba y se movía, nunca había visto un hombre que se desenvolviera así, pero cuando los empecé a ir a ver –por ejemplo cuando cumplí 14 fui a un Gran Rex– ahí vi a Juliana con una actitud de diva, ella estaba embarazada y gritaba, cantaba, bailaba y ocupaba lugar, ocupaba espacio y eso era algo que parecía que las mujeres no podíamos permitírnoslo. Cuando vi eso decidí tener mi propia banda a los 15”.

Lo que empieza con Es mentira es una trayectoria de 25 años en las que Juliana gana notoriedad como performer, actriz, intérprete, como un vórtice creativo del universo teatral y estético de la banda. Es ese disco el que da clásicos que no se oxidan pero tiene su punto más alto de interpretación dramática y visceral de “Imán” y “Tu juego”, en la tradición de los Pimpinella.

“A Juliana yo la pienso en la línea de Viuda e Hijas de Roque Enroll”, me dice Daniela Lucena, autora de Por qué son tan geniales. Coincido, y sumo lo artesanal varieté trash de las Bay Biscuits en esa lógica. “Tiene que ver con la cultura pop, con esas paletas de los 60, con algo del kitsch, con una apariencia deliberadamente artificial, artificiosa, alejada de la búsqueda de la belleza natural. Es otro rol, es ridícula y es dramática, fuerte, vulnerable y sufre. Y es todo eso al mismo tiempo. Estos nuevos modelos lo que te dicen es que podés ser vos misma, y que es una construcción sin que te sometas a una cosa u la otra. Acá es ‘soy esto y soy lo otro y soy aquello también’, ese y saca también de lo binario”.

Incómodas

La estética de Babasónicos explotó otro tipo de belleza. Mientras los metrosexuales se ponían de moda en los albores del 2000, ellos usaban flacos desgarbados con gesto de roto y chicas de papá con uniforme de escuela privada. Eso era una mezcla de lo que había en los shows y lo que se esperaba en la generación MTV. 

Silvana Grosso, quien fue estilista de la banda a partir del disco siguiente, dice que su trabajo fue hacerles sastrería a medida para lograr una cohesión entre todos, con el blanco y el rojo como eje, y con una acento especial para Adrián Dárgelos. «El primer show que hice vestuario para ellos fue un estadio Obras y a Dárgelos le hice un traje que era igual adelante que atrás, parecía encorsetado, con movimientos limitados, entre femenino y masculino. Él lo odiaba, pero yo le decía ‘eso es ser mujer, lidiar con la incomodidad y demostrar igual'», comenta.

El universo que crearon a su alrededor fue tan importante como el erotismo que ellos mismos irradiaban, en un ambiente de rock que siempre quiso sentirse mujer pero pocas veces se lo permitió. Esa trasgresión, sumada a la androginia de Miranda!, abrió mundos posibles desde estos dos grandes discos. 25 años después siguen sonando. 

Periodista. Neuquina en estado de porteñitud y sala de ensayo. Editora en Cenital. Autora de "Brilla la luz para ellas. Una historia de las mujeres en el rock argentino 1960-2020" y "Entre dos ríos". Hace Ruido y Sentimiento en YouTube.