Cómo llegó al poder un partido marxista-leninista en 2024
La historia de Sri Lanka, un país que hace dos meses votó presidente y la renovación total del Parlamento con una victoria aplastante de la coalición Poder Popular Nacional.
El relato de Poder Popular Nacional (NPP, por sus siglas en inglés) está atado a la historia de la independencia de Sri Lanka y, también a la historia de más de una izquierda del país. Sri Lanka hoy se llama oficialmente República Democrática Socialista de Sri Lanka y tiene una sistema político semipresidencial. Pero no siempre fue así. La isla, que suele llamarse “la lágrima de la India” por su forma y cercanía al subcontinente, estuvo tironeada por múltiples colonizadores. Primero fueron los portugueses, después los neerlandeses, hasta que llegaron los británicos y la adosaron al Imperio a partir de 1796. En 1802 pasó a ser formalmente colonia del Reino Unido con el Tratado de Amiens. Este escrito motivó un cambio: el nuevo territorio conquistado pasó a llamarse Ceilán. Nombre que duró desde entonces, pasando por su independencia y hasta la constitución de la república en 1972.
Recién a partir de ahí Sri Lanka pasó a llamarse oficialmente Sri Lanka. Acá es donde entran las izquierdas. Cuando terminaron de cortar gancho del todo con Reino Unido, un partido pequeño referenciado con León Davidovich Bronstein (o sea, Trotsky) planteó que el país debía llamarse “Isla Resplandeciente” en idioma cingalés. Quienes acercaron la idea eran del Partido Socialista por la Igualdad (LSSP), un actor clave en este proceso. Esto lo cuenta Mariano Schuster en esta linda nota que me sirvió de inspiración. El LSSP fue un factor central de la independencia en la década del ’40, participando de un amplio movimiento revolucionario de izquierda que abarcaba también a la India. Incluso, estaban afiliados a la Cuarta Internacional. Todos los pergaminos.
Pero no eran los únicos. En el proceso de consolidación institucional de Sri Lanka, integraron el Frente Unido. Allí bregaban el socialdemócrata Partido de la Libertad de Sri Lanka (SLFP) y el Partido Comunista de Sri Lanka (PC). Trotskistas, socialistas democráticos y comunistas, juntos. En las elecciones parlamentarias de 1970, dos años antes de la constitución de la república y de la nueva carta magna, esta coalición poco usual de izquierdas ganó las elecciones parlamentarias y logró desbancar como primer ministro a Dudley Senanayake, del centroderechista Partido Nacional Unido (UNP). Los tres fueron atrás de Sirimavo Bandaranaike, que volvió a colgarse los atributos del Poder Ejecutivo y era la principal cara del SFLP durante toda esa década. Con los fierros del poder, la nueva constitución de izquierda estableció en su preámbulo la conformación de una “república libre, soberana e independiente, comprometida a realizar los objetivos de una democracia socialista”. Se les ocurrió agregar que el país buscaría “el desarrollo de formas colectivas de propiedad (…) como medio para poner fin a la explotación del hombre por el hombre”. Light para la época.
Pero la unidad de las izquierdas no fue total. En esa década del ’60, donde gobernaba el UNP y los partidos de las distintas corrientes revolucionarias no estaban ni juntas ni en el poder, apareció el Che Guevara de Sri Lanka: Rohana Wijeweera. El apodo no es de gusto. Rohana estaba afiliado al Partido Comunista, visitó, estudió, trabajó y vivió como socialista en la URSS. Al volver a lo que se seguía llamando Ceilán, se encontró con que su partido estaba partido (no es joda) entre pro-chinos y pro-rusos. Decidió plegarse a la línea maoísta, pero terminó yéndose para armar el Frente de Liberación Popular (Janatha Vimukthi Peramuna, FLP). Buscaba unificar desde el guevarismo hasta el castrismo, pasando por el comunismo albanés y viendo con buenos ojos la experiencia de Corea del Norte, con quien él mismo empezó a sentirse identificado entre todas las opciones del menú de la época. Una gran síntesis en un nuevo partido de izquierda. Uno más.
Luego de las elecciones de 1970, las del Frente Unido al poder, adhirió y apoyó rápidamente al Gobierno electo. Tan rápido como su rompimiento con el oficialismo solo un año después de haber ganado. En abril de 1971 inició un levantamiento armado, tomando más de 70 comisarías, sitiando ciudades y zonas rurales. El conflicto duró hasta junio de ese año. El movimiento de Rohana recibió el apoyo de Corea del Norte. El Gobierno de izquierda de Sirimava contó con India, Pakistán y la Unión Soviética. El FLP perdió feo y se llamó a cuarteles de invierno.
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SumatePero volvieron a la carga en 1987 contra el Gobierno de centro-derecha del UNP. En ese entonces el contexto era distinto por dos razones. Primero, el país ya elegía presidente de manera directa. Ambas cabezas del Poder Ejecutivo estaban en control de los nacionalistas de derecha en ese entonces. Segundo, el país venía arrastrando una guerra civil desde 1983: un conflicto ético entre la mayoría cingalesa y la minoría étnica tamil, expresado regionalmente y motorizados por los Tigres de Liberación del Eelam Tamil (LTTE). Estos muchachos reclamaban por el reconocimiento territorial en el este y norte de la isla. Cuatro años después de comenzado el conflicto, las autoridades de Sri Lanka y de la India firmaron un pacto para bajar las armas. En este contexto, a Rohana se le ocurrió que era un buen momento para iniciar una nueva revolución trotskista con elementos nacionalistas. Y empezaron los tiros de vuelta. La estrategia incorporó motorizar olas de asesinatos masivos, además de atacar el Parlamento e instalaciones militares en distintos puntos del país.
La historia termina con el líder del FLP capturado y abatido en octubre de 1989. Unos meses después sus seguidores depusieron las armas. Y el movimiento insurreccional de izquierda trotskista que unificara a todas las corrientes pasó, a iniciativa de alguna de sus partes, a convertirse en un partido político moderno y democrático.
Uno que ganó las elecciones este año.
Los herederos legales
Poder Nacional Popular (NPP) se conformó el 13 de julio de 2019. Casi 30 años después del último conflicto motorizado por el FLP en Sri Lanka. Más de 20 grupos, partidos y movimientos de izquierda, muchos de ellos con herencia militante en el movimiento de Rohana. Para que este proceso tomara forma había que ampliar el espectro político del FLP, reunir a otros espacios y colectivos cercanos, y legalizar el programa de izquierda planteado en los ’60 y aplicado por vía revolucionaria en ambos intentos de insurrección armada.
La entrada formal al sistema político tuvo sus particularidades. En 1993 el conflicto cingalés-tamil volvió a activarse por impulso de los Tigres Tamiles, el LTTE. El Gobierno, en ese entonces en manos del UNP, decidió legalizar agrupaciones marxistas y nacionalistas para frenar el nuevo embate. Entre ellos entró el FLP. “Aunque la legalización del Frente de Liberación Popular podía resultar inquietante –sobre todo, si se tenía en cuenta la capacidad militar que había mostrado a fines de la década de 1980–, era evidente que, para el Gobierno de Sri Lanka, la agrupación de los distintos nacionalistas cingaleses en torno de su órbita resultaba provechosa”, cuenta Mariano Schuster en su nota de NUSO. Oportunidad, mérito y conveniencia. “En un contexto de renovación de los enfrentamientos contra los tamiles, la legalización del Frente de Liberación Popular adquiría sentido”, agrega.
Pero este proceso de institucionalización tenía un problema: recursos humanos. La mayoría de los integrantes del politburó del ahora partido político habían fallecido o habían sido capturados. Solo quedaba Somawansa Amerasinghe quien, no sin conflictos internos, comenzó el camino del nuevo liderazgo. El FLP empezó a prepararse para campañas electorales presidenciales, parlamentarias y locales con magros resultados. En las presidenciales de 1994 sacaron 0,30% de los votos. Cinco años después, solamente 4,08%. En las parlamentarias no les fue muy distinto, con 1,13% /1 banca de 225) en 1994 y 6% (10 asientos) en el 2000. Lo que pregonó Rohana era cuesta arriba en la legalidad.
Pero el objetivo central era claro: dar forma a un tercer partido que rompiera la dicotomía tradicional del país. Una que dominaron en todo este tránsito el centro-derechista UNP y el socialdemócrata SLFP, ese mismo que lideró el programa de las izquierdas en los ’70. Ambos espacios políticos se repartieron las mayorías y los gobiernos. Mientras que la década de los ’80 y comienzos de los ’90 fueron para el UNP, desde 1994 hasta el 2015 dominó el SLFP. A partir de ahí se alternaron una y una, en un clásico bipartidismo como el de cualquier otro país.
Uno que estalló por los aires en medio de una grave crisis social. Cuando los ojos y los votos se dirigieron hacia esos marxistas-leninistas que ya eran legales.
Sri Lanka se rompe y le entran por izquierda
A partir del año 2000 se dan dos cambios importantes al interior del FLP. El primero fue la entrada, por segunda vez después de la experiencia fallida de 1970, en un gobierno de unidad. En el año 2004 se integraron al Gobierno del SLFP presidido por Chandrika Kumaratunga, quien ejercía la presidencia por segunda vez consecutiva. Pudieron ubicar tres ministros y apoyaron, decididamente, políticas de austeridad económica y de mano dura en términos de seguridad en el conflicto cingalés-tamil que seguía vivo. Este segundo intento volvió a durar un año: rompieron otra vez con sus primos socialdemócratas y se retiraron del Gobierno.
El segundo vino de la mano de una renovación dirigencial. Con nombre y apellido: Anura Kumara Dissanayake. Dirigente estudiantil del FLP en su momento, admirador de Rohana y entusiasta del programa marxista-leninista del partido, fue también el ministro de Agricultura de esa unión transitoria que se dio con el SLFP entre 2004 y 2005. Anura se paró en un lugar de dureza en torno al conflicto cingalés-tamil, apoyando a candidatos presidenciales que habían tenido roles militares en la disputa territorial e, incluso, participando y activando movilizaciones que rechazaran las visitas de observadores internacionales para colaborar con el fin de la guerra civil, que no terminaba más. Este paso a paso a lo Mostaza le dio la oportunidad, en 2014, de presentarse para liderar el FLP e impulsar, desde su concepción, una política independiente de los dos actores principales de la política cingalesa. Lo había visto con sus propios ojos cuando fue ministro: para ganar tenían que ser algo nuevo y distinto. Los resultados electorales le daban la razón.
Así llegamos a las elecciones presidenciales del año 2019. A diferencia de las elecciones anteriores, Anura decidió no dar apoyo a ningún candidato externo, sino optar por construir una coalición propia a partir de su liderazgo y del de su partido. Primero, vino el cambio de nombre. En julio de ese mismo año el FLP dejó de competir en solitario y armó la coalición Poder Popular Nacional (NPP). Las mismas banderas, las mismas ideas, el mismo espíritu, pero más personas y otras estrategias. Se paró desde una posición de izquierda, algo dura, y menos nacionalista que lo que venía pregonando la estructura vieja en el medio del conflicto cingalés-tamil. La primera experiencia fue igual de magra: poco más de 400.000 votos en una elección con más de 12 millones de votos positivos y solo el 3,16%. Un año después la elección parlamentaria le dio una cantidad y proporción de votos similar, logrando solamente 3 legisladores. Un partido chico.
Pero justo a partir de ahí todo voló por los aires. En el año 2022 una serie de protestas llamadas localmente “Aragayala” detonaron al Gobierno de turno. Los masivos reclamos estaban dirigidos a la gestión de la economía, por una diaria que se caracterizaba por una alta inflación, apagones diarios y escasez de combustible, gas doméstico y otros productos esenciales para la supervivencia. El movimiento, que rápidamente se volvió antipolítico, rechazó incluso la cercanía de numerosos dirigentes opositores. En ese momento gobernaba Gotabaya Rajapaksa del SLFP, quien se vio forzado a renunciar junto a una gran cantidad de funcionarios que integraban su misma familia política (literal). Los del UNP tampoco eran bien vistos por los manifestantes, pero se las arreglaron para ubicar a uno de los suyos en una elección secreta que se decidió entre los miembros del parlamento. Una especie de colegio electoral que se inclinó por Ranil Wickremesinghe del tradicional partido de centro-derecha para terminar el mandato presidencial, según dicta la constitución de Sri Lanka.
Ya todo estaba medio roto. Así llegaron en Sri Lanka a las elecciones de 2024. Con un férreo rechazo a la ayuda económica ofrecida por el FMI como forma de salvataje, haciendo foco en la crisis económica generada por los dos partidos políticos tradicionales y mayor énfasis discursivo en la igualdad social que en el etnonacionalismo cingalés, Anura Kumara Dissanayake se lanzó a la carrera presidencial sintiendo que el contexto esta vez le era favorable. Si todo había fallado, ¿por qué él no iba a poder?
Pudo. La elección presidencial de este año le dejó más de 5 millones y medio de votos para lograr el 42,31% y una clara victoria en primera vuelta por mayoría simple. 13 veces más que la elección de 2019. Enseguida tomó el poder y lo aplicó. Como todo sistema semipresidencial, el titular del ejecutivo puede disolver el parlamento y convocar a nuevas elecciones. Un año antes de lo pautado para la renovación legislativa, Anura convocó a elecciones para darse una mayoría que le permitiera aplicar el programa por el que siempre militó. Fueron las elecciones de este noviembre: 6,8 millones de votos, 159 bancas y una mayoría más que cómoda (con 113 se pone primer ministro) para hacer trotskismo desde las instituciones. Lo que Rohana siempre quiso, pero desde adentro y no por afuera.