Ciberegoísmo: no hay diagnóstico que explique los vicios de Silicon Valley
La crítica de la "cultura de la alta tecnología" de Paulina Borsook hace 26 años y los problemas de análisis para un asunto que goza de plena actualidad.
Una parte importante de lo que alguna vez escribí puede resumirse bajo la premisa de “sí, muy interesante, ¿pero sabías que tal lo dijo hace 45 años?”. Es quizá un poco trillado, pero una de las maneras que encuentro más sensatas para evaluar el presente, el futuro y todo lo que se encuentre en el medio es no caer bajo el e ncantamiento de lo supuestamente novedoso, que con insoportable insistencia busca hacernos creer que algo es nuevo cuando no lo es.
En contra del desprecio por la historia como una disciplina más o menos inerte que apenas se limita a resumir lo que alguna vez pasó, al detenernos en lo que se pasó por alto encontramos pistas para atender mejor a la inagotable sarta de imbecilidades que suelen decirse acerca de la tecnología.
Esta innecesaria introducción quizá permita explicar mi entusiasmo al cruzarme con Paulina Borsook y su peculiar Cyberselfish (Ciberegoísta, 2000), cuyo subtítulo ya hace un cuarto de siglo describía “una incursión crítica por la cultura terriblemente libertaria de la alta tecnología”. En otras palabras, podría haber sido escrito ayer.
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Aunque no podemos saber exactamente qué peso tuvo cada cosa, parece razonable asumir que el interés en la reconfiguración del poder en Estados Unidos a partir de las últimas elecciones — que contó con una renovada cuota de influencia de parte de los ricachones de Silicon Valley — llevó a más de uno a agarrarse la cabeza y a pensar en cómo no la vieron venir. Hasta que, como suele pasar, alguien notó que muchas voces lo vieron venir a un par de décadas de distancia, incluso si lo hicieron tan temprano que la atención se evaporó sin condensarse.
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SumateElla misma cuenta que el libro recibió buenas críticas, pero vendió poco. En 2025 volvió a despertar interés, algo que Borsook atribuye en parte al ascenso de Musk y DOGE, el extinto brazo gubernamental para recortar gastos e inversión estatal. El periodista Gil Durán se puso al hombro la causa de su restauración y luego la entrevistó para su famosísimo podcast (The Nerd Reich). Entre otras cosas, insistió con que Borsook había vislumbrado el presente hace mucho, mucho tiempo. Luego de un perfil en el New York Times en noviembre, no pasaron ni diez minutos para que surgieran planes para reeditar su olvidado libro.
En la nueva introducción a su libro, Borsook describe su incomodidad al ver cómo aquella subcultura que oportunamente documentó cada vez tenía mayor influencia, ya no únicamente en Silicon Valley sino en el mundo entero. Su descripción de una cultura de agresiva masculinidad, autocelebratoria y con una tendencia al rechazo de las obligaciones sociales parece dar en la tecla de lo que hoy vemos con demasiada frecuencia.
En varios de sus textos, Borsook se detiene en las historias que las personas cuentan de su propio éxito, de a quiénes admiran y lo que creen (o no) deberle al resto. En “Cyber selfish”, un ensayo publicado en 1996, describe a un adinerado conocido que se quejaba de las restricciones a la expansión de su casa en un lago. El tipo no lograba considerar que esas restricciones protegían la vista de sus vecinos, ni cuánto les debía a las rutas, al agua potable y a las protecciones ambientales que hacían posibles sus cómodas vidas.
En aquel ensayo aparecía el mito del éxito individual a una escala doméstica, casi microscópica. Cualquier consideración por lo colectivo aparecía como un obstáculo frente a su libertad. Borsook advertía que estas actitudes llegarían a influir en las políticas públicas por la riqueza que estas personas poseían. No necesitaba saber cuál de esos multimillonarios terminaría cenando en la Casa Blanca.
Otro tanto tuvo para decir sobre la masculinidad. Cuando en 1993 escribió un perfil sobre Esther Dyson –“la mujer más poderosa de la informática”–, comparaba el escrutinio de su vida privada con la libertad concedida a sus pares varones. Luego, en un discurso en Yale en 2000, conectó la admiración de Silicon Valley por Ayn Rand con la glorificación de los hombres dominantes en sus novelas. Bajo esta mirada, los individuos celebrados tenían un género bien definido.
En esa misma conferencia, Borsook también describió el modo en el que ciertas empresas se presentaban como rebeldes mientras dependían del apoyo estatal, instituciones financieras y un sofisticado esquema de protección legal. Las mismas que celebraban la individualidad mientras imponían el conformismo entre sus empleados.
En términos políticos, estas observaciones permiten entender cómo puede configurarse una cultura que eleva el éxito económico o técnico hasta validarlo como autoridad para decidir sobre la vida de los demás.
Tantos años pasaron y la justificación sigue sonando conocida. En el “Manifiesto Tecno-optimista” del inversor Marc Andreessen, publicado en 2023, se celebra a los “superhombres tecnológicos” y se sitúa la “responsabilidad social” y la “ética tecnológica” entre las ideas enemigas del progreso. En aquel ensayo de tan original título también se promete abundancia como nunca antes fue vista y se celebra la cooperación, entre otras cuestiones que si dejamos de lado cualquier preocupación por su aplicación práctica son inobjetables. Ahí está la trampa: bajo esa lógica, cualquier objeción a su propuesta de “ambición, agresividad, persistencia, perseverancia — fuerza” en pos del progreso apalancado en la tecnología aparece como un obstáculo para el bienestar humano.
Con Ben Horowitz, su socio inversor, dejaron clarísimo en 2024 el criterio de apoyo político de su firma: apoyar o rechazar políticos según sus posturas sobre startups, más allá de otros temas. Reconocen la contribución estatal al desarrollo tecnológico (¡ajá!), pero subordinan las demás consideraciones políticas a los intereses del sector.
El mayor problema de aquel premonitorio diagnóstico de Borsook está en una de las explicaciones que le dio. Una tan repugnante que vuelve difícil recomendar su obra sin dedicar algunos párrafos al problema. El salto argumental aparece cuando pasa de la descripción de una cultura a la de las supuestas deficiencias de sus participantes. En la introducción del libro califica al tecnolibertarismo filosófico más extremo como un “autismo prepolítico”.
Allí argumenta que “la forma más virulenta del tecnolibertarismo filosófico es una especie de autismo prepolítico aterrador y psicológicamente frágil. Este revela una falta de conexión humana y una incomodidad con lo que muchos de nosotros consideramos el núcleo de lo que significa ser humano. Es una incapacidad para conciliar las exigencias de ser un individuo con las de participar en sociedad, que coincide a la perfección con la preferencia por ejercer el control exclusivo sobre la propia computadora — y la glorificación de hacerlo — en lugar de cualquier otra conducta económicamente viable. Las computadoras se rigen por reglas y son controlables, reparables y comprensibles en una medida que ningún ser humano jamás alcanzará. Como hacen muchas escuelas de pensamiento político, estos tecnolibertarios convierten un defecto de personalidad en una filosofía”.
Eran otros tiempos, era otra la historia, no había tanta preocupación por la corrección política, bla bla bla. Pero esta deleznable metáfora, si se la puede llamar así, calza a la perfección con cierta percepción pública del autismo que incluso en la actualidad se usa para desestimar o incluso “explicar” la conducta de personas que hacen del desprecio por el resto de su especie su bandera, como si encontrar mayor comodidad entre computadoras que entre personas fuera suficiente motivo para desearles sufrimiento.
Borsook no estaba haciendo una evaluación clínica, pero eso no mejora el argumento: este recurso psicológico invita a asentir con un condescendiente desprecio por los raritos de las computadoras que ahora dominan el mundo. Un estereotipo hace el trabajo que no hace una genuina explicación y las decisiones políticas quedan reducidas a un diagnóstico berreta.
Los años pasaron pero Borsook no dejó atrás esa asociación. En la conversación con Durán de 2025, al discutir la aparente falta de humanidad de los líderes tecnológicos, se pregunta si el autismo podría estar involucrado. Aunque tiene la gentileza de reconocer que las personas autistas pueden ser consideradas, propone nuevamente que ciertas dificultades para imaginar sentimientos ajenos o interpretar señales emocionales podrían explicar la conducta de esos líderes. Cuando Durán recuerda su uso del término, responde: “se supone que ya no puedo decir eso”.
Incluso como hipótesis, el problema permanece. Es decir, ofrece esas dificultades para explicar conductas dañinas sin establecer una relación. Durán, en cambio, propone considerar los efectos de la riqueza y el poder. La salvedad de Borsook no explica cómo pasa de una dificultad para entender a otros al desprecio por su bienestar.
Muchas personas nos sentimos más cómodas y seguras entre computadoras, trenes, libros, animales que entre otras personas. Eso no parece establecer qué consideramos que le debemos al prójimo. Alguien puede entender perfectamente una necesidad ajena y decidir ignorarla. También puede no interpretar una señal emocional y atender esa necesidad cuando se la expresan. La comodidad social, la comprensión de otros, la compasión, la preocupación por su bienestar y el ejercicio del poder no son intercambiables. Incluso cuando esas dificultades existen, no explican por sí solas qué intereses alguien decide defender.
Esto lo sabíamos hace veinticinco años y lo sabemos ahora. No hay buenos motivos para comprimir una ideología en una supuesta deficiencia personal. Los lugares comunes en torno a la empatía y el autismo –que generalmente dejan de lado la diversidad de experiencias de las personas autistas, algunas de las que describen respuestas empáticas incluso abrumadoras– pueden servir para patologizar aquello que nos incomoda, como si fuera un atajo para considerar a otro como un monstruo, un defectuoso espécimen de la especie que no nos representa.
El diagnóstico político de Borsook tiene virtudes que no justifican este atajo. Si las ideas de Borsook injustamente pasadas por alto merecen ser revisitadas, también podemos insistir con aquello que ya no podemos pasar por alto. Una crítica a Silicon Valley en razón de su desprecio por la trama social no puede apoyarse en una desatinada teoría de un “autismo prepolítico” que hace pasar un prejuicio por un análisis político.