Cazzu: el carnaval de la diabla del norte

La jujeña llevó el show de Latinaje a su provincia y se presentó por primera vez en un estadio. Crónica de una artista que revolucionó su tierra por unos días.

La tierra es roja, las piedras violetas o verdes. Al costado de la ruta veo unos ceibos altos, estirados hacia el cielo, que en vez de tener las flores como lenguas de los Rolling Stones se parecen más a un ramillete de media lunas rojas. No están solas, hay tipas que salpican con sus brotes amarillos la yunga jujeña. Roberto, el chofer, pregunta: “¿Vamos a buscar a la niña que canta?”. Sí, estamos yendo a buscar a Cazzu que va a dar una conferencia de prensa previo al primer estadio de su carrera, en la ciudad capital de su provincia, San Salvador.

Se sube mate en mano y partimos juntas hacia el Centro Cultural Lola Mora. Se prende la cámara cuando el serrucho de las piedras y el ripio queda atrás. Julieta Cazzuchelli me dice que el show es en la cancha de Gimnasia de Jujuy porque no le queda otra, que no está persiguiendo un tamaño. “El hecho de que esto sea un estadio tiene que ver con el territorio, con qué puedo hacer acá para que se acerque (el espectáculo de su disco) Latinaje. Si hubiera un teatro grande o un arena, lo haría”.

Pasan los altares al Gauchito Gil, pasan los puentes grandes sobre ríos famélicos, con apenas un chorrito de agua colándose entre las piedras. Una promesa de caudal. “Traen agua que da calambre”, dice Roberto cuando le consulto. A medida que nos acercamos a la ciudad, el terreno sube, baja, se pone más selvático.

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Cazzu piensa antes de hablar, se corre el pelo, toma mate. En algún momento de estos días dirá que los jujeños necesitan tiempo, sobre todo tiempo. Ella lo usa bien antes de responder la pregunta de por qué no ambicionar un estadio, si todas las popstar lo hacen, y dice: “Yo no creo que tenga la energía de atraer tanta gente una noche a un mismo lugar. Yo creo que lo mío es algo más chiquito, a veces más grande, como si fuera más líquido, no sé”. Me da un mate, tiene un gusto raro, pero no le digo nada. Yo, que vengo con el ritmo porteño, me muerdo la lengua para no repreguntar, para darle el espacio a que conteste, y ahí me dice: “Me doy cuenta de que es un orgullo hacer un lugar tan grande, pero no es el objetivo, el objetivo es estar con las personas del lugar en el que yo nací y poder mostrarles a esas personas lo que podríamos hacer, lo que pueden hacer, ahí radica mucho de mi ilusión”. 

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Fans acampan varios días antes del show. Foto: Romi Zanellato

Habla de sus amigos del secundario, de sus maestras, de la gente que pasó en algún momento por su vida. Cuando llegamos, todos bajan de la combi menos ella, que se saca el jean y se pone una falda con ruedo irregular y una blusa drapeada. Se cambia ahí, apenas tapada, frente a su equipo, que funcionan como una muralla, como una protección. Todos tienen una marca, después me daré cuenta de qué es.

La audacia

Entre las estatuas del Progreso, la Justicia, la Libertad, la Paz y el Trabajo, esas que Lola Mora había hecho en mármol de carrara para las escalinatas del Congreso de la Nación, Cazzu habla de qué significa ser una mujer del norte. «Somos pueblos violentados, somos pueblos estigmatizados por los estándares que se suponen», dirá frente a los micrófonos y medios de Buenos Aires, Salta, Tucumán y Jujuy. 

Esas piezas, hechas en 1907, imponentes por su belleza y precisión, fueron víctimas de necias polémicas. Que estaban muy desnudas, que no eran adecuadas para los valores de la república, que los hizo una mujer. Se retiraron de las escalinatas y las llevaron a San Salvador en 1924. “Para mí es muy importante mostrarle a la gente todo lo que somos, lo difícil que… –se interrumpe–. Es que el norte tiene tanto, tiene tanto más que otros lugares donde he estado y tiene unos valores culturales que son invaluables”.

Cazzu quiere empoderar, que el orgullo que sienten por ella se transforme en fuerza propia. Lo hace hablando con calidez, suave, sin lo apabullante que puede ser la pasión. Alguien le pregunta qué lleva de Jujuy en su vida cotidiana. Me mira, se ríe: “El burrito que le pongo al mate”, pero piensa un poco más y sigue, dice que tiene muy presente a su infancia, porque cría a su hija en un lugar muy distinto al que la rodeó cuando ella era niña, que no puede replicar esas formas de crianza que extraña. Y ejemplifica: «Mi abuela tenía una escuela cooperativa, ahí hice mi primaria. Éramos 5, 6 compañeros, izábamos la bandera y éramos 20. A la tarde yo tomaba clases de baile folclórico, de danza, y cuando se iba todo el mundo, en el mismo patio, jugábamos con mi hermana. Y para mí eso es algo particular, si vos me preguntás qué cosa particular hay en tu vida es haberme criado así».

Cazzu con su disfraz de diabla del carnaval jujeño. Foto: Sergio Parra.

Lo dirá ese día y lo dirá después, esa frase de “soy más de dónde vengo que quién soy”. Entre la rebelde Lola Mora, esta jujeña que canta sus verdades y se anima a decir lo que piensa, sale caminando con unos zapatos altísimos de dominatrix entre estatuas de mármol y la vista panorámica de la ciudad. Atrás quedan los medios, adelante queda el show.

Mi primer estadio

Antes de todo, las fans. Faltaban cinco días y se instaló una carpa. Al día siguiente ya eran diez, el miércoles había 40, el jueves 90 y el viernes se perdió la cuenta. Las chicas se organizan entre ellas: enumeran por orden de llegada y saben cuántas personas “cuidan el lugar” de cada carpa. Muchas, muchísimas no fueron nunca a un recital, creen que este acampe les va a garantizar un espacio/lugar preferencial por derecho adquirido en el campo. Muchas, muchísimas nunca vieron a Cazzu en vivo.

Alguien del equipo de la artista habilitó que pudieran entrar al estadio al baño y a buscar agua caliente. Una noche les llovió, pero ellas siguieron ahí. Son de San Salvador, mencionan los nombres de los barrios: Campo verde, Alto Comedero y Chijra o San Pedrito. Se pasan los días cantando y recorriendo sus discos, armando sus outfits, y haciendo carteles. Muchos hablan sobre Inti, la hija de Cazzu. De hecho, minutos antes de que empiece el show, la familia de Cazzu entró al predio y se sentó en un corralito destinado para ellos. Inti entró a upa de su abuela con el traje de diablita del carnaval y la platea estalló. Miles de personas entonaron su nana, la canción de cuna que está en Latinaje. La nena saludaba con su manito en alza en la postal más tierna imaginable. Todo un estadio le cantó su arrorró.

Pero volvamos afuera, a las carpas. ¿Qué les pasa con Cazzu?, les pregunto a varias de las personas que están ahí, en la explanada del estadio 23 de Agosto. “Me hizo sentir que alguien ve a Jujuy, que alguien lo nota”, dice Sara, de 26 años. En la otra punta, Lionel es un seguidor fiel. Como todo jujeño baila folclore, pero no le gustaba tanto: “Ahora si me gusta es por ella, ahora quiero volver a bailar y escuchar folclore por ella”. Otra, de la primera carpa, dice que el orgullo es total porque “a pesar de haberse ido a Buenos Aires nunca olvidó sus raíces y sigue volviendo a su Jujuy”.

La zona alrededor del estadio está revolucionada. Entre pintadas al Diego y a Messi aparece Cazzu. De los parlantes de los mercados sale Latinaje, de un paredón cuelgan remeras, de una parada de bondi se ven carteles, de los autos suena la niña que canta.

El show

Las diablas del carnaval bajan de los cerros antes de su tiempo natural –que es en febrero–, y se amontonan en el estadio. No son demonios malignos, son espíritus de alegría y picardía, que salen de la tierra jujeña para jugar unos días. Las plateas están llenas de hijas, sobrinas, primas, amigas, madres, abuelas, todas juntas celebrando lo que la Pachamama dispone, con trajes de colores, espejos y cuernos. Y dispuso a tal punto que toda la semana estaba pronosticado lluvia y este sábado el sol reina sobre el escenario. 

En el campo corren las primeras de la fila para llegar a la valla y estar lo más cerca posible de su leyenda. El equipo de Cazzu se instala en su lugar, la sonidista va a la torre, los camarógrafos a sus sectores, las productoras responden sus handys. Ahora lo veo, todos tienen Latinaje tatuado en sus brazos. Pregunto y no, no es temporal, es de tinta indeleble. Llevan la gira en la piel, para toda la vida.

Un ratito después de las 21 se apagan las luces. El ruido ensordecedor de los gritos da paso a una luz direccionada a un cuerpo misterioso sobre la punta del escenario, es la violinista Wara Calpanchay. Otra luz apunta de arriba, con dramatismo, a la quena de Mica Chauque, y así comienza la intro con la copla de Mariana Carrizo. Entre lo oscuro y lo iluminado, entre figuras de mujeres norteñas, entre sonidos andinos se inicia una noche llena de matices y momentos especiales. Rápido pasa a la parte más teatral de estas canciones latinas, del homenaje que la jujeña le hizo en su último disco a los sonidos del continente, “Ódiame”, “Sobre mi tumba”, “Me tocó perder” y “Piénsame” fueron las primeras que sonaron.

Mariana Carrizo, Micaela Chauque y Wara Calpanchay con Cazzu. Foto: gentileza.

Las tres artistas norteñas son las únicas invitadas por Cazzu. Y volverán al escenario después de que la cantante haga sus actos teatrales con los bailarines y las canciones avancen. “Amo la fiesta del Día del Estudiante, siempre quise tener mi propia carroza, así que me la hice”, le cuenta al público, que se ríe y celebra cuando ve una estructura de flores de color amarillo, rosado, naranja pastel. Las cuatro cantan juntas tres clásicos: “Si por Jujuy”, “Quiero volver a Jujuy” y “Jujuy Mujer”. El público llora, canta, la acompaña. Ya queda claro por qué la persona llamada Julieta Cazzuchelli que está dentro de Cazzu quiso traer este espectáculo, en su mejor momento, a su provincia natal: se respira algo de visceral y emocionante. 

Ya está por terminar. Ya pasaron todos los hits del trap, de la parte emo, y los del último disco. Se siente que está culminando la noche, mientras en el cielo, allá arriba donde viven los cerros, unos refucilos avisan que la tormenta pasó, que nos dio una tregua. La cumbia “Con otra”, el gran hit, se canta a los gritos, la gente baila, y ella se va, pero vuelve vestida de diabla. Este es el carnaval de Cazzu, y ella invitó a todas a jugar. Las diablas de la comparsa Los alegres de Uquia toman el escenario. Es una fiesta para los sentidos. Los papelitos vuelan por el aire, se cruzan con los fuegos artificiales. Suena “Jujuy estrellado”, y ella se quiebra. Cae de rodillas al escenario. “Jujuy te amo, gracias por esto”, dice. Llora. La tierra y el cielo lo permitieron.

Afuera del estadio las sonrisas, el olor a choripan, las remeras, los cuernitos rojos que todavía titilan, se van abrazados. Se termina una noche, pero durará su recuerdo. Porque cuando algo así se siente bien fuerte, bien profundo, se transforma en un amor para toda la vida.

Periodista. Neuquina en estado de porteñitud y sala de ensayo. Editora en Cenital. Autora de "Brilla la luz para ellas. Una historia de las mujeres en el rock argentino 1960-2020" y "Entre dos ríos". Hace Ruido y Sentimiento en YouTube.