Brasil: ¿y si Lula pierde?

Con números de gestión positivos, las elecciones presidenciales en octubre se perciben como inciertas. El rol de Bolsonaro.

Brasil creció al 3,4% en 2024 y volvió a expandirse en 2025 un 2,3%, desafiando previsiones iniciales que anticipaban un enfriamiento mayor tras un inicio de año en el que el real fue objeto de fuertes presiones especulativas. El agro volvió a jugar un rol central –con un crecimiento superior al 11% en 2025–, pero tanto los servicios como la industria mostraron avances, si bien más modestos, consistentes. Al momento de entrega de mando, el primero de enero del año próximo, el tercer gobierno de Lula da Silva se ubicará, junto a sus dos anteriores mandatos, entre los de mayor crecimiento desde la recuperación democrática, aún con condiciones menos favorables que sus dos primeras gestiones, a comienzos de este siglo.

En inflación, los resultados también son buenos. La meta del Banco Central es del 3%, con un techo de 4,5%. Tras cerrar 2024 en 4,83%, por encima del rango, la inflación fue desacelerándose durante 2025 y en febrero de 2026 marcó 3,81% interanual, dentro de la meta de la autoridad monetaria, y el nivel más bajo desde la pandemia. El Real recuperó su fortaleza, con una apreciación real de 11% en 2025. El mercado laboral completa el cuadro. La tasa de desempleo se ubicó en 6,6% en 2024 y a 5,6% en 2025, el menor nivel promedio de la serie histórica, con registros en torno a 5,4% a comienzos de 2026. A esto se suma una recuperación del ingreso real, impulsada por la recomposición del salario mínimo, las transferencias sociales y la caída de la inflación.

Si te gusta Mundo propio podés suscribirte y recibirlo en tu casilla los lunes.

El gobierno de Lula consiguió avanzar en dos grandes reformas tributarias que en Brasil llevaban décadas empantanadas. La reforma tributaria sobre el consumo simplifica un sistema extremadamente fragmentado, facilitando la vida de personas y empresas, con un impacto neutro en los niveles de imposición, mientras que los cambios en el impuesto a la renta permitieron elevar el mínimo no imponible hasta los cinco mil reales mensuales (unos mil dólares), compensados con una mayor carga sobre ingresos muy altos y actividades socialmente cuestionadas como las apuestas en línea.

¿O las instituciones? 

A un panorama económico que, sin brillar, es más que alentador, Brasil sumó una fuerte reconstrucción institucional. La justicia avanzó sobre los intentos de desestabilización de los resultados electorales así como de las campañas de noticias falsas y agitación golpista en redes sociales –con un celo que muchas veces apareció, por sí mismo, propio de situaciones de estados de excepción– condenando tanto a manifestantes como a figuras públicas vinculadas a los actos de golpismo, incluyendo no sólo políticos, sino empresarios y, por primera vez en la historia, militares.

En política exterior, más allá de fracasos evidentes como las iniciativas de democratización de Venezuela, o el intento de refundación de Unasur, Lula pudo hacer gala de sus habilidades como líder global cuando enfrentó las amenazas de aranceles masivos y políticamente motivados de Donald Trump, que terminó en la escenificación de un acercamiento en el que Lula salió fortalecido, obteniendo concesiones del estadounidense sin haber cedido, aparentemente, en ninguna de sus posturas de principio. 

¿Cenital te sirve? Ayudalo a que siga. Acá trabajamos para explicar de manera sencilla cuestiones complejas para que nuestra audiencia pueda tomar decisiones informadas con datos confiables. Entendemos al periodismo como un servicio público y por eso nuestras notas siempre estarán accesibles para todos. Pero producir cuesta plata y por eso les pedimos a quienes puedan que nos den una mano para financiar el periodismo que hace falta. Si te gusta lo que hacemos, sumate vos también.

Sumate

Brasil también volvió a intentar ocupar el centro de la escena multilateral, particularmente en materia de ambiente. Fue sede de la COP, recibiendo delegaciones de todo el mundo, y respaldó su postura con hechos. La deforestación amazónica cayó 11,08% en 2025, al nivel más bajo en once años, lo que abrió camino para la aprobación del acuerdo Mercosur Unión Europea. Lula no sólo desarmó la política ambiental bolsonarista: reconstruyó capacidad estatal y credibilidad externa, y lo hizo sin resignar actividades estratégicas. El agro y la minería siguieron expandiéndose y se aseguraron nuevas áreas de explotación petrolera.

La oposición es una PyME familiar

Por otro lado, la teoría también parecería favorecer al oficialismo. Jair Bolsonaro, el principal rival de Lula, derrotado en 2022, se encuentra inhabilitado para competir en las elecciones y luego condenado con una cantidad abrumadora de pruebas por su rol en los intentos de desestabilización democrática tras las últimas elecciones presidenciales. Su ligazón en la instigación, tanto a un fallido intento de golpe de Estado como al clima político que derivó en los ataques del 8 de enero de 2023, fueron reconocidos no sólo por la justicia, sino por la mayoría de los brasileños, que se mostraron en todas las encuestas de acuerdo con la condena.

Si Bolsonaro aparecía enfrentado a la voluntad de la mayoría de los brasileños, conservó también a una minoría significativa, intensa y movilizada, cuyo apoyo difícilmente fuera a mudar tras haberse mantenido frente a las innumerables pruebas, y las condenas en su contra, así como las repetidas manifestaciones incendiarias de su parte. En este contexto su salida forzada del mapa abría una posibilidad de renovación de la derecha, con figuras de apariencia más moderada, como el gobernador de San Pablo, Tarcísio de Freitas que pudiera absorber y ampliar el movimiento, prometiendo amnistía y rehabilitación del líder condenado.

Un trasvasamiento de ese calibre, sin embargo, hubiera significado resignar poder y protagonismo, y arriesgar a resignar aún más en el futuro. Bolsonaro prefirió preservar el control del espacio, aún cuando limitara el techo teórico electoral, y ungió en cambio a su hijo Flávio, senador por Río de Janeiro. Una apuesta por la continuidad, aun a costa de limitar el crecimiento electoral. El problema es obvio, Flávio carga a priori todos los atributos negativos de su padre, pero no tiene su mismo nivel de conocimiento ni de popularidad, y además arrastra cuestionamientos judiciales propios, particularmente por la relación con las milicias cariocas. No debería extrañar, entonces, que arrancara con doce puntos de desventaja en las encuestas.

Hasta el empate técnico, y más allá

Brasil, dicen, no es para principiantes, y la política brasileña volvió a desmentir la lógica. Las encuestas muestran una convergencia sostenida. La ventaja inicial de Lula se redujo hasta un escenario de empate técnico, en el que Bolsonaro hijo tiene ventaja en algunas simulaciones de segunda vuelta. 

AtlasIntel pasó de registrar una ventaja clara para Lula a un virtual empate y luego a una leve ventaja de Flávio Bolsonaro en segunda vuelta. Datafolha muestra diferencias dentro del margen de error (46% a 43%), mientras que Quaest marca un empate (41% a 41%). Más importante aún, los niveles de rechazo también se igualaron, en torno al 45–46% para ambos candidatos. 

En ese marco, los espacios para terceras opciones aparecen complejos, y cualquier intento de una derecha más institucional de construir terceras opciones aparece devorado por la lógica de polarización. Bolsonaro, rápidamente, pasó de un candidato cuestionado a uno inevitable. El tamaño de la base del bolsonarismo hace impensable que alguien que quiera enfrentar a Lula con chances pueda ubicarse por fuera del espacio.

La resiliencia del bolsonarismo

Explicar el rápido recorte de lo que aparecía como una ventaja cómoda, casi irremontable, requiere sin embargo una explicación más allá de la polarización electoral en sí misma.

Por una parte, Flávio Bolsonaro se presenta abiertamente como una figura más moderada que la de su padre. Con un apellido que garantiza el mantenimiento del núcleo duro, y sin variaciones de sustancia, evita los excesos retóricos de su padre, que generaban rechazo en amplios sectores, incluso con afinidades sociales y económicas alejadas del lulismo y la centroizquierda. Al mismo tiempo, para la derecha no bolsonarista competir por fuera del armado de Flávio implica fragmentar el voto y facilitar una victoria de Lula, con repercusiones directas en el número de diputados, senadores y gobernadores. La polarización de la política como complemento de la polarización electoral.

A esto debería sumarse un último factor, de peso simbólico. Jair Bolsonaro, hoy condenado a 27 años de prisión, con arresto domiciliario por razones de salud, y privado de poder hacer actos o manifestaciones públicas es una figura menos presente y amenazante de lo que era en 2022. El lugar tóxico y de polarizador negativo que la oposición utilizó con eficacia en aquel entonces es difícilmente repetible. Su deterioro físico, si algo, produce un efecto de empatía y una cierta desdiabolización de su figura en algunos sectores que contribuye a la reconstrucción competitiva.

Los puntos débiles de la economía 

Para el oficialismo, el desempeño macroeconómico, y los buenos indicadores reales contrastan con algunos problemas de la experiencia cotidiana. Como le sucedió a Joe Biden en los Estados Unidos, y a Trump, al menos hasta el lanzamiento unilateral de la guerra en Irán, la percepción de la economía por parte de los ciudadanos es más negativa de lo que sugieren los números. A pesar de la desaceleración inflacionaria, arrecian las quejas por el costo de vida, la manera en que los precios de alimentos, servicios y bienes esenciales presionan sobre los hogares.

El problema se agrava cuando se combina con el costo del crédito. Para amplios sectores, la ecuación es clara: empleo hay, pero el dinero rinde poco y financiarse es caro. Brasil tiene una de las tasas reales más altas del mundo. La tasa SELIC, de referencia se ubica en torno al 15% con una inflación menor a 5%, y se espera que baje muy gradualmente y en un marco de tensión entre el gobierno y el Banco Central sobre el ritmo de esa reducción.

Ese esquema impacta directamente sobre la vida cotidiana. El crédito al consumo –especialmente tarjetas y préstamos personales– opera con tasas muy superiores a la referencia. Los datos de endeudamiento de los hogares reflejan la profundidad del problema. El nivel de endeudamiento de los brasileños se mantiene en torno al 48–50% del ingreso familiar, y una proporción significativa de las familias destina más del 25% de sus ingresos al pago de obligaciones financieras. En términos prácticos, eso limita el margen para consumir, incluso cuando el salario real mejora.

Para el gobierno, se trata de una encrucijada compleja. El equipo económico identifica el costo del crédito como un problema político, pero advierte que forzar una baja de tasas podría resultar contraproducente. Una intervención agresiva podría deteriorar la confianza de los mercados, presionar el tipo de cambio y terminar encareciendo aún más el financiamiento para contener la moneda.

Un país que cambió más que el PT

Acaso igual de importante que el costo del dinero y el malestar flotante sobre el costo de vida sean los cambios sociales y culturales que sufrió Brasil en las últimas décadas. Como señala Brian Winter en un artículo reciente, el Partido de los Trabajadores enfrenta un desfasaje con las transformaciones culturales de la sociedad brasileña.

Brasil se volvió más conservador en materia de valores y cambió su aspiracional en la trayectoria profesional de la mayoría. La religión tiene un lugar importante y se mezcla a menudo con la política, algo que puede rastrearse incluso en la fundación del Partido de los Trabajadores. El crecimiento de la población evangélica, casi un tercio de la población total, y su transformación en una base de votantes estable –aunque no unánime– para la derecha es relevante. Solapado a ello, aunque sin mimetizarse, aparece la valorización de la familia tradicional.

A los valores tradicionales hay que sumar el crecimiento del emprendedurismo y la lógica de autonomía individual. Winter señala el cambio en el aspiracional, del empleo registrado formal al emprendimiento propio. Lo avalan distintas encuestas tanto sobre las preferencias de la población como sobre las iniciativas de los jóvenes. Dos encuestas recientes indicaron que cerca de un tercio de los menores de 30 años pensaban abrir su propio negocio. La seguridad también aparece como una cuestión central a la que la izquierda también le cuesta encontrar respuestas. No casualmente, el declive relativo en la popularidad de Lula comenzó tras la operación contra el Comando Vermelho que dejó 121 muertos a finales del último año en las favelas de Río de Janeiro. De acuerdo a un relevamiento de AtlasIntel más de ocho de cada diez moradores apoyaba los operativos.

El cuadro se completa con el regreso del tema corrupción al centro de la escena. Si bien los casos vinculados al Instituto Nacional de Seguro Social y al Banco Master no implican directamente a Lula y obedecen a cuestiones estructurales de la política brasileña, reactivan asociaciones patentes en el imaginario público desde la hoy desgraciada Operación Lava Jato, con el agregado de que el caso del Banco Master salpica al Tribunal que condenó a Bolsonaro. Son asociaciones que la oposición busca capitalizar conduciendo –de manera sumamente cuestionable– comisiones parlamentarias de investigación, en un Congreso de perfil sumamente conservador.

Déjà vu

En este marco, ausente algún acontecimiento extraordinario de esos que la política internacional insiste en querer convencernos de cotidianizar, Brasil se encamina así a repetir una elección similar a la de 2022.

En aquel entonces, con un Bolsonaro cuestionado y Lula al frente de una coalición ideológicamente amplia y diversa, el resultado se definió por un margen mínimo. Hoy, con logros evidentes y una economía razonablemente ordenada pero atravesada por una sociedad que ya no es la que Lula hegemonizó con maestría, el escenario vuelve a ser incierto.

En gran polarización, con una sociedad corrida más a la derecha, y una agenda que muchísimas veces es incómoda para el progresismo, la pregunta es si hacer un buen gobierno todavía alcanza para ganar una elección.

Es abogado, especializado en relaciones internacionales. Hasta 2023, fue subsecretario de Asuntos Internacionales de la Secretaria de Asuntos Estratégicos de la Nación. Antes fue asesor en asuntos internacionales del Ministerio de Desarrollo Productivo. Escribió sobre diversas cuestiones relativas a la coyuntura internacional y las transformaciones del sistema productivo en medios masivos y publicaciones especializadas. Columnista en Un Mundo de Sensaciones, en Futurock.