Brasil, un espejo para Milei y Cristina

Economía, justicia y sanción social. Los movimientos de Patricia Bullrich.

La elección de primera vuelta en Brasil tiene dos interpretaciones posibles. Como parte de una ola de derrotas de los oficialismos en toda América del Sur, un proceso que, mirado de ese modo, llevaría ya al menos una década y que explicaría comportamientos pendulares confundidos con oleadas. Primero de gobiernos de derecha y centroderecha, luego de izquierda y centroizquierda y, finalmente, la actual donde toda la política sudamericana aparece marcada por gobiernos de derecha dura que –si se confirman en segunda vuelta los resultados de la primera– gobernará en todos los países latinos de América del Sur, con la excepción de Venezuela, que estaría nítidamente en este bloque sin el fraude de Nicolás Maduro en 2024 y hoy aparece alineada por su adaptación a la subordinación a los deseos de Donald Trump tras la extracción, violenta e ilegal, del propio Maduro.

La otra mirada posible supone que esa coincidencia de gobiernos de derecha tiene que ver con transformaciones más estructurales y proyecta, aún sin asegurarla, una nueva etapa de hegemonías políticas. Cuestiones como la crisis del trabajo asalariado y el auge del cuentapropismo, la centralidad de la cuestión de la seguridad y el crimen organizado, y la proliferación de valores que, por distintos motivos, conectan con un mayor conservadurismo social –desde el auge del evangelismo en distintos países hasta el antifeminismo de los varones jóvenes– supondrían así un cambio más profundo que el mero hartazgo.

Hay elementos para pensar en ambos. Los pasos en falso y la baja popularidad de líderes como Kast en Chile, Noboa en Ecuador, el propio Jair Bolsonaro durante la mayor parte de su gestión y el mismo Milei tras su victoria en la elección de medio término, muestran una fragilidad a la que la hipótesis de la nueva hegemonía difícilmente pueda responder, pero al mismo tiempo la persistencia de estas fuerzas, su capacidad de seguir polarizando y sobrevivir a escándalos serios y hasta manifestaciones severas de desgobierno como la gestión bolsonarista de la pandemia, evidencian una resiliencia política que excede la demostrada capacidad de este sector para equivocarse de manera persistente cuando están en el gobierno.

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La victoria parcial de Flávio Bolsonaro es en este sentido sintomática. Jair Bolsonaro fue derrotado por un frente político amplio, encabezado por Lula da Silva, pero que integró figuras de centro y centroderecha. La diferencia, a pesar de una gestión caótica, deslucida y marcada por las 600 mil muertes por el COVID-19, fue sumamente exigua en favor de Lula. Apenas dos puntos. Bolsonaro complotó con los militares para intentar impedir su asunción. Fue condenado por el Supremo Tribunal, con una tonelada de pruebas, por un intento de golpe de Estado en el que estaba involucrada una fracción minoritaria, pero expresiva del generalato. Debió cumplir pena de prisión y aún hoy se encuentra en domiciliaria, con una salud precaria e impedido judicialmente de poder hacer ninguna manifestación pública en medios o redes sociales.

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A pesar de eso, se impuso a nombres relucientes de la derecha, algunos más moderados, otros menos, para nombrar a su hijo –un dirigente sin brillo, caracterizado por el sistema como poco carismático y potencialmente problemático– como candidato presidencial. Bolsonaro demostró primero un liderazgo expresivo en la derecha y luego una capacidad brutal de ganar elecciones. Flávio superó su desempeño comparado tanto con la primera vuelta de 2022 como con la primera vuelta de 2018. El PL, su partido –a esta altura una empresa familiar– tendrá la mayor bancada legislativa desde la recuperación democrática y no aparece tan lejos de poder generar mayorías para aprobar fácilmente enmiendas constitucionales y juicios políticos.

Vale repetirlo, todo tras una gestión deslucida y una condena por golpismo que la mayoría de la población consideraba, según las encuestas, justa. Por segunda vez en una gran democracia americana –la primera fue Donald Trump–, una persona que es responsable de un atentado contra la democracia está accediendo al poder después de ese atentado contra la democracia. La crisis del sistema es evidente. La discusión sobre las instituciones recuerda la charla en Berlín entre Mirabeau y Federico el Grande. Mientras el francés describía la Norteamérica republicana, Federico lo interrumpió. “Señor”, le dijo, “conocí a un joven que, después de una visita a las regiones donde reinaba la Libertad y la Igualdad, se empecinó en establecer todo aquello en su país. ¿Sabe qué le ocurrió?”. “No, Majestad”, respondió Mirabeau. “Fue colgado, señor”.

Un dato interesante es que los votantes de Bolsonaro no se perciben a sí mismos como antidemocráticos, sino que atribuyen esa característica a sus rivales. La falta de discursos compartidos es otro dato relevante. En cualquier caso, condenas que en otro tiempo terminaban con una carrera política hoy lucen no irrelevantes, pero sí de efecto extremadamente limitado y acompañan narrativas de persecución de forma transversal en el espectro político. De ganar, Flavio Bolsonaro controlará mayorías en el legislativo y en los gobiernos de los estados. Puede ser que sea parte de una ola antioficialista, pero la potencia y coherencia electoral de los resultados es expresiva.

Esa mayoría significa que –nuevamente, de ganar– Bolsonaro va a tener muy probablemente la capacidad de rehacer las instituciones. Van a nombrar tres jueces de la Corte Suprema, pero además de esos tres jueces, muy posiblemente haya un juicio político contra Alexandre de Moraes, el juez nombrado por Temer que condujo la investigación por la cual Bolsonaro terminó siendo condenado y que hoy está involucrado en una causa de corrupción. Junto a André Mendonça, Luiz Fux y Kassio Nunes Marques, a los que se podrían sumar otros, los números sobran para la construcción de una mayoría en el máximo tribunal. Es decir, va a tener un poder, si gana, que es inédito en Brasil desde la vuelta de la democracia. Si ganara Lula, en cambio, probablemente debería enfrentar el mismo nivel de inestabilidad que enfrentó Dilma Rousseff cuando gobernó desde 2014 con un Congreso hostil. Lula es infinitamente mejor para la negociación política que Dilma, pero la contingencia es alta: Rousseff terminó destituida por juicio político.

Esta victoria bolsonarista, todavía parcial, tiene varias razones. Hay un deseo de cambio en el electorado, una promesa de bienestar que no llegó y problemas para pensar desde lo económico. Está el endeudamiento de las familias y el modo en que afecta al poder adquisitivo del salario. La idea de que, más allá de si los sueldos le ganaron o no a la inflación –lo hicieron–, los bienes básicos como la comida y los combustibles están caros. Una sensación que, si uno mira la evolución de los ingresos, su aumento superó el aumento de los precios. Los más pobres mejoraron, y también lo hicieron el mercado de trabajo formal y los índices de desempleo, pero la mayoría de los brasileños compran sus bienes durables en cuotas y las cuotas tienen cada vez más intereses, es decir, son cada vez más caras. La mejora del poder adquisitivo queda fuertemente relativizada, el costo del dinero no sale en el índice de inflación.

Más allá de los problemas, la economía muestra buenos números. Es difícil explicar el triunfo de Bolsonaro sólo por factores económicos. Brasil está a la derecha de hace una década y, si prestamos atención a las mediciones, más allá de las coincidencias entre sus gobiernos, es también mucho más conservador que la Argentina de hoy. A Lula, como al peronismo, los afecta la transformación del mercado de trabajo, donde proliferan los cuentapropistas y los que venden su trabajo a través de aplicaciones. El PT nació al amparo de una sociedad sindicalizada que ya no existe. Incluso el trabajo registrado dejó de ser un aspiracional de los jóvenes, quienes prefieren emprender.

Por último, la seguridad encabeza las preocupaciones en la agenda de la ciudadanía y la mayoría cree que el progresismo no le da respuestas. No importa si las intervenciones de unos u otros son más o menos eficientes. El caso de un operativo en dos complejos de favelas de Río de Janeiro el año pasado es ilustrativo. Hubo más de 100 muertos. La consultora Atlas/Intel midió un apoyo que superaba el 85% entre los habitantes de las favelas cariocas. Aunque la operación no impactó sobre el poder de las bandas narcocriminales, que siguen operando con normalidad, la muestra de poder represivo estatal cosechó apoyos.

En Argentina, Milei apostó temprano por Flávio. Una apuesta riesgosa, ya que el hijo de Jair no era favorito en ninguna encuesta. Sacrificó por meses las relaciones con Brasil. Antes había apostado por Trump decididamente –¿acaso sin especulación?– ante el descontento de la administración Biden, cuando la elección tenía resultados más que inciertos. Es la segunda vez que juega en la ruleta de la afinidad política una relación para el país y, salvo que caiga una bomba atómica en las próximas tres semanas, será la segunda vez que acierta. Hay quienes especulan sobre si el presidente va a perder protagonismo, convertido en una suerte de número tres en las prioridades de Washington, detrás de Colombia y Brasil, sin contar el activo romance de Trump con Delcy Rodriguez. La pregunta sobre el protagonismo de Milei y el ego frágil está abierta, pero medida en impactos concretos no está claro que sea tan importante. Esta misma semana, el Secretario del Tesoro, Scott Bessent, volvió a destacar el apoyo que le había dado a la Argentina frente a la acción “desestabilizadora” de la oposición y dijo que estaría dispuesto a hacer intervenciones de ese estilo en el futuro, como parte de una apuesta de seguridad nacional. En ese escenario, el mayor riesgo que enfrenta Milei no es la pérdida de protagonismo, sino una debacle republicana que se anticipa en las legislativas de noviembre.

Mirando la elección, debería preocupar más a Milei la insatisfacción económica que evidenció el voto de los brasileños aún ante una gestión económica razonable. El Presidente seguramente se beneficia de algunos cambios sociales análogos aunque menos marcados que los que empujaron las velas del bolsonarismo. Sin embargo, los resultados de su gestión económica brillan menos que los de Lula. Cuando se miran los datos de consumo, la evolución de la situación de los ingresos personas y la insatisfacción con la realidad económica personal, la evidencia se vuelve preocupante para el oficialismo. Los datos de crecimiento e inversión argentinos son peores que los brasileños y el único logro relevante que tiene el Gobierno en materia económica, que es grande, es la baja de la inflación. Es un activo cada vez más apagado, la caída pronunciada queda cada vez más lejana en el tiempo y la inflación parece haberse estancado –con meses mejores y meses peores– en un nivel relativamente alto en el último año y medio, mientras la tendencia es recesiva incluso con un contexto externo relativamente favorable.

En el peronismo, seguramente, toman nota. Hay otro dato importante para la oposición. Más allá de sus afinidades ideológicas y afectivas con Lula, Cristina Fernández de Kirchner debe haberse dejado tiempo para una pequeña sonrisa egoísta a la hora de analizar el resultado. El arquitecto de la victoria de Flávio es Jair Bolsonaro. Preso con domiciliaria, impedido incluso de expresarse públicamente por entrevistas y en redes sociales. El costo político que pagó por su condena es cero. La dinámica de la polarización hizo que sus seguidores descarten las acusaciones como intrínsecamente injustas, mientras a los indecisos le resultaron irrelevantes. La condena, si tuvo algún efecto, fue volverlo menos peligroso a los ojos de esa parte de la ciudadanía. Y quienes toman la condena como algo grave e inhabilitante ya estaban convencidos de eso antes de que se produjera. Antes que él, Lula también ganó las elecciones después de haber estado preso y se mantuvo antes como líder indiscutido del espacio de izquierda y centroizquierda, incluso después de haber sido sometido a un proceso de deslegitimación por el sistema. En la derecha brasileña, a diferencia de la izquierda lulista, había liderazgos potencialmente más atractivos electoralmente que el de Flávio, pero Jair impuso, contra el deseo de consejeros y figuras de la política, a su persona de mayor confianza como candidato, y se quedó con todos los votos. Rafael Correa lleva tiempo ejerciendo su liderazgo en la izquierda de Ecuador, y si bien sus candidatos no llegan a ganar, llegaron competitivos a todas las segundas vueltas.

En ese contexto, Cristina tiene derecho a entonces a tomar el ejemplo y cuestionar, severamente –como lo hace– cualquier desafío a su liderazgo. En cambio, puede pensar que, aún sin un nombre especialmente fuerte, podría poner su propio peso detrás de una candidatura de su mayor confianza y esperar que la lógica de la polarización y la precariedad de la economía de las familias hagan el resto.

El problema de la economía de Milei puede adquirir una dimensión política más profunda que el desgaste mencionado. Según diferentes sondeos, empieza a crecer otra demanda: que el Estado intervenga donde el mercado no consigue ofrecer una respuesta. Hoy el votante libertario –duro o blando– celebra la baja de inflación, pero espera que el Gobierno haga algo cuando sus ingresos no alcanzan para afrontar servicios esenciales. Una obviedad que no lo debe ser tanto porque, hasta el momento, el presidente no atendió esa demanda.

Esto abre un escenario interesante. De profundizarse esta tendencia, el Gobierno tendrá que implementar medidas que su discurso contribuyó a deslegitimar y, lo más importante, deberá hacerlo mientras intenta convencer a los inversores que la continuidad de su programa está asegurada. La inflación durante la presidencia de Alberto Fernández –con Sergio Massa al frente de Economía en su último tramo– produjo algo más que una pérdida de ingresos. Los precios cambiaban antes de que los consumidores terminaran de acostumbrarse a los anteriores, la carga impositiva seguía ahí y las prestaciones, en cambio, perdían calidad. Educación, salud, transporte: cada servicio tenía su explicación particular para funcionar peor, pero el contribuyente recibía la cuenta total.

Para defender ese Estado hacía falta una vocación que muchos argentinos habían perdido. Los que podían pagaban dos veces –los impuestos y la solución privada a lo que esos impuestos debían garantizar– y el que no, se quedaba con la prestación deteriorada. “Caen en la educación pública”, diagnosticó de manera temprana Mauricio Macri. Milei encontró una sociedad a la que resultaba cada vez más difícil explicarle qué recibía a cambio de sostener una estructura tan costosa y su discurso tenía la ventaja de convertir una frustración cotidiana en una explicación general.

La motosierra ofreció una respuesta reconocible a ese malestar. Después vino la parte más difícil que era conseguir que el recorte se pareciera, para quienes lo habían votado, a una mejora. Algunos sondeos empiezan a registrar un cambio en aquella disposición social. Crece la demanda de un Estado que intervenga donde el mercado no llega a resolver. Conviene mirar con cuidado qué significa. Un votante puede seguir rechazando el déficit, el empleo público utilizado como refugio partidario y los privilegios de los funcionarios, y pedir que alguien haga algo con el costo de la salud, el transporte o los servicios. Las preferencias de los ciudadanos tienen menos criterios dogmáticos que los discursos de la casta.

En términos conceptuales, la sociedad parece estar migrando hacia la fórmula popularizada por Willy Brandt: “Tanto mercado como sea posible, tanto Estado como sea necesario”. Esta mirada describe una combinación de preferencias, convertirla en una mayoría electoral es bastante más difícil. En esta época, dominada por el fanatismo ideológico, una política desapasionada ideológicamente y libre de imperativos morales es tan necesaria como un vaso de agua en el desierto, pero probablemente de fracaso asegurado en términos electorales. La Argentina conoció varias versiones de esa expectativa centrista y pocas experiencias capaces de organizarla políticamente. ¿Encontrará esta vez una representación? Cristina parece creer que sí. La expresidenta advierte que, si se eliminan las PASO, la próxima elección podría organizarse en cuatro fórmulas competitivas así como en 2023 anticipó la “elección de tercios”. Esto, naturalmente, aumenta la incertidumbre que importa especialmente para una economía cuya estabilidad depende, en parte, de las expectativas sobre el próximo gobierno.

Para Milei, esa incertidumbre tiene un costo potencial que excede las encuestas. El horizonte financiero necesita alguna expectativa sobre el horizonte político. Y la expectativa política del oficialismo necesita que el financiero no se desordene. Es una relación incómoda porque cada uno le pide al otro que garantice lo que todavía no puede garantizar por sí mismo. Sin embargo, lo más relevante de la lectura de Cristina es qué sectores identifica en esas cuatro fórmulas: Milei, una opción del establishment con rostro humano y dos candidatos del peronismo. CFK sugiere, así, que un candidato será el que ella elija. ¿Y el otro? ¿Kicillof? ¿Anticipa un movimiento o amenaza para negociar? Como siempre con Cristina, no lo sabemos.

El vínculo entre el riesgo electoral y el financiero estuvo presente en las conversaciones de Argentina Week en París. Una búsqueda de refugio por parte de los inversores, una mayor dolarización o un aumento del riesgo país podrían complicar el horizonte del oficialismo. Las declaraciones de Luis Caputo permiten observar esa preocupación. El ministro llamó “anticristo” a Kicillof y explicó que el Gobierno se prepara para un escenario adverso. Enumeró respaldos financieros y sostuvo que dispone de recursos para afrontar una mayor dolarización electoral. La confianza declarada convive con la necesidad de explicar cómo actuaría si esa confianza no fuera compartida por los inversores. Caputo había dicho que el “riesgo kuka” era “cero”. Fue el 28 de abril de este año. Hace menos de tres meses.

Patricia Bullrich introdujo una ambigüedad distinta. Al hablar de la próxima elección, destacó la importancia de que “este proyecto pueda avanzar” y agregó: “No sé en qué lugar me va a encontrar”. La frase admite una lectura sobre sus aspiraciones, aunque todavía no constituye una definición de candidatura y también deja abierta una pregunta sobre el oficialismo: hasta qué punto la continuidad del programa y la reelección del presidente seguirán siendo una misma causa. Sería apresurado convertir esa declaración en el anuncio de una candidatura, por dentro o por fuera de La Libertad Avanza, pero Bullrich eligió hablar del futuro del proyecto y dejó indeterminado su propio lugar.

La hipótesis Bullrich tiene un punto de apoyo porque su imagen positiva la vuelve una alternativa verosímil para quienes buscan preservar el rumbo con otro liderazgo, pero la política argentina tiene una larga tradición de candidaturas que funcionan mejor en la mesa de arena del círculo rojo que cuando la sociedad entra al cuarto oscuro. La pregunta es en qué escenario podría ganar Bullrich. Si heredara la candidatura porque Milei hubiera agotado sus posibilidades, también heredaría las razones de ese agotamiento. Cuesta imaginar que un proyecto llegue suficientemente herido como para abandonar la reelección de su fundador y recupere competitividad con un cambio de nombre. Bullrich podría ofrecer atributos propios, aunque tendría que explicar por qué merece continuar un gobierno cuyo presidente ya no consigue hacerlo.

La otra posibilidad es que decida disputar por sus aspiraciones, aun con Milei en carrera. Podría encontrar apoyo en sectores empresariales interesados en una continuidad menos incierta y convertirse en esa cuarta candidatura que imagina Cristina. Tendría entonces un problema distinto: si Milei conservara un núcleo cercano al 30%, buena parte del electorado libertario seguiría con él. Bullrich tendría que buscar los votos que le faltaran entre los desencantados del Gobierno y los ciudadanos que esperan una oferta más moderada. Ese desplazamiento tampoco sería sencillo. Bullrich tiene audacia, coraje y una identidad construida alrededor de la confrontación. Son atributos que le dieron reconocimiento y que no puede modificar de un día para el otro. En una campaña presidencial tendría poco tiempo para ponerse el sobretodo de la moderación.

Aparece ahí una paradoja que, con todas las distancias políticas, también alcanza a Myriam Bregman: una imagen favorable puede extenderse bastante más allá del electorado disponible. Ambas figuran entre las dirigentes mejor valoradas en distintas mediciones, pero ese reconocimiento no resuelve dónde podrían reunir una mayoría. La encuesta permite aprobar a varios dirigentes al mismo tiempo. La boleta obliga a elegir uno, pero, en intención de voto, la líder del PTS se ubica en los dos dígitos en un sondeo reservado del Gobierno al que tuvo acceso #OffTheRecord.

Milei necesita que esas dos continuidades sigan juntas, defender el programa económico tiene que implicar defender su reelección. La dificultad crecerá si una parte de la sociedad empieza a pedir correcciones y una parte de quienes sostienen el rumbo empieza a preguntarse quién está en mejores condiciones de preservarlo. El presidente construyó su ascenso interpretando lo que los argentinos ya no querían tolerar del Estado. Ahora tiene que interpretar qué esperan que haga. Mientras tanto, sus aliados empiezan a hablar del futuro. Habrá que escuchar a quién nombran.

Es director de un medio que pensó para leer a los periodistas que escriben en él. Sus momentos preferidos son los cierres de listas, el día de las elecciones y las finales en Madrid. Además de River, podría tener un tatuaje de Messi y el Indio, pero no le gustan los tatuajes. Le hubiera encantado ser diplomático. Los de Internacionales dicen que es un conservador popular.