Brasil: la elección de las figuritas repetidas

Los votantes no se entusiasman frente a la contienda del domingo. Entre la continuidad de Lula o la vuelta de la familia Bolsonaro, las predicciones de las encuestadoras y el clima en el país vecino.

Como es tradición en los artículos editoriales de los grandes diarios estadounidenses, esta columna quiere compartir con vos, lector, su preferencia electoral. Lula dista mucho de ser perfecto, pero ha sido, a lo largo de tres mandatos, un igualador social, que expandió derechos, generó crecimiento económico, desarrolló regiones enormemente postergadas y creó clases medias. La familia Bolsonaro, en cambio, ha sido el vehículo de prácticas e ideologías extremistas, y protagonizó el atentado contra la democracia más importante desde su recuperación plena, en la década del 80. En este marco, creo que el amplio arco democrático que va desde la izquierda a la centroderecha debería apoyar a Lula para la presidencia de Brasil. Más allá de mis preferencias, sin embargo, las encuestas anticipan una contienda sumamente pareja, en línea con lo que sucedió hace cuatro años, cuando Lula venció a Bolsonaro en segunda vuelta por menos de dos puntos porcentuales.

Las encuestas coinciden en anticipar una elección muy ajustada, y polarizada ya desde la primera vuelta. En la última, de Datafolha, Lula reunió el 40% de las intenciones de voto y Flávio Bolsonaro el 36%. AtlasIntel/Bloomberg los ubicó en 45,8% y 43,4%, respectivamente. Las diferencias de metodologías y cálculos de indecisos disimulan apenas un cuadro que se repite. Los dos principales candidatos concentran la mayor parte de los votos mientras las terceras opciones se diluyen y aparecen casi irrelevantes. El escritor Augusto Cury, los exgobernadores Ronaldo Caiado y Romeu Zema, y el provocador Renan Santos oscilan en porcentajes que se acercan –en el mejor de los casos– al 5% de los votos, con no más de 15 puntos entre todos ellos.

Para la segunda vuelta, las diferencias desaparecen en el margen de error. Datafolha registra 47% para Lula y 45% para Flávio; mientras AtlasIntel y Quaest dan ganador a Bolsonaro por menos de un punto. Se trata de simulaciones, no de resultados, y pequeños movimientos –esperables a lo largo de un mes– pueden cambiar el panorama, por lo que no cabe asignar ventajas a uno u otro, sino entender un escenario de empate técnico en el que pesa, en todo caso, la tendencia. Resulta difícil, además, desenganchar esas cifras de la elección de 2022, cuando Lula obtuvo el 50,9% de los votos válidos y Jair Bolsonaro el 49,1%. Brasil parece encaminado a decidir otra vez en los márgenes.

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La similitud en los números esconde un cambio de clima. En 2018, Jair Bolsonaro entusiasmaba a una derecha emergente tras la profunda crisis del sistema político, mientras la izquierda, privada de votar por Lula, se movilizaba con el miedo a una presidencia extremista. “Ele Não” puso a miles de personas en las calles. En 2022, el entusiasmo de la izquierda por regreso de Lula, el rechazo a la gestión de Bolsonaro –particularmente su manejo de la pandemia– y la energía de una derecha que todavía se percibía como insurgente contra un establishment que se había incluso acomodado a un posible regreso de Lula, le dieron a la elección una intensidad extraordinaria. Hoy, la confrontación en el seno de la dirigencia y las instituciones se mantiene en niveles altísimos y en algunos ámbitos, se ha intensificado a niveles inéditos. En el núcleo de la sociedad, en cambio, la polarización política afectiva parece haber mermado fuertemente. Para Datafolha, más de tres de cada diez brasileños se siente menos comprometido con hacer campaña que hace cuatro años. Una serie de entrevistas de Folha de São Paulo a votantes antes indecisos describe “elecciones hechas sin amor” por cálculo, rechazo o falta de una opción mejor. Se trata de un clima que los autores repiten en diversas crónicas.

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Lula gobernó con resultados razonables, pero no produjo una transformación de las condiciones de vida que cierre, como al final de su primer y segundo mandato, la discusión electoral. Las condiciones globales también son otras. El panorama empeora por su edad. A los 80 años, Lula pide otros cuatro de mandato. Flávio heredó la candidatura y la base social, pero no tiene el carisma de su padre, además de los problemas del original y la copia. Hasta la sensación de repetición e inevitabilidad agobia. En 2018, el candidato del PT fue Fernando Haddad, muletto de Lula, que estaba preso. En 2022 enfrentó a Lula y a Bolsonaro, y en esta elección Flávio es muletto de su padre, detenido por acciones golpistas.

La importancia de llamarse Bolsonaro

En un país donde las personas públicas suelen ser reconocidas por su nombre de pila, el mayor atributo de Flávio es el apellido. Antes que por ser un candidato competitivo, está ahí por ser el elegido de su padre. Jair Bolsonaro, condenado y preso por la tentativa de golpe que siguió a su derrota, no puede presentarse, pero conserva un liderazgo sin paralelos en la derecha y decidió no resignarlo. El gobernador de San Pablo, Tarcísio de Freitas, parecía tener mejores credenciales para ampliar el electorado de la derecha, pero terminó buscando la reelección provincial. Desafiar al elegido de Jair significaba enfrentarse con el principal liderazgo de ese campo y arriesgar una guerra interna que terminara con su candidatura antes de empezar la campaña.

Quedan algunos que intentan lo que Tarcísio no pudo o no quiso hacer: Ronaldo Caiado, un gobernador con discurso duro de seguridad; Romeu Zema, una derecha de perfil libertario anclada en la gestión de uno de los grandes estados del país; y Renan Santos, una vertiente algo más joven de la impugnación al sistema con base en la derecha digital. Se sumó Augusto Cury, cuya aparición llegó a agitar brevemente el avispero con un discurso que no es “ni de izquierda ni de derecha”. Ninguno logró desplazar el centro de gravedad de la oposición. Al hijo le sobró con el apellido para la largada y la polarización hizo el resto.

La herencia no tiene beneficio de inventario, y Flávio carga con cuestionamientos sobre su trayectoria como operador de su padre y dificultades para ordenar alianzas tras las condenas por golpismo. Tiene las complejidades de administrar una familia en problemas y debe ordenar esas dificultades con una capacidad de convocatoria personal menor a la de su padre. La investigación que examina su vínculo con Daniel Vorcaro, el banquero preso del caso Master, es reveladora de esa complejidad. En conversaciones filtradas a la prensa, Flávio pidió al banquero más de 130 millones de reales para la financiación de Dark Horse, una película sobre su padre. Flávio niega haber cometido irregularidades, pero el presupuesto excede el de las películas nominadas para el Oscar, y era administrado desde los Estados Unidos, donde está autoexiliado su hermano Eduardo, que hace de intermediario ante el trumpismo estadounidense.

Entre sus vulnerabilidades no aparece, en cambio, la condena recibida por su padre por acciones golpistas, a pesar de la centralidad que tiene el asunto para entender qué se juega institucionalmente en octubre. Quienes rechazan el golpismo ya se ubican en el lote de los que no votarían nunca por su espacio político. Para muchos otros electores pesan antes la inseguridad, las deudas, el precio del supermercado o la distancia con una dirigencia a la que sienten ajena a sus problemas. El bolsonarismo se beneficia, además, de un giro derechista en la población que excede al bolsonarismo y tiene un carácter más estructural, como el crecimiento de la religiosidad conservadora, la demanda de orden frente a la inseguridad, y un aspiracional que se ubica más cerca del emprendedurismo que del trabajo asalariado registrado.

El banco y el banquillo

Con los pedidos de dinero conocidos, el caso del Banco Master debería haber sido una piedra en el zapato electoral de los Bolsonaro. Vorcaro, detenido en una investigación por fraude financiero, mantuvo contactos comprobados con Flávio y accedió a sus pedidos de dinero. Lula no aparece personalmente involucrado en ningún fraude del banco. Sin embargo, el caso, con sus enormes derivaciones institucionales, terminó golpeando una institución con la que el presidente ha sido identificado: el Supremo Tribunal Federal, y particularmente, al juez Alexandre de Moraes.

La investigación reveló extendidas relaciones personales y profesionales de Vorcaro con varios jueces y sus entornos. Se encontraron mensajes muy cercanos entre el banquero y el juez Alexandre de Moraes. Un contrato del banco con el estudio jurídico de su esposa, valuado en más de 100 millones de reales, alimentó las sospechas. Moraes niega haber favorecido al banquero –que terminó investigado y detenido a pesar de sus innumerables relaciones– y cuestiona la validez de las actuaciones. La cercanía revelada en las conversaciones con el banquero detenido hace las explicaciones más complejas, incluso si técnicamente pueden ser atendibles. Se trata también del juez que encabezó los procesos en los que se investigaron los actos golpistas del bolsonarismo. Un proceso sólido a nivel probatorio, pero en el que la investigación tuvo algunos rasgos claramente autoritarios. Para una porción importante del electorado, Moraes y Lula integran una misma constelación política, aunque Moraes haya sido designado por Temer. La confluencia entre ambos, sin embargo, fue relevante durante estos años en oposición al expresidente. Aún con el problema de sus propios vínculos con Vorcaro, Flávio pudo explotar esa asociación para manchar a sus rivales y fortalecer la narrativa de la prisión de su padre como una persecución política de la casta.

La investigación se trasladó a una crisis sin precedentes al interior del Supremo Tribunal. Moraes acusó al juez instructor de la causa André Mendonça –designado por Jair Bolsonaro, el juez “terriblemente evangélico” que quería para la Corte– de parcialidad, señalando filtraciones selectivas y maniobras con finalidad y temporalidad electoral. Los mensajes sobre Moraes contrastan con los nulos avances en la investigación sobre Flávio, que sólo fueron conocidos a través de la prensa. Mendonça es señalado por la demora en dar a conocer otras pruebas, vinculadas a jueces aliados a Mendonça en la interna del tribunal. El levantamiento del secreto sobre los mensajes del banquero dejó al descubierto vínculos que alcanzan, con distintos grados de evidencia y diferentes explicaciones de los involucrados, a Luiz Fux, Kassio Nunes Marques y Antonio Dias Toffoli. El tribunal aparece partido en tres. Los partidarios de Moraes, los más cercanos a Mendonça y un tercer grupo,que integra el presidente del tribunal, Edson Fachin, que procura sin éxito dar una pátina legalista a las decisiones mientras queda al desnudo su impotencia y falta de autoridad para recomponer la mínima confianza entre sus pares. La última medición de Datafolha registró un 47% de evaluación negativa del STF, el peor dato de su serie. En una elección que puede decidirse por un puñado de votos, la orientación de las causas del descrédito importan.

La economía de la gente común

El Supremo no es la única preocupación de Lula. Investigaciones sobre presunto tráfico de influencias salpicaron a su hijo Fábio Luís y a un exjefe de gabinete por intentos de obtener contratos públicos. Los contratos examinados no llegaron a concretarse, las defensas niegan irregularidades y no hay ninguna conclusión judicial que pruebe las imputaciones. La historia, de todos modos, pesa sobre la asociación entre el PT y la corrupción que golpeó en su momento al propio Lula.

El saldo económico, donde Lula muestra fortalezas evidentes, las cifras agregadas se combinan con algunas dificultades que afectan la vida diaria. La actividad creció durante el mandato por encima del 2% anual, y Lula es el presidente que tuvo el mayor crecimiento de la democracia. El desempleo y la inflación se mantuvieron bajo control y las reformas tributarias van a mejorar en el mediano plazo tanto la justicia del sistema como sus incentivos productivos. El país recuperó, además, la política industrial con el plan más ambicioso en décadas: Nova Industria Brasil. Con todo, el índice de crecimiento, razonable, está lejos de ser un boom, y la tasa básica de interés –13,75% después de la última reducción, una de las más altas del mundo– hace muy caro el crédito de las familias. La guerra en Oriente Medio sumó presión sobre el petróleo y los combustibles. En la medición preliminar de septiembre, los alimentos volvieron a subir después de una caída en agosto, y también saltó la factura eléctrica. Si bien el índice general de inflación permanece relativamente contenido en términos históricos, el costo de vida es percibido como inaceptablemente alto, especialmente para la significativa porción de familias endeudadas.

Lula había recuperado la iniciativa política el último año, cuando las sanciones comerciales de Donald Trump le permitieron presentarse como el mejor defensor de la soberanía brasileña. Esa carta sigue presente. En su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas denunció la injerencia extranjera en las elecciones nacionales y uno de los ejes más claros de la campaña es presentar a Flávio como el candidato de Donald Trump. No es un capricho de la campaña, un informe de la Agencia de Inteligencia brasileña advirtió sobre el riesgo de interferencia electoral estadounidense, y Eduardo Bolsonaro ha buscado activamente apoyo político en Washington. Pero con la soberanía no se come, no se cura y no se educa.

El presidente intenta, en la recta final, medidas tangibles para la ciudadanía. Reajustó el Bolsa Familia un 15%, recuperando la inflación acumulada para un estipendio cuyo valor se había congelado desde una suba histórica en 2023, al comienzo de su mandato. El piso mensual por familia pasará de 600 a 691 reales en octubre.

Por otro lado, el viernes pasado firmó una audaz medida provisoria, en la que prohibió las apuestas deportivas y los casinos digitales. Las plataformas deberán dejar de operar en los próximos días. El Gobierno anunció también un nuevo programa de renegociación de deudas. Las apuestas absorben ingresos de hogares vulnerables y agravan problemas de adicciones y endeudamiento. La prohibición tendrá que atravesar resistencia empresarial, posibles litigios y el trámite legislativo, además de una férrea oposición de los grandes clubes de fútbol. En las encuestas, la prohibición es popular, y abre una pregunta tan incómoda como difícil de evitar: ¿por qué estas medidas se deciden nueve días antes de votar, después de que el propio Gobierno hubiera regulado y autorizado el negocio? En el electorado pueden convivir el apoyo a las últimas decisiones y la impresión de que las mueve la necesidad electoral. Lula habita la contradicción entre los avances genuinos y la sensación de que la mejora en la vida cotidiana es insuficiente para un electorado cuyos valores se han vuelto más conservadores que los que animaron al presidente durante los años de auge de comienzo de siglo.

Brasil llega así a una votación que reúne cansancio y polarización. Lula enfrenta el desgaste de cuatro años de gobierno, las sospechas que rozan a su entorno y el peso de su edad. Flávio ofrece una alternativa anclada en cambios profundos del electorado, mientras carga con las contradicciones de una familia que denuncia a la casta después de décadas de funcionar asociada a las peores prácticas de la política y que tuvo ya una gestión deslucida coronada por un intento de golpe de estado. Si las encuestas aciertan en el margen de la disputa, unos pocos votos decidirán algo más que el próximo presidente. Se deciden desde la relación entre el Ejecutivo, el Congreso y el Supremo hasta la continuidad misma de las instituciones. La elección, como la de 2022, presenta un país partido en dos. En todo lo demás, la luz de antaño brilla de manera menos tenue, a pesar de los méritos de su presidente.

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Es abogado, especializado en relaciones internacionales. Hasta 2023, fue subsecretario de Asuntos Internacionales de la Secretaria de Asuntos Estratégicos de la Nación. Antes fue asesor en asuntos internacionales del Ministerio de Desarrollo Productivo. Escribió sobre diversas cuestiones relativas a la coyuntura internacional y las transformaciones del sistema productivo en medios masivos y publicaciones especializadas. Columnista en Un Mundo de Sensaciones, en Futurock.