Branko Milanović sobre los ultrarricos: “Una sociedad no puede funcionar con personas que pueden adquirir tanto poder político y social”
Uno de los mayores especialistas mundiales en desigualdad analiza el fin de la globalización neoliberal, explica por qué el crecimiento vuelve a ser decisivo para reducir las brechas sociales y advierte que el futuro de la distribución mundial dependerá, en buena medida, de lo que ocurra en África.
Branko Milanović es uno de los principales investigadores en materia de desigualdad a nivel mundial. Doctor en Economía por la Universidad de Belgrado, trabajó 20 años en el Banco Mundial, que abandonó para enfocarse en la investigación. Es uno de los intelectuales más interesantes de la discusión económica global. Su Substack, Desigualdad Global y Más 3.0, es una de las fuentes de discusión más originales e interesantes disponibles en la actualidad. Estuvo en la Argentina invitado por el CIAS y el CESBA y conversó con Cenital. Nos encontramos con un raro progresista, más enfocado en las políticas nacionales de crecimiento que en la redistribución, cautelosamente optimista sobre la globalización y preocupado por el crecimiento de África y el poder de los ultrarricos.
–Primero nos gustaría trazar un panorama general de la desigualdad actual. ¿Cómo se comportó la desigualdad durante la globalización? ¿En qué situación creés que se encuentra el mundo? Vos caracterizaste —no fuiste el único, pero probablemente sí el más destacado— el fenómeno paradójico del aumento de la desigualdad dentro de los países y la disminución de la desigualdad mundial, un fenómeno impulsado principalmente por la desigualdad entre países.
Durante la globalización eso es relativamente fácil de explicar, porque la desigualdad mundial fue reducida esencialmente por China. Pero no sólo por China. Hasta ahora hablamos de una única cifra, el coeficiente de Gini. Sin embargo, es más interesante e importante observar los cambios en la desigualdad mundial a lo largo de toda la distribución. Allí creo que aparece con mucha claridad algo que ustedes conocen y que quizás también conozcan algunos de sus lectores: el ya famoso gráfico del elefante.
El gráfico mostraba originalmente el período entre 1988 y 2008, y después se extendió hasta 2013 y 2018. Hubo algunos cambios posteriores, pero creo que la historia básica es la siguiente: se produjeron aumentos porcentuales significativos en el centro de la distribución mundial del ingreso, donde se encuentran China y los demás países asiáticos; y también aumentos porcentuales significativos en la parte superior, donde están las personas ricas de Occidente. En cambio, las clases medias occidentales tuvieron un crecimiento inferior al 1% anual.
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SumateEse gráfico se volvió famoso porque realmente retrataba una realidad que la gente sentía. Cuando lo elaboré por primera vez —después escribí sobre él con Christoph Lakner— dije inmediatamente: “Esto es exactamente lo que ya sabemos; sencillamente, no teníamos los números”. En síntesis, la fase de globalización intensa, o globalización neoliberal, ayudó a crear una clase media mundial que antes no existía y que es predominantemente asiática, aumentó considerablemente los ingresos en la parte más alta de las distribuciones del ingreso de los países occidentales y no produjo beneficios para la clase media occidental.
–¿Ese panorama sigue siendo acertado? ¿Tenemos algo nuevo para decir al respecto?
Tenemos algo nuevo para decir. Obviamente, cuando se habla de desigualdad, no es como hablar del PIB, sobre el cual se tienen cifras cada trimestre y después se las discute. En primer lugar, los datos sobre desigualdad tardan más en obtenerse porque son más complejos de analizar. Además, la desigualdad no cambia de una manera tan drástica. Como se ha dicho, es como mirar crecer el pasto: uno no ve cómo crece, pero al cabo de un mes advierte que creció.
Pero si observamos los últimos cinco o siete años, encontramos primero el efecto de la pandemia, que fue muy distinto según el país y no resulta fácil de explicar. Tomemos el ejemplo de los países ricos. Estados Unidos es el mejor caso. En términos de desigualdad de los ingresos de mercado —es decir, antes de la redistribución estatal—, la pandemia aumentó la desigualdad en Estados Unidos porque muchas personas de clase media o trabajadora perdieron sus empleos y se quedaron sin trabajo. Pero el gobierno estadounidense puso en marcha un enorme programa de asistencia. Creo que llegó hasta el 15% del PIB. Y fue muy amplio: personas de toda la distribución recibieron esa ayuda. Por lo tanto, en el nivel del ingreso disponible, se produjo una disminución de la desigualdad. Creo que fue la mayor caída en probablemente cincuenta años.
Pero eso ocurrió en 2020. Ya en 2021, o en 2022, las cosas habían vuelto más o menos a la normalidad. La pandemia hizo más difícil sacar conclusiones sobre lo ocurrido con la desigualdad debido a la singularidad del acontecimiento. En los países más pobres —no sé exactamente qué ocurrió en la Argentina, aunque probablemente haya sucedido también allí— el Estado no fue lo bastante fuerte como para compensar por completo el efecto de la pandemia. En esos lugares, la pandemia aumentó la desigualdad. Pero después de la pandemia las cosas volvieron a su situación habitual: una desigualdad elevada, aunque no creo que, en términos generales, se haya producido un aumento perceptible después de la pandemia.
Lo que sucede con la desigualdad mundial también es interesante, porque China, India, Vietnam y otros países siguieron creciendo a tasas más altas, lo que redujo la desigualdad global. Pero China ahora es lo suficientemente rica como para que ya no reduzca por sí sola la desigualdad mundial; de hecho, ahora contribuye a aumentarla. Mis datos más recientes sobre desigualdad global son de 2023 y muestran que la disminución se detuvo. Si tuviera que resumirlo, diría que los últimos cinco años aproximadamente fueron un período en el que las desigualdades nacionales se estabilizaron después de la pandemia y, por razones completamente diferentes —porque China se volvió más rica—, también se estabilizó la desigualdad mundial.
De cara al futuro, en lo que respecta a la desigualdad global, creo que tenemos que prestar mucha más atención a África. Allí hay países grandes, con poblaciones que aumentan mucho, y que no están creciendo. Si África no converge, creo que se convertirá en un continente que empujará la desigualdad mundial hacia arriba.
–¿Todavía hay margen para mejorar en materia de igualdad gracias al crecimiento de países asiáticos distintos a China?
Sí, lo hay: Bangladesh. Y la India, por supuesto, que ahora es realmente muy importante. Si uno pudiera imaginar un mundo en el que la India creciera a las tasas a las que creció China, del 8% o el 9%, eso empujaría la desigualdad mundial hacia abajo. Por otra parte, debo decir que tenemos problemas con los datos de la India. Esa es una cuestión política separada, pero los datos de ingresos muestran que la India es muy desigual. No es Brasil, pero tampoco está muy lejos de Brasil.
De todos modos, el patrón distributivo cambió. China se volvió más rica. En segundo lugar, hubo una gran campaña —Xi Jinping insistió mucho en esto— para eliminar la pobreza rural. El gran número de personas muy pobres de la ruralidad China, que se encontraba en la parte inferior de la distribución mundial del ingreso, ascendió. Y entonces, paradójicamente, personas que antes estaban mejor que ellas pasaron a ocupar esos lugares. Ahora la India tiene una presencia muy fuerte en el extremo más bajo.
Pero quiero señalar algo que considero importante. La gente debería comprender que los acontecimientos políticos no ocurren simultáneamente con los económicos: los acontecimientos políticos siguen a los económicos. El diagnóstico del gráfico del elefante tuvo, digamos, esa forma hasta alrededor de 2013, pero los efectos de esa distribución del ingreso en occidente se hicieron sentir realmente después, con el Brexit y con Trump. Creo que hace falta tiempo para que lo que observamos en la economía se traduzca políticamente.
–Dijiste que el crecimiento de África y el de la India determinarán si la desigualdad mundial disminuye, se estanca o aumenta. Según tu mirada, entonces, hoy el crecimiento probablemente sea más importante que las medidas redistributivas para reducir la desigualdad.
Estoy totalmente de acuerdo. La ironía —ya lo mencioné antes— es que yo soy alguien que ha trabajado sobre la desigualdad. Escribí mi tesis en 1987 en Yugoslavia, la antigua Yugoslavia, sobre la desigualdad. Pero cuando empecé a trabajar sobre la desigualdad mundial —lo hice en el Banco Mundial porque teníamos un acceso a los datos que otras personas no tenían— no tardé mucho en advertir que, cuando se habla de desigualdad global, el crecimiento es decisivo.
Las desigualdades dentro de los países, especialmente en los países grandes, tienen un impacto. Que China sea más desigual tiene un impacto. Pero el factor fundamental son las tasas de crecimiento de los países más pobres. Y no es tan diferente de lo que sucede dentro de un país. ¿Cuál sería el factor central para reducir la desigualdad en la Argentina? Una tasa de crecimiento más alta en la parte baja y en el centro de la distribución. No es fácil de lograr, pero lo que digo es que el crecimiento es absolutamente importante.
–También observaste un fenómeno al que denominaste el ascenso de la homoplutía. Ahora las personas más ricas no obtienen sus ingresos únicamente del capital, sino también del trabajo. ¿Cómo creés que afecta a la sociedad?
Me alegra que hayan mencionado que se trata de un fenómeno nuevo. Lo descubrí mientras trabajaba con las cifras y empecé a preguntarme cuántas personas se encuentran en la cima de la distribución general y son, al mismo tiempo, grandes capitalistas y trabajadores con ingresos muy altos. Es un fenómeno inusual en la economía política clásica o en la economía política marxista. Se espera que las personas ricas sean propietarias del capital y que todos los demás sean trabajadores. Y si alguien tiene un salario muy alto —supongamos, un médico o un ingeniero de software— no se espera que también tenga suficiente capital como para estar entre los capitalistas ricos.
Este es, por lo tanto, un fenómeno relativamente nuevo. En la mayoría de los países ricos abarca alrededor del 2% o el 3% de la población. Creo que puede conducir, en alguna medida, a la creación de una élite capaz de transmitir sus ventajas a sus hijos. Primero, esas personas tienen, evidentemente, grandes activos, porque reciben elevados ingresos del capital. Están muy bien educadas, porque para tener un empleo bien remunerado hay que contar con educación, y por eso le asignan un gran valor. Probablemente presionen a sus hijos para que asistan a las mejores escuelas y cuentan con contactos que les permiten ingresar en ellas.
Creo que allí se produce cierta creación de una nueva élite. Tal vez no haya que exagerar, porque existen distintas maneras de enriquecerse y formar parte de la élite. Pero tampoco hay que restarle importancia, porque estamos hablando, por ejemplo, de diez millones de personas en un país como Estados Unidos. Cuando observo a esta élite no estoy hablando de diez o quince personas de Silicon Valley: estoy hablando de diez millones de personas.
–Es decir, una cantidad de personas relativamente pequeña, pero no insignificante.
No. Creo que, desde el punto de vista sociológico, diez millones de personas sean muy importantes. Quizás sean sociológicamente más importantes que quince magnates.
–Y probablemente tengan una capacidad desproporcionada para influir sobre el panorama político y cultural de los países. ¿Creés que debería haber una respuesta tributaria frente a este fenómeno?
No creo que deba aplicarse específicamente a ellos, a la homoplutía, porque me parece que se trata de una clase amplia de personas trabajadoras que poseen muchos activos. Es realmente una clase acomodada, pero no estamos hablando de esa riqueza excesiva —si puedo usar ese término— que, en alguna medida, resulta casi inmoral.
En otras palabras, quiero distinguir a la homoplutía. Son personas que tienen dinero, viajan, viven bien, cuyos hijos van a buenas escuelas y que poseen una linda casa. Pero no son personas que vayan a comprar The Washington Post y Twitter.
–Gente que tiene unos diez millones de dólares, no diez mil millones.
Sí, exactamente. Es una gran diferencia. Y yo era escéptico sobre los impuestos especiales a los ultraricos, como el que impulsa (el economista Gabriel) Zucman, pero después cambié de opinión. Escribí que, en realidad, me gusta, aunque lo llamaría un impuesto pedagógico. Porque no pienso que se recaudará tanto dinero de ellos. Se los grava porque la sociedad afirma: “Esta riqueza es extravagante”. Una sociedad no puede funcionar con personas que, por medio de su riqueza, pueden adquirir tanto poder político y social. Por eso ahora estoy realmente a favor de una tributación muy fuerte de los ingresos o de la riqueza —no sé exactamente cuál sería la vía— superiores a diez mil millones o cien mil millones; no sé dónde fijaría el umbral, pero hay que ponerle un límite. Antes no estaba a favor porque me parecía que Zucman tenía cierta tendencia a querer resolver todos los problemas mediante impuestos. No creo que todos los problemas puedan resolverse así: se descubre un problema y se crea un impuesto. Pero en este caso particular creo que tenía razón.
–Entonces estás a favor de un impuesto para los más ricos, para el segmento en el que la riqueza está extremadamente concentrada, más por una cuestión de poder político que para recaudar ingresos destinados a la redistribución.
Por el poder político y por el consumo ostentoso. Lo haría de un modo parecido a lo que, creo, ocurría en las ciudades griegas: se trata, en esencia, de no permitir que algunas personas, por su comportamiento y su poder, dejen de ser realmente parte de la comunidad. Como dije, no es porque se vaya a recaudar demasiado dinero de ellas.
Pensé, por ejemplo, que en Estados Unidos se podría gravar cada contribución política que realizaran. Se les permitiría contribuir a dirigentes o campañas políticas, pero se aplicaría un impuesto del 1.000%. Si una persona aporta diez millones a alguien, tendría que pagar cien millones al Tesoro. De ese modo realmente se las disuadiría de ejercer una influencia política desproporcionada.
–¿Y creés que los impuestos pueden ayudar a reducir las desigualdades sociales actuales?
No quiero exagerar la importancia de la tributación. Pero, por otra parte, creo que la mayoría de las personas coincidiría en que los impuestos deben ser progresivos: incluso Adam Smith estaba a favor de un impuesto progresivo sobre los ingresos. En términos porcentuales, la tasa debe aumentar junto con el ingreso.
Uno de los problemas que, creo, tenemos en Estados Unidos es que quienes están en la cima —y realmente creo esto, aunque no tengo los datos y me baso en lo que he leído—, el 1 % más rico, no paga la tasa proporcional más alta. En otras palabras, las tasas aumentan al principio: parten de cero y después se vuelven progresivas. Creo que pasan al 12%, al 15%, al 21% o algo semejante, y el último tramo es, por supuesto, del 37,5%. Pero quienes están en la cima pueden valerse de toda clase de artilugios para reducir sus ingresos imponibles. De ese modo, esos ingresos resultan irrealmente bajos y, por supuesto, también lo es la tasa efectiva que terminan pagando.
–Se entiende que eso tiene que ver con que los ingresos del trabajo no pueden escapar a la tributación. Eso produce un sistema tributario bastante progresivo, pero es difícil gravar al capital.
Absolutamente.
–¿Creés que hay una manera de sortear ese problema o el capital es, sencillamente, difícil de gravar en un mundo donde el capital puede moverse más allá de las fronteras de los países?
Creo que hay formas de sortearlo, pero el punto es absolutamente cierto. Hay un libro que se publicó hace poco y se llama The Second Estate (El Segundo Estado), una referencia a la aristocracia. Como en la Revolución francesa: el primer estado era el clero y el segundo, la aristocracia. Ella detalla todas las maneras legales mediante las cuales las personas ricas pueden evitar pagar impuestos.
Como dijeron, un primer problema es que partimos de una imposición al capital menor que la que recae sobre el trabajo; por ejemplo, en el caso de las ganancias de capital. En segundo lugar, está la posibilidad de transferirlo de una generación a otra sin que toda la valorización acumulada del capital quede sujeta a impuestos. Cuando comienza la generación siguiente, se parte de cero, como si no se hubiera producido ninguna ganancia de capital.
Estas cuestiones son conocidas. Estoy seguro de que quienes diseñan los sistemas tributarios —yo no me dedico a eso— podrían encontrar una manera de resolverlas. No creo que la fuga de capitales vaya a ser tan importante. Pero podría ser diferente para un país como la Argentina. Creo que a los estadounidenses les resulta más difícil escapar, porque tienen relativamente pocos lugares a los que pueden ir. Para la Argentina, en cambio, debido a sus vínculos con Miami, con Estados Unidos y con otros lugares, creo que sería más difícil.
–¿Creés que lo que estás diciendo sobre la Argentina se aplica a la mayoría de los países periféricos?
Creo que sí. Por supuesto, los estadounidenses también lo hacen: pueden mudarse legalmente a Puerto Rico, por ejemplo, o pueden ir a Aruba o a otros lugares. Pero creo que les resulta un poco más difícil que a los europeos irse a Liechtenstein o Luxemburgo, y así sucesivamente. La realidad es que la Argentina y los países latinoamericanos desarrollaron esas prácticas a lo largo de los años. No es algo nuevo: existe desde hace por lo menos cincuenta años.
–Estamos atravesando un mundo que quizás sea posglobalización. No necesariamente se está desglobalizando, pero las reglas de la globalización clásica están cambiando. Probablemente hoy sea más difícil ingresar en un mercado desarrollado que hace diez o quince años y, si proyectamos hacia el futuro, es probable que la situación empeore un poco. ¿Qué significa para la desigualdad tener un mundo más cerrado, menos globalizado?
Es una pregunta realmente difícil porque mi trabajo se desarrolló durante la época de la globalización. Permítanme decir algo sobre este final de la globalización neoliberal. Creo que básicamente todo el mundo coincide en que las reglas, y en general todo, cambiaron. No estamos viendo necesariamente una disminución de la globalización, como señalan. No observamos una caída en todos sus indicadores. Por ejemplo, creo que la relación entre comercio y PIB se ha mantenido constante; en realidad, no cambió. Sí vemos que los movimientos internacionales de capital son menores que antes.
Pero no creo que importen sólo las cifras. También importan las políticas y algo más difícil de captar: la ideología. La ideología de la globalización intensa consideraba, en esencia, que todos los movimientos de factores de producción, bienes y demás constituían, más o menos, un juego de suma positiva. Creo que la ideología actual concibe las relaciones como un juego de suma cero en el que se intenta usar distintas políticas, como la coerción económica, para mejorar la propia posición. Por lo tanto, creo que hubo un cambio ideológico respecto de la globalización.
Ahora bien, qué significará eso para la desigualdad, para ser completamente honesto, no lo sé. Sólo puedo reiterar lo que dije antes sobre el papel absolutamente decisivo que, en mi opinión, desempeñarán los países africanos. Quiero ubicarlo en el siguiente marco: contamos con datos sobre dos siglos de desigualdad mundial. En el siglo XIX, cuando Europa —y luego América del Norte y más tarde Japón— se enriqueció, esos países impulsaron al alza la desigualdad mundial porque África, la India y China permanecieron prácticamente en el mismo lugar. Después tenemos la mayor parte del siglo XX, esencialmente desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta la década de 1990. Fue todo un siglo con tres mundos y un nivel de desigualdad muy alto, pero estable: el Primer Mundo, el Segundo Mundo y el Tercer Mundo.
Después aparece China. Ese es el tercer período, aproximadamente desde 1990 hasta hoy. Mi pregunta es qué ocurrirá a continuación. ¿Vamos a seguir en la misma dirección? ¿O, debido a que África se vuelve mucho más importante y no logra converger, podríamos entrar en un cuarto período? Existe la posibilidad de que se produzca un aumento de la desigualdad.
Y eso puede descomponerse en varias preguntas. Me parece interesante que la primera gran Revolución Industrial haya generado desigualdad mundial. Este período, que implicó una redistribución de la actividad entre Asia y Occidente, redujo la desigualdad mundial. Pero podría ocurrir que África, al no poder converger y volverse cada vez más populosa, nos empuje nuevamente hacia una desigualdad mayor.
–¿Creés que la política probablemente tenga un papel más importante para evitar ese destino que durante el período de globalización intensa? Una hipótesis: por ejemplo, que los países africanos hagan acuerdos con una u otra de las potencias mundiales para abastecer sus necesidades estratégicas a cambio de infraestructura o de otros beneficios.
No lo sé, porque no conozco bien África. Pero creo que África tiene la posibilidad de jugar con la competencia entre Estados Unidos y China: en esencia, decir “se lo daremos a ustedes o al otro”. Pero quiero enfatizar el papel de África porque desempeñó un papel casi nulo en toda la historia que estaba contando. Era pobre, siguió siendo pobre en relación con los demás y su población no era tan grande. Ahora las cosas están cambiando debido al crecimiento demográfico. Hay varios países —creo que seis o siete— que tienen alrededor de cien millones de habitantes. Y Nigeria, por supuesto, tiene unos 230 millones. Es muchísima gente.
Por eso quiero mencionar a África. Y la menciono especialmente cuando hablo en Europa, porque si África sigue siendo mucho más pobre que Europa habrá migración, les guste o no.
–¿Ves al menos alguna historia de éxito parcial en África, en alguno de esos países populosos?
Analicé esas cifras y apliqué la siguiente regla: busqué países que hubieran tenido cinco años consecutivos de crecimiento per cápita del 5%. Cinco años, no sólo uno. Encontré apenas siete países. Y, salvo Etiopía, que es grande, los demás eran países muy pequeños. Está, por ejemplo, Guinea Ecuatorial: produce petróleo, sube el precio y crece. Incluso Costa de Marfil, que tiene más población, depende por completo del precio del cacao.
El único caso realmente exitoso era Etiopía. Pero hay dos aspectos negativos. Ese repunte de Etiopía, que creo que duró trece años, se produjo después de una guerra civil y una hambruna terribles. Y, además, Etiopía ahora está nuevamente en conflicto. Para mí era el único ejemplo. Es interesante porque Etiopía tiene semejanzas con China; incluso mantuvieron una relación muy estrecha. Hay ciertos parecidos. Pero, lamentablemente, no sé cuál es hoy la tasa de crecimiento de Etiopía, pero el país volvió a caer en un conflicto civil.
– Los países africanos son, por supuesto, principalmente exportadores de productos primarios, al igual que muchos países de América Latina. ¿Creés que un país puede convertirse en una historia de éxito sin industrializarse? Por supuesto, si dispone de una dotación extraordinariamente grande de recursos, como los Emiratos Árabes, puede hacerlo. ¿Pero como regla general?
No lo sé. Por supuesto, Prebisch habría pensado que era necesario industrializarse, pero la lógica era que habría un deterioro secular de los precios de las materias primas y, por lo tanto, había que industrializarse. Otros sostuvieron que la industrialización es necesaria porque crea, en esencia, una clase media y una clase trabajadora educada. Dani Rodrik también pensaba que la industrialización era absolutamente necesaria, pero últimamente parece haber cambiado de opinión.
Como afirmación general, es difícil decir que la industrialización sea una condición para el crecimiento porque, especialmente ahora, un país puede orientarse hacia sectores más exigentes en materia educativa sin haberse industrializado. Lo que, a falta de una palabra mejor, llamamos servicios. Por otra parte, es cierto que la industrialización fue muchas veces el camino para ingresar en la modernidad. Así que realmente soy agnóstico al respecto.
Pero, fuera de los ejemplos vinculados con el petróleo —que también son dudosos, si uno observa la realidad—, ¿cuál es la diferencia entre Arabia Saudita y Yemen? No hay ninguna diferencia. Ninguna. Un país tiene petróleo y el otro no, no estoy seguro de que, en un sentido fundamental, aunque la riqueza es por supuesto algo bueno, el petróleo haya cambiado el núcleo de la sociedad en términos educativos y sociales-. las materias primas por sí solas no alcanzan.
–Última pregunta, para terminar de buscar ejemplos exitosos. Si estuviéramos en 1995, los países latinoamericanos y los países de Europa oriental, de donde provenís, habrían estado en una posición bastante similar en términos de PIB. Pero los países de Europa oriental crecieron mucho. Por supuesto que hay diferencias geográficas, pero nos dejaron atrás de una manera bastante impresionante. ¿Hay alguna lección que pueda extraerse del desarrollo de esos países?
Para ser completamente honesto, vengo de Europa oriental y, además, trabajé bastante sobre Polonia, que es sin dudas el mayor caso de éxito. Los países bálticos son muy pequeños; equivalen, básicamente, a una ciudad. Pero Polonia es un país grande, con cuarenta millones de habitantes.
Creo que la integración europea desempeñó un papel enorme. Hace poco calculé las cifras de distribución del ingreso, porque existen datos para toda Europa. Es interesante comparar la desigualdad entre individuos de la Unión Europea y de Estados Unidos. Si tomamos la UE de los 27 y suponemos que esos países estuvieron juntos durante todo el período, en la década de 1990 la UE de los 27 era más desigual que Estados Unidos porque había grandes diferencias entre los países: los de Europa oriental eran más pobres que los de Europa occidental.
Lo que ocurrió desde entonces hasta ahora fue una convergencia entre países. Polonia tiene hoy el mismo ingreso que Italia. Es cierto que Italia no creció, pero de todos modos se trata de un gran cambio. Y, en segundo lugar, disminuyó la desigualdad entre los ciudadanos europeos. Hoy, creo, la UE de los 27 es considerablemente menos desigual que Estados Unidos: la diferencia es de seis puntos del coeficiente de Gini. Por eso considero que la integración europea fue indudablemente exitosa.
Pero quería mencionar otro caso interesante: Turquía. Probablemente por primera vez en los últimos doscientos años, Turquía tiene hoy el mismo PIB per cápita que Grecia. Grecia retrocedió, por supuesto, pero el crecimiento de Turquía fue bastante notable. Y no es un país de la Unión Europea. Creo que pudo aprovechar con bastante éxito su comercio y sus vínculos con Medio Oriente, Rusia y Europa.
Así que sí, diría que la integración europea fue exitosa, aunque quizás, en alguna medida, a costa de los países más ricos. Como saben, las empresas alemanas trasladaron buena parte de su producción a la República Checa, Eslovaquia, Polonia y otros países. Fueron casos bastante exitosos. Incluso les fue bien a países a los que se presta menos atención. Si se observan las cifras europeas, Rumania, por ejemplo, tuvo un desempeño muy bueno, especialmente en las nuevas tecnologías y otros sectores. Y Albania partió de un nivel bajo, pero últimamente tuvo tasas de crecimiento realmente muy elevadas.