Anne Carson y la obsesión del espacio

Cuando ganó el Nobel de Literatura, la poeta dijo que estaba escuchando el viento y que se iba al bosque para alejarse del teléfono. La poesía como catalizador de una naturaleza cada vez más iracunda.

Era una mañana regular, para nada especial, en el hogar de Anne Carson en Reikiavik, Islandia. La poeta estaba ocupada en barrer la cocina mientras el agua hervía para un té con galletitas, cuando de repente su teléfono comenzó a sonar. Como es su costumbre, lo apagó, y tuvo que hacerlo una y otra vez hasta que su marido, alertado por la insistencia de los llamados, la obligó a responder.

La foto la muestra despeinada, mal vestida, en el gesto universal de la sorpresa: agarrándose la cabeza con la boca abierta. Un teléfono rojo está pegado a su oído derecho. “¿Qué estaba haciendo, señora Carson, cuando recibió la noticia del Premio Nobel de Literatura?, ¿podría describirnos la escena?”, le preguntan. Carson no habla de la escoba, del agua hervida ni del ejemplar de la revista literaria inglesa que la espera, abierta sobre la mesa, y desde ahora tendrá que hacer una larga fila para conseguir su atención. No. Lo primero que a Anne Carson se le viene a la cabeza, ante esa pregunta simple, es responder, simplemente: “Estaba escuchando el viento”.

Y es cierto que en Reikiavik el viento es cosa seria. Constante e impredecible, las ráfagas pueden pasar de brisas suaves a latigazos de más de noventa kilómetros por hora en cuestión de minutos. Un buen día, tu biografía de solapa ocupa apenas un renglón: “Anne Carson nació en Canadá y enseña griego antiguo para ganarse la vida”. La suerte gira en el aire, cambia de dirección. Al día siguiente, una rama dorada se incrusta en la ventana.

Si te gusta El hilo conductor podés suscribirte y recibirlo en tu casilla los sábados.

“Creo que ustedes están todos locos”: les dice a las autoridades del premio. Locos como el viento, ese disfraz perfecto de la naturaleza cuando abre las compuertas de su irritabilidad elemental. “¿Qué va a hacer ahora, señora Carson?”, insisten las voces en el auricular, con total seriedad. “Nos vamos a ir a pasear al bosque, así no escuchamos más el teléfono”, responde. No hay malicia en su tono de voz, no hay desprecio; quizás, sí, un cansancio antiguo, el mismo de las sierras que han soportado ráfagas y ráfagas de pulido y ni siquiera recuerdan que una vez fueron montañas.

¿Qué hace falta para convencerte? La fuente de ingresos más importante de Cenital es el aporte voluntario de su audiencia. Ese apoyo nos permite hacer el periodismo que creemos necesario sin condicionamientos. Este esquema solidario —los que pueden pagan para que todos puedan seguir leyendo gratis— nos llena de orgullo. Por eso, en agradecimiento, les ofrecemos a nuestros Mejores amigos algunos beneficios culturales. Si te gusta lo que hacemos, sumate vos también.

Sumate

Su reacción la acerca, entre todas las ganadoras de este premio, a la de Doris Lessing cuando, resignada, deja caer un “Oh, Christ… Oh crap!” al enterarse de la noticia por un periodista de Reuters en la puerta de su casa, en Londres. La undécima mujer en ganar el Nobel bajaba de un taxi con las compras de la verdulería en una bolsa de papel madera. Iba acompañada por su hijo, quien cargaba por su parte flores de alcaucil y una ristra de ajo. Lessing mantuvo el eje, se encargó de pagar al chofer. Caminó, estoica, hacia la entrada de su casa. Apenas respondió ante los micrófonos. “¿Significa algo para usted?”, insistieron. “Mire, ya gané todos los premios que se puedan ganar”, respondió, como si dijera: ningún premio podría sorprenderme tanto como un buen viento dándome de lleno en la cara.

Carson, por su lado, no maldijo ni cometió ningún exabrupto. Cuando, al fin, logró salir a caminar en dirección a los bosques, de espaldas al océano Atlántico Norte, junto a su marido, otra periodista la interceptó. Grandes espirales de aire invisible rodeaban a la poeta con su furia insolente. Con una voz suave y contenida, la autora de Nox repitió lo que ya había dicho: “Todo esto es una locura”. Estaba abrigada por el mismo pulóver invernal de la foto, pero ahora iba cubierta por una campera gris. Ya no llevaba puestos los anteojos colorados. Un ramalazo estuvo a punto de dejarla sin su gorra pero Carson lo venció, aplastando la visera contra su cabeza: estaba decidida a conservarla, decidida a mantenerse en calma, a caminar en dirección a los árboles en busca de su amparo para escuchar, esta vez, ni más ni menos que al silencio.

En la gorra, sobre su frente, llevaba bordada la palabra reality.

–

La poesía y la naturaleza han permanecido unidas desde siempre, enroscadas como las serpientes al alado caduceo. “Una madreselva en mi ventana me satisface más que la metafísica de los libros”, escribió Walt Whitman, el héroe de las hierbas. La tríada de oro se completa con el viaje, la travesía, la exploración. Hermes era, después de todo, un dios que salió de aventuras a poco de nacer. Y que fue, además, el inventor de la lira.

“El alma se eleva por muchas razones. Algunas de ellas son como un paisaje de montañas y ríos puro y distante”, escribió Anne Carson en Sólo por la emoción, mientras cruzaba el Valle de la Muerte, camino a Las Vegas, en una ruta desierta. “Un viaje, por ejemplo,/ comienza con una voz// que pronuncia tu nombre/ detrás de ti./ Parece un arreglo conveniente.// ¿De qué otro modo sabrías que es hora de partir?”, anotó en La caída de Roma, una guía para viajeros. “No hay dudas de que soy alguien que muere de hambre. No hay dudas de que emprendí este viaje para descubrir cuál es ese apetito”, encontramos, finalmente, en Tipos de agua, un largo ensayo de Carson sobre el Camino de Santiago en el que se funden paisaje y epifanía.

“¿Cómo mantenerse despierto en la vida?”, se pregunta la Nobel. “Todos cargamos el instinto primario de quedarnos quietos y no hacer nada en todo el día. De allí la invención del televisor. No se conformen con eso”, advierte. Imaginémosla revuelta por el viento rutero de Nevada; acariciada, ¿antes o después?, por las brisas peregrinas de Galicia. ¿De qué se trata ese hambre invencible que la empuja a los caminos como a Hermes escapando de la cueva, y la devuelve a su casa con una lira recién templada? ¿De qué se trata ese apetito? ¿De qué se trata esa sed misteriosa?

“En un verano de cuarenta y cuatro grados en un pueblo de Santiago del Estero me acordé de los que se dicen poetas cuando vi en una canilla reseca unas moscas que hubieran dado todo por una gota de agua. Así es, los llamados poetas se disputan las canillas, pero el agua no les pertenece… ni la tierra, ni el aire, ni nada. ¡Hay que conformarse nada menos que con las palabras!”, escribió Ricardo Zelarayán para despedirse en su libro La obsesión del espacio.

Es posible encontrar, camino a Tucumán, en busca de las yungas, la gran salina del gran poema de Zelarayán (un poema muy fácil de encontrar y muy difícil de olvidar). Es posible verla venir en la pantalla del Google Maps, desde el asiento de acompañante de un auto a ciento veinte kilómetros por hora: una mancha blanca evaporándose en el centro de la sequía monstruosa de Santiago del Estero.

En cierto momento, conviene conseguir algo que comer, bajar a la estación de servicio que cabalga lentamente desde el fondo del horizonte con sus siglas inconfundibles: YPF. Una vez ahí, no parece haber mucho más que una larga hilera de motociclistas achicharrándose al sol impiadoso, inhumano, como las moscas sedientas ante la canilla. La fila se abrirá en señal de bienvenida y en el negocio, detrás del mostrador, habrá un chino que apenas habla castellano y aparentemente vende pizzas y empanadas, pero ya se les han terminado. Es posible volver sobre los propios pasos, y mientras se busca dónde conseguir qué comer a las dos de la tarde en un lugar así, que no parece empezar ni terminar en ninguna parte, divisar en el mapa las palabras que nos llevarán a ese poema invencible, escrito en los años setenta por un entrerriano que estuvo a punto de convertirse en médico y jamás se convirtió en escritor. “Yo soy poeta, que es otra cosa”, decía Zelarayán, que nunca ganó un premio en su vida.

A dos o tres clics de distancia, en internet se ubica el largo poema maestro, hecho de paisaje, salitre y pensamiento. Conviene llenar bien los pulmones antes de emprender la tarea, y durante veinte kilómetros, aproximadamente, recitar a Zelarayán, comenzando: “La locomotora ilumina la sal inmensa,/ los bloques de sal de los costados,/ los yuyos mezclados con sal que crecen entre/ las vías”. Detrás de los alambrados, la tierra blanca correrá una carrera de fondo; aquí y allá penachos amarillos, disecados, animales muertos. Leerlo es una abducción, un trance, un mareo. Un viaje. Y, de repente, cuatro versos que son como una cordillera se levantan en medio de la llanura:

La palabra misterio hay que aplastarla

como se aplasta una pulga,

entre los dos pulgares.

La palabra misterio ya no explica nada.

Hace muchos años ya que Anne Carson comenzó a frecuentar Reikiavik junto a su esposo, Robert Currie. En 2022 obtuvo, finalmente, la ciudadanía islandesa. En una entrevista, en plena pandemia, María Negroni le preguntó por qué se había ido a vivir a un lugar así. “Bueno, es increíblemente hermoso. Y vacío. Me gustan las cosas vacías. Parece ser un lugar donde se puede tener una vida artística”, le respondió. En otras entrevistas, Carson también se ha referido a que prefiere ese paisaje a los tupidos bosques americanos, en los que se siente algo asfixiada.

Imaginemos a Anne Carson cruzando la ruta plana y deshidratada de la Gran Salina, los versos que podrían brotar de todo ese espacio vacante. Son, de alguna manera, las antípodas del vacío que eligió: un blanco ardiente, tan sucio y brillante como la nieve fría.

Por estos días, mientras en Sudamérica, Centroamérica, Australia, Indonesia, India y África se registran inundaciones, terremotos, aluviones, deslaves y demás tormentos naturales, el viento de Islandia se prepara para una temporada extraordinaria de auroras boreales. Este invierno, calculan, podría experimentar menos sistemas de baja presión y corrientes más bien del norte, lo que favorecería periodos de clima más frío, seco y despejado. Si se cumple el pronóstico, eso podría mejorar el ingrediente esencial del avistaje de auroras boreales: un claro entre las nubes.

Vacío.

Espacio.

Pasadizos por los que puedan correr el aire y la luz.

En 2009, más o menos por la fecha en que comenzó a frecuentar ese país helado, Carson publicó un poema llamado “Salvajemente constante”. Inicia describiendo un cielo antes del amanecer: “Es de un verde negruzco./ Tal vez una señal”.

Hay una voz en primera persona que narra un día común y corriente, una mañana como cualquier otra, en la vida de esta mujer que sale a caminar temprano, muy temprano, incluso antes de que salga el sol, aunque no sabe por qué lo hace. Podría tratarse, ni más ni menos, del día en que recibe un Premio Nobel, o el día en que lee, al fin, el poema de Ricardo Zelarayán. Se trata del día, sin embargo, que se cruza con una niña que va camino a la escuela vestida de rosa, y no la saluda. “Al doblar la esquina hacia el puerto/ el viento me da/ un puñetazo en la cara”, cuenta. El sol, completamente en silencio, conquista sus colores perfectos. La caminata sigue, no se detiene ni planea detenerse jamás:

El viento empuja con más fuerza.

Yo le hago frente.

Casi llego a casa.

Para qué vine acá.

Un viento nuevo cada día.

La vida es para resistir.

Es escritora y trabaja como periodista. Publicó ensayos, libros de poesía, cuentos e ilustrados. Entre sus últimos títulos figuran El color favorito (Gris Tormenta) y la novela La vida privada (Seix Barral).