Amistad, ¿de qué está hecha?
Más que de obligaciones o roles vinculados a la familia, una relación entre amigas tiene movimiento.
I. Como con otros asuntos, esta vez tampoco me interesa saber qué es la amistad, sino de qué está hecha, cómo se hace y se deshace. “Las cosas como son” es una frase que me molesta especialmente, porque como casi todo lo que tiende a la cristalización, el estereotipo, la doxa, la fijación de sentido y la solidificación de sentidos comunes, resulta puro impedimento, detención, inhibición. Prefiero torcer un poco la afirmación y preguntar: las cosas, ¿cómo son? Las cosas, además, como dice Fito Páez, tienen movimiento.
II. Alguna vez ya escribí sobre la amistad, pero hoy vuelvo a partir de una foto que me saqué con unas amigas. Son mis amigas, no de toda la vida, sino de toda una vida. Una vez, mi hijo me dijo que yo tengo al menos una amiga íntima de cada período de mi vida, y ahí recién lo registré: primaria, secundaria, facultad, posgrado, profesión. No son las únicas amigas que tengo, quiero decir que también me hice amigas y amigos con el correr de los años. Por supuesto que las amistades, a lo largo de la historia, cambian. Porque uno no es el mismo y porque los otros no son los mismos. Esos cambios impactan en los modos de relación, en el tipo de amigos que elegimos y también en el lugar que ocupa la amistad en una vida.
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III. Es muy doloroso que se termine una amistad. Y también es parte del asunto. Me pregunto si las amistades que se terminan, no se terminan ahí donde para alguno se termina algo de lo familiar. Es habitual que ciertas amistades se acaben después de separaciones, de nuevas configuraciones en la vida de alguien, de duelos. Incluso después de que alguno haya por fin atravesado un padecimiento y ahora esté un poco más aliviado en su vida. Quizás porque uno ya no es el que era, o porque el otro ya no es el que uno quiere que sea, o porque uno ya no es el que el otro espera. Hay amistades que fueron construidas, inconscientemente, con los nudos de lo familiar. Quizás eso es lo que se desanuda cuando se termina una amistad. Esos nudos familiares que apretaban. Pero no lo sé. Siempre es doloroso: ya sea porque hubo una pelea, ya sea porque la vida nos distancia.
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SumateIV. La amistad no está exenta de moralismos, esencialismos y discursos que la agobian y la aplastan; que pretenden definirla y prescribirla. En los últimos años, gracias a la vidriera de las redes sociales, la amistad se puso de moda y la frase prescriptiva del momento era “tengan amigas”. Como si fuera obligatorio y voluntario. La tendencia a institucionalizar y a codificar eso que es inasible, que se escapa, que se escurre entre los dedos es una necesidad empujada por el miedo.
VI. Desde que leí Pantanal (Planeta), de Marcos Aramburu, sólo repito “qué libro hermoso escribió Marcos”, “qué hermoso es el libro que escribió Marcos”, “qué hermoso es Pantanal”, “me pareció hermoso Pantanal”. Y así. Ante un libro como este, se me acota el léxico y sólo quiero permanecer en la sensación que me dejó, en ese estado de flotación, de suspensión. El mundo de Pantanal es un mundo que hace vanas las palabras. Sólo quiero regalarlo y que otros disfruten lo que disfruté yo. Pero, puesta ahora a escribir, porque fui invitada a presentarlo, repaso mis subrayados y son muchos, muchísimos. Pantanal da ganas de escribir sobre la amistad, sobre el río, sobre los hijos y los padres, sobre los hijos, sobre los padres, sobre el don, sobre lo preciso que se hace navegar. Pero, como suele pasar con esta clase de libros, no tratan sobre un tema, sino que hacen cosas, inventan mundos y suscitan la imaginación. Pantanal es una atmósfera, es un estado, es un lugar apacible, un espacio agradable, un puerto amoroso. Pantanal escribe una travesía, la del deseo: ese que no tiene consuelo, ese que insiste, terco, necio, imperturbable. Y el deseo no se conjuga con la razón ni con las razones, no se conjuga con la pregunta por qué ni para qué. Pantanal: otra conquista de lo inútil. En Pantanal se trata, además, de un deseo tramado, enlazado, metido en la amistad: la de Roby y Fernando, que “navegan juntos desde los doce años. Una amistad flotante”. Me gusta mucho ese adjetivo, flotante, porque por supuesto resuena para mí, en la atención flotante, esa que posibilita escuchar lo que no se ha pronunciado del todo, la que posibilita leer lo que no está escrito, la que trastoca destinos, la que se dispone a escuchar al otro como otro, la que no asedia, ni pretende entender. Eso también tiene una amistad. En ese sentido, toda amistad deseable es una amistad flotante.
VII. Hablaba sobre la posibilidad de estar a solas, pero esto de Fabián Casas también funciona para pensar qué lugar le damos a la amistad: “No buscar la compañía de la gente para soportar el dolor, no usar al otro como paliativo. Lo que se llama la prueba de soledad en el paisaje”. Simone Weil dice: “Cuando el afecto de un ser humano hacia otro está construido únicamente sobre la necesidad es atroz. Pocas cosas existen que adquieran ese grado de fealdad y de horror […] La amistad se ensucia si entre medias se encuentra, aunque fuera un instante, con la necesidad”.
VIII. Alguna vez Dolores Fonzi dijo: “Las amigas verdaderas son las que se alegran por mis logros y me acompañan en las buenas. Obviamente que me sostienen en las malas, pero lo otro es clave”, y desde entonces no pude dejar de pensarlo. Y es que lidiar con el otro caído puede resultar más fácil, menos engorroso, menos incómodo.
IX. Recientemente me compré La función del amigo. Una tensión deseante, de Helga Fernández (editado por En el margen). No lo empecé aún, pero me interesa especialmente porque en psicoanálisis no hay casi nada escrito sobre la amistad. Dejo acá algo de la contratapa: “Este ensayo introduce un sintagma extranjero en el cuerpo teórico: la función del amigo. No un concepto que se defina ni una relación que se describa. Es, si algo fuera, una intervención del otro en la economía libidinal del sujeto (…). Aquí no se propone que la amistad sea la solución al malestar en la cultura; se propone que es otra forma de habitarlo. La práctica de la amistad, por estar hecha de la misma materia que el deseo, conlleva su propia agresividad estructural, sus alienaciones, sus puntos ciegos”. Y también esto otro que señala la amistad como encuentro, como hallazgo: “No se descubre una verdad preexistente, se la inventa entre dos o más”.
X. De la mismidad a la otredad, de la repetición agobiante al hallazgo de otra cosa posible, en ese espacio que se abre aparece la posibilidad de una amistad que no requiera de la mismidad especular, esa que es tan común y tan necesaria en la adolescencia, en la juventud. Dejar entrar lo otro, sobre todo la otredad “propia” y no vernos amenazados por la diferencia. Y pienso que, como en el amor, se trata de ser hospitalario con el otro, incluso con lo que tiene de hostis.
XI. Siempre me molestó la expresión “los amigos son la familia que uno elige”. Me gusta que entre mis amigos y yo pasen cosas bien distintas a esas que pasan en una familia. Prefiero que la ideología familiarista no contamine mis amistades. En una familia, los lugares de cada uno están establecidos, cristalizados. En las familias no hay lugar para lo inesperado. Cada uno cumple con su función esperable, siempre. Lo quiera o no lo quiera, siempre es puesto en el mismo lugar y siempre pone a los otros en el mismo lugar. Y una amistad deseable, para mí, es la que no nos deja siempre en el mismo lugar.