Adam Curtis: un mundo sin poder
¿Y si todo esto que vivimos es una farsa? Hypernormalization, un documental publicado un día como hoy, se hace esta pregunta.
El 14 de octubre de 2016, el escritor británico Adam Curtis publicó el primer capítulo de la serie documental Hypernormalization, en la cadena británica BBC.
El término hipernormalización refiere al utilizado por el historiador ruso Alexei Yurchak para describir los últimos años de vigencia del estado soviético. La época en la que todos sospechaban que el sistema no estaba funcionando pero todos, dominantes y dominados, actuaban como si eso no estuviera sucediendo. Surgió una versión falsa de la sociedad, dice Curtis. Una en la que todos sabían que lo que decían los líderes era falso porque sus ojos le demostraban lo contrario. Pero todo el mundo pretendía que era real porque nadie se imaginaba una alternativa. Esa falsedad fue hipernormalizada. Había un chiste que circulaba en los últimos años soviéticos: “Nosotros hacemos como que trabajamos y ellos hacen como que nos pagan”.

Pero Curtis tiene la hipótesis de que ese problema no corresponde solo a un período de la experiencia soviética. Sino que es el devenir de la historia humana desde los años ‘70. El mundo entero está hipernormalizado, viviendo en una realidad creada por…ya veremos quién. O quiénes. O qué. Ese es el asunto central del documental.
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Podría entenderse como la denuncia de una conspiración. Si uno lo mira con esos ojos están todos los elementos: la música (que es preciosa, acá pueden escuchar la lista), el montaje, la narración, el archivo. Curtis –que trabaja en la BBC– toma todo el material crudo alguna vez filmado por la señal y compone esta historia. Tiene algo de lo que hizo Peter Jackson con el crudo de los Beatles: tener todo te obliga a elegir una historia para contar. La que eligió Curtis es increíble.
Vivimos tiempos extraños, comienza la narración. “Eventos extraordinarios que socavan la estabilidad de nuestro mundo siguen ocurriendo”. Los enumera: bombas suicidas, oleadas de refugiados, Donald Trump, Vladimir Putin, el Brexit. “Sin embargo, quienes tienen el control parecen incapaces de tratar con ellos y nadie tiene ninguna visión de un mejor o diferente tipo de futuro. Esta película tratará de cómo llegamos a este punto extraño”, dice.
El punto de inicio escogido es el año 1975. Curtis conecta dos eventos que a priori no parecen tener nada que ver entre sí. Uno ocurre en Nueva York y el otro en Damasco. En Nueva York se vive el principio de una crisis de burbuja inmobiliaria. La ciudad se acerca a la quiebra, no puede devolver los créditos que tomó para inversiones inmobiliarias y cuando emite un bono para canjear la deuda los bancos se retiran. La escena, como casi todo en la película, está registrada: vemos a la oferta quedar vacía, un fenómeno raro de ver. Pero allí, dice Curtis, sucede algo más profundo que una oferta vacante. Sucede un cambio radical en el poder. Los bancos están dispuestos a dejar quebrar la ciudad para tomarlo. “Las finanzas tomaron el poder político, forzaron a la ciudad a la austeridad y recortaron el gasto público”, dice el narrador. Pero no fue solo un cambio de contenido. Lo que asumió fue una nueva forma del poder político: “Uno que no negociaba. Porque la lógica de mercado no negocia. No había alternativa al sistema. Los negocios debían administrar la sociedad”. Nada se puso frente a la decisión de los banqueros de tomar el control. La oposición radical al sistema de los ‘60 se había desarticulado y transformado en un individualismo radical que se retiró a la vida privada.
A miles de kilómetros de allí, en Damasco, la capital de Siria, se enfrentan dos visiones sobre los destinos del mundo. De un lado, Henry Kissinger, el poderoso secretario de Estado norteamericano; del otro, Háfez al-Ássad, el presidente sirio. Para Kissinger, dice Curtis, la Guerra Fría demostraba que el mundo era un sistema interconectado y había que evitar el caos para mantenerlo funcionando. Al-Assad creía que el status quo del momento –con los refugiados palestinos viviendo en Siria, Jordania y Líbano– no iba a conducir a la paz y que el mundo árabe necesitaba estabilizarse antes de ser más fuerte. Para Kissinger, la fortaleza del mundo árabe podía desestabilizar el sistema general del mundo y se propuso –siempre en la voz de Curtis– fracturar a los países árabes a través de sus diferencias.
El norteamericano, con su estrategia de “ambigüedad constructiva”, impulsó la firma de un acuerdo bilateral entre Egipto e Israel por la cuestión mientras hacía creer a Assad que negociaba un acuerdo más amplio con todo el mundo árabe. Pero el acuerdo no existía. Kissinger y Al-Assad se vieron las caras. Este último le dijo a Kissinger que había “liberado los demonios de las profundidades del mundo árabe”. Y se retira, dice Curtis. “Su creencia de que se podía pacificar el mundo árabe se desvanece”.
En los dos eventos se ha repetido el patrón. Se ha retirado ya no la política sino la posibilidad de la política, la creencia de que un proceso político –siempre dificultoso y complejo– puede transformar el mundo para hacerlo mejor (para intentarlo, aunque sea). Se ha optado, en cambio, por una solución ficticia.
No voy a contar el resto de la película, que deberían ver. Verán ahí esa misma matriz aplicada a diferentes fenómenos. Verán el retiro de la política en la caída de la URSS, en el surgimiento del ciberespacio, en la inteligencia artificial, en Medio Oriente, en los atentados suicidas, en los OVNI´s, en el Brexit y más. En todas ellas, dice el documental, hay un reemplazo de la complejidad de la política por una ficción que cumple la función de “hacer más fácil” un conflicto que es difícil (es más compleja la explicación, acaso la estoy hipernormalizando). Verán el cambio de la política radical de los ‘60 por la gestión de la percepción de los ‘80.
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SumateUno de esos ejemplos es la invención de la figura Muamar Gadafi (es un gran capítulo, este) primero como cerebro del terrorismo islámico, luego como apóstol de la fe democrática, finalmente caído en desgracia por la Primavera Árabe. Cuando la figura de Gadafi pasó de cerebro del terrorismo mundial a un ejemplo de conversión a la democracia (vean la secuencia de la entrevista con Giddens, es increíble) el acuerdo fue que el líder libio asumiera la culpa por el atentado de Lockerbie, que tampoco había cometido. Pero no importaba. El objetivo de la gestión de la percepción era otro. “Contar historias dramáticas que evitaran a la gente y a la política tener que lidiar con las complejidades del mundo real”, dice Curtis.
Ulrich Beck, un intelectual de la izquierda alemana –no casualmente citado en el documental– le puso palabras a ese cambio, cuyo origen encuentra en la caída del Muro de Berlín y la pérdida de una alternativa. El sistema surgido a partir de entonces no tenía el objetivo de transformar el mundo –porque ya no había hacia dónde hacerlo– sino de gestionarlo y mantenerlo en el espacio de la post-política. El mundo, decía el nuevo sistema, se había vuelto tan complejo e interconectado que era imposible prometer un futuro mejor. Porque era imposible, para cualquier líder político, prometer un resultado determinado a partir de las consecuencias de la propia acción. En La sociedad del riesgo, de 1992, Beck dice: “Surge una comunidad incomprensible que se corresponde con la incomprensibilidad de los riesgos; pero es más un deseo que una realidad. Al mismo tiempo, surge con este abismo un vacío de competencia e institucionalidad políticas, incluso de ideas al respecto. La apertura de la cuestión de cómo gestionar políticamente las amenazas se encuentra en una clara desproporción con la creciente demanda de actuación y de política”.
La política, en el mundo de la post-política, pierde efectividad y capacidades. Se convierte en solo un eslabón de un sistema mucho más amplio de gestión del mundo que reemplaza la vieja idea de la política democrática, la que había dado voz a los débiles contra los poderosos. Y eso, dice Curtis, provocó un resentimiento que comenzó a crecer en los márgenes de la sociedad.
Uno de los capítulos finales se llama así: un mundo sin poder. Se suceden los episodios de principio del siglo XXI. El 11 de septiembre, la denuncia contra Saddam Hussein por las armas de destrucción masiva, la invasión a Irak, la quiebra del sistema financiero de 2008, el rescate estatal a los bancos. Surge una respuesta: las manifestaciones de Occupy, la Primavera Árabe. El sueño de construir una sociedad nueva, libre de política y de jerarquías de poder, con individuos conectados entre sí. Esas y otras revoluciones fracasan. El método –la organización horizontal, sin jerarquías– no otorgaba los fines. Y lo que faltaban eran fines. “Nadie tenía idea de cómo cambiar el mundo”, dice Curtis, aunque quizás hubiera sido más preciso decir: nadie tenía idea de hacia dónde cambiar el mundo.
Entonces ya no es una conspiración.
Es más parecido a lo que le pasa a los personajes de la novela El péndulo de Foucault, de Umberto Eco. ¿Qué pasa si, jugando a inventar una conspiración, nos encontramos con que es verdad? Ese es el centro del documental de Curtis: jugando a atar los hilos que conectan Damasco con Nueva York, con Trump, con OVNI, con Gadafi, con Silicon Valley, con Putin y con Trump aparece una hipótesis sobre el estado del mundo.
La política colectiva se ha retirado para darle paso a un individualismo radical que no puede proyectar ningún futuro –ni mejor, ni peor– porque es incapaz, aisladamente, de darse un curso de acción que produzca un efecto sobre la realidad. Eso, dice Curtis, es una forma de la hipernormalización. Entonces el documental es, como lo definen acá, una historia de la disolución de la política en el espectro de su propia realidad.
La hipótesis tiene el riesgo evidente de ser tan paralizante como lo que denuncia: si no hay futuro, ni política capaz de pensarlo, ¿entonces qué?
Yo tampoco lo sé. Pero traigamos a un amigo que ya hemos citado y a una idea que alguna vez hemos tratado. Dice Ulrich Beck en La individualización, el libro que escribió con Elisabeth Beck Gernsheim, que “nadie que haya experimentado la desesperanza puede ya sentirse defraudado. Cualquier cosa que ocurra ahora es más de lo que podríamos habernos atrevido a esperar. En este sentido, la desesperanza es liberadora, tal vez incluso alentadora”.
Si esa nueva realidad, hipernormalizada, ha retirado hasta la posibilidad de hacer y pensar el futuro, ¿qué tenemos para perder?