A 29 años de la muerte del «skinhead» en el Parque Rivadavia
Un festival antifascista en conmemoración de la muerte de Walter Bulacio se convierte en una batalla campal en Caballito.
El 28 de abril de 1996, en un festival antifascista que conmemoraba los cinco años de la muerte de Walter Bulacio, Marcelo Scalera perdió la vida luego de un enfrentamiento con grupos asistentes al show.
“Por Waler y por todos” era la consigna de convocatoria a un festival organizado por la CORREPI en Parque Rivadavia, corazón del barrio de Caballito, Ciudad de Buenos Aires. La convocatoria incluía a bandas de distintas vertientes del rock nacional, lo que era extraño para la época. El asesinato de Bulacio cinco años antes –después de ser detenido en las inmediaciones de un recital de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, trasladado a una comisaría y torturado por la policía hasta su muerte cinco días después– había logrado reunirlos. Tocaría La Renga, Los Piojos, Todos Tus Muertos (aunque sin su líder, Fidel Nadal, entonces de gira con Mano Negra), 2 Minutos, Actitud María Marta, Un Kuartito, Los Caballeros de la Quema, entre otros.
Pero la noticia no iba a ser el recital, sino el incidente que se desató a poco de iniciado el evento. Desde el inicio, relatan los testigos de la época, cerca de veinte personas se apostaron en el puesto 27 de la feria de libros del parque, llegando a la esquina de Rosario y Beauchef. El puesto pertenecía a un histórico militante neonazi llamado Alejandro Franze.
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Era el lugar de encuentro entre grupos que, bajo el pretexto del nacionalismo, divulgaban teorías racistas, xenófobas y homofóbicas. Allí se reclutaban y organizaban grupos de neonazis que luego aparecían protagonizando golpizas contra jóvenes judíos en distintos barrios de la ciudad. Apenas un mes antes del festival, el 24 de marzo, en el puesto se había colgado una bandera en reivindicación de la dictadura militar.
El festival comenzó sin incidentes. Habló la abuela de Walter Bulacio y algunos miembros de la CORREPI. Tocaron las primeras bandas. Desde el público, comenzaron los cantos: “El que no salta es un skinhead”, en referencia a los miembros del puesto 27 (obviaremos aquí la polémica sobre la denominación skinhead para continuar con el relato). Los organizadores intentan apaciguar las aguas y le piden al público que no entren en provocaciones. “Cuando venga la policía no le va a pegar a los skinhead, nos va a pegar a nosotros. Este festival trata de demostrar que somos mejores. Lo hacemos para que se sepa que mataron a Bulacio y a nuestros familiares”, dice alguien en el escenario, en referencia a las víctimas de gatillo fácil.
Los que entraban al festival por la esquina de los libros y cruzaban el puesto 27 recibían insultos. “Bolivianos de mierda”, registró una nota posterior de Página/12, era el más utilizado. Algunos de los neonazis intentaron acercarse al escenario en varias oportunidades. Recién cuando comenzó a caer la tarde, la situación se desmadró. Se dice que fue entre las 18 y las 18.30. Estaba terminando de tocar Un Kuartito cuando un grupo de punks subió al escenario. Alguien tomó el micrófono y gritó “Muerte a los skinhead”, según contó, años después, Ana Sol Torrixa, integrante de la banda. Osvaldo González, uno de los organizadores, pidió, sin éxito, que nadie respondiera a las provocaciones.
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SumateUn grupo –algunos dicen 100, otros 500– se dirigió al puesto 27. Aunque nunca se supo cuánta gente participó del festival, los diarios registraron que esa tarde pasaron cerca de 40.000 personas.
“Una gigantesca corrida encabezada por un grupo anarco”, la describió Página/12 unos días después. Algunos dijeron que no fue una reacción espontánea, sino una decisión tomada en asamblea. Rubén Bocasucia, cantante de Acción Directa, dijo luego en una entrevista en el sitio Indymedia que él participó de esa asamblea al costado del festival, “para decidir qué hacíamos con los fachos”. Alrededor de cien personas, contó, entre los que había militantes de Patria Libre y Quebracho, votaron que alguien subiera al escenario para agitar. No hay registros de dicha asamblea.
La gresca duró menos de media hora. El propio Bocasucia contó que los neonazis no eran más de 25 y que, una vez que vieron venir semejante cantidad de gente, “los más pendejos, diez o doce, se fueron corriendo. Quedaron los pelados más viejos. Quisieron resistir con palos y cadenas pero cobraron para el campeonato”. El saldo fue de 26 heridos, en su mayoría del grupo que paraba en el puesto neonazi. Los enfermeros del SAME alcanzaron a retirar a algunos, pero se fueron en medio de una lluvia de piedras. La policía no intervino.
El que se llevó la peor parte fue Marcelo Scalera, que estuvo internado hasta el 8 de mayo, cuando finalmente falleció. Tenía 32 años. El festival continuó luego de la pelea. La banda chilena Los Miserables subió al escenario. Su cantante abrió el show enunciando que a la violencia responderían con más violencia. Para cuando subieron Los Piojos y comenzaron a tocar “Babilonia”, la mayoría había vuelto a sus lugares. Cerraron el festival Los Caballeros de la Quema y finalmente La Renga, aunque el clima quedó enrarecido. Circulaban rumores de que había al menos tres muertos. Cuando se produjo la desconcentración, hubo algún intento de saquear comercios cercanos, como la emblemática vinería Vinfiar, en Acoyte y Rivadavia. Recién entonces intervino la policía, que detuvo a algunas personas.
Los diarios del día posterior destacan más el saqueo que el enfrentamiento entre antifascistas y neonazis. En las semanas siguientes se temía por la venganza de estos últimos, que habían prometido ante un periodista del diario La Nación “guardarse al menos un mes a menos que falleciera Scalera”, por entonces internado.
El puesto 27 apareció, unos días después, con una pintada: “Vas a morir, skin!”. Algunos libreros que hablaron para las cámaras de televisión o la policía también recibieron amenazas. En los medios de comunicación, la disputa contribuyó al eterno retorno del debate sobre “la juventud”, con el agregado de las dos “tribus urbanas” enfrentadas: punks contra skinheads. El suplemento No, de Página/12, intentó en la semana despejar algunas confusiones que se repetían en todo el resto de los medios. “No todo skinhead argentino es un cabeza rapada; no debe emparentarse a los skinheads argentinos con el estereotipo del nazi anglosajón, rubio y de ojos celestes; los skins no son necesariamente originarios de barrios acomodados”, refería la nota. Si bien skins y punks compartían origen musical, luego se distanciaron ideológicamente. Pero el panorama político y cultural no estaba apto para semejantes sutilezas.
En agosto de ese año, una senadora del peronismo tucumano, Olijela del Valle Rivas, presentó un proyecto de comunicación para que el Poder Ejecutivo informara qué había ocurrido. Si eran correctas, preguntaba un grupo de senadores, las versiones de que había sido “un enfrentamiento entre punks y skinheads, instalados estos últimos en sus puestos de venta de libros usados de ideología neonazi”. Si el enfrentamiento se había producido cerca de la calesita que funciona en el parque y si algunos padres con sus hijos habían sido alcanzados por las piedras que se arrojaron; si la Policía, apostada a unos 200 metros del lugar, no había tomado intervención por una orden de sus superiores. Y, fundamentalmente, si en virtud de la rivalidad de los grupos intervinientes, que hacía posible que el episodio se constituyera “en el jalón inicial para el exacerbamiento de hostilidades, se contempla la modificación del criterio de no intervención policial”.
El hecho cambió de carátula a homicidio en riña cuando se conoció la muerte de Scalera, el viernes 10 de mayo. La familia negó que estuviera cerca del grupo neonazi. Dijeron que estaba en el parque comprando libros. Algunas agrupaciones nacionalistas lo convirtieron en un mártir de su causa. Repartieron en el mismo Parque Rivadavia un volante que sostenía: “El militante nacionalista Marcelo Scalera fue asesinado salvajemente por una intolerante horda drogada anarco-bolchevique”. La causa fue pasando de juzgado en juzgado pero resultó imposible detectar quién había sido el autor material de su muerte, en medio de un tumulto del que ni siquiera había testigos. El episodio no tiene una crónica oficial. Hay testimonios desperdigados en espacios de la época como fanzines y la incipiente web. Hace algunos años apareció el video casi completo del festival, pero en ningún momento se advierte la pelea.
Completemos ese vacío de una crónica oficial con un poco de ficción. El festival se convirtió en un ícono cultural, un hecho social, tal vez incómodo de los años ´90. En Cómo desaparecer completamente, la novela de Mariana Enríquez, el protagonista está en las inmediaciones del Parque Rivadavia, en una secuencia de venta de drogas, cuando ocurre el enfrentamiento. “Algo pasaba afuera. Algo raro. Se escuchaban gritos, corridas, gente que aullaba por los micrófonos del escenario. Nada de música. Tampoco sirenas de la Policía. El hermano de Julieta abrió la puerta del auto”, comienza el capítulo. Matías, el protagonista, baja del auto y se encuentra con el tumulto. Hay alguien tirado en el piso y todos lo patean. A Matías lo asombra el ruido, los gritos, los aullidos.
Como en la historia oficial, no sabemos si hay espontaneidad o premeditación. No hay un culpable, un cabecilla o un instigador. Porque lo que estaba ocurriendo, escribe Enríquez, lo estaban haciendo todos juntos.
Y sangraban, sangraban los chicos parados, el cráneo del chico en el piso cedía como arcilla y algo salía de adentro de la cabeza y seguían pateando y una zapatilla amarilla era mitad amarilla y mitad roja y no iba a parar, pensaba Matías, no iba a parar hasta hundirse en esa cabeza que cada vez se deformaba más. Y Matías supo que eso era una fiesta, que esos gritos y esa sangre eran una fiesta, y que no la iban a detener los que gritaban desde el micrófono «chicos chiiiiccoooos PPORRR FFFAVOOR» porque era una fiesta matar, estaban todos juntos festejando, todos juntos, deseando lo mismo y los gritos eran de celebración, porque al chico nazi de la cabeza destrozada lo estaban matando pero estaba bien porque… porque lo hacían todos juntos y porque ¿acaso no se merecía que lo mataran? Matías creía que sí.
