Voto bronca: ¿está pasando o la flasheamos?

Análisis de la baja en la participación y el alza del voto en blanco en las elecciones provinciales. ¿Hay un patrón generalizado o nos estamos apurando a dar un diagnóstico?

Aclaración: esta nota fue editada una vez publicada debido a ciertos errores en los datos que fueron corregidos.

Hola, ¿cómo estás? 

Hoy me voy a correr un poco de la programación habitual. Un cachito, no tanto. Esta no es una entrega con una historia provincial de personajes, reglas y escenarios. Hoy te escribo full agenda setting con un tema en boga: la participación electoral. Ya habíamos peloteado algo con vos en los inicios de LGV. Con 15 elecciones provinciales ya celebradas, podemos juntar algunos datos para ponderar si estamos frente a un escenario de cataclismo representativo o si es una ola más de la marea.

¿Flasheamos una crisis?

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Qué dicen los datos

La semana pasada Iván te adelantó datos de una base inédita que armamos en el Centro de Investigación para la Calidad Democrática (CICaD). Es parte de un proyecto que pensamos con Tomi Aguerre y Male Magnasco, y que coordinó y ejecutó Sebastián Parnés junto a nuestro equipo de investigación. Dado que vamos a estar presentando buena parte de estos numeritos en el próximo Congreso Nacional de Ciencia Política, por qué no aprovechar y spoilearlos un poco. La diaria lo amerita. 

Podemos decir dos cosas de la participación electoral en Argentina. Una es la comparativa con las elecciones pasadas, lo cual abre la primera pregunta: ¿con cuál hacerlo? Respetando ciertas reglas que la ciencia política nos mete en la cabeza, me parece que lo más pertinente es tomar en cuenta aquellas que son similares. Que es lo mismo que decir que son las que pusieron lo mismo en juego. Dado que este año se renovaron cargos ejecutivos en las provincias, entonces corresponde hacer un 2023 vs. 2019. Una provincia celebró sus primarias (Mendoza), otra renovó cargos legislativas solamente (Corrientes) y el resto sacó todo a la cancha (elecciones generales en las restantes 13 provincias). De esa mega base, tomé los datos de 2019, le puse al lado los de este año y dio algo así.

Fuente: elaboración propia en base a datos del CICaD. San Juan es el único caso que no compara similares porque la elección ejecutiva se celebra el próximo domingo 2 de julio. Salvo en este caso, en todos los demás los datos corresponden a la categoría ejecutiva.

En la tabla podés ver cuatro columnas. La primera indica las provincias y la segunda la elección elegida para hacer la comparación. Las que tienen datos incluyen la variación porcentual de la elección 2023 respecto de la de 2019 para tres indicadores. El primero se construye tomando en cuenta el nivel de participación electoral: cuánta gente fue a votar sobre el total del padrón provincial. El segundo considera la proporción de votos blancos (dejar el sobre sin ninguna boleta o no marcar ninguna opción en los distritos con boleta única) y de votos nulos (emisión errónea del voto por boleta rota, rayada, doble voto o marcando de manera incorrecta en la boleta única). Finalmente, el tercero considera la participación positiva: esto es, la cantidad de gente que fue a votar y eligió una lista de las disponibles en la oferta electoral. Se calcula restando la participación electoral al total del padrón en cada provincia. Que es lo mismo que contar la cantidad de gente que va a votar, sacando el ausentismo, el voto blanco y el voto nulo. Si el valor indicado en la celda es positivo, quiere decir que hay un aumento en 2023 respecto de 2019. Si es negativo, quiere decir que disminuyó.

¿Qué dice la tabla? Un dato general es el promedio que muestra al final. De las 15 elecciones celebradas, la media de la participación electoral interprovincial bajó un 4% respecto de hace cuatro años. A eso se suma que los votos blancos y nulos aumentaron un 1,78%, lo cual deja una caída de la participación positiva de 5 puntos y medio. Esto nos dice que en el país, hasta el día de hoy, hay una leve disminución de la cantidad de gente que sale de su casa el domingo de elecciones y que, adicionalmente, opta por alguna de las figuras que compiten por sentarse en los sillones de las gobernaciones. De ahí que sea importante ver no solo la asistencia a votar, sino hacerlo junto a la participación positiva. Eso nos dice si hay algo de bronca. O si estamos flasheando.

Otro punto que se desprende de la tabla es que, aunque hay una lectura nacional a partir de los datos provinciales agregados y promediados, también hay realidades provinciales únicas. En Formosa fue (sorprendentemente) la misma proporción de gente a votar y en Tucumán subió levemente, mientras que en La Rioja y Mendoza un 10% más se quedó viendo los partidos de la fecha. En Neuquén, Salta y San Luis también hubo una caída, pero no fue tan marcada. Córdoba, Misiones y Río Negro se ubican en la mitad. En paralelo, algunos distritos vieron caer la cantidad de votos blancos y nulos (Formosa, San Juan y, de nuevo, La Rioja y Córdoba), mientras que otros los vieron crecer (Tierra del Fuego es la que resalta del pelotón y Río Negro estuvo cerca). Este punto no es menor porque la interpretación del valor negativo es a la inversa que con la participación electoral: si cae, entonces quiere decir que más gente optó por una opción disponible en el cuarto oscuro y se mostró, consecuentemente, menos enojada. Y eso es algo bueno.

La otra cosa que podemos decir es en torno a la historia. ¿Es la primera vez que esto ocurre o ya pasó anteriormente? Para eso, elegí de la base las mismas 15 provincias que ya votaron (acá podés consultar los datos) y tomé en cuenta la variación de la participación positiva entre elecciones. Creo que es el mejor indicador para evaluar el fenómeno en términos temporales porque toma en cuenta la asistencia y lo hace considerando solamente los votos positivos. Que, a la larga, son los que distribuyen cargos. La nafta de la democracia. En el gráfico a continuación vas a ver que arranca en 1987 porque compara con la elección anterior (1983). El valor indicado es la resta de cada año vs. la elección celebrada cuatro años antes. Siempre respetando las mismas reglas politológicas que precisé anteriormente. 

Fuente: elaboración propia en base a datos del CICaD. El caso de Córdoba figura en 1999, pero es la elección que se adelantó a diciembre de 1998. Corrientes en 1995 empieza a tomar en cuenta legislativas porque cambió su calendario. Mendoza en 2015 empieza a ser el valor reportado en las PASO.

Cada puntito es una provincia con el valor que le corresponde de variación de participación positiva respecto de la elección anterior. Si aparece arriba del eje horizontal, quiere decir que subió (qué bien). Si aparece debajo, quiere decir que bajó (qué mal). No es importante identificar quién es quién, sino qué generalidad histórica se saca del gráfico. Y lo que se ve es que hay oleadas: unas son de alza en la participación positiva y otras son de una baja. Actualmente estaríamos en un proceso de retracción en el compromiso cívico del electorado, pero sin llegar al punto de la crisis del 2001-2003 (aprovecho y meto chivo). Si bien este 2023 tiene varios distritos por debajo de cero, no es la primera vez que ocurre. La más dramática es, sin dudas, 2003, la primera post crisis del 2001. Ahí sí tocamos fondo. La buena noticia es que aún hoy, con todo lo que pasa diariamente, no llegamos hasta ahí.

Lo que nos dice el gráfico es que para hablar de crisis de representación primero hay que ver si es la primera vez que pasa, segundo si en muchas provincias pasó lo mismo y, tercero, si la magnitud del cambio es igual de grande a otras crisis anteriores. Por ahora, yo veo que no es the first time, la variación negativa se está dando en varios distritos pero la magnitud del cambio no es tan parecida a lo ocurrido con el cataclismo de hace 20 años. De hecho, se parece más a 2007 que a 2003.

El último dato que te dejo es para reflexionar y surge del programa Creencias Sociales del Observatorio Pulsar.UBA. Acá podés consultar el informe completo, pero quiero que te centres en este gráfico que tomé prestado. Se hizo en base a 1.000 casos nacionales de manera telefónica (CATI).

Fuente: Pulsar.UBA.

¿Por qué te dejo esto? Porque la burra siempre vuelve al trigo. En ese primer intercambio que tuvimos hace dos años levanté el debate en torno a la necesidad de (no) mantener el voto obligatorio. De la encuesta y del informe que preparamos surge que hay una sorpresiva división en torno a esta cuestión en Argentina, pero con una mayoría de los consultados que siguen considerando la obligatoriedad como un requisito legal en el país. Esto es parte de un consenso que hay entre las dos coaliciones mayoritarias y cuya única resistencia surge de un extremo que está empujando a que crezca la opción voluntaria. Esta discusión es más normativa y constitucional que politológica, pero yo elijo pararme en la vereda de la obligatoriedad. Votar es un derecho. Y cada uno de ellos trae de la mano una obligación. La caída de la participación electoral, que bien puede ser transitoria, no debería ser un dato para considerar un cambio de reglas que ha dado sustento, valor y energía a nuestra democracia.

Y lo bueno de esto es que no soy el único que puede decir algo sobre el tema.

Qué dicen los que saben

Consulté con varios colegas, amigas y amigos a ver si estaban viendo lo mismo que yo. Sobre todo, si estamos ante una crisis de representación importante o si es solo kerosene de redes sociales. Paola Zubán, de la Consultora Zubán y Córdoba e integrante de la Red de Politólogas, resalta que “es un proceso de recesión democrática como el que predijo Larry Diamond. Las representaciones políticas están siendo tensionadas como nunca antes y la política tradicional no alcanza a cubrir las expectativas de la sociedad. En Argentina, la tradicional y golpeada clase media es la que más lo sufre, sobre todo en el segmento de entre 16 y 40 años”. Éstos, me agrega, “son justamente, los segmentos más golpeados por la economía, los que no concurren a votar, y si lo hacen, están votando en blanco, anulando su voto, o en el mejor de los casos, utilizando su voto como modo de protesta”. En su visión hay sectores que “han acumulado mucho descontento y desconfianza en la sociedad argentina”. Lo que hace que “la crisis de representación sea clara e indiscutible. Es un proceso que se viene gestando desde hace años, pero que encuentra un clímax cuando se combina con factores de crisis económica”. Acá, entonces, hay una línea que combina larga data con contexto recesivo actual. El cocktail.

Valeria Brusco, politóloga y también parte de la Red de Politólogas, abona a esta línea con datos que viene trabajando en el marco de la Red ENCResPA, en la cual “tenemos encuestas del año 2021 y 2022, y ya en esa época había un grupo de un 30% que no quiere ir a votar, va a votar en blanco o nulo”. No es entonces algo nuevo, sino que es una acumulación de capas anuales. Las razones que esgrimieron, me cuenta Vale, fueron varias pero resaltan el famoso: “Me tiene harto la política, son todos iguales, etc.”. 

Yendo a uno de los casos analizados en esta entrega y sintiéndose local en tierra cuartetera, me comenta que “había una continuidad del oficialismo y se veía un gran desgaste con mucho cansancio. A eso se sumaron varios hechos de violencia policial junto a otras cosas muy graves. Había una sensación de incomodidad con el gobierno, pero a la vez un empate porque las propuestas que se presentaron eran muy parecidas. El otro proyecto no enamoró tanto y resultó ser indistinto para las personas, en general, desinteresadas. Votar a uno o a otro era lo mismo”, me dice Vale Brusco. Sin embargo, cierra con algo que me deja pensando: “Facu, ¿alguna vez estuvimos fuera de la época de la crisis de representatividad? ¿Cómo la medimos? ¿Tomamos en cuenta que quiénes elegimos no hacen lo que prometieron y eso genera una crisis? ¿Medimos que los representados sienten cosas sobre sus representados diciendo que ‘son todos iguales’?”. Es un punto interesante para separar paja del trigo y matizar una generalidad no necesariamente crónica ni constante ni trágica. 

Al intercambio se sumó una colega de Santa Fe que también integra la red, Mariana Berdondini. Se conecta bastante con lo que me dijo Vale respecto del proceso de largo plazo y que se ve en los datos que sumé más arriba. “La representación política se configura a partir de una conexión y de un lazo. Me parece que hay un problema importante que venimos registrando hace un par de años y que se agudiza a partir de la pandemia. Hay un crecimiento de la distancia en detrimento de la construcción de un lazo y de una conexión política”. Desde esta perspectiva, entonces, la crisis es el aumento de los grados de separación entre representantes y representados. Y se manifiesta en las elecciones. En particular, en un tipo de voto. “El voto blanco y el voto nulo vienen a registrar una demanda a los y las representantes”, me comenta. Pero Mariana no suena tremendista en torno al escenario y al futuro. “Los representantes deberían prestar atención a los datos que estamos viendo y al lazo. No sé si estamos atravesando la crisis o estamos en la antesala. Puede que haya desencanto y desconexión, pero es importante que podamos recuperar un horizonte compartido. Que haya un espacio de lo común que nos convoque”. Es una buena receta. Por eso, alerta. “Esta crisis de representación se puede tornar más problemática y recaerá en las posibilidades de los gobiernos, en las facilidades que tengan de gobernar”, concluye.

Federica Staniak, politóloga integrante de la misma red y estudiosa de la participación electoral, me cuenta desde el otro lado del Océano Atlántico que “estamos viendo porcentajes de abstención, votos blancos y votos anulados bastante más altos que los que tenemos registro. Al menos, en los últimos años de democracia. La comparación más directa serían las elecciones de 2001 y 2003. Siendo éstas elecciones ejecutivas subnacionales es bastante significativo”. Ella percibe que hay algo generalizado en el país. “Hay un descontento con la oferta partidaria que se manifiesta a nivel de todas las provincias. En los grandes centros metropolitanos participan menos”. En cuanto a las causas, me dice que “hay un hastío muy grande con la política. La crisis económica no contribuye a que la gente sienta confianza. Ven que no hay respuestas a las demandas que esperan”. Y sintetiza en que “hay desapego. Pareciera que se piensa que no se puede confiar en nadie para un cambio significativo. La desconfianza genera desafección y esa desafección produce un impulso hacia fuera del sistema. Eso lo vemos en los que no quieren elegir una opción política entre los candidatos”. Aunque, aclara, “esto es muy difícil de medir. Porque la abstención es un porcentaje muy general. Decir por qué cada uno se abstuvo es muy complejo. No podemos asignar causalidad”. Los datos, entonces, son señales y síntesis de comportamientos. Falta profundidad. Paños fríos. 

Otras miradas también traen calma. Marcelo Leiras, profesor de Ciencia Política de la Universidad de San Andrés e investigador del Conicet, va en esta línea con una receta. “No me alarma tanto, aunque interesa laburar sobre la asistencia electoral y sus potenciales efectos sobre el voto”. Al respecto, Marcos Schiavi, director nacional Electoral, agrega que “nosotros no estamos viéndolo como una crisis de representación. Me parece que hay que analizar caso por caso. Algunos tienen explicaciones que tienen que ver con la falta de competencia, otros con el instrumento de votación. Hay algunos puntos menos de participación, pero que en principio no dan cuenta de un problema grave”.

Para ir cerrando, crucé mensajes al respecto con Gabriel Sued, periodista, politólogo y autor de este maravilloso libro. Comienza diciéndome que el fenómeno también le preocupa. “La caída en la participación solo puede ser leída como falta de entusiasmo de un sector del electorado que no se siente representado por la oferta de candidatos. Me llamó mucho la atención el caso de Córdoba, donde la participación cayó alrededor de cuatro puntos pese a que se trataba de una elección muy reñida, en la que cada voto contaba”. Pero no lo alarma. “Estamos ante un problema de representación que todavía no adoptó la forma de una crisis. Tiene que ver seguramente con el fracaso de dos gobiernos de distinto signo de manera consecutiva”. Y me hace una mención especial a la lectura que hace la dirigencia política sobre el fenómeno. “Creo que lo tienen presente. Cristina habló en varios discursos sobre la necesidad de volver a representar. Bullrich también detectó que debía representar a un electorado que se estaba yendo con Milei. El desafío de Massa será representar al electorado kirchnerista. Y la inclusión de Grabois en UP apunta a contener un electorado que podría irse hacia un voto bronca”.

De modo que tenemos un diagnóstico, medianamente consensuado. Hay datos que avalan algo de bronca, sí. Hay un contexto que justifica esa calentura, también. Hay una crisis inevitable en la que ya estamos y no podamos salir, no estoy tan seguro. Mis consultados y consultadas tampoco. Tenemos una receta para evitar que esto se profundice, sin dudas. Y, lo más importante, la dirigencia política sabe lo que está ocurriendo, claro. El análisis comparado muestra que hay alertas. Queda entonces aplacar los temores y los cataclismos. 

LGV abona por esto. E intenta aportar a ello.

Algunas random

Te dejo un ping pong cortito de pasadas y próximas para que sigas en clima electoral: 

Hasta acá por hoy. El cierre de listas dejó perlas de todo tipo. Ya hubo mucho análisis sobre el tema y seguramente en una entrega pronta te sintetice la big data. Mientras tanto, podés ir ingresando a Gane quien Gane, la cobertura que armó Cenital con Fundar. Por mi parte, cumplí mi promesa y seguí el minuto a minuto con mi compañera. De una manera no tan cómoda pero, como siempre, linda.

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Un abrazo electoral y te escribo en dos semanas,

Facu

Politólogo, consultor e investigador independiente. Hoy me encuentran dando clases en UBA y UTDT. Me encantan las elecciones y me sacan menos canas verdes que Racing. Un hobby que tengo es aprenderme la historia de los partidos políticos. Creo que la política marida muy bien con un tinto.