Un argentino universal

Con un estilo bien sudamericano, el papa Francisco invita a las nuevas generaciones a 'hacerse cargo' de los problemas del mundo.

Roma, Italia. El sol tibio de la tarde acariciaba las piedras centenarias del Palacio San Calixto. Era 20 de mayo de 2021 y allí, en la sede de la Fundación Scholas Occurrentes, nos preparábamos para un encuentro singular: el lanzamiento de la Escuela Política Fratelli Tutti, una iniciativa destinada a formar jóvenes líderes comprometidos con el bien común.

La puerta se abrió, y entró el papa Francisco. Con un andar sereno y la sencillez de un cura de barrio, se acercó a saludarnos a cada uno como si estuviéramos entre amigos. Cortito y al pie pronunció palabras que se quedaron grabadas en mi memoria:

—Bienvenidos, buenos días… Lo que van a hacer es muy importante. Hay que hacerse cargo de la mierda del mundo. Lean el capítulo 1 de Fratelli Tutti. Hay que hacerse cargo.

En ese instante, el hombre en la cúpula de la institución más longeva del mundo y con protocolos interminables para cada gesto del «sumo pontífice» se mostró humano, genuino y contundente. Su «hay que hacerse cargo de la mierda del mundo» resonó con la crudeza necesaria, y marcó el tono de lo que tendría la escuela que estábamos fundando. Luego siguió con la línea de “hacerse cargo” y habló largamente sobre la guerra. 

Por aquel entonces, el mundo parecía más pacífico. Israel no estaba en conflicto abierto con Palestina. Ucrania no había sido invadida por Rusia. Los conflictos se mantenían, muchas veces, al margen de las conversaciones centrales en Europa y Latinoamérica. Sin embargo, Francisco, con una lucidez que muchos no comprendieron en su momento, insistía en que para entender el fracaso de la política era necesario enfocar la atención en la guerra, ya fuera la guerra visible de los bombardeos o la que se libra en las sombras del hambre y la exclusión. Recuerdo pensar que hablar de guerra no era la mejor manera de inspirar a las nuevas generaciones de líderes, pero justamente ahí estaba el primer rasgo de Francisco que quiero resaltar: el hombre es un visionario, ve lo que pocos ven, intuye los ríos subterráneos de la historia antes de que los mismos salgan a la superficie. 

El segundo rasgo que Bergoglio ha sostenido a lo largo de toda su vida y que pudimos ver de primera mano fue la audacia para nombrar las cosas por su nombre. En la iglesia se hablaría acaso de la figura del profeta que se atreve a nombrar lo que muchos prefieren ignorar y a señalar caminos hacia una transformación profunda. Esta capacidad se manifestó con fuerza en la primera clase que ofreció a los alumnos de la Escuela Política Fratelli Tutti. Frente a jóvenes de todo el mundo, pintó con palabras una imagen desgarradora: el Mediterráneo se estaba convirtiendo en el cementerio de Europa. Esa imagen, más que una mera denuncia de la crisis migratoria, señalaba la tragedia de una civilización que, en su afán por avanzar, había dejado de lado lo humano. 

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Y no es todo. En Laudato Si’, Francisco toma un tema universal como la crisis climática y lo aborda desde una mixtura de perspectivas: la filosofía, la fe, la economía, la sociología y la sabiduría popular se entrelazan en un mosaico que solo alguien con un espíritu porteño y argentino podría articular. Esa fusión de ideas demuestra su capacidad para entender el fenómeno del cambio climático de manera integral, integrando lo académico y lo popular en un llamado a la acción global. Es la primera vez que desde el corazón del Vaticano resuena el llamado a cuidar el planeta.

Por último, si hay algo que atraviesa todo su magisterio es la insistencia en poner a los últimos primero. No se trata de hablar de pobreza como mera categoría social, sino de recuperar lo popular, lo de la teología del pueblo: la esencia de compartir un asado en familia, la solidaridad que se vive en el barrio, esa cercanía que se siente en una reunión dominical. Francisco nos invita a ver que la verdadera medida de la humanidad no reside en la acumulación de riquezas, sino en el modo en que tratamos a los más vulnerables.

Lo que más me conmueve es la coherencia entre lo que dice y lo que hace. En un mundo saturado de líderes que confunden posición con compromiso, él ha optado por vivir con sencillez, hablar con libertad y mantener la esperanza, aun cuando las fuerzas parecen flaquear.

Una última cosa escribiendo desde Argentina y para argentinos. El papa es muchas cosas: un líder espiritual, un jefe de Estado, una referencia moral. Pero, sobre todo, es un argentino universal. Borges decía —pensando en los escritores argentinos— que «nada de lo universal nos es ajeno». Creo que Francisco funde en su personalidad y su papado rasgos profundamente argentinos, como la buena utilización de las malas palabras de Fontanarrosa, o la capacidad de crear un mestizaje de ideas coherente y potente en Laudato Sí’. Esta argentinidad (que a su vez se anima a lo universal) debería convocarnos a quienes estamos de este lado del charco no a polemizar sobre Francisco, sino a ser la mejor versión de nosotros mismos para transformar nuestro propio suelo y, por qué no, al mundo entero, como lo ha hecho él. 

En tiempos de crisis de sentido, la voz de Francisco es un faro que nos recuerda que otro mundo es posible, siempre y cuando nos atrevamos a comenzar desde abajo, desde lo popular, desde el barro del mundo. Asumir esa responsabilidad es, quizás, la tarea más urgente y hermosa que tenemos por delante.


Esta edición forma parte del especial por los doce años del papado de Francisco, Vox populi. Podés leer todas las notas acá.

Director Ejecutivo de TECHO Argentina y cofundador de Potencia Argentina. Fue director ejecutivo de la Escuela Política Fratelli Tutti y presidente del Instituto de Vivienda de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Es magister en Políticas Publicas por la Harvard Kennedy School.