Tupac Katari: volveré y seré millones
Vida, rebelión y muerte del líder indígena del Perú.
El 14 de noviembre de 1781 fue ejecutado Tupak Katari, uno de los líderes de la revuelta indígena en el virreinato de Perú.
El acontecimiento tuvo lugar en la plaza central del poblado de Peñas. El Comando General español, a cargo de la administración colonial del virreinato, mandó a sacar a Tupac Katari de la prisión en la que estaba recluido. Con una media corona en la cabeza, fue atado a un caballo que lo arrastró hasta el lugar de la ejecución. El público asistente estaba compuesto por criollos, españoles y parte de la población originaria, los aymaras, que habían sido obligados a presenciar lo que estaba por suceder.
Ahí se leen los delitos imputados: traición, sedición, asesinato. Es encontrado culpable y condenado a la muerte por descuartizamiento. Le sacan las últimas vestimentas, lo desatan de un caballo y lo atan, con cuatro sogas, a cuatro cinchas de cuatro caballos que apuntan a cuatro direcciones distintas. La escena recuerda la ejecución de Damiens que relata Foucault al inicio de Vigilar y castigar. Tupac Katari, que está por morir, pronuncia estas palabras en aymara:
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Naya Sapajarukiw jiwayapxitataxa nayxarusti,
waranqa, waranqanakaru tukusaw kutt´ani.
O, en el español de los colonizadores: “A mí solo me mataréis: volveré y seré millones”.

Los verdugos le cortan la lengua. Suena el tambor que anuncia la muerte y cada uno de los animales corre en una dirección distinta. Su tronco y miembros fueron colocados en las entradas de El Alto. Su mano izquierda en una picota en Ayo-Ayo. Su mano derecha en la plaza de Achacachi. Su pierna derecha a Chulumani y la izquierda a Qaqiawiri (Pacajes). Después de 10 meses de ser expuestos en cada rincón del virreinato sus restos son recogidos, quemados y arrojados al aire.
Su cabeza, que debió ser separada del cuerpo con un cuchillo, fue colocada en la horca de la Plaza Mayor de la ciudad de La Paz. El emblemático lugar que el comandante del ejército aymara había mantenido sitiado durante largos meses de 1781 con un cerco humano. La historia, que recordaremos hoy, la cuenta uno de los millones en los que volvió Tupac Katari: el dirigente boliviano Felipe Quispe, en un libro publicado casi 120 años después. Su título es Tupak Katari vive y vuelve… carajo.
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SumateEl nombre cristianizado de Tupac Katari era Julián y su apellido originario Apaza Nina. Había nacido en 1750 y sus padres murieron cuando él apenas tenía 7 años. Lo crió un cura blanco que lo adoptó como sirviente e intérprete para entrar a las comunidades aymaras a cristianizar a los pueblos originarios. Julián aprendió la religión y el idioma del hombre blanco. Le iba a servir luego.
El levantamiento aymara no fue una reacción espontánea a una situación específica sino un proceso planificado y organizado contra un sistema colonial. Tupac Katari tendría un rol importante en esa organización. Aunque su primer trabajo fue como sacristán del cura que lo crió, y luego en una mina en Potosí, nuestro protagonista se convirtió en comerciante. La tarea le permitía viajar entre las comunidades y ganar aliados para su causa. Su causa: la liberación del pueblo aymara del sistema colonial español que había reemplazado la organización social comunitaria de los pueblos originarios andinos, los ayllus. El sistema colonial, de por sí esclavista, se volvió más rígido con las reformas borbónicas, que aumentaron impuestos existentes a la coca, los granos, los textiles, el alcabala (el impuesto general a las ventas, que subió de un 2 a un 6% entre 1773 y 1778) y la colocación forzosa de algunos productos a la que obligó el régimen. La chispa encendió la pradera.
Pero la pradera venía siendo organizada. En junio de 1780 se reunió en secreto, en Tungasuca, el Consejo Supremo Comunitario que agrupaba a los comandantes de diversos frentes de guerra para acordar una estrategia militar unificada. Tupac Katari participó. Llevaba diez años de trabajo político y militar, recorriendo en la clandestinidad los pueblos aymaras, reclutando potenciales combatientes y tejiendo alianzas con otros comandantes. El Consejo Supremo acordó una estrategia, un levantamiento conjunto, que luego fue puesto a consideración y aprobado en cada cabildo comunitario.
El plan suponía dividir los frentes de ataque y generar un levantamiento contra lo que Quispe llama en su libro “la casta parasitaria europea que se había anclado en nuestras tierras”. La región noroccidental iba a estar controlada por el inca Tupac Amaru, que debía sitiar y tomar por asalto el Cuzco. El área sud oriental fue asignada a Tomás Katari, que rodearía Chuquisaca, donde se asentaba la Real Audiencia de Charcas, sede del tribunal judicial español. A Tupac Katari le correspondería comandar el ejército aymara que se encargaría de la región altiplánica, incluyendo las ciudades de Sorata, Jayu-Jayu, Sicasica y, finalmente, La Paz. El refugio de jueces, corregidores, aduaneros y patrones del imperio español.
La fecha prevista se adelantó. Tomás Katari había intentado negociar con los distintos representantes de los virreinatos españoles. Fue primero a Potosí y luego a Chuquisaca para pedir que se suspenda el aumento de los tributos. En ambos casos fracasó. Ni siquiera pudo obtener una entrevista. Viajó a Buenos Aires donde fue recibido por el virrey del Río de La Plata, Juan José Vertiz, quien asumió el compromiso de conseguir las entrevistas con las autoridades. A su regreso, fue detenido por las autoridades españolas. Y el levantamiento comenzó. Era agosto de 1780.
Tupac Amaru se levantó en armas en noviembre. Tupac Katari advirtió la efervescencia y movilizó a sus guerreros comunitarios. A mediados de febrero de 1781, su ejército rodeó la ciudad de Puno y la tomó. Pasó por las armas — de mis eufemismos favoritos — a las autoridades españolas y lanzó una proclama con su programa de gobierno comunitario. Una carta que contenía ese programa fue interceptada en marzo de 1781. Allí, por primera vez, el imperio español tomó nota del nombre: Tupac Katari. “He determinado — decía la carta — sacudir este yugo insoportable y contener el mal gobierno que experimentamos de los jefes, por cuyo motivo murió el Corregidor de Tinta en público”.
El 13 de marzo, junto a 40.000 combatientes aymaras, rodeó la ciudad de La Paz. Allí se habían ido a refugiar los alcaldes, aduaneros, corregidores y criollos que escapaban de la guerra contra el imperio español. Unas semanas después, en la que las tropas realistas y el ejército aymara se enfrentan en extramuros, Tupac Katari entró por primera vez a La Paz. Lo acompañaba su ejército, el sonido del pututu y la bandera whipala.
El cerco aymara durará meses y llevará a La Paz al límite. El sitio impedirá el ingreso de cualquier producto agropecuario a la ciudad y pronto arrecia la escasez. Los dueños de las minas y los obrajes, los grandes hacendados y las autoridades españolas comienzan a padecer el hambre. “Se agotaron los perros y gatos, los cueros y petacas; un gato llegó a costar 6 pesos, una mula flaca y muerta 30 pesos. De 2000 mulas quedaban 40”, anota Quispe en su relato. Una tercera parte de la población muere por la hambruna. La guerra de desgaste al enemigo español provoca resultados.
El sitio tiene secuencias impresionantes. Aunque hay combates dentro de la ciudad, el principal objetivo de los aymaras es sacar a las milicias españolas fuera de los límites y emboscarlos allí. Las autoridades coloniales se aferran a la esperanza de que lleguen los refuerzos desde otras ciudades (que también enfrentan sus propia guerra contra las comunidades). Los aymaras diseñan un plan: simulan una batalla en las afueras de la ciudad para que el ejército español sitiado piense que son sus refuerzos y salgan. Los aymaras se dividen en dos bandos: la mitad trae ropa aymara y los otros fingen ser soldados españoles. Hay 4.000 soldados aymaras escondidos en lugares estratégicos esperando que los sitiados salgan. Pedro Obaya, mano derecha de Katari, entra a la ciudad disfrazado de soldado español llevando una carta falsa. Pero los locales no caen en la trampa. Obaya es apresado y ejecutado.
Por esa misma época llega hasta el cerco el cura blanco Matías Borda, prisionero de las fuerzas aymaras. Borda logra ser perdonado y se infiltra en las filas del ejército comunitario. Será el capellán y confesor de las tropas y se ganará la confianza tanto de Katari como de su mujer, un personaje central en esta historia, Bartolina Sisa. Desde allí, Borda advertirá a La Paz de los siguientes ataques y maniobras del ejército aymara. Para mayo, la guerra comunitaria sobre La Paz es un éxito total. La población sigue encerrada y sin abastecimiento. El cementerio rebalsa de muertos, más por inanición que por las balas, dicen los diarios de la época. La fuerza aymara todavía no es capaz de tomar la ciudad, porque parte de la tropa se marchó a Sica Sica para interceptar los auxilios que llegaban a romper el cerco.
En julio llega el primer contingente español fuerte, al mando de Ignacio Flores. El cerco se abre por primera vez, aunque por decisión del propio Katari, que deja entrar a las huestes de Flores para luego cerrar el anillo, una maniobra similar a la que él mismo había hecho para la toma de Puno, con la tropa española de José del Valle. Pero la llegada de Flores dará un vuelco en el sitio porque conseguirá la captura, nada menos, que de Bartolina Sisa. Resulta emboscada, mientras se dirige a El Alto de La Paz, por tropas de Flores que le tendieron una trampa en complicidad con indios que la escoltaban y que reciben a cambio el indulto del ejército español y la condecoración con una medalla de oro que lleva la imagen del Rey Carlos III de España. Sisa es encarcelada, torturada y convertida en un arma psicológica contra Tupak Katari. Él envía una carta a Flores pidiendo la libertad de su esposa. A cambio, ofrece algo: “Suplico a S.S se sirva remitirme a mi amada esposa, y así cesará toda la batalla, y cada uno se irá a su lugar; en caso de no hacerlo así, se quemara la ciudad de la Sra. de La Paz”.
El ejército aymara tomó una idea que ya había utilizado en otro sitio: construyeron una potente represa en las alturas del barrio Achachiqala. Emplazada en medio de dos cerros, la Cocha aymara, como se llamaba la represa, serviría para retener el agua que entraba a la ciudad. Los españoles sitiados comenzaron lentamente a ver que el agua bajaba muy turbia y muy poca. No entendían el por qué. En octubre, con la Cocha ya construida, tropas auxiliares españolas se dividieron en varios grupos para intentar romper el cerco. Ese mismo día, los aymaras rompieron la represa para provocar la inundación de la ciudad. La Cocha tenía el doble rol: escatimaba la llegada del agua y, el día decidido, arrasaba con la ciudad. Fue el 10 de octubre de 1781. Los españoles vieron un inmenso caudal de agua bajar por el río que se llevaba en el camino los puentes de piedra de San Sebastián, Las Recogidas y San Francisco. En la ciudad reinó el caos.
El 15 de octubre la desesperación de los sitiados llegó al límite. El Consejo de Guerra de la ciudad decidió que, si no llegaban los auxilios esa semana, saldrían de la ciudad para intentar saciar el hambre. La Paz estaba a punto de caer a manos de Tupac Katari y su ejército. Dos días después, sin embargo, llegaron al cerco 7.000 hombres del imperio español al mando del teniente coronel José Reseguín. Unos días más y La Paz habría caído. Pero la ofensiva española es exitosa y provoca serias bajas en el ejército aymara, que por primera vez se retira obligado y rompe el cerco que había establecido sobre La Paz. Las fuerzas de la guerra comunitaria se reúnen sobre la falda de la cordillera nevada y, tras una evaluación, deciden reorganizar los esfuerzos.
En ese encuentro entre diversos frentes de la guerra, Tupac Katari se encontrará con Miguel Bastidas. Será él quien propondrá en ese congreso de las comunidades un acuerdo de paz con los españoles, a cambio de amnistías mutuas, la abolición de las leyes perjudiciales para las comunidades y la desaparición de la figura del corregidor. Bastidas se comprometió a llevar esa propuesta a La Paz. Allí fue recibido por el teniente general Reseguin que aceptó la propuesta.
Solo que Bastidas había llevado una propuesta distinta: entregar a Tupac Katari. (Vito Corleone lo resumiría años después: “Quién venga a tí con la propuesta de acuerdo es el traidor”).
Junto a otro traidor de las filas tupakaristas, Tomás Inkalipe, idearon un plan para capturar a Katari. En la noche del 9 de noviembre se realizaría un gran banquete en honor a la guerra comunitaria. Aprovecharían la confusión del festejo — se había preparado mucha chicha (k´usa, una bebida aymara para las celebraciones) — para capturarlo y entregarlo a las autoridades españolas. Katari advirtió algo. Ya sabía de la traición de Bastidas pero aún no sospechaba de Inkalipe que, en medio de la celebración, lo miraba fijamente. Quizás demasiado. El líder de la revuelta, que comenzaba la reorganización de sus cuadros militares para una nueva insurrección armada, escapó de la fiesta en medio de la noche, sin que pudieran atraparlo.
Pero las tropas españolas ya cercaban el lugar y tenían la información que les proveía Inkalipe sobre la posible ruta de escape. Al día siguiente detectaron su caballo. Entraron a la granja de una abuela, relata Quispe, que luego de ser amenazada de muerte señaló a un granero.
— ¿Aquí? — dijo uno de los captores al abrir la puerta y encontrarlo. ¿Tan pequeño nido para un cóndor de tanto vuelo?