Todos los ojos en la frontera
Donald Trump capitalizó el discurso anti-inmigrante con eficiencia en su campaña. Sus promesas podrían cambiar la vida de millones en el país, pero también en América Latina.
Trabajo, estudios para sus hijos, más oportunidades, posibilidad de consumo, seguridad, estabilidad. Los argumentos de los recién llegados a Estados Unidos se repiten una y otra vez, las fantasías son claras. Son millones los que intentaron cruzar la frontera entre Estados Unidos y México en los últimos años, todos poniendo en riesgo sus vidas –y las de sus familias– para tocar con sus manos el sueño americano.
Trump, un presidente que ganó las elecciones en 2016 prometiendo un muro gigante en la frontera con México, redobló el discurso de la amenaza externa, enfocándose en los inmigrantes que cruzaron por tierra en los últimos años, especialmente durante la administración de Joe Biden.
A pesar de que los demócratas mantuvieron una continuidad casi armoniosa con las políticas migratorias heredadas de Trump, durante la administración de Biden se registró un aumento significativo en los cruces fronterizos. Este incremento coincidió con el inicio de su gestión en 2021, en un contexto post-pandemia y marcado por un aumento en los éxodos de países centroamericanos como Venezuela, Ecuador y Haití. La respuesta del Gobierno demócrata a la crisis fronteriza tuvo dos grandes enfoques: por un lado la disuasión (aumentando y extendiendo las detenciones en los centros fronterizos, por ejemplo) y por el otro la de externalización (exigiendo a países de paso, sobre todo a México, que retuvieran a las personas esperando a cruzar en su país).
Fue un desmadre. Políticas poco sostenibles en el tiempo para responder al imparable éxodo de millones, lejos de la disuasión. Los inmigrantes que vienen del cono sur, por ejemplo, cruzan casi diez países para llegar a Estados Unidos. Ese camino incluye el Tapón del Darién, la selva que conecta Colombia con Panamá, que es una de las rutas migratorias más mortíferas del mundo. En Centroamérica y México, después, se enfrentan a los obstáculos del crimen organizado y las autoridades locales, que ya encontraron un negocio gigante con la vulnerabilidad de las personas que migran. Las políticas de parche no funcionaron.
Y estas elecciones Trump encontró en las comunidades recién llegadas una oportunidad que capitalizó de forma histérica. Advirtió que los migrantes están viniendo de organizaciones criminales peligrosas, que son asesinos y violadores, y que Biden puso las vidas estadounidenses en peligro con su política permisiva.
Prometió, entonces, que implementará deportaciones masivas, la clausura total de la frontera –que tiene seis pasos de cruce legal y que hoy procesa a 1.500 personas por día, pero miles más esperan del otro lado– y la eliminación de programas y visas que amparan a millones. También pone en riesgo el estatus de las personas que entraron y solicitaron asilo en los últimos años, y de las que están con permisos temporarios en el país.
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SumateTrump logró generar, incluso en una ciudad demócrata como Nueva York, un estigma filoso contra los inmigrantes que condujo a muchísimos a votar contra una amenaza externa entrando por la frontera, incluso a muchos votantes latinos.
Y lo que parecían episodios de desborde, como la acusación de que los inmigrantes haitianos se comían a las mascotas en Ohio o que los que vienen de América Latina tienen al crimen en sus genes, fueron mensajes que aceleraron su victoria en un terreno en el que los demócratas no tuvieron nada para rebatir.
El concepto de “crimen migrante”, agitado como bandera durante la campaña. El 3 de noviembre, a dos días de la elección, escribió en X:
Kamala ha orquestado la traición más atroz que cualquier líder en la historia de Estados Unidos haya infligido a nuestro pueblo. Ha violado su juramento, ha erradicado nuestra frontera soberana y ha desatado un ejército de bandas y delincuentes migrantes de prisiones y cárceles, manicomios e instituciones mentales de todo el mundo, desde Venezuela hasta el Congo, robando innumerables vidas estadounidenses.
El American Immigration Council publicó durante la campaña un estudio analizando datos desde 1980 a 2022, los más recientes, donde registró que el crimen en Estados Unidos disminuyó en los períodos de mayor ingreso de inmigrantes. Hasta el CATO Institute, un think-tank libertario, publicó que los inmigrantes de Texas (un estado fronterizo, y por eso este dato es importante) son menos propensos a cometer homicidios que los mismos tejanos.
Pero Trump y sus alarmas ganaron la discusión igual, incluso más de lo previsto. Raúl Hinojosa, de la Universidad de California en Los Ángeles, le dijo a CNN que el racismo anti-inmigrante fue uno de los propulsores del crecimiento del apoyo a Trump entre votantes latinos: “Creo que el ataque, el insulto constante y las mentiras causaron una reacción, que, como una forma de autopreservación o de protegerse de ese racismo, dijeron con su voto: ‘¡Yo no soy como ellos!’”.
Y esa tendencia se pudo ver en las calles el mismo 5 de noviembre: conversando con votantes latinos, muchos en Estados Unidos desde hace décadas, el primer tema que mencionaban a la hora de justificar su voto era la inseguridad. Una mujer de Perú con 35 años en el país me dijo que esperaba con ansias que deportaran a los “inmigrantes malos”. Hablando, entendí que su hermana estaba indocumentada. Cuando le pregunté si estaría de acuerdo con que deporten a su hermana (que sin ninguna duda entraba en la matemática de los 11 millones que propone Trump) se quedó en silencio.
No había pensado en esa opción.
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Pero la victoria de Trump, más allá de la grandilocuencia de sus promesas, supone una pregunta importante para los países al sur de la frontera de Estados Unidos. Diego Chaves, del Migration Policy Institute, opina que podría poner en marcha algunos de sus planes desde el día 1.
“Con decretos ejecutivos, Trump podría anunciar deportaciones masivas tanto para migrantes como para solicitantes de asilo,” dijo. “Eso seguramente se disputaría en cortes que detendrían o retrasarían sus planes. Pero esta narrativa en sí misma podría provocar que muchos se vayan por su cuenta o se queden en Estados Unidos sin papeles”.
Estados Unidos terceriza su frontera hace años en México y, en menor medida, otros países, pero las alianzas que construyeron esa co-dependencia podrían cambiar con la gestión de Trump. Claudia Sheinbaum, quien asumió hace poco y todavía está delineando los comportamientos que la van a distinguir de su antecesor Andrés Manuel López Obrador, deberá enfrentar el desafío de que el cuello de botella migratorio que se está generando en México incremente a costa del recrudecimiento de las políticas migratorias estadounidenses.
En ciudades de México, incluso en la capital, ese cuello de botella ya se traduce en comunidades enteras viviendo en campamentos y albergues. Y ahí sí que se cocina un terreno fértil para el crimen por parte de los cárteles y las autoridades locales, que secuestran, extorsionan, esclavizan y estafan a los que están en el camino.
La conversación con Colombia y Venezuela, ambos países de origen de millones de migrantes hacia Estados Unidos, también será tan importante como tensa. Gustavo Petro dijo durante la COP16 en Cali que Estados Unidos es “víctima de su propio invento” y habló de los bloqueos económicos (uno de los motivos principales de la crisis económica que expulsó a millones en Venezuela) como una condición clave para mejorar la situación migratoria. Luego de saludar a Trump por su victoria, unos días después, lo dijo claro: “La única manera de sellar las fronteras es con la prosperidad de los pueblos del sur y el fin de los bloqueos.”.
Mientras tanto, en el camino se registra un aumento en el crecimiento de migrantes venezolanos luego de que Nicolás Maduro se autoproclamara próximo presidente de Venezuela a pesar de nunca haber demostrado un conteo de votos legítimo. Venezuela y Estados Unidos tuvieron relaciones caóticas en los últimos años, con el gobierno aceptando y rechazando alternativamente vuelos de deportación de Estados Unidos. En este momento, por ejemplo, esa opción no está habilitada. ¿Dónde irían esos millones de venezolanos deportados por Trump, entonces?
Todo indica que si Trump espera ejecutar algo de lo que prometió tendrá que negociar fuertemente con sus pares en la región –especialmente con aquellos con los que a priori no tiene grandes simpatías ideológicas– o proponer un conflicto diplomático abismal impulsando sus propias medidas sin la cooperación de otros países en una gestión humana del asunto migratorio.
Pero ni en Estados Unidos ni debajo (en México, en Centroamérica, en Venezuela) los migrantes consideran dejar de perseguir su sueño americano. La esperanza está intacta porque, en la indefinición de cómo se llevarán a cabo sus planes, cada uno encuentra una manera de pensar que no los afectarán, a pesar de que el presidente electo fue muy literal en la descripción de sus objetivos.
Quizás el único punto donde su retórica no fue exitosa en términos absolutos, quizás una deformación de la psiquis humana: al final, nadie piensa realmente que se esté hablando sobre ellos.
Esta nota es parte de un especial de Cenital que se llama Knock Out. Podés leer todos los artículos acá.