Spotify tiene un problema de artistas falsos

The Velvet Sundown, una banda con dos discos y más de un millón de reproducciones fue generada por inteligencia artificial.

La discusión acerca de la autenticidad parece indisociable de la música. A Elvis Presley lo acusaban de apropiarse del sonido del rhythm & blues afroamericano, los Beatles tuvieron que aguantar que los llamaran “el sueño de los publicistas”, y muchas décadas más tarde, cuando andaba en patineta, mis gustos musicales eran desestimados porque blink-182 y Green Day no representaban el “verdadero punk”. Pero lo que está pasando ahora ya es otra cosa.

La historia dio la vuelta al mundo: una banda que lanzó dos álbumes y alcanzó más de un millón de reproducciones en Spotify resultó ser completamente generada por inteligencia artificial, desde su música hasta sus “fotos” y su historia. Aunque desde The Velvet Sundown (no vamos a criticar el nombre por el momento) negaron ser una creación de IA, finalmente confirmaron que eran un proyecto “no del todo humano, no del todo máquina”. Una vez más, la mierdificación de internet nos obliga a abandonar lo que fuera que estuviéramos haciendo para sentarnos a discutir acerca de la autenticidad, la transparencia y la responsabilidad de las plataformas de etiquetar claramente el contenido que si no es directamente fraudulento le pega en el palo.

La historia de los “artistas fantasma” de Spotify comenzó mucho antes de que la IA generativa fuera tema de conversación en el asado del domingo. Allá por 2016, el sitio especializado Music Business Worldwide (MBW) tiró la primera piedra: Spotify le estaba pagando a productores para que crearan pistas instrumentales, diseñadas para calzar perfectamente en esas playlists que ponemos de fondo para cocinar, ordenar la casa, estudiar, que de manera sospechosamente genérica son descritas como jazz, “chill” o “piano tranquilo”.

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Estos temas aparecían en la plataforma bajo artistas imposibles de encontrar fuera de Spotify, que no tenían redes sociales, caras, ni nombres reales, sino que eran invenciones tan poco inspiradas como Jeff Bright Jr, Giuseppe Galvetti, Hara Noda, Meadow Park, Jaden Berry, Wildflower Trio, Jean-Baptiste Rees, Three Four Trio, John B. Stewart, Foster Davies, entre muchas otras que parecen el resultado de “rápido, decime un nombre de un trío de jazz” frente a un formulario.

El objetivo detrás de estas fabricaciones, según MBW, era doble: por un lado, un control de calidad casi obsesivo para sus populares listas de reproducción temáticas; por otro, la posibilidad de asegurarse un catálogo con un costo de regalías significativamente más favorable. Es decir: si Spotify posee los derechos de la música que sus usuarios reproducen técnicamente no tiene que pagarle a nadie. Por cada canción “fabricada” se ahorran una que pudiera haber ocupado su lugar, obra de algún músico que cada noche se duerme mirando al techo y soñando “mañana será el día en que lo logre”. A fines de 2016, MBW ya tenía constancia de pistas con más de un millón de reproducciones bajo esta modalidad, un secreto que, según sus fuentes, “ni siquiera las grandes discográficas conocían”.

Un año después, la revista Vulture retomó la historia, y al menos logró incomodar un poco más a Spotify. Su respuesta fue tan poco original como las bandas que venían fabricando. Un vocero afirmó categóricamente: “No creamos ni hemos creado nunca artistas ‘falsos’ y los hemos puesto en listas de reproducción de Spotify. Rotundamente falso, punto final”. La empresa insistía en que pagaba regalías por todas las pistas y que no era dueña de los derechos. Pero, como bien señaló MBW en su contraataque, la negación estaba “cuidadosamente redactada”. Spotify negaba haber creado a los artistas, pero no negaba la existencia de estos entes de perfil bajo y origen dudoso en sus listas. Para demostrarlo, MBW publicó una lista de 50 de estos “artistas falsos”, que juntos acumulaban más de 520 millones de reproducciones y sin presencia alguna fuera de la plataforma que poblaban listas como Peaceful Piano, Deep Focus y Ambient Chill.

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La periodista especializada Liz Pelly, ya desde 2017 seguía de cerca este tema y en un artículo denunció el modo en que Spotify se consolidó a través de algoritmos que priorizan playlists “oficiales” y superficializan la escucha, desplazando a las discográficas tradicionales y amenazando tanto la crítica como la creatividad musical, especialmente de artistas independientes. Allí también cuestionaba las limitadas formas de distribución en economías digitales dominadas por intereses comerciales centralizados, señalando que las playlists curadas para facilitar el consumo pasivo y automatizado fomentan una cultura de escucha para “una audiencia de oyentes distraídos, quizás sobrecargados de trabajo o ansiosos, cuyos clics llenos de estrés ahora generan listas de reproducción anestesiadas y diseñadas algorítmicamente”. En una escena musical sobrepoblada de impostores cada vez cabe menos lugar para las preocupaciones artísticas. Pero esto no fue ningún accidente.

Los años pasaron y Spotify fue parte de otras controversias que ayudaron a olvidar todo este asunto, aunque en 2022 un medio sueco descubrió que unos 20 músicos habían estado produciendo pistas para más de 500 “artistas fantasmas” de Spotify, presentes en sus listas de reproducción oficiales. Para fines de 2024 era bastante evidente que la fraudulenta práctica se había vuelto especialmente sofisticada, y a través de un trabajo de investigación que luego sería publicado en el libro Mood Machine (2025, algo así como “Máquina emocional”), Pelly reveló la existencia de un programa interno llamado Perfect Fit Content (PFC o “contenido perfectamente adaptado”).

Bajo esta estrategia corporativa, desde Spotify encargaban directamente música a productores y compañías específicas con el objetivo explícito de obtener “márgenes mejorados”, es decir, pagar menos regalías. La justificación interna era que, en tanto se trata de música que los usuarios ponen de fondo, no debería ser necesario pagar las tarifas completas que exigían los sellos tradicionales. Los músicos que creaban estas pistas generalmente lo hacían bajo contratos de “buyout” —compra total de derechos— o con regalías ínfimas. Este modelo, según Pelly, incluso generó malestar entre algunos empleados de Spotify por su falta de transparencia y por el evidente desplazamiento de artistas reales.

Cómo olvidar aquella carta para inversores de 2018 en la que Daniel Ek, CEO de Spotify, nos recordaba que “este es el futuro que imaginamos; donde los artistas atraviesan géneros y fronteras culturales, creando ideas que impulsan a la sociedad hacia adelante; donde los fans pueden descubrir algo que nunca habrían descubierto de otra manera; donde todos somos parte de una red global, construyendo nuevas conexiones, compartiendo nuevas ideas, a través de las culturas”. Es para levantarse y aplaudirlo de pie, si no fuera porque mientras preparaba este discurso su empresa perfeccionaba un sistema que buscaba reemplazar artistas con copias baratas.

Si este programa sentó las bases para un ecosistema musical de bajo costo, alta rotación, y nulo valor artístico, la inteligencia artificial generativa llegó lista para sumar a los músicos a la creciente lista de gente que un montón de tipos con traje están ansiosos por reemplazar con máquinas que no reclaman derechos.

Aunque la composición de música con computadoras nos remite a los años 50, las herramientas de IA actuales permiten componer música de forma autónoma, creando piezas originales basadas en simples descripciones de estados de ánimo, instrumentación o tempo, y a muy bajo costo. Spotify, lejos de ser ajeno a este desarrollo, contrató en 2017 a François Pachet, un reconocido experto en IA musical, aunque oficialmente con el rol de crear herramientas para composiciones humanas. Una afirmación tan tranquilizadora como escucharle decir al cirujano que “es su primera vez”.

Si antes las críticas apuntaban al engaño a través de artistas contratados para rellenar playlists, esta nueva etapa de música “deepfake”, por llamarla de algún modo, no solo plantea un problema de propiedad intelectual, sino que abre la puerta a que los servicios de streaming prescindan casi por completo de estos malditos humanos quejosos para llenar sus catálogos de música perfecta para poner de fondo mientras completamos el currículum.

El caso de The Velvet Sundown, la banda trucha, es un presagio de lo que viene. El episodio, que sus creadores quisieron luego vender como un “engaño artístico”, nos lleva directamente a la cuestión del etiquetado frontal de artistas y bandas. Nadie quería llegar a esto pero estamos a tan pero tan poco de ponerle unos espantosos octógonos a las tapas de los discos indicando cuestiones como “exceso de angustia adolescente”, “contiene rimas cursis” o un perfectamente razonable “contiene edulcorantes, evitar en niños”.

A las insoportables preocupaciones de la actividad artística ahora se le suma también no solo la sospecha sino la certeza de que cualquier cosa que se haga será eventualmente utilizado para entrenar modelos que sin consentimiento o compensación alguna ingieran, procesen y regurgiten cualquier último atisbo de humanidad que quedara.

No debería ser necesaria la aclaración de que las virtudes tecnológicas detrás de la composición automática de música son difíciles de exagerar. Revisando una historia que tiene casi setenta años, el alcance de las herramientas actuales es verdaderamente impresionante. Ese no es el problema. Lo reprochable es apoyarse en estas maravillas tecnológicas para hacer trampa, para desplegar esquemas fraudulentos a gran escala en torno a una de las experiencias más íntimas que conocemos: la de poner play y cederle parte de nuestra atención a la escucha.

Hasta la fecha, Spotify no etiqueta la música generada por IA, algo que Meta sí incorporó en sus productos hace más de un año. Y el problema los excede: no son los únicos que pueden aprovecharse de la facilidad para “fabricar” artistas: en septiembre de 2024 se condenó por primera vez en Estados Unidos a los responsables de un esquema de fraude a gran escala, que usaba herramientas de IA para crear cientos de miles de canciones y bots para reproducirlas miles de millones de veces, logrando obtener unos 10 millones de dólares de regalías.

En medio de todo esto, la visión del CEO de Spotify, que en 2023 sugería que la inteligencia artificial “podría ser potencialmente enorme para la creatividad. Esto debería conducir a más música [que] creemos será genial culturalmente, pero también beneficia a Spotify, porque cuantos más creadores tengamos en nuestro servicio, mejor será y más oportunidades tendremos de aumentar la participación y los ingresos”.

A la luz de lo que ahora sabemos, y en su defensa, es cierto que cuando dijo “creadores” no especificó a quién se refería y cuando dijo “ingresos” tampoco indicó para quién.

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